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El habla, la escritura y el libro

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Ilustración: Images.com

El hombre cultiva palabra y pensamiento en el habla, y producto testimonial de su labranza es la escritura. En ésta, la escucha deviene un decir: el decir de la escucha pronuncia la palabra necesaria. La posibilidad del habla le ha sido dada al hombre para escuchar-se en la palabra; vale decir, cuando el hombre pronuncia la palabra, se anuncia en ella, se presenta, se dice a sí mismo, y en este decir-se, decide la orientación de la propia vida. De un modo categórico, la escritura constituye el registro de la memoria de esa presencia y de esa decisión de ser: la historia del ser queda, así, abierta, derramada en el desarrollo de lo más alto y profundo del hombre: su libertad para decidir ser el que es.

Conócete a ti mismo y sé el que eres, nos enseña la tradición en la voz de Apolo-Pitio.

Sócrates y Píndaro no fueron sino transmisores de algo más antiguo que ellos mismos e, incluso, anterior al pensamiento y la palabra: la sabiduría. En tal sentido, ya para despejar cualquier duda al respecto, diremos que la sabiduría no es un saber excelso o sublime, sino la superación de todos los saberes, aquel conocimiento que está más alto que la altura del hombre y lo sobrepasa y espera. La sabiduría busca al hombre, y éste se encuentra a sí mismo en la sabiduría, humano más que humano.

La escritura, si no se extravía en la contabilidad de un tener y sostener de periferia, es la historia del habla: decir del pensamiento en la palabra. Para expresarlo de la manera más simple y para quien pueda comprenderlo: el habla es el habla del ser y la escritura es la escritura del ser.

El libro, como producto de la escritura, constituye un puente comunicacional entre el centro metafísico (donde el hombre se conoce y es el que es) y la zona de existencia (donde se sitúa y actúa). Sin rodeos: el libro es una cosa material, un soporte físico para un contenido intelectual. Pero, ¿es válido suponer que constituye el último eslabón de una cadena de producción escritural? Desde las tablillas sumerias y las inscripciones egipcias talladas en piedra hasta el libro impreso, el hombre ha contado y cantado la historia del ser: epos o poiesis. Un estudio arqueológico develaría las capas o niveles de cultura presentes en la producción escritural, vale decir, el valor agregado con que el hombre se decide en la historia.

No nos preocupa que el soporte físico cambie, porque el cambio le es connatural al mundo físico. ¿No es acaso la historia una adaptación cultural de la tradición? La transmisión espiritual necesita soportes simbólicos y su permanencia está garantizada por la adaptabilidad al cambio. De donde el libro impreso, entonces, no viene a nosotros como señal culminante de un proceso, sino como augurio de formas de exploración en las que el hombre dirá lo suyo. En ello, hemos de ver que lo antiguo se recibe en lo nuevo no sino para conservarse. La palabra necesaria y su escritura posible, la tradición en la historia, constituyen la celebración humana del saber-se hombre.

Libro digital, holográfico o mental, el recipiente aparece como el medio cultural más apto para cada época.