
La literatura, como todo producto artístico, y, por ende, humano, vive pendiente de las revoluciones. La primera de ellas, a mi entender, es la escritura, esto es, el hecho de reconocer que determinados textos merecen ser rescatados de la liviandad oral y quedar como testimonio para las generaciones que le sucedan, convirtiéndose, al decir de Georges Jean, en “memoria de la humanidad”, expresión que sirve de rótulo a su exquisito libro acerca de la historia de la expresión escrita.1
En efecto, la grafía ha hecho posible aplicar el término de perdurabilidad a la obra literaria, y, además, ha colaborado en ampliar su capacidad de alcance. Salvando las limitaciones de la presencia física, el texto vuela a las manos de cualquier letrado, y, cuando se lleven a la práctica las primeras traducciones (evidentemente, correspondientes a la Biblia), pasarán a ser patrimonio universal.
Esta literatura gráfica no irrumpe para acabar con la oralidad, muy al contrario, colabora con ella y se nutre de sus logros. Pensemos, por ejemplo, en la figura del aedo o juglar, artista de memoria tan portentosa como para retener esos miles de versos épicos con que amenizaban los ratos de ocio de sus coetáneos. La escritura es ayuda impagable para el acopio de materiales con que enriquecer su repertorio y un bastón con que apoyar la nemotecnia. Por otra parte, quienes escriben la literatura, tienen los oídos bien atentos a la savia del folclore, que corre en labios del pueblo, muestras artísticas de ese ingenio colectivo tan admirado por los críticos literarios de corte romántico (en el caso hispánico, facción representada magistralmente por Ramón Menéndez Pidal). La Biblia, por citar un ejemplo señero, da cuerpo a toda una serie de relatos que habían sido transmitidos oralmente de generación en generación.
Si queremos aludir en concreto a la literatura hispánica, pensemos en el Romancero, conjunto poético excelente en que la oralidad ha dejado huella indeleble, o en el caso del Marqués de Santillana, prendado de la figura de la serranilla, tan presente en la poesía popular, como atestigua el mismo Arcipreste de Hita, sin tamizarla, a diferencia del aristócrata, con el influjo de la pastorela francesa.
Con todo, ¿quiénes disfrutan del deleite literario? En principio, sólo unos pocos. Si nos retrotraemos a la Edad Media, corroboramos que la cultura quedaba arrinconada en los manuscritos que poblaban las bibliotecas de los monasterios y las privadas de los nobles. La literatura es un artículo de lujo y extraño, teniendo en cuenta la ingente masa de población analfabeta. Únicamente la lectura en público y la labor de los juglares podrían compensar ese déficit.
Esta situación se verá modificada en parte con el advenimiento de otras dos grandes revoluciones: primera, la sustitución del pergamino por el papel (en absoluto baladí, teniendo en cuenta que lo costoso del proceso de curtir las pieles y prepararlas para la tinta propiciaba la costumbre (¡tan desafortunada para la conservación de las obras!) de reescribir sobre la misma piel, como medida de ahorro, y la segunda, la invención de la imprenta. El abaratamiento de los costes de producción merced a estas innovaciones propiciará la difusión de la obra en un radio de público cada vez mayor.
Decir que la imprenta supone la democratización del saber no deja de ser una falacia, una exageración, pero cierto es que significa el primer paso decisivo para la puesta en marcha de ese proceso. Digo esto porque el libro sigue siendo un objeto costoso para muchos ciudadanos y, además, sigue evidenciándose el problema de base: todavía en el siglo XVIII un ochenta por ciento de la gente carece del conocimiento de la escritura y la lectura.
Será precisamente con la Ilustración y sus campañas en pro de la cultura cuando se empiece a advertir un verdadero auge editorial al concebir el libro como un objeto más de consumo, si bien sigue restringida su adquisición a una minoría ilustrada. Para hacer de él un producto asequible a un mayor número de lectores se recurre a estrategias como la puesta en marcha de librerías ambulantes, cuyos volúmenes daban en préstamo tras pagar el cliente una cantidad mensual por su disfrute. Los gabinetes de lectura desempeñarían una función similar. Éstos, como indica Aguilar Piñal,2 “son una mezcla de comercio público, tertulia, biblioteca y lugar donde el interesado puede encontrar recado de escribir”. Al mismo tiempo, irán gestándose las primeras bibliotecas universitarias y de otros organismos culturales, como la Biblioteca Real (1712), antecesora de la actual Biblioteca Nacional.
En el Romanticismo asistimos a varios avances importantes. En primer lugar, a pesar de las represiones habidas en el reinado de Fernando VII, periodo en que la censura estuvo especialmente activa, la impresión y el comercio de libros adquieren desarrollo. En segundo lugar, empiezan a diferenciarse los papeles de impresor y editor y, por último, se aplican los logros de la Revolución Industrial a la empresa del libro: la mecanización llega a la imprenta. Acerca de este aspecto informan Pedraza y Rodríguez: “En 1840-1845 se crean las primeras fábricas de papel continuo, en bobinas y no en pliegos, obtenido a partir de la pulpa de madera, que sustituyó a los trapos viejos. Las nuevas máquinas producen cerca de una tonelada diaria de papel. (...) En 1818 se introduce en España la litografía. La rotativa, creada en 1828, se incorpora a los talleres del Diario de Barcelona en 1838”.3
Ya que hemos hecho mención de la prensa, aprovecharemos para decir que su consolidación y su alianza con el arte literario es la siguiente revolución. La gaceta, el periódico, informa de las corrientes artísticas, hace publicidad de las obras que circulan con éxito en Europa y es, incluso, medio de publicación para los escritores del momento. Recordemos, por subrayar la importancia de este efecto, el papel que desempeña la revista El Europeo (en Cataluña, ve la luz entre los años 1823 y 1824) para el advenimiento del Romanticismo a nuestra estética. En prensa se publicarán desde los difamados folletines a escritos de mayor calado con firmas de la importancia de Valera, Unamuno, Azorín, Valle-Inclán, Pío Baroja, Ortega y Gasset... Esta colaboración en prensa dará lugar al fenómeno de la novela por entregas, muy abundante en el siglo XIX, como medio de que el proletariado se incorpore definitivamente al conjunto de consumidores. La pionera en el campo de la literatura por fascículos es Francia, que cuenta con revistas especializadas en ello, como la Revue de Deux Mondes y la Revue de Paris, en cuyas páginas colaboraron plumas tan distinguidas como Balzac. Entre los autores que alumbran el género destaca la figura de Eugène Sue, con las novelas Los misterios de París o El judío errante. Tras su estela, enriquecen esta modalidad otros tantos artistas de nombre egregio: Galdós, Dostoievski, Tolstoi, Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Stevenson, Salgari...
Con todo, gran parte de las obras que se idearon de tal manera adolecen de falta de calidad literaria. Como advierte Natalia Bernabeu Morón,4 “al editor de la novela por entregas no le interesa la literatura sino la economía: su intención es ganar dinero”. De hecho, los ingredientes de todas esas producciones venían a ser los mismos; el propio editor, demostrando un agudo conocimiento del público consumidor (“las masas asalariadas, llegadas del campo a las zonas urbanas, nuevos lectores, con bajo nivel cultural y económico, y, en su mayoría, mujeres”), orientaba al autor contratado para tal fin (“a cinco euros la entrega”), lo que no evitaba que en cualquier momento el contratante cambiase de pluma a su antojo.
Así pues, se trata de un medio en el que era muy fácil caer en el desprestigio postrero, a no ser que el talento del artista superase las limitaciones y convenciones del molde, como es el caso de las autoridades antes citadas.
Llegamos así a la última revolución: la digitalización, fenómeno que empieza a gestarse en la década de los setenta del siglo que hace poco dejamos atrás y que da sus primeros frutos en los ochenta. En 1981 sale a la venta el primer libro electrónico: Random House’s Electronic Dictionary, pero será a partir del 2000 cuando alcance verdadero auge, gracias al novelista Stephen King, con el lanzamiento al mercado a través de la red de su novela Riding the Bullet (Montando en la bala). La primera entrega electrónica consiguió en veinticuatro horas, como indica Carlos Fresneda,5 la friolera de cuatrocientos mil compradores, hecho que indujo a muchos editores a proclamar el lanzamiento de la nueva era del libro electrónico. El editor, Jack Romanos, presidente de Simon & Schuster y artífice del debut electrónico de Stephen King, opinaba entonces: “En los treinta años que llevo en este negocio no he visto nada parecido. Es increíble comprobar cuánta gente está dispuesta a aceptar la palabra escrita sin papel. Por hacer un parangón, creo que estamos ante un salto cualitativo parecido a cuando se publicaron los primeros libros de bolsillo”.
Amén de las ventajas económicas, el alcance de público que permite Internet es inconmensurable, como lo es la sensación de haber acortado las distancias entre naciones, incluso entre el escritor y su público. En cierto modo, supone una vuelta a los orígenes, el artista vuelve a hacer piña con sus receptores en una comunicación mucho más directa.
El peligro actual que supone la digitalización es similar al que se corrió en otras épocas en que la literatura no era concebida como oficio sino como entretenimiento: la defensa de la autoría y de la integridad del texto. El mismo Stephen King confesaba en ese mismo artículo: “En cualquier caso, soy de los que piensan que nada podrá sustituir a la palabra impresa ni al viejo libro”.
Hoy por hoy, lo cierto es que todavía quienes cooperan en este campo tienen un largo camino por recorrer para ganarse el prestigio. El libro, fetiche por excelencia en la liturgia de la lectura, amigo de cabecera insustituible, parece apresar la palabra, protegerla de su realización fugaz, y la red todavía no acaba de decidir quién es su dueño. Los parámetros de calidad tampoco parecen estar claros; junto con auténticos artistas en la manipulación de la lengua, encontramos autores, pretenciosamente noveles, con una expresión poco ambiciosa y una ortografía nefanda. Me estoy refiriendo, evidentemente, no a los escritores que únicamente digitalizan sus obras, sino a quienes publican en este medio en exclusiva no sólo por falta de coyuntura, contactos, u oportunidad, sino también por falta de talento. Hacer la criba, imponer el filtro de la excelencia literaria es el papel que corresponde al editor digital, si no desea hacer de su espacio cibernético un zoco por el que cualquiera puede pasear impunemente su mediocridad, entre aromas de especias que luego resultan ser insípidas.
La literatura es, si se me permite citar las célebres palabras de Gabriel Celaya, “un arma cargada de futuro”, pero no puede empuñarla cualquiera.
Notas
- La escritura, memoria de la humanidad, Barcelona. Ediciones B, 1998.
- Introducción al Siglo XVIII, en Historia de la literatura española, dirigida por Ricardo de la Fuente, tomo XXV, Júcar, Madrid, 1991.
- Felipe B. Pedraza y Milagros Rodríguez Cáceres, Las épocas de la literatura, Ariel, Barcelona, 2002 (primera reimpresión).
- “Prensa y literatura popular”, en http://www.quadraquinta.org/documentos-teoricos/cuaderno-de-apuntes/prensalitpopular.html.
- En su artículo “Terror en la red”, en http://www.elmundo.es/navegante (ejemplar correspondiente al viernes, 17 de marzo de 2000).