
Los doce años de existencia de Letralia en la red son una buena noticia; una excelente revista literaria no ha sido víctima de la mortalidad infantil, que tradicionalmente diezma a las revistas literarias “de papel”. Esto nos lleva a meditar sobre la importancia que tiene Internet en la literatura de nuestros tiempos.
No hace tanto, emprender una revista literaria podía resultar una tarea titánica; los colaboradores tenían que entregar sus trabajos personalmente o por correo postal, las llamadas telefónicas a distancia o internacionales eran caras, y los costos de imprenta, fotomecánica y papel eran muy gravosos; generalmente, las tiradas eran muy cortas. Además, estaba el problema de la distribución. No era fácil entrar en el circuito repartidor de revistas y, con suerte, se lograba abarcar el ámbito nacional. Si el emprendimiento estaba localizado lejos de las ciudades más importantes, las dificultades eran aun mayores.
Todo esto ha cambiado con Internet. Con el correo electrónico, la correspondencia y la entrega de trabajos se han acelerado pasmosamente; hace una generación, había que esperar días un original enviado por un autor que vivía en el mismo país, mientras que ahora ese original llega a la revista en instantes, aunque el autor resida en otro hemisferio. Y los costos de imprenta, fotomecánica y papel se han reducido a cero. Por supuesto, Internet también tiene su precio, pero no hay comparación.
Internet también ha permitido que reviva el cuento. En tiempos en que se tiene en gran estima la brevedad, las editoriales habían llegado a la paradójica convicción de que la narración breve no era negocio. Sin embargo, todos los días miles de lectores se conectan con la red para leer cuentos, sea de los autores clásicos o de autores nuevos, que envían sus narraciones a las revistas también por medio de Internet.
En cuanto a la poesía, Internet le ha dado poco menos que una resurrección; siempre habrá poetas, pero no hay lectores de poesía si no hay publicación. Y, mientras que encontrar una editorial que publique a un poeta nuevo es casi tan dificultoso como hallar el Santo Grial, Internet ofrece muchos sitios que tienen sus puertas abiertas a la poesía.
Las editoriales “de papel” suelen imponer a los escritores ciertas pautas: por ejemplo, que el primer párrafo de la primera página tiene que “enganchar” al lector a continuar la lectura, y que la última página de la obra tiene que “enganchar” al lector a que compre el próximo libro. De este modo, el autor se puede ver sometido a escribir según una preceptiva dictada por los gerentes de ventas. En Internet hay más libertad. Una revista electrónica no vende su producto a los lectores, de modo que el autor puede escribir según su criterio, no según las pautas de la gerencia de ventas.
Poco y nada de la briosa actividad literaria que transcurre en la red se ve reflejada en los medios de comunicación. Las secciones de crítica literaria, dependientes de los anuncios de las editoriales, la ignoran olímpicamente. Pero ello no impide que, en todo el mundo, millones de personas busquen lectura y escriban en línea. En literatura hay un antes y un después de Internet.