
Desde que, según dice Platón, el pobre Sócrates temía que la escritura matara la memoria de los jóvenes, nos hemos pasado pronosticando la muerte de alguna de esas cosas que los que saben llaman “tecnologías de la palabra”. Que el cine matará la lectura, que la televisión matará los cerebros, que la Internet matará las bibliotecas, que los mensajes de textos matarán la ortografía. No sé si en la Edad Media se quejaron por la muerte del rollo y la aparición del códex, si Gutenberg sufrió demasiadas amenazas mientras colocaba uno a uno los tipos en cada página de su biblia revolucionaria, si hubo grandes dramas —o sólo desprecio— por la difusión de la encuadernación en rústica o por el cambio del formato sábana a tabloide de la mayoría de los diarios. Pero es probable que sí, porque hay gente para todo.
Nos hemos pasado la vida anunciando muertes para acabar bebiéndonos nosotros mismos la cicuta (con el debido respeto al prócer filosófico), sin que nada de lo predicho sucediera. O, al menos, no de la manera en que se había predicho porque, ya lo dicen muy bien todas las maestras de cuarto grado: nada muere, todo se transforma.
La computadora nació y pronto se alzaron gritos acerca de que la nueva criatura mataría al libro. Apocalípticos e integrados se trenzaron en combate singular, esgrimiendo las espadas de, por ejemplo, “quién puede guardar una rosa seca en el teclado de una computadora”, por un lado, mientras del otro contraatacaban con la ballesta de “todos los libros del mundo están disponibles al alcance de tu dedo índice y la tecla enter”.
Qué puede pasar con el libro es algo que no me animo a predecir yo, que ni siquiera sé qué pasará con mi sueldo antes de que acabe el mes. Para ser sinceros: me importa bastante poco. Desde que con un punzón y una tableta de arcilla se descubrió que había posibilidad de poner nuestra memoria en un soporte material que la iba a mantener viva por mucho tiempo (al menos, hasta que alguien decidiera bombardear “ese oscuro lugar del planeta que no ha dado nada a la humanidad”, como dicen que dijo Bush de Irak), la idea ha prendido bastante y no hay mayor razón para temerle a la tinta china que a la carbonilla ni, mucho menos, a los píxeles. Ellos se encargan de darnos una mano en esto de escribir y, cuando no estén más, algo se nos ocurrirá, que en peores nos hemos visto.
Pero, ¿y la literatura? Los apocalípticos tienen la mala costumbre de equiparar literatura a libro y eso no ha sido así más que en muy pequeños períodos de la historia. Ni siquiera se había pensado en la existencia de los libros y ya teníamos una de las novelas más modernas: la Odisea. Mientras los mapuches creaban sus himnos a la tierra, por estas zonas del sur no había más registros que los de quienes se dedicaban a apoyar sus manos iluminadas de colores en las paredes de las grutas. Mientras Platón echaba a los poetas de su República, escribía en rollos el bellísimo relato que los profesores llaman Alegoría de la Caverna. Mientras en el lugar donde hoy tecleo no había más que pastos y toldos y ranchos y caballos salvajes, Bartolomé Hidalgo inventaba la poesía gauchesca en hojitas sueltas que repartía en los campamentos de los revolucionarios de Artigas.
Y no creo que a ellos los desvelara pensar que una gruta o una hoja suelta o un rollo o un poema aprendido de un juglar en la plaza eran incapaces de contener una flor reseca, cuando tanto pueden contener. El asunto es que, a puro grito o a puro esfuerzo de mano que rasga la hoja o elige la tecla, se va construyendo otra cosa. Esa cosa que busca desesperada, dolorosamente el oído que la oiga, el ojo que la vea, ya a través del aire, de la luz, del cable o la fibra óptica. La literatura es mucho más que el soporte en que transita y, por estos tiempos, la aparición de la Web le ha dado otro soporte que transitar. ¿El que matará a los otros? No sé. Después de todo, es sólo un soporte.
Et tout le reste est littérature.