Trece, de Rafael Menjívar Ochoa
Rafael Menjívar Ochoa es, sin duda, uno de los escritores salvadoreños actuales de más prestigio, con una obra ampliamente reconocida tanto en su país natal como en el extranjero. Con ocho novelas publicadas, además de cuentos, poesía, ensayo y traducciones, es uno de los escritores más sólidos del país. Participa, además, del debate de actualidad en El Salvador a través de sus textos periodísticos, programas de radio y blogs.
Trece fue publicada por primera vez en 2003, en edición del Instituto Mexiquense de la Cultura. Traducida luego al francés en 2006 (Tríese, Ed. Cenomanne, traducción de Thierry Davo) aparece ahora de la mano de la editorial guatemalteca F&G, en su segunda edición en castellano.
Trece es el título de esta novela, trece (más uno) el número de sus capítulos y trece los días que transcurren desde la decisión del personaje central de suicidarse hasta su desenlace. La elección del número trece no es, obviamente, ninguna coincidencia. El número trece simbolizó, desde la antigüedad, el inicio de un nuevo ciclo, una nueva vida y se transformaría luego en símbolo de la muerte. La carga nefasta del número trece parece provenir, según algunos investigadores, de la Última Cena, celebrada por Jesucristo y los doce apóstoles (es decir trece a la mesa) en la cual el Hijo de Dios fue traicionado. La misma idea preside el simbolismo del Arcano XIII del Tarot: la Muerte, a su vez la decimotercera Vía a la Sabiduría según los cabalistas, correspondiente al sueño, a la crisálida y a la noche. Y es justamente la muerte (y su revés, la vida) y las formas de acercamiento a ésta, el tema principal de la novela.
Como siempre en las novelas de Menjívar Ochoa, la estructura del relato es impecable. En una suerte de cuenta regresiva, los capítulos se presentan en forma descendente del XIII al I, reflejando los días en que transcurre la acción. El relato, sin embargo, no se acaba aquí. Luego de llegar al capítulo uno, que cerraría el período establecido antes del suicidio, continúa el texto con un nuevo capítulo II. De esta manera, no sólo se cierra un período sino que se abre uno nuevo, en esa recurrencia circular de la que hablábamos al mencionar el simbolismo del trece como el inicio de una nueva vida o un nuevo ciclo.
El personaje principal y narrador, un hombre joven carente de nombre propio (también recurrente en los textos del autor) realiza un relato contenido y tenso de los días que le quedan —por propia decisión— para vivir. Esta contención en el relato no debe ser confundida con frialdad o indiferencia. La actitud negligente del narrador, su enorme egocentrismo, su vanidad, no son más que ropajes que, a nuestro modo de ver, disfrazan una angustia desgarradora. Angustia que quizás se remonte a sus años infantiles en manos de una madre sádica y desequilibrada. Tampoco es el suicidio un acto maquinal, inhumano; por el contrario, el narrador dice: “Pocas cosas hay más humanas que buscar la muerte”. ¿Por qué desea suicidarse el personaje principal? Es, tal vez, la pregunta más difícil de contestar luego de leer este libro. ¿Por el placer a la aventura? ¿Como una forma extrema de individualismo? ¿Por no soportar más la vida? La respuesta que él mismo proporciona es difícil de asimilar: por puras ganas, porque le llegó la hora, sencillamente (“...las ganas de irse, como quien se va de una fiesta llena de gente con la que no quiere bailar”).
Uno de los rasgos más sobresalientes del suicida es su enorme lucidez, su capacidad de observar: su mirada es una especie de rayos X que ve la vida pasar, la gente simple vivir. La joven que acompaña al suicida en sus últimos días es el mejor ejemplo: una completa afirmación de la vida como biología pura. Una joven que bebe jugo de naranja durante el día y ron por las noches, que afirma la sexualidad como su centro y razón de ser (“...se maquilla, se viste, se perfuma y habla para el sexo. Descansa para el sexo. Toma jugo de naranja para el sexo, y ron para el sexo. La discoteca y después el sexo. La comida campestre y el sexo...”), que duerme el sueño de los simples; bendición que le es negada al narrador, insomne y lúcido a través de cada noche.
¿Qué nos quiere decir Menjívar Ochoa con esta novela? Cada uno encontrará seguramente su propia respuesta, o se quedará sin ninguna. ¿Es la absurdidad de la vida? ¿El golpe de adrenalina al jugar con la muerte? ¿La vida como una especie de ruleta rusa prolongada, cuyo final tarde o temprano es la muerte? ¿Una catarsis literaria, donde el personaje muere para que el autor siga viviendo? Toda interpretación es válida. Puede quedar el sabor de un simple coqueteo con la muerte, una variación a un tema recurrente, un juego laberíntico a la Menjívar. Es, sin embargo, una prueba más de la destreza narrativa del autor, quien combina en Trece un tema de una intensa carga emocional con una manufactura perfecta. Y retomando el sentido trascendente de la muerte, tal como nos la presentan los misterios del Tarot, donde la idea de la muerte está ligada a la resurrección y la vida, ésta búsqueda podría interpretarse como un deseo de pasar un límite, un umbral, para iniciar algo nuevo. No en un sentido religioso tradicional, sino de una manera más universal, en donde cada muerte da lugar a un nacimiento.
Como toda buena obra de arte, la novela de Menjívar Ochoa no nos proporciona ninguna respuesta prefabricada, sino que plantea una serie de preguntas esenciales y estimula al lector a encontrar sus propias respuestas. Una muestra más de la calidad de la narrativa centroamericana actual.