XIII. Experimento de letromancia • Varios autores

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El umbral del amanecer

El momento mágico en el que las fronteras se esfuman

Ilustración: Brian Wagner

Mariel estaba ansiosa por llegar a su estancia en las afueras de Buenos Aires, quitarse el vestido ceñido y revolear los zapatos de taco alto. En cualquier momento amanecería, y ella quería presenciar el espectáculo con un café en las manos, cómodamente instalada en su sillón. Decidió entonces tomar el camino corto, esquivando la ruta habitual, mejor pavimentada pero más larga para sus pretensiones.

Llegó a tiempo para entregarse a una ducha caliente, y emerger de ella, relajada y enfundada en su bata de toalla. Buscó el libro que la acompañaba hace unos días y se acurrucó entre almohadones, dispuesta a esperar el momento mágico, cuando de repente, se escucharon golpes en su puerta.

Eran casi las seis de la mañana, muy temprano para que alguien se acercara. Dudó en responder, pero no se quedó en la duda, se asomó.

Un hombre joven, promediando los treinta años, calculó. Bien vestido, cigarrillo en mano derecha, alianza de oro en mano izquierda. Zapatos casi nuevos, no embarrados, muy limpios. Pelo suave, imaginó. Rubio.

Siguió observándolo un poco más, ahora concentrada en sus gestos. Mirada atenta a la puerta, labios tensos entre el ir y venir del cigarrillo.

Él volvió a llamar, esta vez golpeando sus manos, en aplausos de atención. Mariel asomó medio cuerpo por la puerta y simplemente lo miró. El hombre la saludó. Cobró su rostro vida y expresión, mientras sus ojos se plantaban en los de ella obligándola a responder con una no planeada sonrisa.

—Discúlpeme, pero... me perdí. Salí a caminar y me perdí. Vi su casa y pensé en preguntar dónde estaba y pedir ayuda, si no le molesta.

Ella fijó su mirada en los zapatos limpios, y pensó que debería tratarse de un mago para no tener ni una mota de tierra en ellos.

—Sus zapatos no están embarrados, no debe haber caminado mucho. ¿Realmente se perdió caminando o se distrajo sin moverse de su lugar? —dijo a modo de broma.

Él no esperaba esa respuesta, que en vez de ayudarlo, lo confundió aun más. Se miró sus zapatos y efectivamente los encontró limpios.

—Me perdí, créame. No sé cuánto caminé y seguramente me distraje pensando, pero el tema es que necesito volver, o saber dónde estoy... para pedir que vengan a buscarme. Necesito un teléfono.

—Espere un poco afuera. Ya vuelvo.

Mientras ella volvía a cambiarse, protestando en voz baja por haberse arruinado su amanecer mágico y solitario, él se sentó en un escalón de la galería, mirando el campo y fumando el final de su cigarrillo. Ensimismado no la escuchó llegar, sobresaltándose cuando Mariel le adelantó una taza de café caliente.

Luego, una nueva sonrisa y:

—Gracias, no la escuché venir...

—Así se habrá perdido usted. ¿Siempre se desconecta de tal manera de su entorno? ¿Cómo lo logra?

—¿Que me desconecto..? No sé, no lo veo así. Pienso mucho y por eso, tal vez, me olvido del camino o del lugar.

—O de lo que está esperando.

—...Sí, puede ser, por eso me sorprendí cuando usted llegó... creo.

Mariel lo miró por un largo instante y luego hizo un gesto con su cabeza, indicándole que la siguiera al interior de su casa.

—Hace frío afuera, pase, tómese tranquilo el café y me cuenta de dónde viene.

En ese momento sonó un teléfono celular. Mariel se asustó, poniéndose enseguida detrás de la puerta, intentando cerrarla. “¿Todo era mentira entonces?”, pensó. Se sintió en peligro. Él tanteó su cintura en busca del teléfono, lo tomó y atendió, quedándose perplejo y sin contestar. Mariel lo espiaba detrás del vidrio, con actitud interrogante. Y a gritos le dijo:

—Mire, yo no sé qué quiere, pero váyase, ¿sí? Casi le creo su historia, que se perdió y todo eso. (Mientras hablaba, terminaba de colocar las trabas de la puerta.)

El hombre seguía mirando el teléfono como si no lo hubiese usado nunca. Se sentó en el escalón nuevamente y mirando hacia la ruta, se pasó la mano por el pelo. Mariel lo miraba sin saber qué decir o hacer. “¿Será parte de su actuación?”, se preguntaba, dudando si a pesar del inoportuno celular, él estaría dispuesto a remendar la situación y continuar la farsa.

—Discúlpeme, no sabía... no sabía que tenía un teléfono encima, no sé qué me pasa. Estoy confundido. Creo que me perdí, pero no sé... No puedo ver bien qué me pasa.

Mariel seguía desconfiando: “¿Teatro puro o el tipo perdió la memoria?”. Le resultaba demasiado raro todo, como novela barata.

—Mire, yo no sé qué le pasa ni pretenda que lo ayude a saberlo. Son las seis de la mañana, esto no es precisamente una ciudad, no hay taxis cerca, y usted no me resulta confiable. Pensará que soy poco solidaria, y tal vez tenga razón, pero sinceramente me asusta dejarlo entrar. Allí tiene su teléfono, úselo y pídale a alguien que venga a buscarlo, y si no recuerda algún número, llame al 911. Puede esperar en la estación de servicio que está a cinco cuadras, ahí lo van a encontrar fácil, o espere acá, pero del otro lado de la tranquera. Fin de la situación. ¿Entiende? No me necesita más. Esto es raro y... Bueno, no vuelva a golpear mi puerta. Y además...

—Me dijo papá... Y no sé quién es.

Mariel, interrumpida en las excusas y explicaciones de su miedo, otra vez se quedó en silencio, mirándolo.

—No sé quién me llamó, pero me dijo papá. Y me pidió que volviera, que “mamá ya se durmió”, eso dijo. No entiendo, ¿sabe? Hace un rato creí que había salido a caminar y que me había perdido, pero ahora... No entiendo. No recuerdo tampoco tener hijos. Yo vine a la casa de los Torques, vine a descansar, de eso sí me acuerdo, pero creo que soy un tipo solo.

Mariel le recriminó:

—¿Por qué lleva alianza entonces?

—¿Alianza? —levantó sus manos observándolas—. Sí, es una alianza... No sé.

—¡Vamos! No me va a hacer creer que no sabe por qué tiene un celular, que tampoco sabe nada de su alianza, o que tiene hijos y no los recuerda. Mire, sé que todo esto podría explicarse con un traumatismo de cráneo, de esos que llevan a perder la memoria y lo dejan a uno medio tonto por un buen rato, pero usted no tiene heridas ni manchas de polvo en la ropa. No quiera creer que soy estúpida. Muérase si quiere, preguntándose quién es y qué le pasa, pero en mi casa usted no entra. ¡Váyase de una buena vez! ¡Piérdase en otra parte!

El hombre siguió aplastando y tironeando sus cabellos, sin decir nada. Realmente parecía preocupado.

—La entiendo, señorita, discúlpeme. No la molesto más. Gracias por el café y disculpe.

Le hizo una sonrisa casi invisible y se fue, cruzando el campo.

Mariel se quedó pegada al vidrio de la puerta un rato largo, hasta que de repente recordó el apellido de la familia que el tipo nombró. Se fijó en su agenda, entre sus vecinos.

—Tor... Torques. ¡Aquí están! Ah, sí... Don Francisco y Elvira... No viven lejos, el tipo bien pudo salir a caminar y llegar a mi casa, aunque...

Marcó el número de teléfono y ansiosa esperó que atendieran. Pero no hubo voz. El teléfono sonó cada vez que Mariel reintentó el llamado, pero sin respuesta. Recordó, mientras marcaba, que los Torques eran una familia grande, con varios hijos pero ya casados, y que Don Francisco y su esposa, solos en la estancia desde hacía bastante tiempo, solían recibir amigos a cada rato. La tranquilizó saber que ese dato podría ser cierto, los Torques existían, y no era descolocado pensar que hubiesen invitado al hombre a pasar unos días con ellos. Pero tal vez el tipo había usado su nombre para entrar en confianza, y luego...

No pudo concentrarse en leer, ni en ninguna otra cosa que no fuese marcar el número de sus vecinos. El teléfono sonó en la casa de los Torques hasta que por fin el sonido se esfumó. “Alguien atendió, por fin”, suspiró Mariel, pero por varios segundos no hubo sonido alguno del otro lado de la línea. Cuando ya se disponía a colgar, la voz de una nena apareció:

—¿Sos vos, papá? ¿Papá? Te estoy esperando, mami sigue dormida. Vení, papá.

Mariel cortó como si el diablo mismo le hubiese hablado y se acurrucó nuevamente en su sillón, nerviosa. “¡Era cierto! Había una nena que esperaba a su papá, y seguramente lo llamó a su celular. ¿Qué es esto? ¿El tipo se perdió y perdió también la memoria, entonces? Pero así, sin golpes, ni nada... ¿y si está enfermo y por eso..? Aunque él dijo que recordaba bien haber venido de los Torques, y solo. ¿Me habrá mentido todo el tiempo? ¿Querría robarme o violarme? ¡Ay, Dios!, si fuese así, pudo haberlo hecho una y diez veces porque yo lo invité a pasar. Nadie me hubiese creído, luego. Pero sin embargo, él habló de su hija... como si no la conociera... No entiendo, no entiendo qué pasa”.

Confundida, preparó una taza de té y trató de tranquilizarse pensando que estaba ya segura, con todas las puertas y ventanas trabadas. No pudo, de todos modos, vencer la tentación de volver a llamar a los Torques. Llamó y cortó enseguida dos veces, hasta que se animó a esperar que atendieran. Otra vez la voz de la nena:

—Papi, volvé. Vení. Mami no se despierta, y yo tengo mucho sueño. ¡Vení, papi!

Mariel, asustada, aunque sin saber por qué, sólo pudo balbucear:

—Tranquila, tu papi ya llega.

La nena, sin escucharla, siguió implorándole a su padre que volviera. Mariel cortó, y un silencio sepulcral inundó su casa. Sintió escalofríos.

De pronto, se sobresaltó al sentir que nuevamente alguien golpeaba su puerta. Corrió a abrir, segura que era él. Quería pedirle que la perdonara, decirle que le creía, que su hijita realmente lo estaba buscando. Pero en la galería no lo vio a él, sino a una niña rubia de cabello largo y lacio, ligeramente despeinada, con su vista fija en el picaporte de la puerta. Sola. También sus zapatos estaban impecablemente limpios.

Mariel se estremeció.

—Hola, señora, disculpe, estoy buscando a mi papá. Él tiene que estar por acá. ¿Usted no lo vio?

Mariel se quedó sin palabras, tragando saliva como si de esa acción surgiera un alivio o una respuesta para sí misma.

—Tu papá... ¿Cómo lo perdiste?

—¡¿Usted lo vio?! —se encendió el rostro de la niña—. ¿Está por acá? ¿Con usted?

—No, no está conmigo. En realidad.... Bueno, vino un hombre que se había perdido, al que lo llamó su hija y...

—¡Sí! ¡Sí! ¡Es mi papá! ¿Dónde está? ¡Por favor, ayúdeme a buscarlo! Mami está dormida y papi tiene que volver...

—Sí, sí, yo te ayudo a buscarlo, pero... No entiendo qué les pasó, decime: ¿qué hacés sola acá? ¿Vos no te perdiste? ¿No estabas..? —de repente Mariel palideció—. ¡Oh, Dios! ¿Yo no acabo de hablar con vos por teléfono? ¿No estabas con los Torques recién? ¿No eras vos?

—¡Allá veo a papá! ¡Papá! La niña gritó hasta que él la vio.

Se encontraron padre e hija, él aún confundido, ella segura. Se abrazaron, y frente a frente se hablaron a los ojos, lágrimas en los de él, paz en los de ella. Luego volvieron sus miradas hacia Mariel, espectadora muda, inmóvil e inconsciente de ese encuentro; y la nena corrió hacia ella y la abrazó. Un abrazo dulce, intenso, pero frío, desolador al separarse. El hombre se acercó a ambas, y mientras alzaba a su hija, le dijo a Mariel:

—Usted tenía razón.

Y se fueron...

Mariel se sentó en el piso, recostada contra su puerta, con una sensación que no pudo describir. Sentía estar viviendo “algo”, pero aún no sabía qué.

—Que yo tenía razón... ¿En qué?

Al rato, volvió a entrar a la casa, e intentó retomar su libro, con el mismo ausente éxito con el que intentó dormir. Entonces agarró el teléfono y volvió a marcar. Atendieron.

—¿Familia Torques?

—Sí, diga.

—Disculpe, Don Francisco, habla su vecina, Mariel Sebrel. Disculpe la hora.

—Hola, querida, no hay cuidado, estábamos despiertos. ¿Cómo estás?

—Bien, bien. Mire, lo molesto porque he tenido una confusión, y quería disculparme con sus huéspedes. Sé que estuve mal, no entendía bien qué pasaba, y bueno, quiero aclararles mi proceder. Me asusté y estuve poco solidaria. No los dejé entrar con el frío que hacía, y realmente él estaba perdido. Y la nena que me atendió hace un rato cuando llamé, pobrecita, buscaba al papá...

Del otro lado del teléfono: silencio.

—Señor, Torques... ¿Me escucha?

—Sí, querida, pero... no sé de qué nena me hablás, o quién se perdió...

—Un hombre de campera marrón de cuero, con zapatos también marrones o botas no sé, muy limpios, creo que llevaba una camisa frisada verde claro y una bufanda también verde; rubio, con ojos marrones. Y la nena era rubia como él, de unos cinco o seis años, con un vestidito de lana blanco y unas medias gruesas, largas, con zapatos también muy limpios.. Y como le dije, él se sentía confundido, desconectado... se miraba las manos y su alianza como si no entendiera nada... Me contó que había venido a su casa a descansar, por eso lo llamo. Quisiera disculparme y... ¿Señor Torques? ¿Me está escuchando? ¿Don Francisco?

—Mariel, querida... no sé que es todo esto. No... No sé cómo tomarlo. Sí, ese hombre, mi sobrino... su mujer y su hija, iban a venir a casa ayer.

—¿Por qué dice “iban”? Se perdieron, pero deben estar por llegar, seguro, recién...

—Esperá, querida... Iban a venir ayer por la noche, pero nunca llegaron. Tuvieron un accidente en la ruta, cerca de tu casa. Acabamos de volver con mi esposa de la morgue, de reconocerlos. Se mataron los tres. No sé adónde llamaste hace un rato, ni a quiénes viste... No sé, querida.

Luego de un silencio que para ambos fue eterno, Mariel se largó a llorar, con un llanto desgarrador. No puede describirse de otra manera. Y cortó la comunicación.

El llanto no dejaba espacio para palabras. Mariel lloró sin ganas de tranquilizarse, sin motivos para dejar de llorar. Estremecida, sola, con respuestas que no podía asimilar, con angustia ahuecándole el pecho, vaciándose en cada grito de horror. Por entender todo ahora. Por no poder no creerlo.

Por ser parte de una historia que el tiempo transformaría en una leyenda más.