XIII. Experimento de letromancia • Varios autores

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Ilustración: Chad BakerLos caminos oscuros

En los caminos que van al bosque de Isalsaluenga, a trescientas millas de la frontera con Uganda, las noches no parecen terminar, a pesar de que el sol sale en la mañana, como un pedazo de fuego haragán y sibarita. Los aldeanos evitan adentrarse en los laberintos formados por los árboles brumosos y por una maleza casi viscosa, que ha crecido con los años. Las cigarras emiten chirridos casi metálicos, capaces de hacer estallar los tímpanos de cualquier hombre, que entre a sus reinos verdes; el terreno es fangoso, con pequeños charcos de pantanos, plagados de sanguijuelas y serpientes de agua. Algunos cazadores se aventuran a internarse en este cementerio verde, buscando cazar animales de pieles exóticas. Muchos no han vuelto al pueblo, aumentando con ello el desconcierto y el miedo entre los pobladores; los cuales, motivados por su animismo, tejen oscuras leyendas de espíritus que cazan a los humanos que han intentado adentrarse en lo profundo del bosque, a profanar los sueños de Los Cholungas, o demonios azules, en lengua nativa.

De noche se escuchan fuertes rugidos; se presume que son animales grandes, que se esparcen con la brisa, hasta llegar al pequeño pueblecito entroncado en una colina. Esto causa una marea de nervios e inseguridad, que no permite que duerman tranquilos. Algunos han abandonado ya sus hogares, temerosos de perder sus vidas. La última arrancada fue la de un joven explorador sueco, quien trató de adentrarse campo adentro, recolectando plantas medicinales. El cadáver apareció detrás de un montículo de piedras calizas; sus ojos no alcanzaron a cerrarse antes de morir, por lo que, a juicio de algunos, se trató de una gran impresión, producida por algo desconcertante. Pero, si la cadena de muerte es más que sospechosa, la forma como han muerto lo es aun más: todos, sin excepción, tenían una extraña incisión debajo del brazo izquierdo, como si hubiesen sido hechas con la finalidad de extraerles algo en particular. Todos los cuerpos encontrados hasta ahora carecían de sangre y estaban conservados de una manera perfecta, a pesar del tiempo que llevaban desaparecidos.

Hoy el gobernador de este apartado territorio tribal ha programado una expedición que realizará una patrulla del ejército; el fin de ésta es esclarecer los orígenes de todas estas muertes misteriosas. Los aldeanos, motivados por el miedo, se oponen a la expedición, porque consideran que aquello enfurecerá más a los demonios y luego, bajarán hasta su aldea para vengarse por la profanación de sus oscuros dominios. El comandante, conocedor de la naturaleza supersticiosa de los nativos, les dice que no pasará nada, porque ellos estarán allí para protegerlos. El brujo, hombre de larga sapiencia y conocedor de los misterios vedados al hombre común, está seguro de que todos morirán, como pasó con otros intentos anteriores. Como precaución degolló una gallina, tomó la sangre en un cuenco de higüero y trazó un círculo alrededor de su hogar para proteger a los suyos de los demonios, que aunque nunca han bajado a la aldea, está bien seguro de que lo harán hoy para cobrarse la afrenta. Todo el pueblo asustado desea que los militares se marchen cuanto antes de la aldea, porque hasta cierto tiempo hubo como una especie de pacto entre ellos y las extrañas criaturas.

El pacto consistía en que nadie violaría el espacio del otro; hasta cierto tiempo fue así, pero una compañía minera comenzó a hacer exploraciones tratando de encontrar yacimientos de diamantes. Desde allí se complicaron las cosas; éstos violaron el espacio de Los Cholungas y aquellos se saldaron con sus vidas. Desde aquel acontecimiento, el acuerdo parece haberse roto y los rugidos se suceden amenazantes, escuchándose a cualquier hora del día. Los aldeanos están bastante furiosos con los militares. Armados con garrotes y machetes se congregaron frente al improvisado campamento militar, pidiéndoles a gritos que se larguen. Los guardias están listos para cualquier imprevisto, mientras apuntan en dirección al grupo, que vocifera con furia. El comandante ordena disparar al aire para dispersarlos. De repente, la multitud enfurecida se abalanza contra la veintena de guardias temerosos; suenan las balas, cortando el aire, y los primeros cuerpos caen al suelo envueltos en sangre y por gritos de pánico. “¡Alto al fuego!”, irrumpe una voz como de trueno. Los fusiles se callan por un momento.

El brujo quiebra la efímera tregua, al tiempo que lanza una nueva amenaza, levantando su mazo en dirección al campamento; la multitud enfurecida le obedece, ahora, con más ímpetu por los numerosos muertos y heridos, que han caído por el fuego de los soldados. Copan el campamento como los mismos demonios que viven en el bosque; pueden verse los machetes cortar el aire, dejando un relámpago negro que ha transformado los predios de la aldea en un huerto de muertos. Se escuchan los roces de los filos chocando con la carne y los gritos desesperados de los jóvenes soldados, que tratan de correr entre los árboles frondosos, buscando ponerse a salvo de la muchedumbre enfurecida. La lucha, que pareció desigual, se ha transformado en un cuerpo a cuerpo. El caos bajó esta tarde azarosa y va dejando una estela roja a su paso. Aquí no hay indiferencia en cuanto a la muerte; caen de uno y otro bando, con equidad mortuoria. El brujo instiga a continuar la lucha. Está seguro de que la presencia de estos extraños pondrá a la aldea en peligro; ya antes trajeron el mal con la irrupción en su círculo de influencia. Le preocupaba que, una vez muertas las extrañas criaturas, pierda la posición de poder que siempre ha ejercido entre los temerosos nativos, que acuden a él como la única persona capaz de dar respuesta a sus inquietudes. Ya cayendo la noche, los muertos se cuentan en cantidades. La patrulla fue diezmada en su totalidad y ahora, los nativos caminan con los rifles colgados a sus hombros.

Hay dolor y llanto en la atmósfera; en las chozas, las madres lloran a sus deudos muertos, quienes a lo largo de todo ese tiempo se habían logrado salvar de la maldita criatura y no así de las manos de otros hombres. Los cadáveres se dispersan a doscientos metros a la redonda. Las aves de rapiña y las bestias comienzan a despedazarlos. Pueden verse brazos y piernas desprendidos de cuajo, de los cuerpos irreconocibles. El brujo, sentado a un extremo de la aldea, conversa con varios guerreros; le ordena matar dos cabras para hacer un gran círculo con la sangre, para ofrecérsela a los dioses. La noche comienza a servir de cementerio temporal a los muertos. La luna, quizás por miedo, decidió ausentarse. Una oscuridad casi viscosa, e impregnada de un fuerte olor a sudor, se adueña del bosque como una niebla con vida. Los escasos habitantes, que están fuera de sus hogares, se acuclillan alrededor de una inmensa fogata; sus rostros lucen cansados y hambrientos de lo que nunca han tenido: paz. De pronto, se escucha la fatalidad cotidiana emerger de lo hondo del bosque. El brujo sonríe; sabe que esas voces son sus mejores aliados. Mientras, levanta sus brazos al cielo con dos garras de león, que le han servido de amuleto y que han pasado de generación a generación, como símbolos del poder y el conocimiento.

Los pobres nativos tiemblan de miedo; sienten la inseguridad como una baraja maldita. Saben que están vivos por hoy, porque mañana vendrá el ejército a arrasar los pocos vestigios firmes que han quedado de la aldea.

 

Man in blue

(A R A)

Yo te escribía tres mentiras
guajiras, Yemayá,
y Ochún jugaba
con las negras mariposas
que surfeaban en las lámparas:
hogares de genios cosmopolitas.
Nos drogábamos los espíritus
con vainas oscuras
y perniciosas
que dan ataques de alegría
sin ser días festivos.
De lo profundo
se desplomaban las voces
de las gallinas existenciales
que dejaban huevos agridulces
en las retinas salobres.
¿Qué más querías?
¿Volar cometas con cielo nublado?
—No, las rosas
no caminaban, Yemayá.
Era tu séquito de Orishas
los que danzaban.
Los tambores gritaban lunes
feriado, con balsas
y Key West era el paraíso:
El Canaán de los nuevos israelitas
transeúntes del trópico.
En su arena blanca
soñábamos levantar chozas
de rumba, son y salsas borregas
para turistas incautos.
No fue así.
Por ello te escribo
tres mentiras mediáticas:
Estoy bien,
no te necesito,
déjame la puerta abierta
por las noches, cuando duermas...
No me preguntes si vuelvo,
que esas cosas no se dicen
a estas alturas,
cuando las nubes lucen sus calvas,
y los dólares parecen cuervos.

 

Ángeles de vientres grandes

Y es vinagre maligno
lo que expele
en sus negros manantiales.
Con sus pezuñas escarban
las vísceras oxidadas,
las aldeas de rocas elementales,
los páramos de maloliente
podredumbre.
Su dialecto macera;
huele a piel brocada
por martillos...
a dudosos humanos
que lavan bondades con escarnio
de feroces empellones,
con salvas pestilentes
que cuelgan
como babas mercenarias
de plumas amarillas.
Ángeles de conciencias sucias.
Ángeles de mordazas
en su traspatio:
Sus vientres se llenan
de lejanos inocentes...
¡Ángeles!
Ángeles astutamente humanos:
Oscuros emisarios del demonio.

 

Vudú y llanto para un tambor

Devuélveme, nuevamente al mar, Tambor.
Dame la ira de tu música
para saber que sigo vivo,
aunque por mis venas
sólo noche y rabia fluya.

Voy a llorar, Tambor…
procura que nadie sepa la razón
de este frío
que ha hecho de mi sueño
un collage de mariposas muertas.

Ven, conviértete en mi confidente,
porque fuera de ti
el sol no alcanza para iluminar
mi rostro,
y la ternura de las sirenas
son como égidas del cristal
para el hambre de mis oídos.

Pienso volar, Tambor,
aférrate al estruendo de mis alas,
juntos conquistaremos el tiempo
y la impetuosa muerte
nunca, nunca
logrará leer en nuestras huellas
su alfabeto de bocas y ojos rojos.
Pienso soñar, Tambor,
nunca olvides ser la esencia de mi sueño.