Homónimo
De no ser por esa costumbre que arrastro desde niña —de acudir donde no se me llama—, no estaría recostada en este incómodo camastro de adobes, aguardando que amaine la tormenta, lejos de la estación experimental y sin cobertor alguno.
—Aquí hay muchos conejos —dijo llorando el niño—, ¿por qué no puedo llevarme uno? Lo necesitamos para mi mamá—. Yo, bajo efectos de una rara compresión de garganta, observé cómo el llanto resbalaba por sus mejillas resquebrajadas hasta que mi conciencia me obligó a decir que sí, que le regalaba el gazapo; aunque perteneciese al proyecto, y que me esperase mientras buscaba mi maletín con los instrumentos para irnos en la moto a ver a su mama.
¡Ojalá pudiese dormir!, pero me sobresalto cada vez que la puerta se sacude. El viento frío penetra por los resquicios, y mientras el minutero avanza, lentamente aumenta mi nerviosismo.
Que no intervenga, me dijo terminante el curandero al verme ingresar en la casa. Repitió que consideraba como una agresión mi intento de impedir el rito, y de nada sirvieron mis disculpas y explicaciones. Ni siquiera se dignó salir cuando se lo pedí para poderme ocupar de la parturienta. Él no quería que me acercara a la mujer y, en realidad, era justo. No soy médico ni partera de humanos, pero si no ayudaba en el alumbramiento la campesina no hubiese conservado la vida.
No es correcto atacar sus creencias, ya lo sé. Sin embargo, no puedo permitir que degüellen conejos blancos cada vez que nace un niño y sólo porque el curandero así lo ordena; aunque esto me haga destinataria de una retahíla de conjuros y maldiciones. No comprendo por qué, mi incómoda posición momentánea resulta como una reminiscencia. Hasta la encuentro familiar.
La mujer intentó besar mis manos después de aquello, y no se lo permití. —Le pondré su nombre a la niña —dijo, y esto me puso muy contenta, mi nombre es tan raro. En la choza había algo intangible que flotaba en el ambiente sin que los demás pudiesen captar, pero yo sí. Era el hechicero, su mirada tiene una profundidad que sobrecoge. A pesar de eso pude darme cuenta de que él también me temía. Extrañamente todo resultaba ensayado, me anticipaba a sus movimientos y voces, como repitiendo una escena pasada.
Mañana es día de descole. Son más de cien los corderos que debo atender y sólo dispongo de dos ayudantes. Porque debo levantarme al alba, es que no acepté quedarme en la choza, como la mujer y el niño mayor me lo pidieron, después que la moto no arrancara. En mi abstracción, pese a olfatear el agua, calculé que estaría de regreso en mi trabajo antes de desatarse el aguacero. De alguna parte del piso proviene el ten-ten que provoca una gotera.
Después de recorrer una buena distancia en el regreso, me di cuenta de que el viento silbaba en mis oídos. Una ráfaga que traía agua mojó mi cabeza. Por momentos, la luz de la linterna iluminaba las plantaciones de cebada. Inútilmente busqué una que hasta ahora me había servido en la orientación. La noche ya estaba cerrada. El temporal arreció camuflando el paisaje. La lluvia fue uniformando aquella gama de marrón, de tanto en tanto salpicada de lunares verdes de tola, yareta y paja brava. Mis botas resbalaban en el lodo mientras las pilas de la linterna se agotaban.
Las casas del altiplano tienen disposición semejante. Ésta parece algo extensa. Como a otras la han debido abandonar sus dueños, huyendo de la miseria. ¿Quedará lejos de aquí el proyecto agrícola? Probablemente, ahora mismo, mi novio estará allí revisando sus apuntes sobre las variedades de papa, mientras me congelo en la oscuridad de este cuartucho.
La lluvia, que se transformó en tormenta, me obligó a buscar refugio. No era prudente continuar con el camino en ese estado. Tampoco pude volver sobre mis pasos. Un relámpago que cruzó el espacio iluminó una barda derruida, ¡maldita linterna!, justo se apagó en ese momento.
Mi voz se confundió con los truenos cuando llamé a los moradores sin obtener respuesta. Al tanteo busqué el bisturí para colocarlo en mi bolsillo. El muro era extenso. Parecía no haber puerta de acceso en él. Por fin toqué el marco de lo que pudo haber sido un portón. La tempestad me enceguecía, ¡mierda! ¿Quién sería el retardado que plantó un palo en la mitad del patio? Lo arranqué para no tropezar con él nuevamente al salir. Pese a no ser delgada, pude emplear esa tabla como bastón para contornear otra pared que no me permitía avanzar. Finalmente encontré una habitación con la puerta abierta. Fue otro relámpago el que iluminó la plataforma de adobes en el interior.
El miasma se percibe en todo el cuarto. De cualquier manera es mejor estar adentro. El madero que encontré sirvió como travesaño en la puerta. El minutero fosforescente ha completado una vuelta en mi reloj, desde que he llegado. Entre las grietas ruge el viento. Mis dedos, al tantear el bisturí que coloqué a mi lado, encuentran algo grasoso que decidida acerco a mi nariz.
A través del olor comprendo todo. Mi infancia regresa en fragmentos. Se acelera mi frecuencia cardiaca. La pesadilla que llenaba de horror mis noches de niña en este momento es real. Recuerdo el cementerio que aparecía en mis sueños y mis vellos se erizan. Lo que mis dedos tocaron son restos de velas de sebo. Estoy recostada en la plataforma en la que los difuntos reciben el responso.
Retiro la tranca. Intento avanzar velozmente. Parece que el camposanto va adquiriendo vida. Creo escuchar a las ánimas, repitiendo a mi paso el miserere. Como a propósito las cruces obstaculizan el camino. Presiento que ya no podré alcanzar la salida. Tiembla la tierra bajo mis pies por una detonación. Me inunda la luz roja de una bengala. Es mi novio, lo sé. Es él que me busca en la tormenta. Mi grito no parece humano.
El jeep se detiene y Mario corre hacia mí. Me hundo en esa protección que como milagro se me ofrece. Levantándome en brazos me lleva hasta el vehículo, siento la necesidad de continuar gritando hasta quedar exhausta. Él quiere que me deshaga de la tabla que aún conservo, pero no logro hacerlo. Lloro mientras me habla suavemente al oído. Al tranquilizarme finalmente le entrego el madero que resulta ser parte de una cruz azul celeste. En letras negras lleva escrito toscamente algo: “Anahí Painé”. Al leer mi propio nombre el vértigo me sugiere un abismo.
Simetría
Omar, nuestro hermano, parece no verla. Mamá pasa por su lado sin reparar en ella. Sin embargo, Alba está ahí. Yo la miro, sonrío y guardo silencio. Cuando mamá u Omar me sorprenden hablando con Alba, se enfadan. Mi madre acaba de retirar de la pared el retrato de papá y sale de la casa con Omar. Nuevamente harán cambiar el marco de la fotografía.
—Alba —le digo a mi hermana—, ¿piensas en papá?
—Sí, Aurora, continuamente pienso en él.
Recuerdo la noche en que murió papá. Nos prohibieron salir de nuestro cuarto. Teníamos miedo. Comenzamos a llorar. Papá, entonces, vino a vernos. Nos abrazó y dijo que debía hacer un largo viaje. Cuando le contamos a mamá que nuestro padre se despidió de ambas, se enojó mucho. Nos advirtió sobre eso de andar por ahí inventando cosas.
—Alba, papá no hubiera dudado de nosotras.
—Claro que no, Aurora. Él nos tenía mucha confianza.
Cuando murió abuelita se repitió la escena; nos encerraron bajo recomendaciones para que no saliésemos de nuestro dormitorio. Alba me propuso huir por la ventana y así lo hicimos. Abuelita estaba en el jardín, tejiendo en la oscuridad. “No se necesita luz para tejer”, explicó y nos dio un beso. Dijo que estaba tejiéndose un chal porque lo necesitaba para viajar. ¡Abuelita se va de viaje! Irrumpimos gritando a dúo, en el salón, Y callamos, porque nuestra abuela, entre candelabros y flores, estaba en su ataúd dormida.
—Alba —le hago una señal para que guarde silencio—, parece que mamá se ha desanimado de ir a la vidriería.
Mamá sube por la escalera. Escucho sus pasos. Me acerco a la ventana y miro. Omar está en el auto. Trata de encenderlo y no puede. Alba, que ha descendido velozmente, ya está sentada a su lado, pero, como de costumbre, Omar no la ve. Desde la ventana le hago señas y ella me responde con morisquetas. Nuestro hermano sale del auto y levanta el capó. Regresa a la casa en busca de herramientas, para nuevamente dirigirse al vehículo. Trata ahora de arreglar el motor. Había prometido llevarme de paseo y no ha cumplido su promesa. Alba imita sus gestos. Omar prueba otra vez y no arranca. Sale y llama a un vecino. Empujan el auto hasta la calle, para encenderlo aprovechando la pendiente. Mi hermano se desanima, Alba ríe y me contagia. Omar está furioso porque escucha mi risa.
—¡Mamá, Aurora, está hablando nuevamente sola!
—Déjala tranquila, hijo. Recuerda que se encuentra delicada.
—¿Enferma yo? Nunca me he sentido mejor. Pienso que Omar quiere que me lleven al médico. Me vigila todo el tiempo.
Me gusta mi nombre: Aurora. Alba y Aurora significan lo mismo. Dicen que mamá quería que nos llamáramos Mariana y Ana María. Supimos que papá, por su parte, pensaba en algo simétrico como Alis y Sila. Por lo visto, después de mucho discutir nos quedamos como Alba y Aurora. Cuando Alba salía a jugar por los alrededores y yo me quedaba en casa, tenía que decirle al regresar todo lo que ella había hecho.
—Te has bañado en la fuente.
—Sí —porque yo sentía en los pies ese estremecimiento que produce el agua, cuando mi hermana se metía en la fuente.
—Al siguiente día, era yo quien salía a jugar sola.
—Has comido manzanas —decía ella a mi regreso.
—Sí —porque Alba saboreaba el sabor de las manzanas mientras yo las mordía.
Cuando Alba se enfermó y la llevaron a la clínica quedé sola en la casa. Nadie hablaba en voz alta.
—Es mejor —me dijo un día mi madre— que te vayas al campo.
Fueron los días más tristes de mi vida. Todo, de improviso, perdió interés para mí. Ni siquiera el atardecer, cuando los pájaros regresaban a sus nidos y cantaban, llamaba mi atención. Era Alba quien sabía distinguir el canto de cada uno. Un día, sentada en el corredor, mientras escuchaba los trinos, sentí a mis espaldas la voz de Alba.
—Es un jilguero —¡y era cierto!
Todo volvió a ser como antes. Corríamos por los potreros, jugábamos a las escondidas y algunas veces, cuando nos dejaban solas, trepábamos a un árbol.
El día que ambas regresamos del campo, mamá y Omar esperaban en la puerta de la casa. Nunca los había visto tan serios. Me llevaron a la sala y mamá, después de sentarse a mi lado, me habló cariñosamente.
—Aurora —dijo—, Alba ha muerto.
Lloré, pero no por la muerte de mi hermana. No podía llorar por alguien que nos observaba desde el umbral. Lloré por mamá que, estando tan triste, me enterneció con su llanto.
A los pocos días, Omar me sorprendió cuchicheando con Alba. Enseguida le dijo a mamá que yo estaba hablando sola. Me llevaron al médico y empezaron las tabletas, inyecciones y jarabes, y ese peregrinaje por consultorios, donde otros médicos volvían a hacerme las mismas preguntas. Parecía que todos se hubiesen puesto de acuerdo en un solo propósito: que me olvidara de Alba, y eso era imposible —hasta cuando me obligaban a dormir, mi hermana reaparecía en mis sueños.
Omar me vigilaba tenazmente. Estaba (según lo que yo pensé) celoso porque mi hermana sólo conversaba conmigo. La única persona que parecía no preocuparse por mis charlas con Alba era Rosa, la empleada. Aparentemente los diálogos le resultaban divertidos, me miraba y reía. Reía y se encerraba en la cocina. Comprendí que Rosa se estaba burlando de nosotras. No le permitíamos intervenir en nuestra conversación porque ella reía de cualquier cosa. Tenemos que darle una lección, me dijo Alba, y yo acepté.
Mi hermana y yo estábamos de acuerdo en todo, menos en los colores. A ella le gustaba el azul y a mí el rojo. Mamá, que nos confundía frecuentemente, dejó que Alba tuviera el cabello largo, almío, en cambio, me lo hacía recortar regularmente.
—Aurora —me dijo una noche mi hermana—, ponte tu vestido de gasa roja y ve a decirle a Rosa que la necesito.
Cuando Rosa, cumpliendo mi instrucción, entró en nuestro cuarto, se encontró con Alba, vestida de azul y con el pelo suelto. Salió corriendo de la habitación para irse de la casa. Desde entonces no hemos vuelto a tener empleada.
Parece que, definitivamente, mamá y Omar se quedarán en la casa. Cuando el auto no funciona es así, mamá detesta los taxis y mi hermano es un cómodo.
—Alba —le digo en voz baja—, quiero dar una vuelta por el barrio.
Ella me propone salir por la ventana e ir de paseo en el auto que está parqueado en la calle. Nos deslizamos procurando no hacer ruido por la enredadera que baja hasta el jardín.
Omar ha dejado el auto con la llave de contacto puesta. Alba se sienta al volante. Tengo miedo porque no sé manejar, pero pienso que mi hermana sí sabe. Ella enciende el motor y arranca. Bajamos por la pendiente a toda velocidad. Reflejado en el espejo veo a Omar que desesperado gesticula y corre. Alba presiona el acelerador y reímos.
—¡Aurora!
—¡Alba!
—¡Qué hermoso es estar juntas!
La prueba
—¡Me descubro ante ti! —dijo extendiendo ambas manos hacia el vacío. La mujer morena y el niño se habían marchado minutos antes. No comprendí aquello, pero me mantuve en silencio. Mi madre me miraba, movió ligeramente su túnica para que no rozara el piso. Se acercó y besó mi mejilla—. Ese niño —me dijo—, llegó agonizante y se ha ido de aquí sano.
Mis ocho años de edad permitían que me asombre de muchas cosas y que olvide fácilmente otras; sin embargo, la recuerdo claramente: mamá tenía la tez trigueña y su mirada reflejaba una gran serenidad. De papá, sólo conservábamos el retrato. Supe que falleció poco después de mi nacimiento. El resto de mi familia se reducía a mis dos abuelos, que no vivían con nosotros, y a Tamara, mi hermana mayor.
Nuestra tienda, la única de telas en el pueblo, mantenía ocupada a mi madre durante algunas horas. El resto del tiempo, ella y mi hermana permanecían aisladas. Este extraño comportamiento, sumado a frases inconclusas que a veces sorprendía en mis vecinas, despertaban mi curiosidad.
—¿Qué hacen mamá y tú en la habitación? —pregunté alguna vez frente a Tamara.
—Leemos —me respondió—. No preguntes más. Todo lo sabrás a su tiempo.
Algunas personas aparecían por casa frecuentemente. Supuse que también leían. En esas circunstancias me enviaban con mis abuelos y me quedaba sin saber qué trataban en las reuniones. Sólo sorprendí en una ocasión a uno de estos visitantes besando la mano de mi madre mientras la llamaba “maestra”. Ella nuevamente se había vestido con la túnica blanca.
Una tarde, mientras realizaba mis tareas escolares, mamá ingresó en mi habitación.
—Osman —me dijo—, quiero que en esta semana compartas todo tu tiempo con tu hermana, porque no la verás durante algunos meses.
Tamara estuvo ausente dos años. Regresó convertida en una jovencita bastante parecida a mamá. Hablaba muy poco, y cuando lo hacía, era para emitir opiniones demasiado profundas para su edad. Continuaba asistiendo al colegio y sus horas libres las empleaba en darme reprimendas. Me abstenía de responderle, porque nuestra progenitora repetía constantemente que mi hermana era una elegida.
—¿Tamara tiene poderes? —pregunté rememorando la ocasión en que se mencionó esto último.
—No, por el momento —aclaró mi madre.
—¿Y yo, mamá? ¿Algún día..? —insistí.
—Puede ser —dijo ella en tono grave—, algún día.
Según mis conclusiones mi hermana era una muchacha especial. Las otras jóvenes asistían a fiestas y a reuniones; Tamara, por el contrario, sólo salía para hacer las compras. No se supo que se hubiese enamorado y no era por falta de pretendientes.
Todo el tiempo me tortura el recuerdo de la aciaga noche. Mi hermana había ido a la ciudad para cancelar algunas facturas. Mamá, que se encontraba ya acostada, estaba inquieta por su tardanza. Dormitaba por momentos y despertaba con sobresalto para preguntar si Tamara había regresado. Fue de uno de esos estados de vigilia del que se incorporó gritando. Salió descalza y corriendo como una demente. Asustado la seguí, la noche estaba fría. Mi madre lloraba mientras nos dirigíamos hacia el cementerio. Cuando llegamos frente al muro blanco se desvió hacia la espesura que rodeaba al camposanto.
Fui el primero en descubrir el cuerpo, Tamara yacía casi desnuda sobre la hierba húmeda. Mamá se arrodilló junto a ella, la abrazó y besó largamente: mi hermana estaba muerta.
Concluidos los funerales regresamos a casa. Mamá se aisló en su dormitorio durante algunas horas. Desde el salón se la escuchaba llorar. Yo también lo hacía. Lloré de impotencia al sentirme tan pequeño, incapaz de haber podido brindar protección a mi hermana, y a mi madre consuelo. Entrada la noche, mi madre me llamó.
—Es necesario que me ausente —explicó—. Lo sucedido con tu hermana no puede quedar así. Es el momento de ponerme a prueba.
Me quedé con mis abuelos y, como lo habíamos convenido, tres días después esperé a mi madre en casa. Regresó con la puesta del sol. No puedo precisar qué había cambiado en ella, pero ya no era la misma. Me tuvo abrazado durante unos minutos. Yo presentía que otra tragedia estaba por ocurrir.
—Madre —le dije entonces sollozando—, no me dejes, por favor, no quiero quedarme solo.
Hizo que la mirara directamente a los ojos, y desde ese momento supe que ya no tendríamos necesidad de hablar.
—Está bien —pensé—. Si es necesario hacerlo, no te detengas.
Me arrodillé ante ella, cerré los ojos y, tal como me lo señalaba, incliné la cabeza para que sobre ésta impusiera sus dos manos. No comprendía sus palabras, pero estaba seguro de que todo aquello formaba parte de un ritual.
—Puedes levantarte —dijo finalmente—, eso es todo.
A su llamado acudió un señor. Mi madre nos dio instrucciones y quedó claro que de ahí en adelante aquel hombre sería mi tutor. Luego él se retiró para que mi madre y yo nos despidiésemos en silencio. Recuerdo que miré cómo ella se alejaba hacia su habitación. Antes de alcanzar la puerta giró la cabeza hacia mí. Adiós mamá, repetí mentalmente. No te abandonaré —pensaba ella—, no lo he logrado, pero se hará.
Mi madre expiró esa misma noche, y hoy, después de algunos años, no ha sido una sorpresa para mí ver en el periódico las fotografías de aquellos desconocidos que durante algunos días habían estado recorriendo el pueblo en la época del fallecimiento de mi hermana. Dice la noticia que los tres juntos perdieron la vida anoche, en apariencia de muerte natural, frente al muro del panteón.
¡Me descubro ante ti!
Explicación al abuelo
Reitero que no actuaron sin mi consentimiento, abuelo. Porque te conozco es que pretendo dilucidar este asunto, además, estoy seguro de que el señor Numayer te escribió para ponerte al tanto de las cosas. Sucede que las instrucciones impartidas, de parte mía, en esos momentos, continúan pareciéndome correctas, aunque pienses que estuvieron motivadas por un asunto personal. Creo que el malentendido se debe a una parcial falta de comunicación entre nosotros. Sabes que si no te escribo a menudo es para evitar que, en alguna carta (como ocurre en ésta), se mencione algo referente al pasado.
Mi hermano Iván y yo siempre tuvimos el buen tino de mantenernos a prudente distancia de ti, y en silencio. Obviamos los festejos navideños, el primer día del año y otros acontecimientos que significaran una oportunidad para rememorar la desaparición de tu amado hijo: progenitor nuestro. Ya que debo continuar con ese tema, quisiera decirte lo mucho que a Iván y a quien te escribe, nos preocupó en alguna época, la actitud de desconfianza que asumiste, para con ambos, después del triste acontecimiento.
¿Por qué tu afán de encerrarnos cómo pupilos en aquel colegio suizo, si mi hermano y yo nos habíamos convertido en los únicos sobrevivientes de tu otrora numerosa familia?, ¿no es lógico que nos hubieses retenido a tu lado? No por necesidad de protección, ya que nos asignaste un guardia personal dentro del plantel, sino por el cariño que supusimos nos profesabas como a tus dos nietos y herederos.
Además (aún me lo pregunto ahora), ¿eran necesarias las sesiones psiquiátricas que nos vimos obligados a soportar, si todo lo conocías de labios nuestros? Personalmente, creo que esta etapa fue decisiva en el destino de Iván. No lo tomes como reproche, simplemente es una reflexión. De adolescentes, quisimos justificar tus actitudes como una falta de aceptación de la similitud que, desde el principio, hubo entre la vida de mi hermano y la mía.
El primer suceso es algo casi común. No sólo un industrial de renombre como tú puede engendrar hijos mellizos. Que uno de los niños haya fallecido al nacer es lamentable y doloroso. Que al sobreviviente, convertido ya en adulto, le hayan nacido seis hijos y luego un par de mellizos, es tal vez menos frecuente. Y aquel accidente (al tratar de esquivar una manada de lobos) sufrido por el remolque en el que todos íbamos de campamento, es una verdadera fatalidad. Lo cabalístico en este caso (repito los supersticiosos comentarios de la gente) es que Iván y yo somos dos séptimos hijos varones de la misma familia y resultamos ilesos en esa terrible ocasión.
Perdóname, abuelo, por remover la tristeza unos minutos. No he intentado abstraerte del asunto que me solicitas aclarar. Podía haberlo hecho por teléfono, pero coincido contigo muy rara vez. Comprende, la diferencia de cinco horas entre el país en que me encuentro y el de tu residencia, ya de por sí es un problema.
Me resulta necesario salvar la responsabilidad del señor Numayer en esta situación. Durante los años que mi hermano y yo permanecimos en el colegio, este empleado nos sirvió fielmente como acompañante. Es el único que continuó al lado de Iván desde que, apenas concluido el secundario, lo interné, por autorización tuya, en la casa de descanso donde también había permanecido nuestra abuela hasta su deceso.
Como sabes, mi posición de ejecutivo exige ocuparme de tus inversiones que constituyen mi patrimonio. Pese a que Numayer logró hacerme ubicar rápidamente en Francfort para notificar el suicidio de mi hermano, yo no podía regresar al lugar del hecho para hacerme cargo de todo personalmente, los negocios me requerían en aquella ciudad por lo menos un día más.
Pregunté si el proyectil causante de la muerte de Iván era de plata y se me informó que se trataba de una común bala de plomo. Esto, y la seguridad de que cuatro horas después habría plenilunio, fueron los motivos que me impulsaron a ordenar la cremación inmediata del cadáver, lo cual hacía innecesaria la repatriación de aquellos restos.
Espero, querido abuelo, haberte proporcionado una información clara y puntual. Lamento, como tú, el funesto acontecimiento, y compartimos el mismo dolor. Quiero que te quites de la cabeza esa idea, por lo tácita no mencionada en tu fax. No me motivó ninguna razón personal al consentir la incineración. Lo hice, únicamente, por el descanso eterno de tu otro heredero.
Antes de concluir, creo llegado el momento de sincerarme contigo y voy a hacerlo: pasan algunos años desde que asumí el hecho de que mi hermano, Iván, independientemente de ser tu preferido, me superaba en todo aspecto, hasta sus aullidos resultaban más lastimeros y más potentes que los míos.
Eso es todo por el momento. Recibe un fuerte abrazo.
Paul
Mito
Gorgoteo continuo en las clepsidras
temor de ciudad dormida,
palabras intermitentes,
estertor inaudible de respiraciones.
Cortando la oscuridad se presienten
los desfiladeros sagrados,
geografías veladas en los mapas
signadas por las constelaciones.
Se repite el registro del arcano,
neones a lo largo de la vía,
llegadas y encuentros de antípodas,
convocados por voluntad suprema.
La niebla entreteje agua y espuma,
antiguos rumores cadenciosos
de secretos cifrados en sepulcros,
inician el rito de regresión.