Los ojos de Mónica

Vivo en Buenos Aires, la Atenas del sur, soy un hombre instruido, y mi alma está absolutamente libre de supersticiones; ni martes trece, ni gatos negros, ni horóscopos o cartas astrales, ni ristras de ajos, ni levantarme de la cama con el pie derecho, ni la copa que se mueve para transmitirnos mensajes del más allá, ni... en fin, ninguna de esas majaderías.
Aunque... para ser franco, debería decir que mi alma está casi absolutamente libre; todo hombre tiene su talón de Aquiles; y, de un tiempo a esta parte, mi talón de Aquiles son los ojos de Mónica.
Hace cosa de un año, estuve un par de semanas en una editorial de revistas, haciendo unos trabajos. Allí conocí a Mónica Benítez, una vistosa dibujante pelirroja que no formaba parte del personal de planta de la editorial, sino que colaboraba free lance. Además de dibujar, diseñaba tapas y solapas de libros. Cuando Mónica llegaba a la editorial con sus cartapacios y sobres de papel manila, muy escotada y vestida con ropas ceñidas que subrayaban sus opulentas formas, los varones la recibían con bromas subidas de tono, que ella contestaba en el mismo estilo y seguían con la mirada (bueno, seguíamos) su andar rápido y ondulante y el mecerse de sus pechos.
Mónica no es la chica que uno presentaría a los padres, y nuestra abuela no comentaría en las tiendas del barrio: “Mi nieto encontró una chica muy linda y muy buena; ojalá se casen pronto, porque quiero tener bisnietecitos”; no, nada de eso. Uno mira a Mónica y no siente otra cosa que un vehemente deseo de llevarla en el acto a la cama.
Me había olvidado de ella cuando, hará cosa de tres meses, fui a la escuela donde enseña Claudia, mi cuñada, para devolverle unos libros a mi hermano.
A poco de salir del colegio, encontré por la calle a Mónica. Se acordaba de mí, la invité a tomar algo, y nos encaminamos a un café, mientras charlábamos. Que solamente trabajé unos días en la revista para hacer unas ilustraciones, que ya lo sé porque te llamé y me lo dijeron, que para qué me habías llamado, que porque tenía ganas de verte...
Cuando nos sentamos, Mónica se quitó la campera; seguramente, al ver sus estupendos pechos, que afloraban turgentes por su generoso escote, debo haber puesto una cara de fauno lascivo, porque ella se echó a reír.
—Mmm... Ya sé por qué tenías ganas de verme, Marcelo.
Mónica no es amiga de metáforas, eufemismos ni otras figuras; es muy desenfadada, casi tosca en su trato, pero en aquel momento me vino muy bien que fuese tan directa. Apenas se alejó el camarero, Mónica agregó:
—Vos me querés bajar la caña, ¿verdad?
Sin dilaciones, le propuse que fuésemos a un hotel, se volvió a reír, me dijo “¡Qué caliente que estás!” y cambió de tema; me preguntó si seguía trabajando con computadora, me explicó que tenía los minutos contados, pero que le dejase mi teléfono y en otro momento arreglaríamos para salir. Le di una tarjeta con mi teléfono y mi domicilio.
Esa misma noche, me telefoneó para decirme que al día siguiente por la tarde tenía que ver a un cliente, a pocos metros de mi apartamento.
—¡Ah, muy bien! Entonces, podríamos encontrarnos.
—Mejor, paso por tu casa y te llamo, porque no sé cuándo terminaré con mi cliente. ¿Te parece bien?
—Sí, perfectamente.
—Esperá... ¿Y si en vez de salir por ahí me invitás a tomar un café en tu apartamento? Con este frío, no dan muchas ganas de caminar.
—¡Excelente idea!
—Muy bien. A eso de las seis de la tarde pasaré por tu casa.
¡Se me hizo!, pensé, alborozado. “Mañana estaré en la cama con Mónica, y sin tener que gastar en un hotel”. Por favor, no piensen que soy un tacaño miserable; ocurre que en aquel momento andaba sumamente escaso de dinero (la verdad, es algo que me ocurre frecuentemente) y cualquier ahorro me venía de perillas. Acto seguido, me dirigí a mi computadora y proseguí mi trabajo, que había interrumpido por la llamada de Mónica.
Permítanme una pequeña digresión, que viene al caso: la tarea consistía en la revisión del original de un libro de historia; una amiga de una editorial me pasó el trabajo, y me dijo que la revisión la pagaría el autor, que pagaba muy bien y apenas lo tuviera terminado me pasaría el cheque; de modo que, como se podrán imaginar, estaba trabajando a todo vapor y ya casi lo había terminado.
A la mañana siguiente, bien temprano, apenas terminé el desayuno encendí mi computadora y continué la tarea. El trabajo progresaba bien. Al mediodía, me preparé un sándwich, hice un alto de veinte minutos y reanudé el trabajo. “Antes de que llegue Mónica, lo habré terminado; lo mando por correo electrónico al autor y seguramente mañana o pasado tendré el cheque”, pensé, al sentarme ante la computadora.
En aquel momento, sonó el teléfono. Era Claudia, mi cuñada.
—Marcelo —la voz de Claudia sonaba rara, como si estuviera alarmada—, hace un rato me encontré con Mónica Benítez, que fue compañera mía en el secundario, y vive cerca de la escuela.
—¿Ah, sí?
—Escuchame... tené mucho cuidado con esa mina. Me dijo que hoy te va a ver a tu apartamento y que se piensa encamar con vos.
Quedé atónito por unos segundos; por más que Mónica es tan desenfadada, no había pensado que revelara sus cosas íntimas con tanta frescura. Claudia continuó:
—No quiero meterme en tus asuntos, Marcelo; sos hombre, y es muy natural que te quieras llevar una chica a la cama, pero tenés que saber que Mónica es peligrosa.
—¿Peligrosa? ¿Es que tiene alguna..?
—No, no. No se trata de que te vaya a contagiar algo... al menos, no me consta.
—¿Y entonces?
—Mónica te puede echar el mal de ojo. No te rías; te aseguro que es como te digo.
—¡Vamos, Claudia! Vos sos una mujer instruida, profesora de ciencias sociales, estás viviendo en el siglo XXI, y no podés creer en supersticiones de la Edad Media. Mónica no me va a transmitir enfermedades, ni impotencia, ni nada con la mirada.
—No; a vos no te pasará nada. La que se va a joder es tu computadora. Mónica tiene un mal de ojo muy extraño, que afecta a las computadoras.
—¡Bueno, bueno! Esto sí que es nuevo. ¿Me vas a decir que Mónica mira una computadora y la estropea?
—Tal cual. ¿No te fijaste en la mirada de Mónica? Bueno, de la forma en que se viste, seguro que lo menos que le has mirado fueron los ojos; la próxima vez, fijate; verás que tiene algo... no sé, algo especial. Haceme caso, Marcelo, cuidate. Mónica no puede usar su computadora; se cansó de hacerla reparar y no consigue que le dure. Cuando tiene que hacer un trabajo en ordenador, va a un cíber.
—¿Todos los trabajos los hace en un cíber?
—Todos. Y, como en los cíber de su barrio ya se dieron cuenta de que les echa el mal de ojo a las computadoras, le niegan la admisión, y cada vez tiene que ir más lejos para encontrar un cíber donde no la conozcan.
—Me cuesta creerte.
—Si no me creés, andá a cualquier cíber y preguntá qué piensan de la pelirroja tetona. Verás que todos le tienen terror. ¡Ah! Algunos la conocen como la pelirroja culona; es según los gustos. Bueno, Marcelo, ya te avisé. Chau y cuidate.
La advertencia de Claudia me sorprendió mucho; siempre la había considerado una mujer razonable. Decidí no preocuparme por el tema, y apenas terminé de hablar con ella volví a sentarme ante la computadora. Continué trabajando hasta las once de la noche y me fui a dormir.
A la mañana siguiente, me levanté pensando que aquella noche me acostaría con Mónica; después de desayunar, cambiar las sábanas y ordenar un poco la casa me puse a trabajar con el original del libro de historia. A eso de las seis de la tarde, di por terminada la tarea de revisión. Hice funcionar el corrector ortográfico, para ver si no había tipeado mal alguna palabra, y me disponía a buscar los espacios dobles cuando llegó Mónica.
—¿Qué tal, Marcelo? Bueno, tranquilo... Quieto, no seas impaciente. Te pido un favor: ¿me dejarías usar tu computadora? Necesito escribir unos epígrafes; mi cliente tenía las computadoras ocupadas o con problemas, y quisiera terminar el trabajo ya, así no tengo que pensar más en el asunto. En cinco minutos termino.
Conduje a Mónica a mi computadora; se quitó la campera. Esta vez llevaba una blusa cerrada hasta el cuello; le comenté que tenía demasiados botones.
—Eso no es problema, si me ayudan a desabrocharlos —contestó riendo, y se puso a trabajar con la computadora mientras yo preparaba café. Cuando regresé con las infusiones, pocos minutos después, Mónica ya había terminado los epígrafes y estaba apagando la computadora. Guardó un disquete con su trabajo y, mientras bebíamos los cafés, se desabrochó dos o tres botones de su blusa.
—¿Me ayudás con el resto? —preguntó.
* * *
Como a las diez de la mañana, después de desayunar conmigo, Mónica se fue. Perezosamente, me hice otro café, recordando la estupenda noche que había pasado y estuve holgazaneando un buen rato. Por fin, me decidí a terminar el trabajo, encendí el ordenador y abrí el archivo... para descubrir, con pesadumbre, que se había convertido en basura. Ésta es una muestra de cómo había quedado el texto:
En aquella ¢poca se moderniz† Espa€a. Se tendieron gran n‰mero de lÇneas de ferrocarril. Pero la creaci†n de la red ferroviaria sirvi† adem¥s para que algunos personajes obtuviesen ping£es ganancias ilÇcitas, como la madre de la reina, MarÇa Cristina, o el banquero Ord†€ez, que no s†lo logr† una serie de concesiones (129 millones de subvenci†n en 1853-1854), sino que vendi† al Estado espa€ol la lÇnea Madrid-Aranjuez por m¥s de 60 millones y volvi† a tomarla de ¢ste en arrendamiento, sin licitaci†n previa, por un mill†n y medio al a€o.
Febrilmente, me puse a abrir uno tras otro todos los archivos que formaban el libro. Eran dieciocho, uno por cada capítulo, y todos ¡todos! estaban igual. Más de trescientas ochenta páginas de basura...
Pasado el primer momento de pánico, advertí una regularidad en las fallas del texto: la ñ se había convertido en €, la ó en †, y así sucesivamente; comprendí que podía reparar el daño por medio de la función de búsqueda y reemplazo y recordé que años atrás me había encontrado con un problema similar. En aquella ocasión, un amigo me enseñó a grabar la secuencia de acciones de reemplazo por medio de una macro, a fin de automatizar el proceso. De modo que me puse a trabajar pacientemente, y por fin pude reparar el estropicio. Envié los archivos al autor y un par de días después cobré un bonito cheque.
—Mónica me contó que estuvo con vos —comentó Claudia, cuando fui a visitar a mi hermano el domingo siguiente.
—Ah, sí.
—Mmm... Lo habrás pasado muy bien, me imagino. ¿Cómo anda tu computadora?
—Perfectamente.
—¿Sí? —Claudia enarcó las cejas, como extrañada—. ¿Mónica la usó?
—Compuso unos epígrafes, solamente la utilizó unos minutos.
—¿Y después no has tenido ningún problema?
—No... Es decir, sí, un pequeño problema con las letras acentuadas y las eñes y los signos de abrir interrogación... Pero eso pasa a veces. Probablemente, el autor mandó los archivos a la editorial desde una PC que tiene un sistema operativo muy nuevo a una Mac de la editorial que tiene un sistema viejo, y desde ésta me los mandaron a mí. Suele ocurrir que se presenten dificultades así, pero por lo demás no he tenido ningún problema con mi computadora.
Claudia meneó la cabeza.
—Puede ser... De todos modos, yo en tu lugar estaría alerta y resguardaría los archivos importantes. Otra cosa: ¿te fijaste en la mirada de Mónica?
—¿Qué tiene de particular?
—Es... No sé, una mirada muy fuerte, muy penetrante.
Claudia no me supo explicar lo que tenía de especial la mirada de Mónica; lo cierto es que hace un mes ésta me llamó para decirme que estaba a dos cuadras de mi casa, y me preguntó si la invitaba a un café... Vino con sus cartapacios y sus sobres, y prácticamente se repitió lo de la vez anterior: me pidió que le dejara usar unos minutos la computadora, porque su cliente (el mismo de la otra vez) tenía problemas con las suyas. “Parece que siempre tiene problemas con sus computadoras”, comenté.
Mientras ella trabajaba con el ordenador, fui a la cocina a preparar café y me quedé pensando en lo que me había dicho Claudia; efectivamente, me pareció que había algo especial en la mirada de Mónica; tal vez el ángulo en que las cejas descendían hacia sus ojos, tal vez algo indefinible en las pupilas...
Mónica vino a la cocina, con mucho mecerse de sus senos, y me besó.
—¿Estás preparando el café, mi amor? —preguntó, estrechándose mucho contra mí. Agregó:—. Por favor, me gusta muy dulce y calentito —dijo, y volvió a la computadora. Me quedé mirando el cadencioso balanceo de sus caderas y seguí preparando el café. Lo que siguió, ya se lo pueden imaginar...
A la mañana siguiente, tras despedirme de Mónica, encendí la computadora... para encontrarme con una siniestra leyenda en la oscura pantalla, algo así como “non-disk error” o cosa parecida. Llevé el ordenador a reparar y me dijeron que se había dañado irreparablemente el disco rígido. Tuve que mandarlo cambiar, esperar una semana a que me lo entregaran arreglado y después reinstalar el sistema operativo y los programas. Y, mientras tanto, continuar mi trabajo en cibercafés. Ya se sabe cómo andan las computadoras en los cíber, así que padecí un suplicio hasta que pude disponer nuevamente de la mía. Afortunadamente, tenía archivos de resguardo de mis trabajos. Pero, entre la reparación y los cíber, me costó un dineral; quiero decir, un dineral considerando mis ingresos más bien magros.
* * *
Esta mañana, desde bien temprano, me puse a trabajar; ocurre que el autor aquel al que le había corregido el libro de historia, me pasó otro, más extenso que el anterior. Me dijo que estaba muy contento con el trabajo que yo había realizado y, sin que yo se lo pidiera, me dijo que me iba a duplicar (!) la tarifa por cada mil caracteres; lo que se dice, el sueño ideal, pues este autor, por si fuera poco, paga prácticamente al contado.
Así que, como dije, esta mañana estaba muy contento trabajando cuando sonó el teléfono. Era Mónica, que me decía que por la tarde iba a entregar un trabajo al cliente que está cerca de mi casa, y si quería que tomáramos un café juntos... Le contesté que sí, aunque con una íntima desazón.
Mónica me ha creado un problema de conciencia; siempre me he reído de las personas supersticiosas, de todas las creencias irracionales... pero ahora tengo miedo. Me senté ante el monitor, y miré la página con la que estaba trabajando; un texto bien escrito, estilo agradable, lo único que tenía que hacer es mejorarlo un poco, depurarlo de algunas fallitas, y en un par de días estará terminado; seguidamente, un cheque... si todo va bien.
¿Y si no anduviese todo bien? Todavía recuerdo con terror la rotura del disco rígido, la semana que pasé en los cíber y los gastos. Mi espíritu racional me dice: “Todos los días, en el mundo miles de computadoras sufren desperfectos sin que intervenga el diablo, ni el mal de ojo, ni las mire Mónica con su fuerte mirada. No debo permitir que me atemorice una superstición tonta”.
Todo está muy bien, pero mi intuición, o mi instinto, o lo que sea, me dice: “Claudia, que es una mujer tan racional como yo, me asegura que todos los que conocen a Mónica no permiten que se acerque a sus computadoras. ¿Por qué el cliente que está cerca de mi casa siempre tiene sus ordenadores con problemas y Mónica tiene que usar la mía? ¿No será que ella le hace trabajos con pluma y papel, pero que no le permiten que toque sus máquinas?”.
Volví a mirar la página en el monitor; dos días para terminar el trabajo, un par de días para que el autor me pagase... En cuatro días tendría el dinero... Si todo marchara bien.
Dejé una marca en la página que estaba leyendo, apagué la máquina y desconecté todos sus cables. La llevé al dormitorio y la escondí entre unas frazadas que tengo en la parte alta de un armario. Cuando venga Mónica y me pida que le deje usar mi computadora (como presumo que hará), le explicaré que tuvo un desperfecto y la llevé a arreglar. Esperemos que allá en lo alto del ropero esté protegida de... bueno, llamémoslo del mal de ojo.
Estaba bebiendo un café, en la confianza de que la computadora estaba resguardada de cualquier hechizo, cuando pensé en el resto del equipo. Tal vez, aunque Mónica no pueda sentarse a trabajar, con su mirada podría afectar el monitor, un artefacto bastante nuevo, que me costó mis pesos. ¿Esconderlo también? Eso ya parecería raro... Recordé que en la panadería me habían regalado un almanaque de bolsillo con una imagen de San Cayetano en el dorso. Pegué la imagen en la parte trasera del monitor.
¿Y la impresora? No sé si el presunto mal de ojo de Mónica se extiende también a estos artefactos. Me quedé un rato sin saber qué hacer y luego recordé que aquí cerca, en la iglesia, funciona una pequeña santería; cuando termine mi café, iré a comprar unas estampitas de San Cayetano para la impresora y el teclado. Ah, y otra para el estabilizador de tensión. Ya que estoy, podría comprar también un frasquito de agua bendita, para asperjar todo el equipo, con cuidado para que no entre el líquido y cause un corto circuito.
¿Habrá algún santo que proteja especialmente los equipos de computación? Aunque suene raro, le preguntaré a la señora que atiende la santería. Bueno, a lo mejor no le suena tan raro.
Ahora que me acuerdo, muchas veces oí decir que la planta de ruda aleja los malos espíritus; creo que hay que ponerla junto a la puerta de entrada. Cuando vaya para la santería, pasaré por la casa de plantas de la otra cuadra y me compraré una.
Y después, más tranquilo, cambiaré las sábanas y ordenaré un poco la casa; hoy tendré otra noche de pasión con Mónica, mañana volveré a conectar la computadora y dentro de cuatro días cobraré mi cheque; mejor dicho, dentro de cinco, porque hoy ya no trabajo más.