XIII. Experimento de letromancia • Varios autores

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Ilustración: Chris ThomaidisLos poderes de Hilaria

Hilaria poseía un extraordinario sexto sentido y también una gran capacidad adivinatoria.

A pesar de vivir en un mundo de magia y supersticiones, su matrimonio con un ingeniero, con los pies bien plantados sobre la tierra, era un éxito.

Los extremos se atraen, solían decir.

 

Hilaria poseía un negocio de muebles antiguos en la calle de los anticuarios de la Via Della Spiga en el centro de Milano y allí recibía a quienes querían conocer su futuro. Destinaba a beneficencia lo que recibía por sus prestaciones porque consideraba que lo que ganaba con el uso de sus poderes naturales, no le pertenecía. Era sincera en la lectura de la borra de café, pero trataba de endulzar las malas noticias con un toque de esperanza, ya que estaba convencida de que una actitud positiva podía modificar el destino más adverso.

Mientras Hilaria estaba con sus clientes en la trastienda, una empleada se ocupaba del negocio.

 

A veces se sentía extrañamente agitada y sabía por qué; se trataba de la llegada de una fuerte intuición. Cuando eso sucedía, dejaba el negocio en manos de Rosy, subía a su Fiat con remolque y se lanzaba a recorrer la campiña lombarda.

Se detenía ante una casa para hablar con sus ocupantes obedeciendo al mismo impulso irrefrenable que la había puesto en camino.

La llegada de una desconocida ponía una agradable nota de color en la vida rutinaria de los campesinos y era siempre bien recibida.

Hilaria se presentaba con sinceridad, decía que poseía un negocio de muebles y que buscaba algo típico de la zona. ¿Tendrían en el desván muebles que no les servían, poseían algún objeto que quisieran vender?

En general su “iluminación” se revelaba acertada. Le mostraban las cosas inútiles acumuladas a lo largo del tiempo en desvanes o sótanos, y sus ojos expertos reconocían de inmediato los objetos de valor. Se mostraba atraída por cosas que no tenía ninguna intención de comprar y luego, pidiendo disculpas por la pérdida de tiempo ocasionada, decía que para retribuir la atención, compraría ese escritorio desvencijado o esas dos sillas maltrechas. Sabía que después de un adecuado restauro, esos muebles mostrarían su nobleza auténtica y obtendría al venderlos una cifra mucho mayor de la que ofrecía. La compra se realizaba sin inconvenientes y los hombres cargaban los muebles en el remolque. Finalizada la operación, Hilaria se dirigía hacia el taller del restaurador y la exaltación de la mañana desaparecía, dejando lugar a una satisfacción seráfica.

En esas ocasiones, acostumbraba pedirle a su marido que pasara por el negocio y controlara que Rosy dejara todo en orden al cerrar. Unas horas más tarde la pareja cenaba contenta, intercambiando las mutuas experiencias del día.

Los ataques intuitivos se repetían con relativa frecuencia, aunque no siempre las cosas le iban bien. A veces encontraba campesinos, que recelaban de su interés y postergaban la venta para otra ocasión.

 

Hilaria tenía una hermana melliza que vivía en Noruega a la que se sentía unida por un fuerte hilo telepático. Cierta mañana despertó asustada; había soñado con su hermana vestida de negro… Y ¡Carlota odia el negro, debe haber pasado algo!

La melliza confirmó su temor, esa noche su esposo había sufrido un infarto y estaba hospitalizado.

Hilaria decidió partir para Oslo con el primer avión. El ingeniero se ocupó de los trámites necesarios y la acompañó al aeropuerto. Quédate todo el tiempo necesario, no te preocupes, del negocio, me encargo yo —le aseguró al dejarla en el aeropuerto.

Hilaria esperó impaciente durante cuatro horas porque el avión saldría con atraso, pero en el momento del embarque, decidió de pronto no viajar. Salió agitadísima del aeropuerto y subió a un taxi.

Poco antes de llegar a su casa, escuchó por la radio que un avión con destino a Oslo se había precipitado en el despegue. Su avión.

Buscó temblando en su cartera el dinero para pagar el trayecto, pero fue tan maldestra que un espejito cayó haciéndose añicos en la acera.

Una señal que llega con atraso —pensó irritada Hilaria.

Al entrar en la casa se precipitó al dormitorio para avisar que estaba sana y salva, que su instinto la había salvado.

Lo que su sexto sentido no le avisó, fue que encontraría al marido abrazado a Rosy.