Libertad de expresión, poder y censura • Varios autores
Fin de año en Khe Sanh

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Life is what happens to you
while you are busy making other plans...

John Lennon

Caminando por los interminables pasillos del aeropuerto de Chicago-O’Hare, rumbo a un vuelo que me llevaría de vuelta a Montevideo, me topé con un ser de unos cincuenta años de edad, desaliñado, canoso y barbudo, tumbado en el suelo junto a una muleta de aluminio. Inválido por falta de una pierna, vestía una chaqueta militar con un par de medallas sin brillo colgadas de su pecho. Junto a un tarrito de metal había colocado un pequeño cartel de cartón, escrito a mano, por medio del cual solicitaba limosna, aduciendo ser un veterano de la guerra en Vietnam. Este hecho ocurrió en diciembre de 1997 y para entonces habían transcurrido más de dos décadas desde la salida en desbandada de las tropas norteamericanas de Saigón. La escena me pareció sobrecogedora, casi patética. Acentuada especialmente por la apatía y frialdad con que sus compatriotas pasaban por su lado, caminando con paso ligero e indiferente. Evitando su mirada o tal vez observándole brevemente y con desprecio. Señal inequívoca de una sociedad donde prima la intolerancia hacia los vencidos.

Me detuve un instante para observar si alguien se dignaba echar unas monedas en el tarrito de metal que el individuo ahora sujetaba en su temblorosa mano izquierda, con dedos entumecidos y llagados por el intenso frío de aquel invierno de Chicago. Casi todos pasaban raudos rumbo a sus destinos y miraban fijamente hacia adelante, como si aquel ser desgraciado no existiera. Finalmente, sin poder evitar una sensación de asco ante tal falta de humanidad, dejé caer un billete de un dólar en el tarrito y el hombre me lo agradeció sonriendo con mal disimulada tristeza, obsequiándome irónicamente con una diminuta banderita americana de papel.

Un año más tarde, en febrero de 1999, tuve que visitar Moscú por motivos de trabajo y nuevamente el invierno me sorprendió con una escena parecida. En uno de los túneles que pasan por debajo de las anchas avenidas moscovitas, próximo a la monumental estación de Belorusskaya, de donde parten los trenes con destino a Berlín y París, se agolpaban peatones con prisa, vendedores ambulantes, músicos errantes y mendigos andrajosos en busca de un poco de calor humano que les ayudase a sobrellevar el crudo invierno ruso. Contemplé esa masa humana que iba y venía semejando una marea monocolor, chapoteando entre el agua barrosa que producían las botas cuando se derretía la nieve adherida a sus suelas, anegando aquellos extensos e inhóspitos corredores. Entonces le vislumbré, recostado contra una pared amarillenta y descascarada. Semiescondido en un oscuro rincón observé a un hombre rubio y barbudo, de unos cuarenta y pocos años, tumbado sobre una sucia manta gris, donde algunos ciudadanos solidarios depositaban unos pocos rublos. Le faltaban las dos piernas, amputadas por arriba de las rodillas, vestía uniforme militar de campaña y en su pecho lucía varias medallas y condecoraciones. Intrigado, le pregunté a mi intérprete qué decía el cartelito que colgaba de su cuello. —Pide limosna por ser un veterano de la guerra en Afganistán —explicó Igor muy serio. Entonces comprendí que los extremos ideológicos tienen más en común de lo que uno cree y las naciones con delirios imperiales no quieren saber de derrotas...

Allí en aquel túnel moscovita, de forma inesperada, asaltó mi memoria el rostro pálido y sufrido de Gary Alexander. Un antiguo compañero en mis años de estudiante universitario en Fresno, California. Su odisea personal me ha había impactado profundamente cuando la describió con lujo de detalles una mañana brumosa del mes de febrero de 1972. Estábamos sentados en la cafetería de la Facultad de Economía, como era costumbre durante la época de exámenes, para compartir notas e información adicional sobre los cursos. Siempre quise escribir su historia, quizá como simple homenaje a un amigo que, con el paso de los años, le he perdido el rastro. O tal vez para desenmascarar, especialmente ante jóvenes lectores, los horrores de esa demencia colectiva que representa una guerra. “Porque hay que estar un poco loco o ser un inconsciente para querer ir a combatir. La gente normal, cuando puede, huye despavorida de los conflictos bélicos. Espantada por la muerte y la degradación humana que ocasionan”, pensaba yo entonces y aún hoy lo sigo manteniendo.

Aunque hayan transcurrido muchos años desde aquel conflicto en el sudeste asiático, el aberrante juego de la guerra y su desgarrador efecto de muerte no parecen pasar de moda. Quizá pueda creerse que el tema de Vietnam está muy trillado, luego de numerosas películas, documentales, series de televisión, novelas, ensayos, biografías, etc., pero aquella fue la primera y última guerra en la cual la prensa pudo retratar toda la verdad. Y destapar las mentiras oficiales, por televisión y en colores, a la hora de la cena familiar, sin tapujos y con lujo de detalles. Desenmascarando la barbarie que ensangrentó aquel lejano país durante más de diez años (con sus tres millones de vietnamitas muertos y 58.000 norteamericanos caídos en combate). Ahora, aunque sea con armas más modernas y sofisticadas, las matanzas se han vuelto a repetir en Afganistán, el Golfo Pérsico, Bosnia-Herzegovina, Kosovo y más recientemente Chechenia; pero la cobertura en estas ocasiones, a menudo ha sido manipulada y censurada por las autoridades, tanto civiles como militares.

—No hay gloria alguna en el combate —solía decir Gary—, únicamente dolor, locura colectiva y salvajismo... Tuyo, de tus compañeros y del enemigo. Porque éste también sufre las mismas calamidades.

Sólo una vez habló en detalle de sus experiencias como soldado y fue durante aquella ocasión antes mencionada. Gary acababa de volver de un viaje a San Francisco, donde junto a otros veteranos de guerra, habían ocupado el consulado de la República de Vietnam del Sur, causando gran conmoción entre los estadounidenses más conservadores. Especialmente en el presidente Richard Nixon y el entonces gobernador de California, Ronald Reagan. Y ambos juraron vengarse de tal afrenta. Pero aquél no fue un acto aislado sino parte de una acción combinada, perfectamente organizada por la Asociación de Veteranos de Vietnam Contra la Guerra (A.V.V.C.G.). Una acción conjunta y coordinada a nivel nacional para protestar por el onceavo año de intervención norteamericana en el sudeste asiático. Gary y un contingente de dieciséis ex combatientes entraron en el consulado de forma absolutamente pacífica, a las nueve y media de la mañana. En otras partes de los EEUU, en ese mismo momento, coincidiendo con las festividades navideñas del año 1971, grupos de “veteranos” también estaban copando la Estatua de la Libertad en Nueva York, la Casa de Betsy Ross (heroína de la Revolución Americana) en Filadelfia y otros importantes monumentos nacionales de aquel país.

El revuelo fue mayúsculo. Estas acciones de guerrilla urbana de la A.V.V.C.G. correspondían a lo que ellos habían denominado “Operación Paz en la Tierra” y representaban una protesta simbólica y no violenta de los más de treinta mil miembros de dicha asociación.

En San Francisco, el cónsul general survietnamita y todo su personal abandonaron las oficinas rápidamente, asombrados y quizá un poco asustados por la audacia de la acción. Los nuevos ocupantes del consulado montaron barricadas contra las puertas y procedieron a efectuar numerosas llamadas telefónicas a los medios de comunicación, anunciando los hechos acaecidos. Media hora más tarde, en la calle se había formado un gran tumulto. Coches patrulla, prensa, radio y televisión, camiones de bomberos, cientos de curiosos y hasta un par de ambulancias. Acto seguido, comenzaron por parte de la policía las acciones de represalia y contraataque. Primero, cortaron todas las líneas de comunicación con el exterior. Sin embargo, los “veteranos” habían previsto tal medida e inmediatamente utilizaron dos radioteléfonos para poder hablar con sus compañeros ubicados en el exterior del edificio, mezclados entre la muchedumbre que ahora comenzaba a agolparse ante la puerta principal del consulado. Aunque poco tiempo después de recibir importantes mensajes sobre la llegada de más contingentes policiales, el tipo de armas que portaban y cuántos efectivos eran, los radioteléfonos fueron interceptados y sus operadores arrestados. Desde el interior del consulado, la última comunicación con el exterior fue a través del teletipo, para enviarle un mensaje al gobierno survietnamita en Saigón, expresándole el punto de vista de la A.V.V.C.G. y su oposición a la guerra.

Finalmente, se dio la orden policial de desalojar el consulado y los “veteranos”, satisfechos del éxito obtenido, procedieron a desbloquear las entradas. Lo habían ocupado pacíficamente y deseaban salir de la misma forma. Sin embargo, la policía, luciendo sus equipos antidisturbios y pareciendo más bien una banda de seres extraterrestres, irrumpió con furia dentro del consulado. Profiriendo gritos amenazadores, arrestaron a los diecisiete ex combatientes. A Gary le prendió un policía pelirrojo y barrigón. Como primera medida, sin mediar palabra alguna, le colocó un par de esposas. Luego, le sujetó con firmeza por los rizos de su melena, tirándole brutalmente de la cabeza hacia atrás y a empujones le sacó del edificio rumbo a un furgón celular. El público presente se dividió entre aplausos e insultos. Mientras el policía barrigón, furioso y con el rostro enrojecido por el odio acumulado, le murmuraba al oído:

—¡Dame una oportunidad para romperte los huesos, hippie maricón! ¡Comunista hijo de puta! ¡Traidor! ¡Sólo eres basura! ¡Un vendepatrias! ¡Una vergüenza para América!

Gary nos contó que mantuvo su sonrisa, permaneciendo inmutable a pesar de los insultos y sacudones. No tenía la menor intención de responder a las provocaciones. Entonces el policía le golpeó salvajemente en los riñones hasta hacerle hincar de rodillas en la acera. Luego le volvió a golpear en la espalda y Gary quedó tumbado bocabajo. A continuación, le aplastó la cabeza contra el suelo hasta hacerle sangrar por la nariz. Por último, colocó su pesada bota sobre la nuca y su cachiporra tocando de forma amenazante la columna vertebral de Gary, a la altura de los riñones. Todo esto sucedía ante la mirada atónita de unos e indiferente de otros, que observaban los hechos desde una distancia prudencial. Se acallaron los gritos y nadie protestó. Un repentino miedo colectivo se apoderó del público presente, que prefirió seguir su camino o quedarse mirando pero sin reaccionar ante aquella injustificada brutalidad policial. Un periodista del Los Angeles Times intentó acercarse a los “veteranos” antes que les subieran al furgón celular pero la policía se lo impidió con muy malos modos.

Aún conservo la foto de un periódico universitario en el cual aparece mi amigo Gary dentro del despacho consular, luciendo su abundante melena rubia y una chaqueta militar con sus seis medallas, junto a un retrato del presidente Thieu, que alguno de los nuevos ocupantes, en un gesto burlón, había colgado al revés. Recuerdo que al ver las fotografías que nos mostraba mientras bebíamos café con Anne Berg (buena amiga y compañera de ambos), le pregunté qué decían sus antiguos oficiales, graduados de West Point, al ver aquel grupo de “veteranos” melenudos, algunos de ellos con abundantes barbas, luciendo con desdén sus viejos y raídos uniformes y los distintivos de sus regimientos. Duro contraste con el aspecto impecable que se espera de un militar estadounidense retirado. Todo aquello me pareció un poco incongruente y se lo comenté:

—Eso parecía una convención de hippies o una delegación del ejército rebelde fidelista...

Gary me miró sorprendido.

—¿Por qué lo dices? No creo que el aspecto personal tenga mucho que ver con el valor o la moral de cada uno —respondió molesto por mi comentario—. Además, no se puede considerar malos soldados a los cubanos, simplemente porque lleven melenas y barbas. Los hechos históricos demuestran todo lo contrario...

Evidentemente lo que había dicho estaba fuera de lugar. Sin embargo, para mis raíces culturales latinoamericanas, aquello sonó a velado reconocimiento y pregunté si se sentía admirador de Castro y el Che. En esos años, llevar una barba desprolija era visto por la mayoría como sinónimo de rebeldía, izquierdismo y desaliño personal. Entonces él frunció el ceño y replicó que su única causa en ese momento era conseguir que se detuviese la matanza de personas inocentes, tanto norteamericanas como asiáticas en aquella guerra estúpida.

—Para que la mayoría de los ciudadanos de este país y el gobierno de Nixon se den cuenta de una vez por todas que no vamos a ganar y debemos salir de allí cuanto antes.

—¿Por qué continuáis haciendo manifestaciones en contra de la guerra en Vietnam, ahora que Nixon ha comenzado a reducir el número de tropas destinadas allí? —preguntó Anne con curiosidad—. Además, ahora las bajas son cada vez menores...

La pregunta no era capciosa y a Gary pareció agradarle, lo suficiente como para comenzar la conversación por ese punto. A pesar de ser un sobreviviente de aquel infierno, de estar de vuelta en casa y haber iniciado sus estudios universitarios, era evidente que temía caer en la personalización de “su” guerra y “sus” recuerdos. Rememorar aquella guerra le era aún muy penoso y traumático.

—Tuve suerte. Me hirieron pero me salvé —murmuró casi como excusándose—. No como muchos otros. Algunos, buenos amigos; otros simplemente compañeros de fatigas, pero todos seres humanos de carne y hueso. Ningún superhombre, simplemente muchachos recién salidos del instituto secundario.

Echó su cabeza hacia atrás como para inhalar más aire en sus pulmones y continuó:

—Los reclutas lloran cuando llegan allí. Piensan en su madres y en sus novias, y piensan en volverse a casa. Se acuerdan de lo que dejaron atrás en sus hogares y que llevan en sus corazones. La mayoría de esos muchachos no han cumplido los diecinueve años y se les pide que hagan en unas semanas lo que apenas consiguen los filósofos más afamados en toda una vida de reflexión: darle un sentido a la muerte. Sin saber cómo aprenden a olvidar, y poco a poco dejan el fuego ardiente de llevan en sus cuerpos y lo único que les queda es lujuria y rabia... Por eso se cometen actos tan atroces con la población civil.

Entornó brevemente sus ojos, tragó saliva y le permitimos que se tomara su tiempo. Anne y yo éramos meros espectadores en un conmovedor ejercicio de catarsis que no sabíamos adónde nos llevaría.

—Aún hoy, en este mismo instante, están muriendo muchos jóvenes combatientes, norteamericanos y vietnamitas, en una guerra que nadie quiere. Y estamos matando a miles de inocentes con nuestros bombardeos sobre Vietnam del Norte, Laos y Camboya. Las encuestas muestran que hasta un ochenta por ciento de nuestro pueblo rechaza la guerra y sin embargo no tenemos el poder de decisión sobre nuestros gobernantes, supuestamente elegidos en forma democrática. ¡Por eso nosotros decimos: Basta a la matanza!

—Pero de los cientos que morían cada semana hemos pasado a tan sólo unos cuantos. Éste es un paso en la dirección correcta... Reconócelo —insistió Anne.

—Un solo soldado muerto en una guerra estúpida es una tragedia. Créeme, los “veteranos” conocemos mucho mejor lo que es la muerte en campos de batalla que cualquiera de esos políticos en Washington, que intentan legislar sobre ella. Y te olvidas de los civiles que seguimos matando. ¡Ese es su país, Anne! ¡No podemos ignorar el sufrimiento de la otra parte...

Nuestra amiga quedó pensativa y observó fijamente a Gary.

—A mí me parece que con estas demostraciones no están ayudando demasiado a la tropa que está en Vietnam.

—Perdóname, Anne, nosotros SOMOS la tropa...

—¿Y no les preocupa que el gobierno tome represalias por vuestra rebeldía y desacato?

—¿Qué castigo terrible crees que podrían imponernos por ser chicos malos? —protestó Gary irritado—. ¿Enviarnos otra vez a Vietnam?

Hubo un momento de silencio y confieso que temí un enfriamiento en la camaradería que reinaba entre nosotros tres desde hacía varios meses. Finalmente, Gary se tranquilizó un poco y dirigiéndose a mí, preguntó:

—¿Tú no has estado en el ejército, Roberto?

—En mi país no existe el servicio militar —contesté—. Además, tengo una lesión en la columna que creo me impediría la incorporación a filas.

—¡No sabes la suerte que tienes! ¡Y la que tienen tus fuerzas armadas!

Los tres reímos con su comentario tan espontáneo e irónico, aunque Gary supo entonces, estoy seguro, que nunca podríamos comprenderle totalmente. Le sería imposible transmitirnos todo lo que sucede cuando los hombres se vuelven bestias y lo único que importa es sobrevivir. Recuerdo que quedó callado por un instante, bebió un sorbo de café y con un tono repentinamente apesadumbrado, continuó su relato:

—Nunca he visto a tantos hombres llorar como cuando estaba en Nam. Y qué admiración sentí por los negros e hispanos. ¡Qué valientes y feroces “perros de la guerra”! Endurecidos muchos de ellos por la lucha diaria en los ghettos de las ciudades de donde procedían y ahora veteranos por infinidad de combates. Cuando veías a aquellos aguerridos soldados sollozando ante la muerte de un compañero, se te conmovía el alma. Eso sí que era pura solidaridad...

Anne y yo nos miramos en silencio.

—¿Saben una cosa? Uno de los mayores temores que teníamos era a morirnos solos. Sin nadie que nos abrazase o que nos transmitiese amor. Por eso procurábamos que hubiese siempre alguien junto a los moribundos. Para sujetarles la mano, hablarles y consolarles. A mí me tocó con Rick Mathews y nunca podré olvidarlo...

—¿De verdad quieres hablar de ello? —preguntó nuestra amiga, demostrando infinita dulzura y comprensión.

—Sólo si de ese modo logro que ustedes entiendan lo que realmente está sucediendo allí, en las malditas selvas de Nam... Para que luego se lo expliquen a los demás.

—Lo intentaremos —repliqué yo—, aunque creo que la mayoría de la gente ya tiene una muy buena idea de lo que es todo aquello.

—Sí, puede ser —respondió Gary muy serio—; pero igualmente votaron a Nixon otra vez y ganó de forma aplastante.

Anne se levantó y fue a buscar café para ella y un pastel de manzana para Gary. Yo permanecí sentado frente a mi amigo, que se rascaba el bigote y me miraba, sonriendo como suelen hacer los hermanos mayores antes de comenzar a explicar algo importante a los miembros más jóvenes de la familia.

—Cuéntanos sobre Rick —dijo Anne al regresar y, cambiándose de sitio, tomó asiento junto a mi amigo. Quedé entonces ubicado frente a ellos dos y por primera vez sentí que podía llegar a ser el tercero en discordia.

Gary comenzó su relato diciendo que Rick era negro, semianalfabeto y muy valiente.

—No éramos amigos pero nos respetábamos mutuamente y habíamos combatido juntos muchas veces desde nuestra llegada a aquel infierno verde que era Khe Sanh. Habíamos llegado en el mismo contingente de marines desde Camp Pendleton, en la primavera del año 1969, y llevábamos siete meses de servicio. Participamos en muchísimas acciones en las cuales causamos abundantes bajas al enemigo y a civiles inocentes también. Incluso sufrimos las bajas de buenos camaradas, así que la sangre, la muerte y el sufrimiento no eran cosa nueva para nosotros cuando nos tocó vivirla en carne propia.

—¡Debe ser horrible! —exclamó Anne y yo asentí con un leve movimiento de cabeza.

—Al principio, me sentía un patriota. De los verdaderos, no de esos que van con la banderita de las barras y estrellas a todas partes. Creía que defender a Vietnam del Sur era lo correcto y así lo hice. Sin traumas y con naturalidad. Creí lo que me habían enseñado en la escuela sobre la pesada carga que debe sobrellevar nuestra nación como “bastión y defensor de la democracia en el mundo...”. Luego me di cuenta de que la gente a la que supuestamente íbamos a salvar no nos quería allí y que además estábamos destrozando sus casas, sus cultivos, sus selvas y hasta sus vidas con nuestro napalm, nuestras bombas y nuestra artillería. ¡Eso fue un verdadero shock para nosotros! Además, nos dimos cuenta de que tanto los generales como los políticos nos mentían descaradamente y que esta guerra infame y sin sentido a la cual nos habían enviado a luchar, nunca se iba a ganar. ¡Si no puedes o no quieres invadir territorio enemigo y sólo te dedicas a defender tu terreno, jamás vencerás!

Anne y yo le escuchábamos atentamente, con admiración adolescente. La cruda imagen del ex combatiente estaba impuesta con tal firmeza en su rostro curtido que quizá no permitía ver los aspectos más gentiles e introspectivos de su personalidad. Esa extraña mezcla, compulsivamente atractiva aunque paradójica, de encanto sensible y fuerza física. Aquella nobleza, su apasionamiento en defensa de las ideas y sentimientos, su carácter reflexivo, cauteloso en extremo y también, por qué no decirlo, algo complicado.

—¿No crees que si esta guerra hubiese sido más corta o estuviésemos ganando, no habría tanta oposición moral por parte del pueblo americano? —preguntó Anne.

La pregunta era inteligente y Gary comenzó a dirigir la palabra más a ella que a mí. Se sentía cómodo hablando con Anne. Ella también era californiana y había vivido las mismas experiencias a nivel social, religioso, educativo y cultural. Venían prácticamente del mismo molde y yo era un estudiante extranjero, distinto, agnóstico y suramericano.

—Evidentemente, una victoria rápida habría acallado muchas críticas, pero para lograrla hubiésemos tenido que arrasar Vietnam del Norte y cometer crímenes aun más horrendos. De todos modos, habrían muerto muchos jóvenes americanos y la muerte en combate nunca es bella. Además, estaba el temor al posible Armagedón que provocaría una intervención soviética o china. Era demasiado riesgo para nuestros políticos. Por eso nos obligaron a luchar una guerra limitada y así nunca se puede ganar.

—Oyéndote decir eso pareces un “halcón” —dije yo con tono irónico.

—Sólo intento explicar nuestro fracaso en términos puramente estratégicos. Para empezar, nunca deberíamos haber ido allí. Segundo, una vez descubierto nuestro error, deberíamos haber sido valientes y rectificado a tiempo. Así hubiésemos evitado miles de muertes inútiles.

—¿Cuando comenzaste a descubrir que todo aquello era un gran engaño? —insistí intrigado.

—Creo que fue al bajar del avión que nos traía desde California. O tal vez antes, nomás despegar de Okinawa rumbo a Da Nang. Cuando nos advirtieron que al detenerse el aparato en la pista, había que correr para ponerse a resguardo. Incluso, un oficial durante el trayecto nos señaló una mancha verde oscura que se vislumbraba entre las nubes y dijo: “Miren. Eso allí abajo es Vietnam. Espero que no nos disparen durante el descenso”. Todos pensamos: ¡Mierda! ¡Esto debe estar muy mal si ni siquiera podemos aterrizar tranquilamente en nuestras propias bases! En realidad, desde la famosa ofensiva del Tet, sabíamos que esta guerra no iba a ser un paseo y que probablemente moriríamos muchos antes que acabase. Pero nos sentíamos excitados por esa inconsciencia juvenil que te impulsa a aceptar lo inaceptable. Éramos novatos y teníamos trece meses de servicio por delante. Había que aguantarse...

Gary dio un mordisco al pastel y aprovechó para beber el último sorbo de su café.

—Las otras cosas que recuerdo claramente son el intenso calor y la humedad que te pegaba como una bofetada cuando salías del avión. ¡Era insoportable! Comenzabas a sudar inmediatamente y te dabas cuenta de que no estabas hecho para esto. De que la vida sería muy dura en la selva. Entregaron tabletas de sal y nos dijeron: “Dos al día. No se olviden de tomarlas porque les evitará desmayos y además ayudará a sudar”. ¡Sudar! ¡Estábamos empapados y encima nos querían hacer sudar! Éramos muy ignorantes, sin ninguna experiencia en climas tropicales. Luego distribuyeron los M-16 y nos dijeron que habíamos sido asignados a la Segunda División de Marines. Que nos transportarían en avión hasta Quang Tri y desde allí en camiones hasta Phu Bai, por la Ruta Uno. Todos esos nombres nos sonaban rarísimo y provocaban risas, aunque después llegaron a sernos trágicamente familiares. En Da Nang no se estaba mal, pero a medida que íbamos subiendo hacia el norte, las condiciones de los campamentos y la tropa empeoraban considerablemente. En el batallón dijeron que nos dividiríamos en compañías y que la mía se llamaría Fox Trot. En principio, me gustó el nombre. Tenía un dejo musical, casi gracioso. O al menos, así me pareció. Pero claro, yo tenía diecinueve años recién cumplidos y nunca había estado lejos de Fresno. Todo era novedad.

—¿No tenían miedo?— preguntó nuestra amiga Anne con cara de preocupación. Ella era una auténtica belleza nórdica y aún hoy la recuerdo bien. Con su hermoso rostro pálido, agudamente esculpido, su tez suave y blanca como de porcelana, y sus alegres ojos azul claro, brillando dulcemente bajo la luz cenital de aquella moderna cafetería. Alta, delgada, de cabellos largos y ondulados color castaño, que peinaba hacia atrás a partir de su espléndida frente y que le cubrían media espalda. Yo sentía un cariño muy especial por ella y deseaba poder llegar a más que una buena amistad. Sin embargo aquel día, Anne parecía estar descubriendo por primera vez al verdadero Gary Alexander. Y era obvio que le cautivaba. A mí también me interesaba mucho lo que decía el ex combatiente. Era una oportunidad única para escuchar el relato en primera persona de lo que es una guerra. Esa guerra que tanto afectó a mi generación. Pero también confieso que comencé a sentirme intranquilo por la actitud de Anne y quizá, por qué no reconocerlo, algo celoso.

Mi amigo Gary giró su cabeza y le miró con aquella expresión suya, tan carismática y convincente.

—¡Claro que teníamos miedo! ¡Mucho miedo! Aquella misma noche, sin apenas descansar, tuvimos nuestra primera guardia. El sargento Peters, un negro veterano con once meses de servicio, me dijo que le avisara si oía algún ruido extraño y se echó a dormir. Yo tenía todos mis sentidos en estado de alerta y me parecía oír sonidos raros por todas partes. Hasta que de repente oí un ruido espantoso. Desperté a todo el mundo y sacudí al sargento sujetándole bruscamente por el brazo. Sentí verdadero pánico. “¡Hay algo allí fuera que se mueve!”, grité asustado. Por suerte, resultó ser un búfalo que pastaba entre la maleza y por culpa suya, me convertí en el hazmerreír de toda la tropa durante varios días...

Anne sonrió con la simpática anécdota, encendió un cigarrillo y ofreció otro a Gary. Éste declinó cortésmente y prosiguió su relato. Recordar aquellos incidentes parecía hacerle bien y ahora se le veía más relajado.

—Fue una locura casi desde el comienzo. A los pocos días de estar instalados nos informaron que íbamos a ser trasladados a Khe Sanh. La sola mención de aquel sitio maldito producía escalofríos en nosotros. Nos metieron en helicópteros y hacia allí volamos. Khe Sanh desde el aire parecía un seno de mujer, con una línea de trincheras en zigzag todo a su alrededor. Allí se habían desarrollado terribles combates y aún era considerada una zona de alto riesgo. Creo que al bajar de los helicópteros, corriendo por supuesto, y al enfrentarnos con los soldados que habitaban aquella ratonera, con su aspecto de zombies, rostros demacrados e inexpresivos, quebrados por el cansancio, la lluvia y el barro omnipresente... Y al ver sus uniformes sucios y raídos, nos dimos cuenta de que estábamos en el frente y eso produjo en nosotros un shock brutal. ¡Allí la gente realmente moría a tu alrededor todos los días y existían muchas posibilidades de que te tocara a ti también! Esto no era como en el cine o la televisión. Por allí no pasaba John Wayne, siempre virtuoso, para salvarnos... ¡Les juro que sentí un miedo espantoso! ¡Un miedo racional e incontrolable!

Nos quedamos en silencio, mirándole muy serios. Profundamente impactados por lo que estaba contando y noté que a Anne se le enturbiaban levemente los ojos.

—A los novatos, generalmente nos asignaban las misiones más peligrosas. Porque a medida que se acercaba la fecha del retorno a casa, los soldados buscaban desesperadamente escabullir el bulto y muchos oficiales les ayudaban a ello. Algunos veteranos llegaban a sentir pánico al salir de patrulla. Muchos fingían enfermedades y otros se autolesionaban con heridas de arma blanca o de bala, buscando ser repatriados antes de tiempo. ¡Nadie quería morir, pero mucho menos faltando pocas semanas para irte a casa!

Gary dio una pitada a su cigarrillo, exhalando el humo en pequeños círculos y continuó explicándonos que lo que más temían era patrullar por terrenos descampados, arrasados por napalm o fuego de mortero y artillería. Allí sentían auténtico pavor porque estaban totalmente expuestos al fuego de francotiradores del Vietcong, siempre escondidos entre la maleza circundante.

—¡Además, la tierra parecía un paisaje lunar, lleno de cráteres de tamaño descomunal, provocados por las bombas de los B-52! Algo verdaderamente tétrico. De tanto en tanto aparecían algunas raíces y troncos de grandes árboles despedazados, que semejaban brazos y piernas alzados al cielo en forma de plegaria. Esculturas tenebrosas, macabras burlas de una naturaleza pródiga que había sido abundante y lujuriosa antes de nuestra llegada.

La bella Anne suspiró impresionada y preguntó a qué correspondían todas esas medallas que lucía en aquella foto tomada durante la ocupación del consulado. Él bajó la vista y respondió con un dejo de tristeza que se las habían otorgado por diversas acciones bélicas.

—Y por supuesto, la del Corazón Púrpura por haber sido herido en combate.

—Estarás orgulloso de ellas —dijo Anne, esbozando una sonrisa e intentando cambiar el rumbo del relato.

—¿Estás loca? ¡Para nada! Me las han dado por matar seres humanos... ¡Ah, y por ser un idiota y dejar que me hiciesen daño!

Ella le miró sorprendida y quizá algo molesta por ese súbito arranque de ira.

—¡Caramba, mi amigo! Pareces resentido con todo. Estas medallas son mérito tuyo, por tu valentía. Un reconocimiento por tus sacrificios. Si tanto te repugnan, ¿por qué las cuelgas de la chaqueta?

—Te equivocas, querida, estas medallas son simplemente un premio por haberle hecho el trabajo sucio a nuestro gobierno. Y me las cuelgo al pecho para demostrar a los escépticos que no protesto por cobarde.

Visto el cariz que iba tomando la conversación, interrumpí para pedirle un cigarrillo a nuestra amiga y aproveché para preguntar a Gary cómo y cuándo le habían herido. Él me ofreció fuego y quedó pensativo un instante. No había venido a la cafetería para hablar de sí mismo pero parecía inevitable tener que mezclar su propia experiencia y lo sucedido con Rick, para poder ilustrar mejor la horrenda situación por la que aún estaban atravesando miles de compatriotas suyos, inmersos en una guerra absurda e irremediablemente perdida.

—Fue culpa de ese imbécil del teniente Scott... ¡Y le maldeciré una y mil veces por ello! ¡A él y a la puta madre que lo parió! Por culpa de su idiotez murieron buenos compañeros aquel día.

Súbitamente, Gary se puso muy tenso y unas gotitas de sudor aparecieron en su frente, mientras contaba que la tropa estaba agotada. Era el amanecer del 31 de diciembre de 1969 y todos deseaban volver al campamento para quitarse las botas embarradas y la ropa mugrienta. Sólo les apetecía descansar, beber unas cervezas, fumarse unos porros de marihuana en buena compañía, escuchar música de los Rolling Stones, The Doors o Jimi Hendrix y disfrutar de una Nochevieja en aparente paz. Incluso aprovechar la oportunidad para escribir algunas cartas a la familia y a la noviecita que quizá aún tenían en el pueblo natal.

—Despreocuparnos por unas horas, evadirnos de todo lo que nos rodeaba... Al menos esa era la intención, pero vino ese imbécil y ordenó: “¡Cabo Alexander, dígale a la tropa que antes de volver a la base, vamos a dar una última batida para darle a Charlie un buen regalo de fin de año!”.

Nuestro amigo nos contó que protestó esa orden inhumana y señaló que su gente estaba exhausta, pero Scott no hizo caso. Gary supuso que el teniente estaba en alguna de esas crueles competencias con sus ex compañeros de West Point, para ver quién cazaba más vietcongs. Y conociendo su ineptitud, seguramente iba perdiendo. Por ese motivo absurdo, el teniente Scott decidió intentar cortar algunas orejas más antes que se cerrara el año... ¡Una simple cuestión de inventario! Lo cierto es que no hubo manera de hacerle cambiar de opinión y tuvieron que salir de cacería.

—Les aseguro que no hay animal más listo ni más difícil de cazar que el hombre. Además, estábamos muy cansados. Creo que siempre estábamos fatigados. Al menos así lo recuerdo yo. Los paisajes eran hermosos pero estabas demasiado agotado y asustado como para apreciarlos. Y pobre de aquel que se confiase de los humildes campesinos que veías trabajando en los campos. Siempre silenciosos, respetuosos, agachados, cuidando sus arrozales... ¡Amables de día, vietcongs de noche! El gran cansancio era también producto del intenso calor húmedo y la falta de sueño. Muchas veces dormíamos de pie, recostados contra los árboles. Y todos los días de patrulla. Los servicios de inteligencia informaban que había vietcongs en los alrededores y hacia allí salíamos nosotros. Siempre tras ellos. Caminando en pequeños triángulos geométricos. Ibas hasta este punto, luego hacia aquel otro... —Gary recogió una servilleta de papel y dibujó con su índice unas posiciones triangulares.

—Y tú sabiendo que el enemigo estaba observando. Te ibas convirtiendo en un zombie por culpa de la maldita inflexibilidad militar y la rutina. Mientras tanto, el Vietcong conocía de memoria hacia dónde te dirigías y qué harías después. Todo era tan previsible que llegaba a dar miedo. A veces les veías corriendo muy a lo lejos entre la maleza, con sus fusiles AK-47, sus sombreros de paja y sus pijamas negros.

Gary nos explicó que nadie quería ir ni primero ni último en las columnas que marchaban por la selva.

—Esos eran los puestos en los que generalmente colocaban a negros e hispanos, porque para muchos oficiales, la discriminación racial se extendía también a la guerra. Los que van abriendo camino o que cierran filas, son siempre los primeros en caer. ¡Verdadera carne de cañón! Así que no convenía enemistarse con un oficial porque era allí donde te mandaba. Y tarde o temprano, Charlie te daba caza.

Anne y yo nos miramos en silencio, digiriendo con dificultad todo lo que oíamos. En ese ínterin, Gary se levantó y dirigió cojeando hacia la fuente ubicada en la entrada, para beber un poco de agua fresca. Tanto hablar le había resecado la garganta y necesitaba tomarse un respiro.

—¡Qué interesante! —dije yo, sin saber cómo describir la angustia que sentía en mi interior.

—¡Más bien espeluznante! —replicó Anne en voz baja, casi en un susurro—. Pobrecito...

Cuando Gary retornó, volvió a tomar asiento junto a Anne y sin más preámbulo continuó su relato, explicándonos que una de las armas más letales con las que les diezmaban los vietcongs eran las trampas caseras combinadas con bomba.

—Salíamos en fila india y avanzábamos hacia territorio enemigo, mirando con mucha atención dónde pisábamos y preguntándonos a quién le iría a tocar ese día. Lo único seguro era que a uno de nosotros le iban a destrozar un pie, una pierna o tal vez todo el cuerpo. Y aquel fatídico día de diciembre me tocó a mí...

Tal vez fue la bronca que tenía con el teniente Scott o la fatiga acumulada lo que me hizo ser descuidado. Lo cierto es que no habíamos avanzado más de cien metros por aquel terreno plano, totalmente arrasado, cuando pisé la trampa: ¡WAM! Todo se detuvo en ese momento. Mi mente quedó en blanco. Mis compañeros, rodilla en tierra, comenzaron a disparar a ciegas hacia la maleza cercana y alguien pidió un helicóptero por radio para mi evacuación. El tiroteo provenía desde los árboles, era muy intenso y el teniente Scott ordenó la retirada.

Yo le escuchaba ensimismado, mientras Gary explicaba que Rick Mathews, que marchaba cerca suyo, se preparó para agarrarle del cuello de la chaqueta y arrastrarle hacia la cobertura de unos arbustos, cuando de repente le estalló el pecho y su sangre salpicó el rostro de nuestro amigo.

—¡El pobre Rick cayó dando gritos de dolor a un par de metros de donde yo estaba tumbado! Mi pierna derecha, llena de metralla, se desangraba y dolía horrores. Los demás compañeros de mi compañía hacían inútiles intentos por llegar hasta nosotros pero al caer varios heridos, tuvieron que desistir. Allí quedamos tumbados los dos, mientras las balas zumbaban sobre nuestras cabezas. El tiroteo era tan intenso que el helicóptero Huey que llegó para evacuarnos también renunció al intento y se marchó. “Hemos quedado solos”, pensé. La emboscada había sido típica del Vietcong: una bomba o mina tipo Claymore que caza a un soldado, una intensa balacera dirigida al resto de la patrulla, buscando aprovechar el momento de desconcierto para infringir el mayor número de bajas posibles y mucho fuego de armas automáticas desde la oscuridad de la selva. Luego, disparos esporádicos de los francotiradores para proteger la retirada. La acción inicial no debe haber durado más de un par de minutos pero nos habían hecho bastante daño. Más tarde me enteré de que había muerto otro marine a causa de los disparos recibidos en el enfrentamiento y tres habían sido heridos de menor consideración.

Sin embargo, según nos explicó, en esta acción había algo que no encajaba con la práctica habitual de los guerrilleros vietnamitas. Parecía como si no tuviesen la intención de escabullirse entre la densa vegetación sino que permanecían allí en el límite, tiroteando a la patrulla e impidiendo que fuesen a recogerles.

—Entonces me di cuenta de que éstos no eran vietcongs, sino que habíamos topado de lleno con una compañía del ejército de Vietnam del Norte. Mucho más eficientes y aguerridos. ¡Verdaderos soldados! “Estos quieren prisioneros”, pensé aterrado, y un miedo profundo se apoderó de mi. Miré fijo a Rick y éste me devolvió la mirada. Lo único que recuerdo son las lágrimas en sus ojos. Era como si quisiera decirme: “Estoy vivo pero, ¿qué puedo hacer? Me estoy muriendo...”. Sentí unas ganas locas de gritar ¡Chu hoi, chu hoi!, que quiere decir: “¡me rindo!”, pero me contuve porque sabía lo que sucedía con los prisioneros que se llevaban a Hanoi. Observé otra vez mi pierna y me di cuenta de que estaba muy maltrecha, con una fractura expuesta. “Dios mío”, pensé, “no dejes que se me infecte demasiado y la tengan que amputar”. Y, quitándome el cinturón, hice un torniquete.

Anne posó su delicada mano sobre el puño cerrado del amigo y la dejó allí. Continuando con su historia, Gary contó que cada vez que realizaba un movimiento o procuraba incorporarse, los francotiradores le disparaban ráfagas. Y sus compañeros, del otro lado del terreno yermo, respondían con fuego automático para intentar ahuyentarles.

“Si no me mata Charlie, me matarán mis propios amigos”, pensó con sarcasmo. Observó nuevamente a Rick y le encontró muy mal. Oía sus débiles quejidos y vio que apenas se movía. El pobre había caído intentando salvarle la vida. Entre los soldados no había demasiado racismo, sólo en la oficialidad. Una de las cosas que había aprendido en los marines era que los negros y los hispanos, a pesar de sus peculiaridades culturales, idiomáticas, gastronómicas y hasta diferentes valores o estilos de vida, eran tan humanos y sensibles como los blancos. Él nunca antes había convivido ni estado tan cerca de ellos como en los marines.

—Entre la tropa nadie sentía orgullo desmedido por ser blanco, negro o chicano. Te sentías orgulloso de ser un marine y de tener a estos compañeros.

Y para ilustrar mejor ese punto, explicó que un día Rick le había comentado que estando con una prostituta en Hue, ésta le había preguntado por qué los negros estaban luchando por una bandera y un país que les maltrataba e impedía ser iguales a los blancos. Y él confesó que no había sabido dar una buena respuesta a esa pregunta. Sólo se le ocurrió decir que él también era norteamericano.

—Ahí comencé a comprender de verdad lo duro que debe ser para un negro vivir en nuestro país.

Rick Mathews era de Detroit y cuando terminase su servicio militar quería volver a su ciudad natal para casarse con una prima suya llamada Betty Louise. Pero ahora el pobre estaba muriéndose, a unos escasos metros de donde había caído mi amigo Gary. Éste dudó entre meterle o no una bala en la cabeza para acabar con su sufrimiento. Por algún motivo, no encontró el valor necesario para hacerlo. Le faltó coraje o sangre fría. Sólo atinó a arrastrarse hacia él para cogerle de la mano. Rick apenas la sujetó, mientras le miraba con ojos muy grandes y asustados. Un hilo de sangre fluía de su boca semiabierta. Aquel infeliz parecía contemplar resignado la preparación de su muerte inevitable. Como sucede en las cacerías, cuando el animal herido, acorralado, sin fuerzas para defenderse, se entrega a la muerte, la suya propia, la intransferible. A ese momento de verdad definitivo, envuelto en una silenciosa y loable muestra de dignidad final.

—El dolor de las heridas provocadas por la metralla incrustada en mi pierna derecha era cada vez más intenso, casi insoportable. Tanto que a menudo tenía que morder mi gorra para no gritar, porque mis quejas seguramente provocarían una nueva lluvia de balas del enemigo. Incluso en algún momento, llegaron a disparar proyectiles de mortero sobre nuestra posición. Aunque es probable que fuesen dirigidos al grueso de mi compañía. Con la intención de intimidar y mantenerles a raya, lejos de nosotros.

En un tono casi susurrante, Gary nos confesó que entonces comenzó a sentirse extraño y todo a su alrededor empezó a desvanecerse. Los gritos, los disparos, Rick... Todo se volvió súbitamente silencioso. No oía nada y sólo podía distinguir el azul del cielo. Luego, también eso se disolvió...

—Debo haber permanecido inconsciente varias horas porque mi siguiente recuerdo es el brillo intenso del sol de mediodía sobre nuestras cabezas. Yo estaba tumbado de costado y me giré para observar a Rick. Todavía nos sujetábamos de la mano para darnos ánimo pero él estaba muy débil. Apenas respiraba. Me puse bocabajo para intentar acercarme más a él.

Cada esfuerzo físico provocaba en Gary un estallido de dolor espantoso. Permaneció un buen rato inmóvil, acumulando energía y fuerza de voluntad. Su rostro pegado contra la tierra rojiza. Observó cerca de sus ojos unas grandes hormigas negras que avanzaban hacia él. “Huelen sangre”, pensó asustado, “y pronto seré su festín”. Todo esto lo veía con su ojo derecho porque el otro permanecía semicerrado, hinchado y amoratado por un impacto. Según pasaban las horas, comenzaban a descender sobre los heridos infinidad de moscas y otros insectos voladores. Gary procuró espantarles, especialmente a las moscas que ávidas se posaban sobre el pobre Rick. Intentaba evitar que lograsen depositar las huevas sobre sus heridas. Huevas que debido al intenso calor reinante, en pocas horas se convertirían en larvas. A él también le acosaban. Tanteó con sus manos la pierna herida y notó que había algunas moscas sobre la sangre semiseca que se coagulaba rápidamente. Le dolía todo el cuerpo. Unas puntadas agudas le atravesaban la espalda y la cabeza dolía tanto que creía que le iba a estallar. El calor era insoportable y tenía mucha sed. Bebió un poco de agua de su cantimplora y refregó los labios resecos de su compañero, pero no se animó a darle de beber por miedo a provocar vómitos. Otros insectos habían descubierto la sangre de los caídos, sobre todo las tripas al aire del pobre Rick, que se iba muriendo lentamente, entre pequeños quejidos casi inaudibles.

—Rick... Rick... Tranquilo, viejo amigo —contó Gary que le dijo al oído—, todo se va a arreglar. Pronto nos sacarán de aquí y te pondrás bien. No te preocupes. Piensa en Louise. Todo saldrá bien, te lo prometo...

Según rememoraba, el pecho de aquel negro grandote se sacudió con unos estertores violentos y Gary vio con espanto cómo parte de sus intestinos estaban salidos de sitio y totalmente cubiertos de moscas. ¡Era imposible alejarlas! Pasó sus manos sobre el cuerpo de Rick e intentó espantarlas al tiempo que vociferaba furioso y frustrado: “¡Moscas de mierda! ¡País de mierda! ¡Guerra de mierda!”. Por un momento, creyó que Rick sonreía con dificultad pero no estaba seguro de ello. Su respiración era cada vez más irregular. A veces pasaba más de un minuto sin respirar. Lo sabe porque le controló con su reloj. Tampoco le sentía el pulso. Un par de veces pensó que había muerto pero sorprendentemente su compañero volvía a respirar. “Vaya fin de año cagado nos ha tocado, ¿eh, amigo? Pero, ¿sabes una cosa? Eres un gran tipo... ¡Un compañero de primera! Lo juro, un tipo especial...”, le dijo Gary casi llorando; “te han herido por mi culpa y lo siento... ¡Intentaste salvarme la vida y te lo agradeceré siempre! ¡Siempre!”.

Es dudoso que el pobre Rick le oyera. Le habían reventado el pecho y el estómago con una ráfaga de ametralladora. Finalmente, inspiró con dificultad, contrajo sus hombros un par de veces y quedó muerto. Con los ojos muy abiertos y la vista perdida en el cielo de Vietnam. Rick tenía apenas veinte años.

Ahora Gary parecía incómodo dentro de aquella ruidosa cafetería. Necesitaba tomarse un respiro. Anne y yo habíamos observado cómo palidecía por momentos y sudaba profusamente. De repente, le notamos muy vulnerable. A pesar de su personalidad dominante, su fortaleza física y su porte (medía casi un metro noventa), parecía agotado tras el penoso relato de su odisea personal. Quedó momentáneamente con la cabeza gacha, su abundante melena rubia cayéndole sobre el pecho y los hombros. Meditabundo, pensativo. La viva imagen de un hombre acosado por sus recuerdos.

—¿Estás bien? —pregunté preocupado.

Gary suspiró y me miró fijo, levantando las cejas, abriendo muy grandes sus ojos.

—¿Quieres que dejemos el tema?

—No, prefiero seguir contándolo todo hasta el final.

—Te traeré más café —dijo Anne—. ¿Tú también quieres, Roberto?

Asentí con la cabeza y permanecí callado. Miré el reloj de la cafetería y me percaté de que ya no llegaríamos a tiempo para la próxima clase, pero esta lección de vida era mucho más importante que lo que pudiesen decirnos los libros.

—¿Sabes una cosa? Creo que me hace bien recordar todo esto. Llevo demasiado tiempo con ello dentro... No puedo hablarlo con mis compañeros de armas porque todos tenemos historias horribles que contar. Entre “veteranos” preferimos hablar del presente y del futuro. Buscamos pensamientos positivos y luchamos para que no se repitan los errores que cometieron con nosotros. Sin embargo, de vez en cuando necesito contárselo a alguien a quien le importe. Alguien que sólo me escuche, como lo haría un padre.

—¿No tienes padre? —preguntó Anne en un tono muy dulce, mientras nos entregaba las tazas llenas de un café humeante, acuoso y desabrido.

—Falleció cuando yo era pequeño.

—Lo siento.

—No es nada. En realidad apenas le recuerdo... Me crié con mi madre y mi tía Bertha, que viven en Merced. Pero eso no importa. Volvamos a Nam.

Anne posó su mano delicadamente sobre el hombro de Gary y preguntó:

—Cuéntanos, ¿qué sucedió cuando murió Rick?

Nuestro amigo respiró hondo y confesó que no quiso soltarle la mano al muerto y sólo atinó a cerrarle los ojos y la boca, para que no se metieran dentro moscas ni hormigas. Luego se dedicó a espantar los insectos que se posaban insistentemente sobre los órganos intestinales de Rick, ensangrentados y expuestos al sol desde hacía varias horas. Y también a llorarle de forma desconsolada.

—¡Nunca había llorado tanto! Aquel hombre bueno había dado su vida por mí. Para salvarme de mi torpeza. El dolor por su fallecimiento era mayor del que sentía por mi pierna herida y así permanecí toda la tarde. Tumbado junto a aquel magnífico guerrero muerto, digno heredero de sus ancestros mandingos.

Luego, Gary nos explicó que cayó en un profundo sopor hasta que le despertaron unos leves quejidos. “¿Hay algún herido cerca?”, preguntó sobresaltado, “¿algún otro moribundo? No puede ser... los quejidos los oigo demasiado cerca y no veo a nadie... ¡Dios mío, soy yo! ¿Me estaré muriendo? ¿Me comerán las hormigas y las moscas igual que a Rick? ¿No va a venir nadie a buscarme?”. Estaba aterrado. Eran sus propios quejidos lo que había oído entre sueños y además la fiebre le provocaba desagradables delirios. “¡Enfermero, enfermero!”, gritó súbitamente, utilizando todas sus fuerzas.

El último rayo de sol de 1969 se ponía detrás de los lejanos árboles y a sus espaldas sonaron ráfagas de ametralladora. Una macabra advertencia de los norvietnamitas para que no olvidase que ellos también estaban allí. “¡Gary! ¡Rick! ¡No os preocupéis! Ya vamos por ustedes. En cuanto oscurezca...”, gritó alguien del otro lado.

—Era la voz del sargento Peters —aclaró Gary—, otro negro indomable. Y por primera vez aquel día creí que me iba a salvar. Sentí un enorme alivio y agradecí al cielo no haber muerto con aquella maldita trampa.

Apenas bajó el sol, descendieron también sobre los caídos miles de mosquitos, para unirse al festín de los demás insectos, que les cubrían como una nube en constante movimiento. Pero ahora poco importaban las picaduras porque Gary sabía que le vendrían a recoger muy pronto. En cuanto estuviera completamente oscuro y los marines pudiesen arrastrarse hasta él sin peligro.

—¡Qué extraña mezcla de felicidad y profunda tristeza sentí en aquellos momentos! Algo verdaderamente imposible de explicar...

—Me imagino —comentó Anne con dulzura, aunque visiblemente afectada. El relato iba tomando un cariz espeluznante que nos atrapaba de manera morbosa.

—Los norvietnamitas, al ver que no podían tomarme prisionero, intentaron liquidarme con morteros pero en la oscuridad no acertaron a desanimar a mis compañeros, que arrastrándose sobre sus vientres y gateando lograron llegar a mí.

A Rick le metieron en una bolsa de plástico verde y a Gary le inyectaron una dosis de morfina para calmar sus dolores. Cuatro marines le sacaron acostado sobre una camilla plegable mientras él se retorcía de dolor.

—Así comenzó para mí el año 1970. Balanceándome semiinconsciente sobre una camilla de lona, atravesando arrozales, pantanos y senderos oscuros de la selva, en mitad de una tormenta de rayos y lluvia torrencial. Rumbo a la base donde me darían los primeros auxilios.

A la mañana siguiente, le recogió un helicóptero y le evacuó hasta un hospital de campaña, pero debido a la gravedad de sus heridas, a las dos semanas le trasladaron a Da Nang y de allí repatriado de vuelta a California. A un hospital para veteranos de guerra donde permaneció seis meses recuperándose.

—Y, ¿qué tal tu experiencia en un hospital militar? —pregunté, fascinando por todo su relato. Todavía no se habían filmado películas como Apocalypse Now, Nacido el cuatro de julio o Platoon, y por lo tanto mi opinión sobre las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos era otra. En realidad, yo venía de un pequeño país suramericano, aún en vías de desarrollo, que en esa época sufría una grave crisis de identidad y, por lo tanto, mi punto de vista estaba influenciado por la versión edulcorada, en cinemascope y technicolor que ofrecía Hollywood de la vida y costumbres norteamericanas.

—¡Funesta! —fue la respuesta tajante de Gary a mi pregunta—. ¡Esas instituciones son una vergüenza para nuestro país! Edificios vetustos, pacientes hacinados debido a la falta de espacio, salas donde se llueve dentro, poco personal especializado, médicos desbordados por el trabajo, mafias de enfermeros que trafican con drogas dentro de los recintos... En fin, de todo un poco...

—¿Nos estás diciendo que los enfermeros venden droga a los pacientes? —dije yo, ingenuamente sorprendido.

Gary sonrió ante mi inocencia y nos contó cómo operaba una red interna muy bien organizada, que suministraba todo lo que quisieras. Induciendo incluso a los novatos a que probasen drogas más fuertes, para así aumentar sus ganancias.

—Te falta mucho por aprender, amigo mío... —me dijo con fina ironía y tono paternal.

—Pero nadie te obligaba a consumirlas... —respondí con injustificada rebeldía.

—Estás allí, alejado de la mano de Dios, sintiéndote el ser más infeliz de la Tierra y caes en la trampa. Así te enganchan.

Repentinamente, me sentí como un ser insignificante y trivial ante aquel muchacho, que apenas me superaba en edad por tres años, pero cuyo espíritu había buceado en las tinieblas, recorriendo mundos aún insondables para mi, viviendo experiencias sumamente traumáticas.

Comprensivo y paciente, Gary me explicó que aquello era un mundo aparte donde había de todo. Enfermeras sádicas y enfermeros que eran auténticos cerdos. Pero también existían verdaderos ángeles que dedicaban su vida a cuidar de los pacientes más necesitados. Especialmente de los inválidos (parapléjicos o tetrapléjicos), y por estos paramédicos nuestro amigo sentía verdadera admiración.

—Había enfermeras que masturbaban a los muchachos para aliviarles su tensión. ¡Algo maravilloso! Imagínense tener un cosquilleo en el sexo que va aumentando cada día y no encuentras forma alguna de saciarte porque no tienes dedos ni manos ni brazos. Recuerden que estamos hablando de jóvenes en la plenitud de su vigor sexual.

“¡Pobres infelices!”, pensé profundamente impactado.

También nos contó que había otros muchachos, destrozados de la cintura para abajo, que incluso llegaban a suicidarse con una sobredosis de drogas.

—¿Para qué quiere vivir un chico de diecinueve o veinte años si no tiene pene, ni testículos, ni piernas? Además, sabiendo que nunca podrá gozar de una mujer ni tener hijos. Es fácil criticarles cuando no te sucede a ti...

Gary decía que por lo general, todos aquellos hospitales eran un infierno. Te curabas rápidamente o te convertían en un drogadicto. O lo que era aun peor, en un vegetal y no salías más de allí. Porque algunos desgraciados, inválidos totales, eran abandonados por sus novias o esposas y hasta sus familias, quedando allí en los pabellones de lisiados, olvidados para siempre. Por el resto de sus largas vidas... ¡Cuarenta o cincuenta años de ostracismo!

—¡Un horror! ¡Como para no doparse! —exclamé.

—¡Cierto! Además, la oferta era de lo más completa. Los pacientes podían elegir entre marihuana, hachís, cocaína, heroína, LSD, etc.

—¿Y cómo no lo denuncia nadie? —preguntó Anne.

—De vez en cuando se abre una investigación pero es muy difícil probar nada, porque jamás consiguen testigos. Algunos de mis compañeros necesitan de esa droga para poder sobrellevar el calvario que les ha tocado vivir. Primero la guerra y luego estos hospitales...

—Y a ti, ¿qué tal te atendieron?

—Bien. Sufrí seis operaciones y estuve varios meses en rehabilitación, hasta que logré volver a caminar. Así que no me quejo. Aunque tengo dificultades para doblar la rodilla y me ha quedado esta cojera, pero me considero afortunado. ¡Claro que nunca podré bailar como Fred Astaire!

Gary hizo un gesto de resignación y volvió a sonreír. Esta vez, nosotros también sonreímos, aliviados con su ocurrencia.

—Después de aquel infierno, empecé a escribir un diario. Lo hice para no olvidar. Para que cuando sea viejo, cuando me apetezca sentarme frente al fuego y mirar atrás, tenga algo claro y seguro para contrarrestar las jugarretas que me gaste mi memoria y la prensa oficialista, que seguramente reescribirá la historia...

—La manera en que lo ves ahora no es más real que la forma en que lo verás entonces —declaró Anne con gesto pensativo.

Gary no estuvo de acuerdo con ella. Sabía que los ancianos, con el paso de los años, confunden las cosas y mienten, pintando el pasado como algo mejor de lo que fue en realidad, porque ya ha sucedido.

Recuerdo que luego la conversación derivó hacia otro castigo que se infringía a los ex combatientes recién llegados de Vietnam: el mal trato con que se les recibía, al retornar a sus pueblos y ciudades.

—No olviden que los que volvemos de Nam no somos queridos ni aceptados por esta sociedad. Unos nos escupen y tildan de asesinos de niños y ancianas. Mientras otros nos descalifican como los cobardes que perdimos la primera guerra en la historia de nuestro país. ¡Somos unos parias! Por eso apoyamos a John Lennon en su cruzada contra la guerra y le agradecemos sus gestos pacifistas...

Y aclaró que cuando les traían de vuelta de aquel infierno en el sudeste asiático, casi ninguno esperaba ser recibido como héroe de guerra, pero por lo menos exigían un poco de respeto y consideración. A nadie parecía importarle el daño físico y psicológico que algunos habían sufrido.

—Confesar que eres un “veterano de Nam” te puede costar hasta el puesto de trabajo. La gente nos tiene rabia o miedo. Muchos creen que todos hemos vuelto trastornados y que somos un peligro público. Cazadores de hombres que no deberíamos andar sueltos. Nadie se preocupa por nuestra readaptación y reeducación, porque no representamos al sueño americano, sino más bien a su peor pesadilla. Un día estás metido en medio de un barrizal selvático matando gente, y al día siguiente caminas por las calles de Chicago o San Francisco buscando trabajo. A menudo sin ninguna preparación profesional. ¡Y la sociedad espera que te comportes como si nada hubiese ocurrido! Muchos han perdido la brújula. ¡El cambio es demasiado brusco!

Con el paso de los años, los médicos llamaron a este problema de readaptación “el síndrome post-Vietnam”, pero por aquel entonces no sabían cómo solucionarlo. Conocí a muchos jóvenes que ocultaban el hecho de que habían estado allí para que no se les señalase. Se avergonzaban de haber ido a Vietnam, como si los infelices hubiesen tenido derecho a elegir. Algunos sí, pero fueron los menos. Incluso llegué a conocer muchachos que se enorgullecían de la experiencia vivida, pero la mayoría volvieron traumados.

—Estamos marcados igual que si hubiésemos contraído una grave enfermedad venérea o una peste contagiosa. Por eso nos hemos unido en la A.V.V.C.G. Para oponernos a una guerra que nos han impuesto y para ayudarnos en un mundo que nos es hostil y nos rechaza. Unidos recuperaremos nuestra autoestima y dignidad.

Anne le observaba con una mirada compasiva que destilaba mucho amor, fraternal o quizá del otro.

—Es muy triste pero real. Nunca se había vivido en América una situación igual —comentó con voz entrecortada, posando nuevamente su mano con extrema delicadeza sobre la de Gary.

Me sentí incómodo y algo celoso, pero procuré disimular mi frustración haciendo una nueva pregunta, que entonces pensé era inteligente y que hoy me avergüenza:

—¿Cuáles son las tres primeras cosas que te vienen a la memoria cuando oyes hablar de Vietnam?

Gary miró a Anne con incredulidad y volvió a sonreír, esta vez más relajado. Se tomó su tiempo y se rascó la barbilla, pensando muy bien la respuesta que iba a dar.

—¿Qué estás haciendo, Robertito? ¿Una entrevista en profundidad o un estudio psicológico? Parece que has aprendido bastante en clase... Te lo diré, pero antes te pido un favor: ¿en ese cuestionario tuyo, no podrían caber cuatro cosas?

—Por supuesto —repliqué, siguiéndole la broma.

—Bien, supongo entonces que en primer lugar debe venir Rick... Sin duda... Luego, el color verde intenso... Tercero, el calor húmedo e insoportable... y por último, los olores de la guerra.

—¿Olores? ¿Qué tipo de olores? —pregunté con curiosidad.

—Dos muy especiales: el del napalm y el olor a carne humana quemándose. Son tan penetrantes que dudo poder olvidarles mientras viva...

Los tres permanecimos un largo rato abstraídos en nuestros pensamientos, a pesar del bullicio reinante en aquella cafetería universitaria. Observábamos los movimientos de los demás estudiantes pero con la vista perdida, más allá de la realidad que nos rodeaba. Nos sentíamos exhaustos, vacíos después de una catarsis tan intensa y emotiva. Finalmente, Gary y Anne se levantaron, nos despedimos y ellos se fueron a sus respectivas clases. Yo me quedé como pegado a mi silla, hipnotizado, meditando sobre lo oído y aprendido aquella mañana. También admito que me sentía tremendamente inmaduro.

Según se ha dicho repetidas veces, cada generación tiene “su” guerra y Vietnam fue la mía. Por dicho motivo, aquel lejano país asiático, tan diferente a mi entorno geográfico y cultural, poseía un irresistible atractivo. Como iluso aprendiz de periodista, no toleraba que algo históricamente importante estuviese sucediendo sin mi presencia física, sin tenerme como testigo. El conflicto vietnamita me atraía como un imán. Al principio de mi estancia en la universidad intenté viajar allí, pero afortunadamente las agencias de noticias no contrataban corresponsales novatos. Además estaban reduciendo su personal destinado al buró de Saigón, porque la guerra llegaba a su fin. Quizá deba estarle eternamente agradecido a mi inseguridad de adolescente, porque confieso que me faltó el valor necesario para ir freelance, como sugería el inglés Martyn Green, compañero en la redacción de Insight (el semanario de nuestra universidad) y ex corresponsal independiente durante tres años en Vietnam.

—Algunos periodistas van a las guerras y relatan lo que ocurre por puro espíritu de aventura, con grados variables de profesionalidad —decía Martyn—. Otros van en busca de fama y gloria, o tal vez obedeciendo a un deseo morboso y oculto que les impulsa a asistir a las conflagraciones, con la secreta esperanza de que una bala perdida les ayude a suicidarse.

Como, por fortuna, creo no tener instintos de autoeliminación, perdí mi guerra y francamente no me arrepiento en lo más mínimo. Quizá influenciado por relatos como el de Gary, cambié mi punto de vista sobre Vietnam y mis sueños asiáticos por la más civilizada aventura europea, apuntando hacia la isla de Ibiza, donde vivía mi amiga Sarah. Dos años más tarde, hacia allí encaminé mis pasos. Pero no puedo negar que inicialmente sentí esa estúpida tentación de vivir la experiencia de una guerra en carne propia y quizá por eso prometí a mí mismo escribir sobre aquella época de demencia juvenil, como testimonio y advertencia para los jóvenes aventureros de hoy.

Al poco tiempo de haber tenido esa conversación tan reveladora, Gary y Anne me informaron que se habían ennoviado y vivían juntos. Me alegré por ellos, aunque admito con fastidio que me dolió el fracaso amoroso con Anne. Igualmente seguimos siendo amigos durante un año. Creo que llegaron a casarse y se fueron a vivir a Sacramento, pero para entonces yo me había ido a estudiar a Berkeley y nunca más les vi. Intenté en un par de ocasiones volver a contactarles a través de la facultad pero el paso del tiempo había borrado sus huellas, quizá para siempre. Luego partí hacia Europa, primero a Ginebra y más tarde a Barcelona y Palma de Mallorca. El silencio y la distancia nos terminó de hundir en el olvido.

Hoy sólo queda el recuerdo de una amistad estudiantil, lejana y enriquecedora, que se aviva cada vez que veo una película sobre Vietnam o encuentro a un veterano de guerra, desahuciado y tumbado en alguna esquina oscura del mundo. Luchando en silencio por redimir su dignidad y autoestima.