“...con la acción teatral conquistará
otro milímetro de lo imposible, quitándole
otro milímetro al poder”.
Ramón Griffero.
Hay quienes dicen que los triángulos son sanos. Que nos hacen valorar lo que tenemos. Que nos dan otra perspectiva de una realidad que ya considerábamos asumida.
Otros dicen que son cuestionadores. Retos. Pruebas de coraje y resistencia.
Y también están los que afirman que son desestabilizadores. Enfermizos. Complejos. Reveladores de inseguridad y falta de compromiso. De todo dicen.
Lo que es seguro, es que nadie puede posicionarse (en caso de que pueda hacerlo, de hecho) de manera indiferente ante ellos.
Y si hablamos del triángulo infernal que se establece entre la libertad de expresión, el poder y la censura, pues más que nunca, estamos en tierra de nadie. En terreno minado. En campo abierto de batalla.
Históricamente, las relaciones entre la libertad de expresión y el poder, han dado lugar a todo tipo de tratados, ensayos, artículos, grafitis, volantes, poemas, composiciones musicales, novelas, cuentos, dramas, coreografías, pinturas, puestas en escena, películas, esculturas, suicidios, asesinatos, muertes diversas y sospechosas, así como apasionadas cartas y declaraciones de toda índole, porque, en efecto, la libertad de expresión misma implica el cuestionamiento y crítica de toda forma conocida de poder: Iglesia, Estado, familia, gobierno, matrimonio, patria, ejército, entre las más fundamentales.
¿De dónde surge esta vocación que pareciera inclaudicable? ¿Surgirá del hecho de que la estructura jerárquica del poder, cualquiera que sea, atenta contra la esencia misma de la libertad de expresión, porque es esta esencia, con su mirada reveladora, la que otorga la posibilidad de conciencia y, por ende, de necesidad y urgencia de rebelión, de cambio, significando un atentado contra el ejercicio mismo del poder? Tal vez.
Y el poder, claro, se ha vengado de esta vocación de la libertad de expresión, de manera específica, importante y amplia: desde la cárcel, la tortura, el asesinato y la censura, en los peores casos; hasta la invisibilidad, la falta de apoyo, de presupuestos, de infraestructura, en los mejores; pasando por vergonzosos episodios de la historia de la humanidad, como lo fueron el sometimiento a la Santa Inquisición y la aprobación de bulas papales y leyes, como la que excomulgó a los actores, prohibiendo, hasta el día de hoy, el enterrarlos en terreno sagrado.
Y es necesario decirlo: Costa Rica, mi pequeño país, entra en la categoría de los mejores. Es decir, que aunque permitió el cierre del Teatro al Aire Libre en el Museo Nacional, la desaparición del elenco estable de la Compañía Nacional de Teatro, y considera que el 0,4% del presupuesto nacional dedicado a la cultura es algo digno en un país que se precia, en Centroamérica, de que sus pilares son la salud, la educación, la paz y la cultura, para no citar más que tres vergonzosos actos del poder del Estado costarricense —¿tal vez sería más justo decir del gobierno de turno?— en relación al arte y los artistas, sigue perteneciendo a la categoría de los mejores, si lo comparamos con otros desoladores ejemplos del mundo antiguo y contemporáneo.
Tuve la suerte de conocer al director italiano Giorgio Strehler, a quien, un día, en un foro en una comunidad en la que había presentado su obra en gira (aún alguien hacía giras y foros, como alguna vez se hicieron también en Costa Rica) y ante una pregunta, tal vez malintencionada, sobre si él creía que iba a cambiar la realidad con una obra, le oí decir: “Es un asunto de milímetros. Yo soy responsable de mis milímetros de historia. Si cada uno de los seres humanos fuera responsable de sus milímetros, ahí, la realidad cambiaría”.
Así como la libertad, con su expresión, tiene una responsabilidad con sus congéneres, con sus contemporáneos, con su mundo y su momento histórico, una función ideológica y social que cumplir, así el poder tiene también responsabilidades. La de no ejercerse sobre los seres humanos sino para los seres humanos, parece ser el más elemental y el menos entendido y practicado.
Y tal vez, es ésta la razón por la que la libertad de expresión reacciona ante el poder con fuerza y denuncia, porque el poder no se está ejerciendo, ni tal vez nunca se ha ejercido para, sino sobre. ¿Será un problema de preposiciones? Tal vez.
El general Millán Astray, en la España de la Guerra Civil Española, la que mató a García Lorca y a Miguel Hernández, entre miles, le dijo a Unamuno: “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!”, a lo que Unamuno contestó: “Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque os falta la razón”.
La razón... ¿Cómo se relacionan la razón y el poder? ¿Se relacionan?
Cuando escuchamos medidas, comentarios, y hasta proyectos del más puro y antojadizo capricho, cuando no evidentemente contrarios al sentir popular, lo dudamos. El poder es representante de la comunidad para la que existe. No es una acción ejercida violentamente y en contra de esa comunidad.
Y allí, la libertad de expresión siempre estará presente.
Mis abuelos me enseñaron que era importante esperar a que se aclararan los nublados del día y el poder, en cualquiera de sus formas, no con lo que dice, sino una vez más, con lo que omite (y recordemos que la Iglesia Católica es muy clara: hay pecados de pensamiento, palabra, obra y omisión, todos igualmente censurables), combate, por principio y por convicción, por costumbre y por inercia, a la libertad de expresión.
Por eso sólo espero que el tiempo, la vida y las acciones del poder demuestren que estoy equivocada, que aunque el poeta Isaac Felipe Azofeifa nos asegura que “nunca se pone más oscuro que cuando va a amanecer”, yo, como creadora, como mujer y como costarricense, tengo el derecho y el deber de seguir siendo de la creencia campesina de que nunca se pone más oscuro que cuando va a venirse un aguacero de esos que arrasan con animales, casas, democracia, paz, libertad de expresión, cultura y vidas humanas.