Libertad de expresión, poder y censura • Varios autores
La consigna que nos hará reencontrarnos

Ilustración: Clark Dunbar

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“Si es cierto que en cada amigo
hay un enemigo potencial,
¿por qué no puede ser que cada enemigo
oculte un amigo que espera su hora?”.

Giovanni Papini (1881-1956), escritor italiano.

—¿Ellos vienen con ustedes? —preguntó la conserje al ver de reojo a los tres tipos que estaban entrando por la puertecilla que daba al techo del edificio.

—No. Yo no los conozco —contesté mientras la muchacha volteaba asustada hacia el precipicio que teníamos adelante; el técnico que montaba la antena se hizo a un lado de inmediato, me pareció que (al igual que la conserje) buscaba como huir del lugar.

—¿Ustedes quiénes son? —preguntó el que parecía ser el líder—. ¿De qué canal son?

—Somos de Televen —contesté de inmediato acercándome a él—, mucho gusto. Pablo Sánchez, productor de El Noticiero —dije tendiéndole la mano para darle la bienvenida sin hacer caso de las pistolas que mantenían visiblemente ocultas en sus manos bajo la tela de sus franelas. Mi mano se quedó en el aire sin recibir respuesta...

La cosa ocurrió hoy hace ocho días. Llegamos a eso de las nueve de la mañana al Palacio de Justicia con la misión de montar la antena de microondas para transmitir en directo para El Noticiero de mediodía lo relativo al juicio de Lina Ron. Al llegar nos informaron que no había autorización de las autoridades para instalar las antenas en el sitio acostumbrado. Ningún medio podría transmitir en vivo desde allí. Sin embargo, eso no nos detuvo. Si algo he aprendido en mi vida, es que la palabra “no” jamás es absoluta; siempre hay alternativas.

Cuando llegó el técnico decidimos improvisar. Buscamos otro lugar para transmitir. Luego de evaluar los alrededores, decidimos que un edificio cercano podría servirnos (aunque eso implicaba un mayor esfuerzo y ciento cincuenta metros de cable hasta el Palacio de Justicia). Tras un breve intercambio de palabras con los inquilinos, logramos el permiso. Eran las once de la mañana, el tiempo apremiaba.

La manifestación había tenido sus “altas” y sus “bajas”. Los simpatizantes de Lina Ron habían estado coreando consignas como: “Comandante Lina Ron, aquí está su batallón” y “Liberen a Lina Ron”. Las voces se mezclaban con el discurso de un anciano que hablaba a través de un megáfono tratando de mantener en alto el tono de la “protesta”. Tras una hora y media, el sol arreciaba y se notaba cierto cansancio entre los manifestantes. Dos hileras de motos, estacionadas a los lados del tumulto, demarcaban el sitio. De repente alguien gritó: “¡Fuera Globovisión! ¡Fuera RCTV!”. El tono de los presentes se elevó como no se había escuchado en toda la mañana. El aire que se respiraba comenzó a hacerse más denso. Los efectivos militares que resguardaban la entrada del organismo exhibían ahora en sus chalecos pequeñas esferas negras que (sin ser un experto) reconocí como bombas lacrimógenas.

Tras examinar el techo del edifico supimos que el sitio era perfecto para la transmisión. Fuimos a la camioneta a buscar los ciento cincuenta metros de cable y procedimos a la instalación. La conserje se mostró muy amable con nosotros. La vista de las torres del Centro Simón Bolívar se apreciaban en su vencida magnificencia, así como el verdadero volumen de los presentes en la manifestación. Yo charlaba con la chica mientras el técnico terminaba de cuadrar la imagen y calibrar los instrumentos cuando ellos llegaron.

El más alto era también el más delgado, el que habló conmigo tenía una pequeña cicatriz en el rostro (de esas que trasmiten de inmediato que la vida no ha sido fácil), el tercero se movía muy rápido en todas direcciones con una gorra puesta.

—Vimos una vaina aquí en la azotea...

—Tranquilo, mi pana —le dije—, sólo estamos instalando una antena para transmitir para El Noticiero del mediodía. Es todo.

-Bueno, ustedes son Televen... Televen ta yien porque po lo menos, ustés sacan dos de un lado y dos del otro. ¿Mentienden?... ¡Eso sí, si hubieran sido Globovisión, NO los dejamos instalar na! Esa gente lo que hace es sembrá el terror y manipular y uno no sabe pa qué van a usar lo que graban.

—Mi hermano —contesté al fijarme en la convicción de su mirada fija en mí—, si de algo estoy convencido por lo que usted dice —y lo dije muy en serio— es que usted, al igual que nosotros, sólo quiere lo mejor para este país —volví a tenderle la mano al final de mis palabras, y esta vez me la estrechó.

—Chamo, le voy a decir una cosa —contestó—, yo soy chavista radical... Yo no como coba al momento de tener que hacer lo que sea para defender este país.

—Nosotros tenemos que promover la paz —dije—, es parte de nuestra función como medios. El periodismo debe ser un Periodismo de Paz —no pude evitar sonreír ligeramente al acordarme de Luis Carlos.

—Chamo... chamo... así mismo es, ¡vámonos! —le dijo a sus compañeros.

—¡Hey! —dije yo sin aguantar el impulso— mi nombre es Pablo Sánchez —repetí—, cuando quieran estamos a la orden...

—Mi pana... mi nombre es... “TAL”.

—Gracias, señor “TAL”.

Y del mismo modo en que llegaron se fueron. Sin que nadie supiera por dónde pasaron y sin que nadie los notara. La chica se asustó mucho. Media hora después del incidente seguía temblando. El técnico me confesó que en más de diez años de montar microondas para las noticias, jamás había vivido algo así. También se asustó.

Le advertimos al reportero que “por razones de seguridad” no hablara mal de los manifestantes. “Luego te explicamos”, le dijimos. La transmisión se hizo sin mayores contratiempos. Todo estuvo listo apenas unos segundos antes de la hora pautada.

Tomé mi celular y “tuitié”: “Acabamos de comprobarlo una vez más... Todos queremos lo mejor para este país... Ésa es la consigna que nos hará reencontrarnos”.