Cuando iba con mi madre a visitar al abuelo, al poco rato ya deseaba volver a casa.
Al principio él me dedicaba unos momentos de atención, pero después los adultos se enfrascaban en lo que me parecía una charla interminable. Hablaban en yiddish, idioma que no comprendía, pero supongo que, aun de haberlo hecho, el argumento de la conversación no hubiera despertado mi interés. En general hablaban del problema de mi tía, la hermana menor de mamá que no encontraba novio.
Algunos meses antes de cumplir los trece años, comencé a ir a estudiar a la casa del abuelo Eliézer; él me prepararía para el Bar Mitzvah.*
Su religiosidad no había encontrado eco en mi familia, papá era ateo y mamá, por respeto al padre, conservaba algunas tradiciones y las festividades.
Por ser yo el mayor de cuatro hermanos, se le confería mucha importancia a mi ingreso en el mundo de los adultos. Mi padre, desde lo alto de su ateísmo tolerante, no ponía trabas a que todo se realizara según lo dispusiera el abuelo.
Para mi sorpresa, mis encuentros con él fueron apasionantes desde el primer instante.
Sabía simplificar con ejemplos los temas más difíciles.
Yo debía leer un paso de la Torá con las tonadas e inflexiones impuestas por la tradición, pero lo que aprendí al margen de las lecciones religiosas, fue mucho más importante, ya que formó mi manera de pensar y determinó mi conducta futura.
Las lecciones que dedicó a la libertad de expresión fueron las que más me impactaron.
El argumento se presentó en forma natural, dado lo que estaba sucediendo en nuestro país. Vivíamos en la Argentina, en Rosario, y corría el año 1976. Los militares y muchos civiles adictos al régimen realizaban sistemáticas quemas de libros como represalia a las actividades consideradas “subversivas”. La destrucción de enteras bibliotecas tendía a impedir que las ideas contrarias al régimen “contaminaran la educación y los medios de comunicación”. Lo que sucedía en nuestra provincia era un foco más de los muchos que surgían en las principales ciudades del país.
Partiendo de ese hecho, me dio varios ejemplos símiles sucedidos a lo largo de la historia. Decía que esos actos, de autoritarismo y represión, habían retrasado enormemente el desarrollo de la humanidad.
El fuego “purificador” dijo, ardió ya en China en el 213 antes de la era actual y acabó con casi todos los escritos de Confucio.
En el incendio de la Biblioteca de Alejandría, uno de los templos del saber de la antigüedad, se destruyeron centenares de manuscritos de todo tipo pero nunca se supo con certeza quién había sido el responsable del incendio.
Supe también que veinticuatro carretas repletas de manuscritos de la Torá ardieron en la plaza del Hotel de Ville de París, en 1242, como represalia religiosa, y que las hogueras de la Inquisición alimentaron sus llamas con los libros de los considerados herejes. Al período de la Inquisición le dedicó más tiempo, porque mi padre era un judío sefardí descendiente de aquellos expulsados de España que buscaron asilo en varios países europeos.
La frase de Heinrich Heine que escuché de sus labios por primera vez, la encontraría en lo sucesivo a lo largo de mis estudios de comunicación y periodismo: “Ahí donde queman libros, terminan quemando hombres”, rezaba. Luego dijo como para sí: “El bibliocausto precedió al holocausto”.
Finalmente, mi maestro me habló de la tristemente famosa quema de libros en la Plaza de la Ópera de Berlín el 10 de mayo de 1933, suceso que decidió a su familia a abandonar Alemania.
Le pregunté quiénes eran los autores de esos libros que merecieron el castigo del fuego y contestó que había infinidad de nombres y que sería imposible saberlos todos, pero que en esa monumental fogata cayeron los libros de Karl Marx, cuyo contenido era el materialismo y la lucha de clases, los textos de Sigmund Freud, acusados de corromper la espiritualidad de los ciudadanos con sus disparatas teorías. Se hicieron cenizas los escritos de periodistas extranjeros con tendencias judaicas y democráticas.
Numerosos libros de autores judíos ardieron junto a las obras de Thomas Mann, Proust, H.G. Wells.
Erich María Rilke fue acusado de traición literaria hacia los soldados de la gran guerra mundial.
No sólo en Berlín se quemaban libros, numerosas fogatas ardieron en la Alemania nazi y Joseph Goebbels fue el Torquemada que dirigió las aberrantes operaciones.
A mi abuelo se le llenaron los ojos de lágrimas y lo disimuló yendo hacia la biblioteca dándome la espalda. Tomó entre sus manos una caja de madera, la sopesó, pareció titubear y luego la repuso en su lugar y volvió a sentarse junto a mí.
Yo estaba desconcertado, nunca había visto llorar a un anciano y para atenuar su momento de emoción y demostrarle que sabía algo del tema, le comenté que en el colegio la maestra nos había enseñado la frase del educador D. F. Sarmiento que figuraba en su libro Facundo.* Él me asombró agregando que si bien la frase “las ideas no se matan” era la más citada, ésta pertenecía a un escritor francés.*
El abuelo Eliézer falleció pocas semanas antes de mi cumpleaños y sentí enormemente su pérdida. El día de mi Bar Mitzvah recibí de manos de mi madre un regalo que él había preparado para mí. Era una caja de madera oscura con un árbol tallado en la tapa. La caja contenía un libro de oraciones. Tenía la cobertura ennegrecida y las hojas chamuscadas en los bordes.
En la primera página figuraba el nombre de mi bisabuelo y la fecha: Berlín, 1933.
* Bar Mitzvah, ceremonia religiosa judía en la que los niños de 13 años demuestran sus conocimientos en el paso estudiado y desde entonces adquieren la mayoría religiosa y son considerados adultos en la comunidad.
* Facundo (civilización y barbarie), de Domingo Faustino Sarmiento.
* La frase mencionada es del escritor francés Diderot.