El tiempo revivido: la escritura como lo otro, como reconstrucción (duplicación) de lo real
Ahora trato de poner en el papel el cúmulo de los recuerdos que en esta noche llenan mi memoria y le dan vuelo a mi recóndita imaginación. Trato de ordenar lo que se presenta como la realidad confusa y vaga, ya ida de una vez por todas. La realidad en la que una vez estuve sumido como navegando por entre confines sin contorno definido. Aquella realidad que iba construyendo precisamente en los mismos momentos en que la iba viviendo como peregrino que se extasía ante lo que contempla en un país exótico. Todos esos momentos venían de improviso a mí cuando más ocupado estaba en los asuntos que colmaban mi atención en el presente actual o en que se desenvolvía mi situación de hombre de ciudad. Cuando caminaba, por ejemplo, viendo los jardines que siempre me han llamado la atención, veía, como en un horizonte perdido en los años pasados, las emociones, tristezas y experiencias que fueron el conjunto de mis pretéritas relaciones con la realidad. Incluso sentía en esas ocasiones cómo vibraba por las más pequeñas manifestaciones de cariño por parte de un ser querido. Cómo sentía, hasta los huesos, las desilusiones sentidas cuando no podía esperar los mismos sentimientos que creía me iba a expresar la persona en quien yo tanto había confiado que así lo haría. Todo esto, repito, se agolpaba en mi interior de manera simple como impresiones de un viaje por una tierra que yacía perdida y que sólo podría encontrarse o recuperarse por medio de la imaginación concentrada y sólo mantenida o hecha posible por la repetición de sentimientos similares a los tenidos entonces en esa época, ya patrimonio de la memoria.
Pero me decía a mí mismo que tenía que decidirme de una vez por todas a recuperar por medio de la palabra escrita aquello que ahora ni podía hacerme más feliz de lo que fui tal vez en alguna ocasión, ni me podía volver a situar en una nueva disposición frente a los amigos que aún vivían o se encontraban lejos, en la memoria y aun en la distancia. Podía ver sin embargo que los recuerdos tienen una vida propia como elementos de un pasado y que por lo tanto siempre van a estar acompañándonos, como guardias oficiales de algún presidente vitalicio. Pero es que tenía que traerlos de esta situación anónima y sedienta hasta la presencia literaria, reencontrable en cada momento por medio de la lectura. No sólo de la mía sino de la de algún amigo lector que por medio de lo leído recuperara mentalmente lo que el tiempo se ha ido tragando de una existencia similar a la suya. Creo que esos recuerdos le traerían a él mismo, por alguna relación o comparación posible en la región de las cosas humanas, posibilidades de revivir la emoción que experimentaría contemplando la obra de algún pintor que hubiera expuesto sus cuadros en algún museo, donde él, muy joven, pudo apreciarlos con el encanto con el que se contempla un atardecer rojizo mientras van pasando por la mente las cálidas palabras que le ha oído a su amante un momento antes, como pasan en línea ordenada las golondrinas que regresan de su viaje al crepúsculo.
Los sueños: ¿reduplicación de lo real?
Poco a poco el sueño va lamiendo lo que queda aún de realidad en este espacio amplio donde naufragan todos nuestros impulsos. El sueño nos inunda con su rostro solitario que parece un continuado buscador de ilusiones. Nos sumimos en el ambiente siempre cambiante de la realidad vertida en miles de instantes todos alargados, por lo que nos dan la sensación de una misma continuidad. Pero así somos: viviendo tan sólo de nosotros mismos en los momentos en que sólo se mantiene la memoria porque ya la razón ha cedido sus encantos al primer personaje de nuestra historia onírica.
Es la calma la que nos inquieta después de un día de hacer lo mismo ante los mismos. No nos confundimos ya por nosotros sino por la confiada realidad que adquiere un nuevo aspecto al presentarse bajo los velos de una supuesta verdad, pero tan nítida y aprisionadora que no podemos zafarnos de ella aunque ya se haya perdido cuando de nuevo volvamos a la cambiante escena de los siempre ahora. Nos captamos pero como en retraso porque nos revivimos sólo por los espacios camuflados por los espejos en que todo es lo mismo como en los cuadros siempre iguales que se copiaban mutuamente los detalles de unos minutos coleccionables como un sartal de olvidos.
No se podría decir de manera exacta a quién se debía esa reduplicación o quién copiaba a quién, porque los dos reflejos aparecían reproducidos al infinito cuando uno se fijaba bien en los detalles. Parecía más bien como si de pronto en un momento innominado se hubiera decidido desde dentro el proceso de la semejanza. ¿En qué radicaba la clave para que se hubiera dado la reduplicación? ¿Qué hacía funcionar la equivalencia? ¿Qué aparecía en el espacio creado por el carácter de lo mismo que adquiría la correspondencia llevada por mil entrecruzamientos hasta la desesperación? ¿Tal vez en algún momento, aunque fugaz, se habrá pensado no con la lógica de la fría razón, sino con el azar de la casualidad?
Inquietudes semejantes atosigan continuamente al sujeto cuando intenta pararse frente a los acontecimientos y emite sólo las elucubraciones tenidas como en una noche de insomnio. Son los mismos problemas que aparecen o se presentan al que desde siempre se ha sumido o se encuentra sumergido dentro de las relaciones visibles de la realidad compleja. Y siempre estamos a un lado de lo que acontece porque no podemos, simultáneamente, mirarnos y mirar para adelante. No podemos ver al mismo tiempo los dos frentes de lo que se descubre, los polos de la reduplicación. Estamos aparentemente en un mundo aislado de otros contornos semejantes. Actuamos como en un borde unilateral del medio donde siempre se halla el acontecimiento. Si pensamos ya estamos reflejándonos como tales en un lado exclusivamente del juego. El resto de éste se sigue dando con nuestro yo reflejado, con nuestro reflejo. Qué es lo que le permite funcionar como tal: es lo que se problematiza y trata de surgir de modo no claro en nuestros sueños, donde nos vemos a veces vapuleados, obligados a ascender pensamientos por un sendero estrecho pegado a una inmensa montaña, como un diminuto hilo amarrado a una gran pelota de plástico, de tal modo que, a pesar de que nos moviésemos con el mayor cuidado posible, sólo conseguiríamos avanzar unos cuantos tramos, sintiéndonos continuamente perseguidos por un extraño ser que no sabríamos quién fuera, pero que tendríamos cierta seguridad de que lo sabríamos en alguna oportunidad, porque eso es lo que impulsaría y alentaría nuestro intento e incrementaría el temor oculto, hecho manifiesto de manera latente en los mil cuidados que pondríamos para no ir a enojar al que nos persiguiera y no aumentar así la amenaza que tendríamos sobre nuestras cabezas.
Volviendo a casa
En una calle estrecha y polvorienta como casi todas las del pueblo se escondía la casa. Algo me decía que era distinta. Se ordenaba con otras similares como gruesas columnas dispuestas a soportar la corriente de los tiempos. Era una mañana de silencio y de sol levantándose por encima de los tejados que ya mostraban el ordenado cobertor cobrizo que como una gran tela se extendía por encima de la extensión del pueblo. Esta mañana me escondía del resplandor de todo lo cotidiano. Mientras más me acercaba, caminaba más rápido movido por la emoción de saber por mis propios ojos lo que en realidad estaba pasando. Superé aquella barrera que empezaba ya a frenar mi imaginación. Pero los instantes se agrandaron. Ahora ya estaba a punto de tocar la puerta, pero en ese momento sentía como si más bien estuviera devolviéndome. Se habían concentrado en aquel momento todas mis posibilidades temporales y por eso me parecía que se habían convertido en algo más palpable que lo que eran todos los días. Me sentí inseguro por tener estas intuiciones, pero entré, superando, en el umbral, mi inquietud e impaciencia, imponiéndose mi curiosidad. La calma exterior fue sustituida por un murmullo de voces indefinibles venidas de lo más profundo de aquella casa como si hubiera entrado más bien en una cueva de animales encantados. Vi rostros conocidos entre la gente que hostigaba por todas partes, curioseando cuanto detalle llamativo se veía allí. “Venga, siéntese, que para usted también hay sitio. Por aquí, entre los de la casa. ¿Cómo está? Por favor, sírvele un tinto”, me dijo una de las señoras que allí estaban, que en un primer momento no supe que era una de mis tías segundas que no veía hacía mucho tiempo.
En ese momento me sentía como jefe militar que tiene que atender varios asuntos a la vez y elegir cuál es el más importante. Pero siempre que ocurría aquello, trataba de ver bien. Trataba de comportarme como en el fondo quería, y muchas veces ocurría lo contrario. Tenía que lamentarme de esta situación, después, muy a mi pesar. En esos momentos me imaginaba como el narrador que tiene que crear un mundo ficticio organizando él mismo los elementos de un mundo o de un universo que lo absorbía del todo porque era su vida misma, aunque ésta fuera la del pasado. El escritor es un creador de mundos. Ordena al crear. Tiene que escoger entre las infinitas posibilidades que las cosas tienen en su desarrollo a través de los diversos momentos del tiempo. A veces por eso lamentaba la diferencia abismal que existe entre la vida vivida por los personajes reales y aquella otra, ficticia, que depende por entero del narrador, quien como un titiritero decide a quién darle vida al narrar determinado episodio de la comedia de la vida creada por él mismo y quien decide también qué lapso de tiempo darle de existencia en el sucederse de los hechos.