Luego de la larga espera en el andén, bajo el sol ardiente de mediodía, no pude sino suspirar de alivio al ver llegar el autobús del transporte universitario. Eso fue un segundo. Al siguiente, me di cuenta de que en seguida comenzaría la batalla campal por entrar antes que los demás. De modo que, a empujones, en parte subí y en parte me subieron al vehículo, y como por milagro, conseguí asiento.
Al momento de sentarme y dejar las cosas sobre mis rodillas, suspiré de nuevo. No era una travesía agradable, pero al menos no iba de pie.
El autobús se iba llenando de más y más gente, que parecía comprimirse para dar paso a otros. Entonces la vi entrar, justo cuando casi no cabía nadie más. Se coló por la puerta a punto de cerrarse, y se abrió paso por el estrecho pasillo hasta llegar casi junto a mí.
Pensé que era una ilusión óptica, y la observé con más detenimiento.
No lo era. Era yo.
Por supuesto, no podía ser yo, puesto que yo estaba sentada acá, con un maletín sobre las rodillas, y ella, la otra, estaba de pie, a un par de pasos, entre la gente que se apelmazaba en el pasillo, aplastándose unos a otros, balanceándose, haciendo equilibrio mientras el tosco vehículo atravesaba la ciudad. Pero de cualquier modo, llevaba unos anteojos idénticos a los míos, y la ropa que yo había decidido ponerme al día siguiente. Tenía mis ojos, mi nariz, mi boca.
Me dije que no era la primera vez que confundía, por un instante, a cualquiera en la calle, con un amigo o conocido. Por supuesto, era una teoría mucho más coherente, porque no tiene nada de normal que uno se vea a sí mismo, a una copia de sí mismo, subir al autobús como si tal cosa.
Comencé a fijarme un poco en las personas que iban alrededor, que no parecían darse cuenta de nada, y me dije que con toda probabilidad, estaban demasiado ocupados intentando mantener el equilibrio. Esa labor ocupaba, aparentemente, toda la atención de la otra, quien con una mano en la barra metálica y la otra mano sosteniendo una gruesa carpeta de plástico, paseaba su mirada por los rostros que ocupaban el autobús —entre ellos el mío— sin mostrar el más mínimo cambio en su ánimo.
Un instante después, ella se giró, como buscando una posición en la que fuese más fácil no caerse, y aferró su mano al respaldar del asiento que yo tenía enfrente. Un hombre gordo, de pie en primer plano, me impedía el acceso visual al resto de su cuerpo, pero pude notar que tenía, en el antebrazo izquierdo —a medio camino entre el codo y la muñeca— el mismo lunar que yo, pequeño como si hubiese sido hecho con la punta de un bolígrafo.
Entonces me decidí. Tocándole ligeramente el codo, me ofrecí a ayudarla con la carpeta, a fin de que pudiera sostenerse mejor. Tenía la esperanza de que, al mirarme, se sorprendiera, o al menos tuviera una reacción, cualquiera que ésta fuese. Pero girándose, me entregó la carpeta con agradecida indiferencia y un sonriente, inexpresivo “gracias”, idéntico al que yo misma habría utilizado en ocasiones similares.
Tuve que rendirme. La observé por un par de cuadras más, pero el gordo señor que insistía en comprimirme hacia la ventana, evitaba que mirase cualquier cosa con relativa comodidad. Me dediqué, entonces, a mirar por la ventana a ratos, mientras intentaba, también a ratos, cazar un trozo de la otra entre la multitud de personas que atestaban aún el autobús.
La gente se fue bajando cuadra a cuadra, y al poco rato llegó mi parada. Busqué a la otra para entregarle su carpeta, pero no la encontré entre los rostros que poblaban la unidad. Me fijé con cuidado, y tuve que rendirme ante la evidencia: la otra se había bajado, en alguna pausa anterior, y había abandonado —seguramente por error— su carpeta en mis manos.
Me bajé en la parada que me correspondía. No sabía qué hacer. Intenté imaginarme mi propia angustia al haber perdido alguna cosa en un autobús. No podía poner en la universidad un cartel llamándome a mí misma, algo así como Marianne, si extraviaste tu carpeta, llama a Marianne a este teléfono. Sólo entonces me di cuenta de que no sabía si, a fin de cuentas, la otra se llamaba como yo, cosa que no tenía por qué ser cierta.
Estuve de pie en la acera, durante unos instantes, pensando. Entonces decidí abrir la carpeta, buscando alguna pista sobre la existencia real de la otra. Dentro de ella había sólo un sobre de manila. Y dentro de éste, el manuscrito del libro que, la noche anterior, había comenzado a escribir.
(del libro Cuentos en el espejo, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2008)