Poética del reflejo • Varios autores
El TíoDos historias con el Tío

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El Imán y la chola forastera

—Acabo de leer una crónica insólita —le dije al Tío—. Unos vecinos, remontados en cólera, lincharon a un hombre por haber violado a varias mujeres en un pueblo alejado de la civilización.

—¡Ah, caramba! —asistió—. Yo conocí también a uno que fue ajusticiado por las mismas causas en un pueblo minero. El caso jamás se registró en la prensa pero perduró para siempre en la memoria de la gente. Si quieres te lo cuento.

No dudé un instante en aceptar su propuesta, me senté en la silla y me dispuse a escuchar sus palabras que, como en los cuentos de Las mil y una noches, tenían la magia de ubicarme casi siempre en lugares remotos y realidades desaforadas.

—Ya puedes empezar —le dije dispuesto a dejarme llevar por las rutas de la imaginación, aun sin poseer una alfombra voladora.

El Tío, que de pronto asumió una seriedad inconfundible, hizo chisporrotear los ojos y empezó el relato:

—El violador, de cuerpo musculoso y cabellera ensortijada, tenía los ojos hundidos y rasgados; era juerguista, bebedor y mujeriego. Derrochaba la fortuna que heredó de su padre en los juegos de azar y en sus bajos instintos, como todo macho incapaz de renunciar a los placeres de la carne y cometer actos que no sólo estaban reñidos con la moral religiosa, sino también con los convencionalismos sociales. En el pueblo lo apodaron el Imán, porque era capaz de atraer a cualquiera con el encanto de su mirada y con el mágico secreto de su voz. Las mujeres más viejas decían que las mozas caían en sus galanterías como atrapadas por el magnetismo del diablo. Era suficiente un chiflido de su boca para que ellas cimbrearan el cuerpo como culebras. Nadie escapaba de sus manos, ni siquiera aquellas que, con el corazón embargado de dolor, pedían clemencia al cielo a la hora de perder su virginidad. Y aunque la gente, por razones humanas y divinas, condenaba su conducta, nadie podía hacer nada en contra de quien se comportaba como dueño y señor del pueblo. No había justicia que arregle su caso ni autoridad que pese sobre su palabra. El alcalde ponía oídos sordos y el párroco se hacía de la vista gorda.

—No lo puedo creer —rezongué con una furia que crecía en mi interior.

—Si no crees en mis palabras es porque eres ingenuo y porque todavía crees que el mundo es un paraíso y no un infierno lleno de maldades, injusticias y guerras —repuso el Tío, seguro de sí mismo y moviéndose en su trono como si hablara con todo el cuerpo.

Me quedé callado, pensativo, sin saber si sus expresiones eran de reproche o de reflexión. Pero como estaba curioso por saber cuál sería el final del Imán, le pedí que continuara con el cuento.

El Tío retomó la palabra:

—El Imán, a espaldas de los vecinos y detrás de las macizas puertas de su casa, desfloraba a las mozas con alevosía, hasta que una tarde, mientras los vientos soplaban en las calles polvorientas, llegó al pueblo una chola forastera. Nadie sabía quién era ni de dónde venía. No llevaba más equipaje que un látigo de tres colas en la mano; tenía el rostro cubierto por el ala caída del sombrero y andaba ataviada con una manta de terciopelo, una blusa escotada, una pollera ceñida a la cintura y unos botines de caña alta. Las proporciones de su cuerpo no pasaban inadvertidas y el contoneo provocativo de sus nalgas encendía la envidia en las mujeres y la lujuria en los hombres. El día en que pasaba por la puerta del Imán, éste advirtió su presencia como todo mujeriego aficionado a los excesos de la carne. Se quedó mirándola con los ojos iluminados por el deseo ardiente de hacerla suya sobre el camastro de pieles. No dejó discurrir el tiempo y le chifló desde el umbral de la puerta. La chola forastera, sin poner resistencia alguna, se dejó seducir por el chiflido, los piropos y los encantos del Imán, quien la atrajo hasta el interior del dormitorio, donde las mozas dejaban su castidad antes de volver a sus casas.

La chola forastera, contoneando las caderas y la sonrisa a flor de labios, se dejó besar y abrazar, hasta que él, arrimándola contra su cuerpo, le arrancó las ropas de un tirón y la tumbó sobre las pieles boca abajo. Después se dejó caer sobre ella, se encajó entre sus abultadas nalgas y, justo cuando iba a penetrarla pujando como un toro embravecido, pasó lo que a nadie se le podía pasar por la cabeza...

—¿Qué pasó? —pregunté con la respiración entrecortada y el corazón acelerado.

Una sonrisa pícara iluminó el rostro del Tío, y contestó:

—La chola forastera se volteó con una fuerza descomunal y el Imán cayó de bruces contra el piso. Lo cogió por los genitales y lo hizo berrear como a un cochinillo. Desenrolló el látigo que llevaba en la cintura, nombró a cada una de las mozas violadas y le majó el lomo a latigazos. Horas más tarde, grande fue el asombro de los vecinos al ver salir al Imán dando tumbos en la puerta, amordazado, maniatado y los ojos vendados. Su cuerpo, desnudo y lampiño, presentaba graves signos de violencia y estaba empapado en sangre de pies a cabeza. Su pene colgaba allí donde antes lucía un crucifijo y en su pecho, tatuado a punta de cuchillo, tenía un texto que decía: “Soy un libertino, un violador, un animal perverso que no merece la pena ni el perdón”.

—¿Y la chola forastera? ¿Qué pasó con ella? —pregunté con los pelos de punta.

—Los vecinos, como estaban embargados de gratitud hacia Dios por haberles ayudado a liberarse de las manos de ese ruin, dejaron que la chola forastera huyera por el mismo camino por donde había llegado. Desde entonces, no se volvió a saber de ella, salvo que andaba de pueblo en pueblo, donde despertaba el asombro de los vecinos, vengaba a las mozas violadas y hacía justicia por sus propias manos.

—¿Y me puedes confesar quién era, en realidad, la chola forastera?

El Tío guardó un sospechoso silencio, como quien esconde un profundo secreto. Luego contestó:

—Unos decían que se trataba de un espíritu celestial, vengador de almas puras y defensor de causas justas. Otros, en cambio, no cesaban de especular que el atroz crimen perpetrado contra el Imán fue obra de una condenada que aparecía y desaparecía entre remolinos de polvo, dispuesta a vengar la muerte de su madre, quien primero fue violada por una pandilla de forajidos y después decapitada por un psicópata que la tiró en un pozo oscuro, poco antes de darse a la fuga en una noche inquieta y fría.

—¿O sea que nunca se llegó a saber la verdadera identidad de la chola forastera?

—Cómo se iba saber, si esa mujer era el mismísimo diablo disfrazado de chola.

—¿Y de cómo lo sabes tú? —pregunté encogiéndome de hombros.

—Lo sé —contestó—, porque ese diablo era yo mismo.

 

El Juku y la Viuda

El Juku, como todas las noches, entró en la mina a robar el mineral del diablo. Destrozó la veta a punta de combo y barreno. Los hilos verdes del akullico le teñían los labios y el polvo de sílice le penetraba en los pulmones. Después llenó la bolsa de Calcuta con las rocas que, iluminadas por la luz de la lámpara, relumbraban ante sus ojos con la misma intensidad con que él descargaba sus energías. Estaba acostumbrado a la soledad y a la altura de las paredes rocosas de ese paraje, donde los obreros regulares de la empresa no se atrevían a entrar; unos le atribuían poderes malignos, en tanto otros se limitaban a contemplarlo a la distancia, como una maravilla de la naturaleza ajena a su alcance y su dominio.

El Juku se limpió el sudor y el polvo con la pañoleta que llevaba amarrada al cuello y se dispuso a descansar un rato antes de poner sus pies rumbo a la galería principal. Lanzó un suspiro hondo, escupió la bola de coca, aligeró el último sorbo de la botella y se tumbó de espaldas sobre el ripio, teniendo como cabecera su bolsa de Calcuta. Allí, mientras calculaba las ganancias y los beneficios del jukeo, le acometió un sueño profundo, que lo dejó roncando junto a su lámpara de carburo, cuya luz menguante se desvanecía unos metros más allá del telón tejido por las motas de polvo.

Cuando abrió los ojos y levantó la cabeza, advirtió que estaba tendido en la cama de una lujosa alcoba, cuyas paredes se elevaban verticalmente como inmensas losas de mármol. La colcha tenía drapeados con hilos de oro y plata, del techo pendían arañas de cristal, el piso estaba tapizado con alfombras de Persia y las paredes lucían enormes cuadros y espejos, donde el Juku podía mirarse el cuerpo de cuatro lados.

Al abrirse la puerta ubicada enfrente de la cama, apareció una mujer ataviada de negro, rociando la alcoba entera con la dulzura de su mirada. Era la Viuda, la cara blanca y las trenzas sueltas hasta más abajo de la cintura; vestía mantilla con flecos y sombrero de fieltro, pollera corta ampliada con las pretinas, enaguas con encajes de aguja, botines de cabritilla, con tacones altos y cordones, y una blusa que dejaba adivinar la prominencia de sus senos. Sus labios eran rojos como flor de amapola y sus dientes parecían perlas. Lucía topos de oro, caprichosos aretes colgantes, collares y aros con diamantes.

El Juku no le despegó los ojos de encima. Se quedó mirándola hasta que ella se acercó a la cama y se desvistió de manera lenta y sugestiva. Dejó relucir la hermosura de su cuerpo y se ofreció con el contoneo de sus hombros y caderas.

—¿Qué quieres? —preguntó el Juku.

La Viuda, cuya voz delgada y armoniosa podía tornar taciturno a cualquiera que la oyera, lo atrapó con la mirada, como un imán que arrastra al hierro contra su voluntad, y contestó:

—Quiero sentirte adentro...

El Juku, encendido por la lujuria y la pasión carnal, se incorporó en la cama y buscó los ojos de la Viuda con la mirada, intentando penetrar por su brillo hechicero en los misterios escondidos de su alma. Pero la Viuda, nada más verlo acercarse contra su cuerpo, lo envolvió en la sensualidad de su aliento y le desvió la mirada hacia sus palpitantes senos, dejándose manosear las nalgas y la entrepierna. En medio de tales deseos, el Juku se dio por rendido y volvió a tenderse en la cama, mientras la Viuda, sentada a horcajadas sobre el Juku, irrumpió en sonoras carcajadas, que más parecían las voces de clamor de los mineros tragados por la voracidad de las galerías.

El Juku, al oír el eco de las carcajadas amplificadas en las oquedades, reaccionó como saliendo de un desmayo repentino y comprendió que el paraje no era una lujosa alcoba ni la Viuda era una mujer hermosa, sino el espíritu del Tío, rondando por los parajes de la mina. En efecto, el Juku se tragó un susto entre pecho y espalda, cuando vio que la tenue luminosidad de la lámpara hizo visible la imagen del Tío, parado delante de él y dispuesto a desvestirlo y poseerlo.

El Juku, que no era hombre de miedo, esta vez sintió tal pánico que lo llevó al límite de la locura. Se puso de pie de un brinco, cogió la lámpara y corrió en dirección contraria, intentando zafarse del Tío; pero éste, conocedor de los tenebrosos laberintos de la mina, se le apareció como por arte de magia en la otra galería.

—¿Así que querías escaparte? —le dijo, deteniéndolo en seco y sin dejar de observarlo por el rabillo del ojo.

El Juku, jadeante y asustado, quedo vacío de palabras. Se dio media vuelta y corrió hacia otra galería abandonada, hasta que el Tío, cansado ya de perseguirlo como el gato persigue al ratón, lo atrajo hacia sí con sus poderes sobrenaturales y, recordándole que nadie puede burlarse de su autoridad soberana, lo increpó:

—¿Por qué robas el mineral, sin saludarme ni tributarme?

El Juku, los pantalones mojados por el miedo, la cara empañada por el sudor, y creyendo que los rezos podían liberarlo de la presencia del Tío, rogó con fervor:

—Ave María purísima.

—Sin pecado concebida —repuso el Tío.

Ahí nomás, el Tío, lleno de furor y virilidad, se abalanzó sobre el Juku. Rasgó el aire con sus enormes garras y estalló en un rugido impetuoso, que en las entrañas telúricas de la mina se oyó como la descarga de un trueno entre las cumbres de la cordillera.

El Juku, aunque sintió el peso del Tío como si una carga de estaño se le hubiese precipitado encima, resistió la embestida entre gritos y quejidos, pero el Tío tenía tanta fuerza y cólera, que lo doblegó como a un animalillo domado.

—No, Tío... No seas jodido... —imploró el Juku por última vez, hasta que una mueca de dolor le deformó la cara y un llanto convulsivo le ahogó la voz.

—¡Tú mereces la muerte por robar mis riquezas! —bramó el Tío, penetrándole toda su longitud y reventándolo por dentro.

El Juku se desangró al amparo de la oscuridad, una vez que la muerte se le clavó en los ojos. En tanto el Tío, que parecía un animal sin forma ni tamaño, sin olor, color ni sabor, pero dotado de dos grandes ojos que desprendían chispas en la oscuridad, se retiró a su galería, bufando como un toro salvaje y blandiendo sus astas como los estoques de un matador.

Dos semanas más tarde, un piquete de obreros que entró en aquel paraje, donde la Viuda se les aparecía a los mineros solitarios, dio con el cadáver destrozado del Juku. Estaba de espaldas y arrinconado en un recodo; tenía la cara congelada en una mueca de dolor y espanto, los pantalones abajo y la camisa desgarrada a la altura del pecho. Algunos de los obreros pensaron que la Viuda, que en realidad era el mismo Tío, lo violó en el mismo lugar donde lo sorprendió; en cambio otros pensaron que lo arrastró un buen trecho antes de revolcarlo y matarlo, pues el cuerpo presentaba la herida de un zarpazo que se prolongaba desde el cuello hasta el hombro. La herida era tan profunda que se le veía la vértebra cervical, y hasta se podía suponer que el Tío le hundió sus colmillos en el gaznate, porque la herida supuraba pus amarillo verdoso, mezclado con gusanos blancos.

—Esto le pasó al Juku por robarse el mineral del diablo —dijo uno de los obreros, que hasta entonces había permanecido callado.

—¡Pucha, caray! —dijo otro. Lanzó un escupitajo verde y añadió—: No se puede tocar el mineral sin antes saludarle y tributarle al Tío.

—¡No hablen tanto, carajo! —asistió un tercero—. Lo importante es que encontramos el cadáver del Juku, porque en este paraje hay quienes desaparecieron para siempre, como tragados por la oscuridad y el silencio...

 

Glosario

  • Akullico: Bola de hojas de coca que se masca para extraer su jugo estimulante.
  • Jukear: Robar mineral de la empresa minera.
  • Juku: Búho. Ladrón de mineral.
  • Tío: Dios y diablo de la mitología andina. Los mineros le temen y le rinden pleitesía, ofrendándole hojas de coca, cigarrillos y aguardiente.