Poética del reflejo • Varios autores
Ilustración: Todd DavidsonJekyll y Hyde

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Es un fenómeno actual: casi todo se acaba sabiendo. Ya se filtran con alborozo hasta cables diplomáticos. Hubo momentos más comedidos o cándidos, refractarios a la complejidad de las cosas, en los que se desconfiaba menos de las apariencias. Tras dejar de escribir cartas a los Reyes Magos no se tarda en columbrar que detrás de un traje con chaqueta cruzada de corte impecable y una voz profunda puede haber un prevaricador genial. Y enseguida cunde la sospecha de que muchas personas de aspecto duro son emocionalmente frágiles, el magnate de un amplio conglomerado editorial puede ser un niñato inseguro al que le han salido canas. El trabajador del acero que anhela un Rolex y maleta Louis Vuitton sabe que hay hombres y mujeres de éxito torturados por sus errores, y eso le consuela bastante. Gerentes que emplean un tono cortante como si dispensaran órdenes militares de pronto se fugan a Brasil con el dinero de la empresa y se mueren de risa con mulata y gorro de cotillón. A saber qué pasa por la cabeza de la mujer de aspecto aplicado y ordenador portátil que recorre el finger o de algunos feligreses en misa de doce... ¿Practicará compulsivamente la eminencia entre reuniones el pecado que, según nos decían, puede provocar ceguera? En la vida se representa un papel, se sigue un guión. Se imita (cada vez peor) la modestia, la seriedad...

Hablaba Gombrowicz sobre la trágica discordancia entre la inmadurez secreta y la máscara que se pone la gente al tratar con los demás. Hay rostros y maneras que manifiestan seguridad y rigor pero no son más que el disfraz de la incertidumbre. Es posible ver en vídeos difundidos por tabloides a una locutora muy seria comprando sustancias lúdicas, a una duquesa dedicándose al tráfico de influencias con desparpajo, al presidente de una Federación Internacional de algo en una sesión sadomasoquista con prostitutas disfrazadas de nazis... El secreto se convierte en mercancía. La intimidad no existe: a Haro Tecglen le parecía bien, soñaba con “la casa de cristal”. Hay cámaras por todas partes, teléfonos pinchados, micrófonos indiscretos... Se propaga el realismo. Ya no torcemos el gesto ni exclamamos ¡oh! cuando nos cuentan que el caballero revestido con las bondades del filántropo, el secretario de una ONG por ejemplo, se quedaba las donaciones de virtuosos empeñados en desmentir a Hobbes y cambiar el mundo...

Por otra parte siempre habrá inquisidores castizos y parentela idealista que censuren a ciertos biógrafos por contar toda la verdad, por fisgonear (como los sabuesos de las novelas bajo las alfombras y los armarios después de un crimen), por bajar a un personaje de su altar. Ha pasado con Kapuscinski, considerado el mejor periodista del mundo, infinitamente galardonado: al parecer su relación con los servicios secretos comunistas era muy estrecha y le iba la marcha (cosa que su viuda niega, escandalizada, rotundamente). Algunos puritanos tal vez prefieren la biografía edificante (como la de Rigoberta Menchú, que engañó al mundo entero), no soportan las sombras poco favorecedoras que caracterizan a lo humano. Se deben incomodar al enterarse de que el rey de Suecia, ese señor con gafas y collar cargado de cruces y angelitos, se emborrachaba en la discoteca de un mafioso serbio y protagonizaba orgías. O que al inefable adolescente Berlusconi (“a los italianos les gustaría ser como yo”) le gusta el “bunga bunga” y todo lo demás: eso de predicar con el ejemplo ha pasado a la historia...

Es comprensible volverse malpensados como la Highsmith. ¿De qué pie cojea un autor de cuidadísimas traducciones, qué fantasías cultiva al dejar los ensayos un director de orquesta, gran exponente del repertorio barroco? ¿Qué opinión tendrán unos camareros del cocinero estrella de calvicie avanzada que paga su salario? ¿Va aquel dignatario a un sauna especialmente caluroso con cargo a las arcas públicas? Hace mucho tiempo Stevenson escribió una popular novela sobre la dualidad en la que en la que parece referirse al “yo” y el “ello”, adelantándose dos décadas a la tipología del psiquismo descrita por Freud. Ambos nos vieron el plumero, como Shakespeare. Pero aún quedan almas que se sienten traicionadas cuando se revela que el símbolo de todas las virtudes deportivas, ejemplo de fuerza de voluntad, grandeza de alma en la victoria y la derrota, tiene en su casa un montón de jeringuillas. Quizá cuesta dejar de sorprenderse de que un hombre con alzacuellos realiza prácticas indecorosas, o que el señor que en una sala de conferencias junta las manos al empezar a hablar serenamente sobre Zurbarán, haciendo coincidir perfectamente las puntas de los dedos, oculta un Mr. Hyde. Los vecinos de delincuentes suelen hablar de la gran cortesía de éstos en el ascensor. Los peores asesinos en serie aparecen en vídeos domésticos celebrando cumpleaños, como dice John Verdon, “con un comportamiento tan anodino como el que muestras tú en los de tu cuñada”. Hannah Arendt nos dejó dicho que Eichmann era un pequeño burgués, un señor gris, que había sido sin duda un ejemplar viajante de comercio...

Vemos que las tres piezas más destacables de una exposición sobre el Antiguo Egipto tienen que ver con el dinero, el poder y el sexo, los resortes sempiternos. Anotamos en un avión lleno de pasajeros de apariencia responsable, mientras atraviesa un banco de nubes, cómo se definía Nicanor Parra: “Ni muy listo ni tonto de remate / Fui lo que fui: una mezcla / De vinagre y aceite de comer / ¡Un embutido de ángel y bestia!”.