Poética del reflejo • Varios autores
Ilustración: Todd DavidsonDos capítulos de Yo, el diablo

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1

Yo, el diablo

A mi diablo lo descubrieron mis padres, mis tías y mis abuelos cuando apenas si tenía pantalón sin calzoncillos. Apuntaba ya en mi cerebro una pizca de conciencia y se agigantó en mi mente ese ser que durante mi vida estaría metido en todas mis actuaciones. Nunca le di la mano ni lo he saludado por su nombre, mas a dondequiera voy y pienso, se desdobla en mi otro yo, como el ciudadano y empleado en el uniformado Batman.

Recién a los cinco años, salido de entre las faldas de mi madre y los pechos de mi nana, su presencia se ha hecho frecuente en los rincones oscuros de mi casa o de la arboleda en mis paseos y como pesadilla, en forma de serpiente o señor grande y caliente, durante los sueños, mezclado con los recuerdos y los deseos.

Los psiquiatras seguidores de Sigmund Freud me confirmarán por qué mis miedos infundados al fuego, a la oscuridad, a lo desconocido, a la inmensidad, a las alturas y a la manzana de Eva. ¿Serían sólo la religión y la cultura las culpables de que ese ser viva una vida paralela con mi personalidad, mis sentimientos, mis triunfos y aspiraciones? ¿O será que forma parte de mí o de todo ser humano y lo hemos convertido en un ícono externo y que las sociedades lo han mitificado?

Los análisis e historia dicen que el diablo o su equivalente es un ser malévolo, que quiere el mal y lo respira. Le han llamado por mil nombres que lo asimilan con dragones, cerdos, monstruos, toros, cabros, faunos o con gigolós de saco leva y altos tacones, como el amigo del doctor Fausto.

La imagen más cercana de mis padres me lo retrató como un señor muy masculino, con cuerpo rojo o negro, desnudo, asaz fornido, muy bien parado sobre dos pies con las uñas recortadas, con dos brazos musculosos para blandir un tridente de hierro muy largo y pesado, con cuernos en su frente y cola de león terminada en negro florón, simulando el final de un azote. Su cara es seria con una mirada penetrante y temible. Casi siempre se acompaña de un séquito de su misma clase. Alguna vez alcancé a percibir el olor a azufre que lo rodea en vaporosos círculos y también me ha llegado a la cara y otras partes el abrasador calor de la llama que flamea por sus muslos.

Jamás nadie me dijo —ni en mi casa ni en el convento donde estuve— cómo piensa, cómo maquina su venganza, cómo urde sus patrañas, cómo envuelve y cómo engaña. Sólo sabía que antes era un ángel muy hermoso y que tenía el honroso nombre de Luzbel. Y que por un orgullo, heredado de Narciso, quiso ser más que el dios a quien guardaba entre serafines y querubines, para luego convertirse en el odioso ángel castigado a las tinieblas y al averno.

Su figura con perfecto perfil, a la vez que aterradora, era fascinante y humana. No era tan distinta y ficticia que pareciera increíble. Era verosímil y hasta cierto punto atractiva. Por algo salta fácilmente a la escena en los amores y fiestas de jovencitas y hombres serios, entre actrices y altas cortes, en los chistes y novelas. Unas veces toma el nombre de Demian u Orfeo, Lucifer, Mefistófeles o don Sata o quizás también Leopoldo o Carlos o Josefina. Está en boca de santos, hechiceras, sacerdotes, alcahuetas y viejitas rezanderas. Entra a casas y palacios, a burdeles y casinos y hasta en las iglesias lo vemos junto a Jesús, san Jorge o a Judas, el aprendiz infortunado de banquero.

Sí. El diablo nos espía en este viaje terreno. Ha jugado al sí y al no en decisiones y amores, en los negocios y los naipes. Para unos es amuleto, para otros su pacto y suerte, aunque nadie lo perciba, en medio de su cuerpo asoma los cachos o cola o desde el armario de las alcobas preside la ceremonia glamorosa o tenebrosa.

En mi caso, lo confieso, el diablo me acompaña como ángel guardián, rojo o negro, no interesa. Guardián, digo, porque me doy cuenta de que a toda hora echa una mirada de soslayo para soplarme algo al oído o ponerme zancadilla y hacer que diga lo que no quiero o poner encima de mi cabeza una aureola amarilla para que una dama me guiñe el ojo y nadie más de ello se dé cuenta.

El fenómeno Demon ha sido utilizado indebidamente por religiones y culturas. No hay tal que sea un ente autónomo y externo al humano. No tiene personalidad propia ni es producto de un castigo. Más razón tenían los maniqueístas que proclamaban que el hombre no era responsable de sus actos malos porque un espíritu perverso lo manejaba como una veleta y que cuando actuaba bien, un espíritu divino le quitaba el mérito de hacerlo.

El diablo está en mí —soy YO, it’s ME—, así lo creo, lo palpo y experimento. Es mi otro yo. Con él vivo, con él me acuesto, pienso, me revuelco. A veces es más que yo, que mi conciencia, y casi dejo de llamarme por mi nombre y toma, como por asalto, todo el puesto en la cabina de piloto.

¿Qué es el diablo?

Es un engendro de
        mentes afiebradas
es una calentura
        psicológica
             que pintan
              de rojo azufre y
                     coronado de
                       una sarta de pecados
es el coco de niños e
             ignorantes
es no abstenerte del placer
                   prohibido
el diablo es
          una mujer bonita
                  sin calzones.

(del libro Versos sacros y profanos. Cali: Artes Gráficas del Valle, 1999. Pág. 19).

 

2

El diablo me confirma doble y géminis

Los pensadores e investigadores han escudriñado los intestinos de las cosas y han levantado la piel del universo para examinar sus componentes y la reacción a los agentes externos o internos que los mueven o si permanecen impasibles.

Hoy sabemos que cada ser humano se origina por dos células procedentes de un macho y una hembra que se juntan y se van reproduciendo. Allí dentro, en ese pequeño gran laboratorio, suceden cambios y evoluciones químicas y orgánicas sorprendentes. A partir de esos dos centros se origina la cadena de mitosis que inexplicablemente respeta la individualidad de cada célula y da lugar a las características que trae la herencia. Cada célula es una máquina que aporta carnosidad, sangre, excrecencias, inteligencia, lunares, sangre, sentimientos, tendencias y hasta monstruosidades.

¿Acaso no sabemos que el ser humano nace de un compuesto de dos seres llamados “células padre y madre”? ¿Acaso no aceptamos que en todos nosotros hay fuerzas femeninas y varoniles que nos impulsan o cohíben, que nos determinan y, también, nos indeterminan?

Los horoscopistas han encasillado los caracteres de los nacidos en cada mes y a la sombra o luz de estrellas o el cruce de planetas. Hemos olvidado la certeza de que todos nacemos en la misma forma. No depende la herencia de la buena estrella que lucía la noche en que nacimos ni la intersección de la Luna, Orión y el cruel Mercurio. Es cierto que hay una influencia, como aquella sobre el cuerpo humano que produce la onda expansiva de la explosión de un carro bomba. Pero las señales que definen el curso de la vida humana estarán predeterminadas en razón de aquella casual y deleitosa unión en la placenta.

A ello viene a sumarse la presencia de otro elemento diabólico en nuestro interior. Diabólico, porque todos demostramos día a día, desde que nacemos, tendencias e inclinación a comportarnos en dirección opuesta a lo que se normatiza en la sociedad como sanos instintos. Alguien no dirá que está exento de comprobar en su conducta desviaciones hacia lo que Astete alguna vez bautizó con el nombre horrendo de pecado.

Se establece, entonces, una pugna enorme y diaria, allá, en el recinto inconmensurable donde reinan el inconsciente, la razón y el albedrío. Se encuentran en esa ágora política, en igualdad de fuerzas, los intereses, la voluntad, los impulsos primarios, el deber ser, la curiosidad, la responsabilidad y el caos. ¿Cuál será el producto o resultado de tal confrontación de contendores tan desiguales?

En el tira y afloje, en ese ejercicio que el humano se debate, hay unos ojos que saltan de mi cara. Desde su orilla algunas veces brotan lágrimas, en otras, Cupido lanza sus dardos de pasión y agarra, en otras son saetas de ira u odio y en otras ocasiones se nublan de perplejidad e incertidumbre. Mas también hay otro ojo avizor y es el del diablo que se cuela por mis intersticios donde aparece la duda. Allí mete la nariz y sus uñas rascan y alborotan los escozores que me causan.

¿Quién, entonces, cuando actúo, es el protagonista —el primer luchador— y quién toma la iniciativa para llegar a una solución? ¿El que piense mejor, el más calmado, el que no tiene nada que perder? ¿O el más osado, el más desesperado, el que agoniza, el más interesado, el que en su pecho y en su cara tenga la sangre más caliente, el que esté a punto de caer? La pelea se inclina en la lucha, aunque el cuerpo sangre, por la razón más obvia: sólo el más fuerte de mente logrará conseguir el objetivo y tocar con su mano lo que el Destino me depara.

Quienes somos de géminis y creemos en este signo hemos oído que dos fuerzas contrapuestas se disputan el poder y la victoria muy adentro de nuestro ser. En un primer momento el negocio o la propuesta la evalúa el de la derecha y en una segunda instancia viene el gemelo por la izquierda y revalúa las ofertas que reposan descansadas en la mesa.

¿Quién hará inclinar el fiel de la balanza, de dónde llegará la feliz inspiración, cómo conseguirá torcer el brazo la presión del arrollante bíceps? ¿Triunfará el bien o el soplo de la fórmula la dictará Belial?

Anda géminis cabizbajo por la avenida. Guarda bajo el brazo un portafolio y bajo la almohada dejó escondido el cofre de siete llaves. ¿Por qué oculta sus secretos si al fin de la tarde debo haber resuelto el enigma de mi cada día? ¿Es tan fascinante tal espera, es tan acuciante tal tormento que prefiera darle vueltas por cafés y bares, en conversaciones al paso y hasta en la cama? De seguro está en mi naturaleza que siempre tiene dos caretas que me cubren el pensamiento irresoluto. Una me sonríe y muestra su lado fácil y la otra aprieta mi garganta para impedirme el compromiso.

¿Son mi naturaleza débil o mi voluntad endeble las que me hacen presentar una doble cara? ¿Soy un individuo libérrimo y frentero o —como lo tramaron los dramaturgos griegos—, soy sólo una persona escénica que expreso lo que me insinúa un gran Consueta en el teatro de la Vida? No valdrá la excusa —y nadie, por supuesto, la dará— de que fue el diablo el que me grita al oído lo que tenía que hacer. Ni el juez, ni la esposa, ni el matón me creerán.

Unidad

            A veces
                sin pensarlo
        me desdoblo
                en lo que soy
       no soy manes
              pero devengo
                   un dios
                      en todo su esplendor
     se revuelca en mí
                          luzbel
                           con su poder
 la cara no me cambia
          no me camufla el vestido
pero mis obras delatan
          esa doble condición.

(del libro Cotidianidad en re-verso. Cali: Artes Gráficas del Valle, 2005. Pág. 27).