Acto I
Escenario a oscuras, fondo negro. Una bicicleta de mujer, roja, orientada hacia la izquierda vista desde el público. Las luces se encienden de a poco, concentradas en el lugar donde Mónica va a decir su monólogo, delante de la bicicleta. Aparece Mónica; va hacia la bici. Está vestida de negro y lleva puesto un sombrero negro que debe recordar al luto. En un bolsillo, o en una cartera, lleva tres hojas enrolladas. Antes de comenzar comprueba el aire de las gomas:
Hora de hacer un poco de ejercicio. ¿Te parece bien ir hasta la plaza, dando primero una vuelta por el parque? (PAUSA). Ahh... (MIRANDO HACIA SU HOMBRO IZQUIERDO, ACARICIÁNDOSELO). Ya no estás... Ya no me acompañas... ¿Estarás en alguna parte? (DE A POCO, ENCARANDO AL PÚBLICO) Es que me duele. Como le duele a un mutilado el brazo que le amputaron, el brazo fantasma que ya no está pero le duele, así me duele a mí que ella... ya no esté. Me cuesta acostumbrarme. Me cuesta... todo. Me cuesta la cuesta cuando pedaleo, me cuesta la bicicleta, me cuesta el alquiler, me cuesta acordarme de lo que me hizo Armonía y me cuesta olvidarme de lo que pasó. Qué cosa con la memoria, ¿no?
(APARTE. SE ADELANTA HASTA CERCA EL BORDE DE LA ESCENA) Ella me decía que yo era una mujer de teatro. Una “teatrera”, decía. Y ponía... y ponía como un dejo... (PENSATIVA, EVOCANDO A ARMONÍA)... como un dejo irónico. Decía que yo siempre había estado en las tablas. Que siempre iba a estar en la escena. Así que cuando me dieron el manuscrito de este monólogo que ustedes están presenciando (CON GESTO DE LA MANO DERECHA AHUECADA EN LA MEJILLA, COMO INTENTANDO OCULTAR LO QUE ESTÁ DICIENDO) (que yo, en confianza, jamás habría titulado “Armonía y Mónica”. ¡Qué título más..! ¿No?), este monólogo en tres actos, digo que cuando me lo dieron, a ver si me le animaba, yo me dije que no. Pero después dije que sí. Al fin y al cabo está basado en lo que me ocurrió a mí, en la vida real. A mí y a Armonía. Y a Reinaldo, y a Grisóstomo.
Ella no era como su nombre. De armonía, nada. Aunque es cierto que le gustaba la música. Sobre todo la salsa, la cumbia. Y yo, que prefiero la clásica. Y el ballet. Nunca estábamos de acuerdo. Nos la pasábamos discutiendo. Bueno, es un decir; en realidad discutíamos cuando ni ella ni yo estábamos durmiendo, cuando digamos las dos estábamos de turno.
Una vez yo estaba con sed. Yo tomaba refrescos, azucarados y todo, de esos estigmatizados por la propaganda de... de los abstemios de la vida. Me lo había servido mi abuela. Divina, la abuela. Desde que pasó lo que pasó, ya no vivo con ella. No la he visto más. Pero la adoro. Le hice un poema, ¿quieren escucharlo? Es corto, pero profundo. Dice así:
Abuela divina / te quiero pedir
que junto a tu lado / ¡me dejes vivir!
Bueno, gracias por esos estruendosos aplausos. ¡No es para tanto..! Ya ustedes saben que los refrescos yo me los tomaba cuando Armonía estaba dormida. Porque sabía que no le gustaban. ¡Cómo engordamos! Pobrecita... Pero esa vez se me había antojado. Y me disponía a tomar el refresco, cuando ella me dijo (CON OTRA VOZ, SIMULANDO SER ARMONÍA):
—Mira, Mónica, mijita: una lata de Cocacola tiene 139 calorías. Pura azúcar. Imagínate: para quemarlas, hay que andar en bicicleta como una hora. O caminando por 8 de Octubre desde Propios hasta la Curva un día antes de Reyes. Para no hablar de las papas fritas. A lo mejor yo no quiero salir a andar en bici. A lo mejor me pegan un empujón y me la afanan. Ciento cincuenta raciones de pasta base, al menos. Voy en oferta, como quien dice. ¡Si engordas vos, me engordas a mí también, y tengo que pagar el pato yo!
Entonces la miré, un poco así (MOSTRANDO CÓMO LA MIRABA, COMO UNA PERDONAVIDAS, HACIA SU HOMBRO IZQUIERDO) y le dije:
—Bueeeno, Armoooniiía... No se puede andar midiendo las calorías de tooodo. También hay que vivir.
Y entonces ella va y me dice (SIMULANDO SER ARMONÍA):
—¿Pero cómo, “hay que vivir”? ¿Tomar Cocacola es vivir? (SUBRAYANDO LA RIMA) ¿O estás irónica, Mónica? ¡Al contrario! Para vivir más y mejor, es importante tomar conciencia de lo que uno se mete entre pecho y espalda. Pura azúcar. ¿Sabes qué le sucede al cuerpo cuando una se mete eso?
¿Qué iba a decirle, yo? Y sobre todo, ¿qué iba a hacer? Ella era buena para discutir. Agarré la botella, la vacié, y dije que al menos teníamos el dinero del envase. Dos pesos. Podríamos trabajar un poco menos, con esa plata.
Entonces ella va y me dice (IMITANDO A ARMONÍA):
—Al fin y al cabo, no sé para qué trabajamos tanto. En eso somos como las hormigas. Se la pasan trabajando de sol a sol pero no tienen ni idea de para qué trabajan.
Entonces yo vi la oportunidad de vengarme, la verdad es que soy una mujer un poco así. Un poco vengativa. Bueno... Muy vengativa. Pero después me arrepiento. Como ahora. (PENSATIVA, COMO RECORDÁNDOLA) Pobrecita, Armonía. Cómo la extraño. Aunque (MASAJEÁNDOSE EL HOMBRO IZQUIERDO) es un alivio, la verdad. (VOLVIENDO AL AHORA, ENCARANDO AL PÚBLICO) Pero como les venía diciendo, quería cobrarme la derrota verbal (INCREMENTANDO EL FASTIDIO) que ella me había... me había infligido. La derrota moral que yo había... padecido. Sí, eso es: pa-de-cido. (Después, por favor, me hacen acordar que les cuente el chiste del hombre peludo) Entonces le dije:
—¿Así que no tenés ni idea de para qué trabajan las hormigas? Deberías saberlo. A ellas el instinto les dice que si no trabajan, no comen. Y si no comen, ¡se mueren! Está escrito en el código genético.
Ella, claro, no se iba a quedar callada, así que me dijo (SIMULANDO SER LA OTRA):
—Sí, claro. Es instintivo. ¡Pero no podemos compararnos con hormigas! ¡Somos seres pensantes!
(CON CARA DE ALEGRÍA) Entonces ahí vi mi oportunidad de darle la estocada final. De finiquitarla. De pasarle la aplanadora por encima. Y le dije:
—(IRÓNICA) ¡No! ¡¿No me digas que no podemos compararnos con las hormigas!? ¡Si fuiste vos misma quien nos comparó con las hormigas! Y no me digas que somos seres pensantes. Justamente, por eso, porque sos un ser pensante, deberías saber para qué trabajamos tanto.
Eso la terminó de fundir. Pero ella era buena para buscarle el pelo al huevo. Que es como decir buscarle la quinta pata al gato. Aunque hay gatos, como mi gato Lucas, que tremenda quinta pata, tienen. Lo bien que hace pasar a las gatas... (SOÑADORA) Las hace gritar de lo lindo.
Me acuerdo que ella, a propósito, siempre hablaba de castrarlo. Pero yo que no. Que no y que no. Siempre los seres humanos andamos tratando de mejorar la naturaleza. Si no es que hay que infibular a las niñas, hay que exterminar a los rinocerontes, o cargarse a todos los pescados del mar, o contaminar las calles de Montevideo con basura. Alguito siempre hay para hacer.
Pero si en eso no le di el gusto, hay que ver que ella se daba el gusto de ganarme la mayoría de las discusiones. De cien, ella me ganaba 66, y yo 33. La que faltaba me la ganaba casi toda ella. Pero no toda. Las dos terceras partes. Como la vez que habíamos decidido que íbamos a empezar a estudiar de nuevo. Imagínense: a la vejez, viruela. Y ahí fue que empezó la historia trágica del enamoramiento. La historia de Reinaldo, que les voy a contar más adelante. (DIRIGIÉNDOSE A LAS BAMBALINAS, SACANDO EL ROLLO, MIENTRAS LO CONSULTA)
—¿Es en este acto o en el que viene?
(UNA VOZ RESPONDE) “¡En el que viene!”.
(IRÓNICA, IMPOSTANDO LA VOZ, ENROLLANDO DE NUEVO LAS HOJAS): ¿Ajá? La voz de las tinieblas me indica que es en el acto siguiente que les voy a contar la historia del enamoramiento. ¿Será un acto dedicado... al tema del amor? ¿Será un acto dedicado... a explicar lo que pasó? ¿Será un acto orientado... a desarrollar el planteamiento del asunto, que se supone es lo que tiene que hacer este acto primero?
¡Ja! (MUESTRA EL ROLLO CON LAS TRES HOJAS) ¡Hay que ver los humos que se da el monólogo este! ¡Y todo para terminar en cenizas! Porque es lo que voy a hacer en cuanto termine... ¡de monologar con ustedes! Sí, quemarlo. Porque ¿para qué revolver en la basura del pasado? ¡El pasado es como el futuro! Es algo que no existe. En estos momentos, no existe. Entonces, evocar, es traerlo al presente. Pero hay gente que no hay caso: con los ojos en la nuca, meta revolver. Como los hurgadores. Y miren cómo nos dejan la ciudad: apestando. No existe pero me hace sufrir, porque sí que me hace sufrir. La extraño. ¡Te extraño tanto, Armonía! (QUITÁNDOSE EL SOMBRERO, COMPUNGIDA)
Disculpen si hago como las ardillas. Que me voy por las ramas. Y ustedes me dirán: “Esta se va por las ramas, pero no pierde el hilo” Y tienen razón, aunque este es un hilo largo. Como el de Candela Sorocco, que cone se hilo se cosía un vestido, y le sobraba un poco. Y el hilo es como el hilo de Ariadna, la que no se perdió en el laberinto del minotauro. El laberinto de los recuerdos, el laberinto de los hechos, el laberinto mío. Es el hilo que me lleva al ejemplo de cómo ella ganaba las discusiones. Pero hay otro hilo, que es el que ustedes tienen que encontrar, y seguir. Y es un hilo rojo. Muy rojo (TRÁGICA, PERO IRÓNICA) ¡Un hilo de sangre!
Entonces empezamos a buscar —porque en eso estábamos, en que íbamos a ser estudiantes—, empezamos a buscar vivienda. Y vivienda, lo que se dice vivienda de estudiante, haber, no había. Y si había, estaban ocupadas por jóvenes ocupadísimos. Jóvenes no preocupados, sino despreocupados. Despreocupados pero ocupados en fiestas y parrandas en las asociaciones de estudiantes y en otros lugares. Ocupados en bailar y en divertirse y en viajar. Ocupados en estar desocupados, en cualquier cosa, los muy pelotudos, menos en estudiar. Entonces, le digo a Armonía: (MIRÁNDOSE EL HOMBRO IZQUIERDO)
—Para solucionar el tema de la vivienda de los estudiantes, el Municipio o el Estado tendría que construir apartamentos nuevos.
¡Para qué! Fue como levantarle un centro a Forlán. Armonía me respondió (SIMULANDO SER ARMONÍA):
—¿Pero qué decís? Los apartamentos nuevos son siempre los más caros, y los estudiantes son los que tienen peor economía. ¿Cuántos estudiantes van a poder arrendar apartamentos nuevos?
Tenía razón, la Armonía. Una vez más, la desgraciada tenía razón. Digo desgraciada porque... porque nos desgració. (SECÁNDOSE UNA LÁGRIMA) Y se desgració ella. Pobrecita... Pero para que no me ganara el cien por ciento de la discusión, yo tenía que buscarle la vuelta. En eso... ah sí, soy como el capitán Zapata, que si no la gana, la empata. Así que le dije:
—Muy pocos estudiantes van a poder pagar el arriendo, tenés razón. Pero poca. Y la poca que tenés ¡no sirve! Porque justamente: la gente con poder adquisitivo se va a mudar ahí, y entonces van a dejar sus apartamentos viejos, que serán más baratos, a los estudiantes.
(SIMULANDO QUE ESCUCHA LO QUE ALGUIEN DEL PÚBLICO SUPUESTAMENTE LE DICE):
¡Sí, cierto! El cuento del hombre peludo. Esto es lo único bueno de esto. Y en realidad... es una concesión de la directora de escena. Porque cuando empecé a leer el texto del soliloquio este para aprendérmelo de memoria, vi que no tenía nada de humor. Era como una crónica, aburrida como bailar con el hermano de una. Y le digo a la directora: “Este soliloquio no tiene humor. ¡No tiene ni una gota de humor!” Y la directora me dice (SIMULANDO OTRA VOZ): “No es un soliloquio, Mónica. Es un monólogo”.
¡Por Dios! Cuando un dedo apunta a la luna, la tonta va y mira... ¡al dedo! “De acuerdo”, le digo, “este monólogo no tiene humor”. Y la directora va y me dice que yo misma le ponga el humor que quiera. Entonces me incliné por ponerle un chiste. Al menos. Uno inventado por ella, de un hombre peludo. Tan peludo era que parecía el Abominable Hombre de las Nieves. Resulta que una vez fue al peluquero a hacerse la barba. Y el peluquero no se dejó impresionar. Empieza; agua caliente, brocha y espuma, espuma, espuma. Saca la navaja y empieza, meta afeite y afeite y afeite, y al buen rato dice: “¡Uy! Me parece que me pasé. ¡Llegué al ombligo!”.
Y ustedes me dirán que qué tiene que ver este cuento con Armonía y conmigo. (PENSATIVA, EVOCADORA. SE EMOCIONA). Tiene que ver que... ese cuento me parece el mejor chiste que oí, y me lo contó ella. Me lo contó ella, porque ella usaba navaja de afeitar para afeitarnos las piernas, decía que era la afeitada mejor que pudiera concebirse, y entonces, se le ocurrió ese cuento, una vez, mientras nos afeitaba las piernas... Y me lo contó. (EN UN SOLLOZO, CASI GRITO) ¡Me lo contó Armonía y ella... ya no está!
(TELÓN)
Acto II
Cuando las luces se encienden de a poco Mónica está sentada en un taburete cerca de la bicicleta roja de mujer, que ahora está con las ruedas para arriba, apoyada en el asiento y en el manubrio. Mónica tiene puesta una gorra de béisbol roja, con la visera hacia la izquierda. Alguna prenda, por ejemplo una remera o camiseta, también es roja. En un bolsillo, un espejo de maquillaje. Mónica le da al pedal con la mano y hace girar la rueda. Se levanta, se pone de pie atrás, en línea con la bicicleta y mira la rueda trasera. Gira la cabeza, encara al público y dice:
Está torcida; le faltan tres rayos. Voy a tener que hacer como hacía ella. No hacer como haría yo: llevarla a una bicicletería y encargarle al bicicletero que me la arregle, que me demore un mes para que me cobre un dineral, sino como habría hecho Armonía. Comprar dos rayos por veinte pesos, ponérselos yo misma y ajustarlos con un ajustador de rayos. Para que la rueda ruede perfecta. Y gire como tiene que girar. Como la rueda de la fortuna. Como giró la rueda de la fortuna el día ¡terrible día!, en que quise que me saliera otra cabeza (ACARICIÁNDOSE EL HOMBRO).
Como es sabido, no basta con querer que las cosas sean de una manera para que sean de esa manera. Sin embargo, yo tenía de algún modo la certeza de que si una realmente quería algo, y lo quería con rabia, con empecinamiento, con decisión, tarde o temprano se hacía realidad. Por eso digo que el día en que quise que me saliera otra cabeza fue un día terrible, y no el día en que realmente empezó a crecerme otra cabeza.
Yo quería ser bicéfala porque estaba un poco angustiada por el paso del tiempo. En realidad, todavía sigo estando angustiada. ¿Ustedes no? ¿No pensaron que cuanto más una vive, más rápido se van los días? ¿No es un pestañeo y el bebé que ayer nada más había sido el hijo de una, recién nacido, al pestañeo siguiente se está yendo de la casa, con una mezcla de malhumor y tristeza mal disimulados? Yo me imaginaba que si yo tenía dos cabezas, entonces iba a poder aprovechar mejor el tiempo. Porque mientras una cabeza dormía o descansaba, la otra hacía lo que tenía que hacer. Por ejemplo, un trabajo, o una tarea cualquiera.
Yo era medio tarada, en realidad. Porque no había pensado lo suficiente el problema de la identidad. No me daba cuenta de que “Yo”, no iba a ser la misma, sino que mi cabeza, esta que ustedes están viendo ahora, iba a tener no solo el mismo cuerpo que ahora, sino además otra cabeza. Pero decir otra cabeza era decir otro yo. Otro cerebro. (ARTICULANDO LENTA Y CLARAMENTE CADA SÍLABA) Otra tomadora de resoluciones. Es decir, no era tanto que mi cuerpo pasara a tener dos cabezas, sino que dos cabezas diferentes, (PUÑO EN CADERA, DESAFIANTE) pasaran a disponer del mismo cuerpo. (PAUSA EFECTISTA)
¿Me entienden? Entonces, ya después de acontecida la horrorosa tragedia —y perdón por la hipérbole—, es fácil darme cuenta de esas implicaciones. Pero entonces no. Entonces yo vivía ilusionada con la idea de tener dos cabezas. Me imaginaba bicéfala y me ponía contenta como perro con dos colas. Me imaginaba no solo que nos íbamos a complementar sino que íbamos a ser inseparables amigas. Tendríamos interminables charlas. Yo soy un poco charleta. En verdad, muy charleta. ¡Por fin iba a tener a alguien que iba a escucharme! Eso era conversar, conversar en serio: que yo hablara y que ella me escuchara. Porque es importante el diálogo. ¿Con quién hablamos, en realidad? ¿Con quién habla el gobierno? ¿Con quién hablan los sindicatos? ¿Con quién habla la sociedad civil? ¿Con quién hablan los militares?
En esas anduve mucho tiempo. Y los días pasaban (DA UN FUERTE IMPULSO DE TRES VUELTAS AL PEDAL DE LA BICI; LA RUEDA DEBE QUEDAR GIRANDO UN BUEN TIEMPO) y pasaban y mis deseos no se cumplían. Y yo, en tanto, deseosa de empezar a ganar tiempo, me dije que lo que tenía que hacer era dormir menos. No sin cierta lógica, debo admitir, pensaba que las horas que no dormía podría emplearlas en hacer cosas útiles. Entonces al final, claro: terminé como una zombie. Las bolsas de abajo de los ojos empezaron a crecerme (HACE UN GESTO CON LAS MANOS), y las ojeras, y los errores.
Un día estaba tan pero tan zombie que la gente huía aterrorizada al verme. Y fui a subirme a un ómnibus y como estaba en una semivigilia se me hizo que iba a subirme a un monopatín. Di un paso muy corto y perdí el equilibrio. Para hacer la historia breve, me di un golpazo contra la puerta, reboté, caí de espaldas, me di un golpe en la nuca y me desperté tres días después en el hospital. Cuando me incorporé en la cama sentí un dolor acá (SE TOCA EL HOMBRO CERCA DEL CUELLO) y cuando fui a verme al espejo vi que era un bulto. (PAUSA, SONRISA)
Ya veo que lo adivinaron. Era que me estaba saliendo la nueva cabeza. No se imaginan la alegría que me dio saber que pronto sería bicéfala. El médico que me dio de alta me confirmó que así sería. Y fui corriendo a contarles la noticia a mi abuela y a mis amigas.
Pero tener dos testas iba a traerme dolores de cabeza. Por lo pronto, ya veía como problema tener que pagar doble tarifa en la peluquería. Y salir a bailar y hacer un chic a chic sería difícil. Por otra parte, encontrar en la misma fiesta, y a la misma hora, a un bicéfalo y que además aceptara bailar un lento con nosotras, si no era imposible, al menos era remoto.
Y el tema de la cédula de identidad... aunque eso en realidad no era asunto mío, sino de las autoridades. Y problemas con los sombreros. Me encanta llevar sombrero, y andar con sombrero puesto iba a ser como andarle (HACE GESTO CON LA CABEZA. DEBE VERSE LA VISERA DE LA GORRA COMO UNA EVIDENTE MOLESTIA PARA LA CABEZA DE ARMONÍA) encajándole el ala en la frente o en los ojos.
El bulto peludo (porque claro, al empezar a asomarse ya venía con pelitos de pocos milímetros) que tenía en el hombro me picaba, y yo, a rascar el cuero cabelludo. Y mi abuelita va y me dice: “Pero Mónica, ¿y si a la otra no le gustaba que la rasques tanto?” Bueno, ya me lo diría, me dije, pero que me pica, me pica (CON PICARDÍA), y qué bueno es rascarse cuando a una le pica algo, ¿nocierto? No pasaron muchos días antes de que, una vez que la frente hubo emergido y ya los arcos superciliares se poblaran de cejas, empezaran a asomar los párpados. ¡Por Dios, qué incógnita saber de qué color serían los ojos!
A los dos meses ya la nueva cabeza podía mirar y expresar sentimientos, aunque no hablar. Era como la Transición, no sé si se acuerdan. De reojo podía verle el ojo derecho, verdoso, pero lo mejor era mirarla toda con un espejo. Así (MUESTRA CÓMO, CON EL ESPEJO DE MAQUILLAJE). ¿Se dan cuenta de las implicaciones existenciales que ese simple hecho tenía? Yo no la miraba a ella; miraba a un espejo. Me comunicaba con mi otra cabeza a través del espejo. Y ella, flor de narcisista resultó. ¡Le encantaba mirarme en el espejo!
A los tres meses las orejas emergieron del todo, y también la nariz terminó de salir, muy graciosa, como respingada. Vista de frente la cabeza de Armonía parecía la de un perro bulldog, porque se le veían los dos agujeros de la ñata, completos. Pero cuando emergiendo de mi hombro emergió el labio superior, me di cuenta de que pronto iba a empezar a hablar, y entonces empezarían las preguntas. La primera, me imaginé, sería “¿Cómo me llamo?” Y la otra, “¿Dónde están?” Entonces decidí ponerle un nombre antes de que se lo pusiera ella. Un nombre artístico, tenía que ser, por ejemplo, Pincela. Pero si a Pincela al fin y al cabo no le gustaba la pintura, el nombre no tendría sentido, así que al fin me decidí por uno más general, que cubriera las artes y la vida en general. Y ese nombre fue Armonía, porque se me hizo como que ella y yo seríamos más ar-Mónicas con dos cabezas que yo sola con una sola. (SE CRUZA DE BRAZOS, CON GESTO SUFICIENTE)
Pronto pudo hablar. Un poco balbuceante al principio. Y pronunciaba mal. Pobre (PENSATIVA)... es que tenía la pera (TOCÁNDOSE LA PERA CON LA MANO) por debajo de la línea del hombro.... Decía: (IMITÁNDOLA)
—Quieyo aua.
Y yo, que recién había tomado mi refresco, le decía:
—No puede ser: si recién bebimos. Sed, nada. Además, se dice (PRONUNCIANDO Y ARTICULANDO BIEN) “Quiero agua”. Y ella ya a las dos veces de corregida pronunciaba bien.
La cabeza de ella empezó a desplazar y a ladear a la mía. ¿Se dan cuenta? Sí, me hago cargo: en un monólogo el público debe pensar por sí mismo, pero por una ayudita que les dé la directora no me va a rezongar. Digo: al salir la cabeza de ella había que hacer lugar a dos cabezas encima de los hombros, y como una consecuencia natural esta cabeza que tengo, todavía, se me fue desplazando hacia el hombro derecho, y ladeándose. Lo cual es una metáfora de lo que necesariamente iba sucediendo en el plano espiritual (CON BRAZOS CRUZADOS, CARA DE PÍCARA E “INTELIGENTE”). O mental. O sicológico, o simbólico (PAUSA) o todo junto. Para que haya armonía entre dos cabezas, una debe hacerle lugar a la otra. Ese es el mensaje. Clarito. ¿O no? (GRITANDO HACIA LAS BAMBALINAS:)
—Directora, ¿hay un mensaje en el monólogo o no? (LA MISMA VOZ DE ANTES RESPONDE):
—¡Pero no, Mónica! ¿¡Cómo va a haber un mensaje... en una pieza de 2011!? Bueno... con mensaje o sin mensaje, lo cierto es que la cabeza original tiene que “ser menos” para que la otra pueda tener y ocupar su lugar en el espacio. Y por lo tanto, en el mundo. De algún modo, tiene que sacrificarse. Y ahí es donde el zapato empieza a apretar. Porque lo que sucedió fue que ya cuando Armonía fue, a los nueve meses...
Ahora que lo pienso... ¿se dan cuenta? ¡Nueve meses! (HACIENDO GESTO DE BARRIGA DE EMBARAZADA) ¡Lo sabia que es la naturaleza, con sus paralelismos! (DECLAMANDO) O la inteligencia infinita de la deidad que ha diseñado todo, como diría ella. Vaya una a saber. Lo cierto es que a los nueve meses ya Armonía era como yo, una señorita hecha y derecha. Bah, muy derecha que se diga no, más bien hecha y torcida (LADEA LA CABEZA).
La tal Armonía resultó normal, pese a todo. Pelo ondeado, cejas bien marcadas, boca sensual, frente amplia. Y resultó bien metiche, como dicen los mexicanos en vez de lo correcto, que es, tomen nota: me-te-re-ta. Y beligerante... Una chingona, bah, para decirlo rápido y bien. Una tre-men-da chingona. De mecha corta, temperamental. ¡Con exigencias!
El asunto es que yo estaba enamorada desde hacía un tiempo del joven Reinaldo. Era un muchacho hermoso. Propietario era de ese tipo de belleza...una no sabía si seguir mirándolo hasta que él o una terminara por derretirse o si gritar que se lo llevaran de ahí porque era insoportablemente hermoso. Y el Reinaldo no me daba ni - bolilla. Hasta que vio que yo iba en camino de transformarme en bicéfala. Entonces un buen día se me acercó. Uy uy uy... Apara qué se me habrá acercado. Con una naturalidad tremenda empezó a hablar de él, del tiempo, del deporte, de lo caro que estaban los higos turcos. Yo estaba roja como un ají pimentón. (BAJA LA VISTA, COMO SI REINALDO ESTUVIERA AHÍ, SE QUITA LA GORRA Y LA REVUELVE NERVIOSA)
Cuando me hizo la primera pregunta sobre mí y mi bulto en el hombro casi me quedo muda. Pero por suerte atiné a tartamudear. Si no, habría pensado que yo era una imbécil. Me preguntó que si podía tocarle los pelitos. “S, S, Sssí c, c, claroqqq que pppuedes ttto tocarlo”, le dije. Y me bajé la manga de la remera. Para que pudiera. Tocarme. Entonces me acarició. O la acarició a ella. Ella fue la primera en realidad en sentir el contacto con sus manos. Lo cierto es que yo también sentí el contacto y me ericé toda. (SOÑADORA) No iba a ser la única vez que me tocaba los pelitos. Era bastante picarón, mi rey Reinaldo...
Después me invitó a comer un chupa-chupa. Otro día a tomar una horchata con zapote, la buscamos pero como no había, no me pagó nada. Otro día a caminar por la rambla. Otro día a bailar. Al fin se me declaró, Reinaldo. Divino. Le pidió permiso a mi abuelita para ir a verme a la casa. Eso sí, no todos los días. Era los lunes, martes, miércoles, jueves y sábados. Los demás días era yo la que me las arreglaba para verlo en la casa de él. No era cuestión de abusar.
Ahora, con los hechos irreversibles a la vista, es fácil confesar que se trató de un error garrafal de mi parte. Yo tendría que haber sacrificado mi amor. Tendría que haberle dicho “No gracias, joven Reinaldo, eres muy bello y amable pero mi corazón pertenece a otro.” Aunque fuera mentira. Tendría que haber esperado a que se me pasara el metejón con Reinaldo. Tendría que haberme hecho socia de la Asociación de Bicéfalos y, si acaso, conseguirme un novio también bicéfalo. Aunque me hubieran acusado de discriminadora. (CAMINA HACIA EL TABURETE):
Es cierto, los bicéfalos discriminan a los monocéfalos, pero yo no era de esas. Las cosas no son tan sencillas, y con la confusión del primer enamoramiento... menos. Menos sen-ci-llas. Ahora me doy cuenta de que ella reclamaba su derecho a ser ella, y no, como la consideraba yo y mucha gente, una parte, un aspecto de mí.
¡Ay, Armonía! (SONRISA MELANCÓLICA. PENSATIVA) ¡Qué buenas amigas habríamos sido si no te hubieras... (CON RABIA, CON LOS DIENTES APRETADOS)... si no te hubieras metido con Reinaldo! (HACE GIRAR LA RUEDA TRASERA DANDO TRES VUELTAS AL PEDAL) ¡Si no hubieras urdido a mis espaldas, ese loco plan de fugarte! ¡De fugarte con él!
(TELÓN)
Acto III
Fondo negro. La bicicleta ahora está apoyada en el soporte y orientada hacia la derecha, vista desde el público. Mónica tiene puesta una gorra roja y una remera o camiseta verde. En un bolsillo lleva un encendedor y el manuscrito del monólogo enrollado. Al encenderse las luces está terminando de ajustar el último rayo a la rueda. Cierra el soporte, la levanta del asiento, hace girar la rueda, comprueba que esté alineada.
¡Listo! (VUELVE A APOYAR LA BICICLETA EN EL SOPORTE Y ENCARA AL PÚBLICO). Armonía era buena en muchos sentidos, pero convivir con una cabeza todo el tiempo resultó más difícil de lo que me imaginaba. El problema de no poder usar sombrero sin molestarnos era una cuestión mínima comparada con el problema de cómo disponíamos de nuestro cuerpo. Ya no podía disponer de mis brazos como antes. De repente yo iba a coser un dobladillo y ella ya tenía ocupados brazos y manos en cortarnos las uñas y pintárnoslas. O en afeitarnos las piernas con su navaja de peluquero. O yo iba a recogerme el moño (SE RECOGE EL PELO COMO PARA HACERSE UN MOÑO) pero ella estaba escribiendo en la computadora.
Cuando llegaba la hora de dormir era una verdadera pesadilla. Porque a mí me gusta dormirme a las tres o cuatro de la mañana, pero ella ya a las diez u once de la noche quería estar durmiendo. Yo me acostaba y esperaba a que se durmiera. Entonces me levantaba, le acomodaba una almohada inflable, esas de viaje, y hacía mis cosas.
Alguna vez, por un movimiento brusco o un ruido, ella se despertaba y al darse cuenta de que no estaba en la cama sino por ejemplo en el balcón, donde yo iba a fumar, se enojaba y empezaba a gritarme. A nadie le gusta que le griten en el oído, ¿verdad? Entonces yo no podía quedarme atrás. Una vez nos fuimos a las manos. ¡Era una de cachetadas que nos dábamos! Nos quedaban las manos doliendo, a las dos.
Ahora, eso de llevarla a la cama a que se durmiera y yo escaparme a hacer mis cosas con ella dormida a cuestas fue al principio, porque a los pocos meses la situación se agravó. ¡Armonía empezó a roncar! ¡Y cómo! Era como un león. Probé de andar y caminar con la cabeza de Armonía roncándome en los oídos pero así era muy difícil dormirme. Un poco solucioné el problema poniéndome unos tapones en los oídos. Pero después los problemas seguían, porque cuando yo me iba a dormir a eso de las cuatro de la mañana, ella ya estaba preparándose para despertarse.
Era muy madrugadora. A las cinco o seis de la mañana ella ya había dormido sus siete horas y se levantaba a hacer sus cosas. Y yo, claro, de repente me despertaba con que ella, muy considerada con mi pelo, me estaba poniendo un gorro de plástico porque se iba a meter en la ducha. Y yo a protestar, a gritarle que quería seguir durmiendo. Y ella (SIMULANDO LA VOZ DE ARMONÍA)
—¿Pero qué pretendés? ¿Que me quede en la cama, oyéndote tus ronquidos de león?
Me ponía furiosa. Porque le digan a una que es una leona, está muy bien, y tienen razón. ¿Pero un león, por roncar? Intolerable insulto. Entonces ahí sí que me salía la leona y ya nos trenzábamos, a los sopapos.
Nos peleábamos hasta por las idas al baño. A veces teníamos unas ganas de ir que nos hacíamos encima, pero ninguna tomaba la iniciativa. Porque si por ejemplo yo decía “Vamos al baño que estoy que me hago encima”, ella seguramente iba a decir: “Yo no tengo ganas”, y si íbamos iba a ser por mi iniciativa, que constara. O al revés, si era ella la de la iniciativa, yo iba a acceder pero bajo protesta. Le iba a hacer notar que por ir al baño, a resolverle las ganas a ella, yo me estaba perdiendo por ejemplo una serie de televisión.
Se pueden imaginar que las discusiones acerca de qué programas veríamos en la tele eran infinitas. Porque a mí me gustaban las películas francesas, y a ella, las italianas. Claro que lo que se ve acá son películas del gran país del norte. De la democracia más grande del mundo, como le dije yo. Y ella: Mónica, hijita boludina mía: la democracia más grande del mundo, es la de la India, querida. Y tenía razón, la muy jodida. Ella era muy pero muy temperamental; yo en cambio soy más flemática. Al final, llegábamos a un acuerdo, porque nos dábamos cuenta de que si no negociábamos, la vida se hacía imposible. Había que llegar a situaciones win-win, donde las dos nos beneficiáramos. Por ejemplo, no ver la película italiana ni la francesa, sino ir las dos al solario, por ejemplo.
Negociar nos resolvió muchas situaciones que parecían insolubles. Por ejemplo, cuando yo iba a salir con Reinaldo, ella accedía a entrar en un estado cataléptico, quedaba como dormida. O se hacía la dormida, la muy sinvergüenza. Una vez yo estaba besando a Reinaldo con un besote de aquellos, interminables, mientras él nos metía la mano por ahí y por aquí también, y de repente se me da por abrir los ojos y veo que Armonía nos está mirando, muy despiertita, ahí nomás, a veinte centímetros de nosotros. Entonces, sin dejar de besar a mi rey, yo le tapé los ojos a Armónica con la mano izquierda.
Después, ya en casa, le recriminé que no hubiera respetado el acuerdo. Ahí me hizo ver que ella no sabía qué era eso de besar, que tenía una sana curiosidad. Si yo tenía experiencia de años, ella era una recién nacida en esas lides. Me pidió que le enseñara a besar. Al fin y al cabo, pensé, Armonía es más que mi vecina y es más que mi hermana. Tenemos las dos el mismo cuerpo y no es justo que ella se vea privada del placer de besar bien, alguna vez, cuando tenga novio. O novia, que a mí me importa tres pepinos lo que cada cual haga.
Así que bueno, le enseñé a besar. Y aprendió bien, en honor de la verdad. ¡Nos dábamos unos besos..! Ella me agarraba la cabeza con el brazo y mano derecha y yo se la agarraba con el brazo y mano izquierda y ahí nos trenzábamos, en puro beso. Le enseñé el estilo piquito, el estilo tirabuzón, el estilo in profondis, el estilo labio blando-labio duro, el estilo mordisquito...
Después de esas lecciones, imagínense: si yo quedaba como lista para encontrarme con Reinaldo, ella, más novata, quedaba hecha ascuas. Así que había que solucionar el asunto, y enseguida. Hay que darle rienda suelta al narcisismo de una... y a la creatividad de la otra, ¿no? Darle rienda suelta a la esquizofrenia de una y de todos, de la sociedad entera que no sabe a dónde va, o si lo sabe, no lo parece. Porque habrá o no habrá pasado, pero como decía Armonía, no puede haber futuro cierto con pasado incierto, ¿nocierto? El asunto, entonces, es que con algunos implementos, nos metíamos en la cama. No era cuestión de estar dando espectáculos sáficos. No, a la cama ¡y a otra cosa, mariposa! El asunto era saber si era yo que la dejaba satisfecha a ella o era ella que me dejaba contentilla a mí. Si era ella... ¡qué bien que lo hacía! Eso fomentó un nuevo aspecto de nuestra relación. Durante un tiempo (NOSTÁLGICA)..., estuve enamorada de Armonía... Sí, mucha efusión de hormonas, mucha efusión de serotonina, que es lo mismo que decir mucho amor. Pero después (CABEZA LADEADA, MUECA DE QUÉ LÁSTIMA PERO QUÉ SE LE PUEDE HACER)... después se me pasó.
Lo cierto es que Armonía salió de esas lecciones hacha una experta. Yo no sabía que con esas enseñanzas me estaba cavando la fosa. O mejor dicho (con los irreversibles hechos trágicos a la vista), no sabía que le estaba cavando la fosa a ella.
Nos habíamos puesto de acuerdo en empezar una vida de estudiantes. Biblioteca primero y después, bailoteca. Para que también ella se consiguiera un novio. Reinaldo, muy buenito, nos acompañaba a todos lados. Él comprendía, quiero creer, que cuando ella estaba de parranda, a mí me tocaba adormecerme, entrar en un estado cataléptico para que ella pudiera tener el comando del cuerpo.
¿Y qué ocurrió? La muy guarra de Armonía se consiguió un novio. Grisóstomo, se llamaba; era un muchacho anodino. De esos que si existen, bien, y si no existen, también. Era gris como su nombre y re-mediocre. No bailaba ni bien ni mal. Hablaba de temas intrascendentes, ni mucho ni poco. Sentido del humor, sí, pero poco. Ni lindo ni feo. La ropa, ni cara ni barata y en tonos grises y marrones. Estudiaba y era un alumno de rendimiento medio, de esos que aprueban los exámenes con el mínimo, y trabajaba en una tienda los viernes y sábados, hasta las dos.
Yo estaba un poco decepcionada con el novio de Armonía pero no era cuestión de rezongarla por eso. Al fin y al cabo la gente en algo se destaca y se diferencia de los demás, mientras Grisóstomo era gris en todos los órdenes de la vida. Pero justo eso lo hacía bastante especial. Terminé por entender a Armonía.
Pero nada dura en equilibrio perfecto, y los hechos se precipitaron. En una de las veces que salimos, mientras yo estaba dormida, creyendo que ella estaría bailando o hablando con Grisóstomo, la muy atorranta va y se pone a hablar con Reinaldo. Y hablando de aquí, y hablando de allá, se ponen a bailar en un chic a chic.
Debió de ser que en sueños yo intuía que algo no estaba bien, porque entre brumas, sin que pudiera hablar ni protestar ni reaccionar en mi estado cataléptico, abrí los ojos. ¿Y qué veo? ¿A Armonía besándose con Grisóstomo? ¡No! ¡A Reinaldo besándose con Armonía!
En ese momento solo registré el hecho en mi mente, pero como era ella la que entonces tenía el comando, cuando abrió los ojos y vio que yo los estaba mirando, me tapó los ojos con la mano derecha y siguió, meta lengüita, la desgraciada.
Nos peleamos, claro. Porque Armonía va y me dice: (SIMULANDO LA VOZ DE ARMONÍA):
—Vecina, estoy e-na-mo-ra-da de Reinaldo. Respeta el amor. Dejanos vivir nuestro romance. Además... yo soy más joven que tú. Tú ya viviste lo tuyo. Dejá lugar a los que vienen detrás. Hundite en el ya fue, gracias.
Imagínense. Ella estaba enamorada de Reinaldo —habría que creerle, me cacho en...— y Reinaldo, el muy tarado, estaba “confundido”. ¿Y yo qué? ¿Yo no estaba enamorada de él? ¿No era acaso mi novio? ¡Hay que ver el rostro de piedra que tienen algunos hombres! Se hacen los filósofos confucios, se declaran confundidos y una a agachar la cabeza y a aceptarles cualquier cosa.
Por lo pronto, apenas encontré una oportunidad en la que Armonía estaba dormida, llamé por teléfono a Grisóstomo y le conté lo que había pasado. Para que supiera a qué atenerse. Después, le pedí a Reinaldo que tuviéramos una reunión en su apartamento de estudiante, en el Cerro, los cuatro, a ver si las cosas se solucionaban o por lo menos se aclaraban.
Grisóstomo, para que no se dijera que era excepcional, llegó tarde. Demasiado tarde. Cuando nos encontramos, Reinaldo había puesto música. Yo le pedí que pusiera clásica; Armonía, que pusiera salsa. Entonces fue y puso un tango. (SE OYE “NOSTALGIA” DE FONDO. SUENA UN POCO, SE VA APAGANDO)
No quiso besarme a mí primero y a ella después, ni al revés. Salomónico, puso la cabeza entre nuestras respectivas cabezas y dejó que cada una de nosotras le estampara un beso en los labios, yo en la comisura izquierda y Armonía en la comisura derecha.
Así que en ese beso triple casi se resumía la situación. Para que el monólogo y el símbolo fuesen perfectos, faltaba Grisóstomo en el fondo. A Reinaldo la situación no le molestaba para nada. Si por él hubiera sido, nos atendía a las dos. Pero Armonía quería la exclusividad. Y yo también. Entonces, cuando le pido explicaciones, Reinaldo empieza por confesarme que aquello había durado varios meses.
Me dice (IMITANDO LA VOZ DE REINALDO)
—Mónica, ponete en mi lugar. Para mí es más o menos lo mismo. ¡Si son como la misma persona! Al menos el cuerpo es el mismo, y nosotros los hombres... Es cierto, empecé a enamorarme de Armonía. Especialmente cuando la besé. ¡Besa tan bien! Incluso trató de convencerme de que nos fugáramos, Armonía y yo.
Yo me quedé paralizada de terror. A mi costa, Armonía había estado dispuesta a ser monocéfala. Y Reinaldo (IMITANDO A REINALDO):
—Pero fue un error. Ahora me doy cuenta de que estaba confundido. Yo te amo a ti y solo a ti, Mónica. Perdón, Armonía”.
(SOLLOZANDO) ¡Fue lo último que dijo! Al oír aquello, Armonía se puso fuera de sí. Se ve que estaba preparada para lo peor, porque sacó la navaja de afeitar y con un movimiento rapidísimo, zás, le abrió la yugular. Y la sangre... la sangre manó del cuello de Reinaldo, glu, glu, glu, dejándolo sin sangre y sin vida en cuestión de medio minuto.
Armonía dejó caer la navaja y se puso a llorar. Y yo, paralizada de terror y de incredulidad al principio, al poco rato también me puse a llorar. Llorábamos a cuatro ojos y a dos lamentos. En eso llegó Grisóstomo, vio la escena e hizo un comentario. Mediocre, claro. Dijo (IMITANDO A GRISÓSTOMO):
—¡Qué horroroso! ¿Quién fue?
Era una buena pregunta. Al principio Mónica trató de acusarme... (SE DA CUENTA DE QUE METIÓ LA PATA. SONRISA TORPE, DE EXCUSAS)... ¡Uy!... Es decir, ¡¿qué digo!? Armonía, trató de acusarme... Es que ella era muy buena para las discusiones y los argumentos, y claro, quería salvarse a toda costa. Pero lo importante es que ella perdió el juicio. Que, por otra parte, fue muy breve. Es que no había abogado que le (SE SONRÍE) encontrara atenuantes. ¡Yo habría sido su mejor abogada! (SINIESTRA) O su mejor fiscal...
Quizá por el modo del asesinato, la condenaron a la guillotina. Una guillotina especial para bicéfalos, con un sacabocados que, al caer la hoja, dejara incólume la cabeza inocente. Fue algo terrible estar ahí, acostadas las dos, atadas a la camilla, esperando que el cura terminara de darle las absoluciones y consuelos finales. Oír el chasquido, el deslizarse de la hoja al bajar, y oír el golpe de la cabeza de Mónica... digo, de Armonía, en el cesto. Me dolió bastante (ACARICIÁNDOSE EL HOMBRO) Y me quedó tremenda cicatriz.
Ahora... ahora no me queda sino una carencia. Una ausencia que no llena el recuerdo de Mónica. De Armonía, digo. (CAMINA DE UN LADO A OTRO) Trato de rescatar las cosas positivas de ella, PERO... ¡No es fácil ser ex bicéfala!
Bueno... parece que ya he terminado de monologar con ustedes. Aunque yo no he perdido el juicio, he terminado de soliloquear, que es como loquear a solas (SACA DEL BOLSILLO EL ROLLO CON EL MONÓLOGO Y EL ENCENDEDOR). Que la directora de escena diga lo que quiera... ¿A mí qué me importa? Odio no cumplir con mis promesas. Si digo que voy a hacer algo, lo hago.
(ENCIENDE EL ROLLO. ESPERA A QUE SE CONSUMA, TIRA LO ÚLTIMO AL PISO Y LO APLASTA CON EL PIE IZQUIERDO. SEÑALANDO A LA OSCURIDAD):
Nada puede ser más negro que lo negro. Pero ahí, atrás de esa oscuridad, me espera la vida. Esta noche hay salsa.
(SE DIRIGE A LA BICICLETA. PRUEBA EL TIMBRE, TRES VECES, ESPACIADAS. QUITA EL SOPORTE, SE SUBE Y DESAPARECE PEDALEANDO HACIA LA DERECHA, EN LA OSCURIDAD)
(TELÓN)