(Estudio de trastornos mentales —doble personalidad, egocentrismo y mentirosos convulsivos en forma de cuento—)
29 de marzo de 2011
Mi amigo Rufino es de esos amigos que sólo te llaman cuando les duele algo. Pero para eso estamos los amigos, ¿no? Que lo está pasando mal con un fulano al que llaman Fadrique. Eso viene a ser (se me ocurrió sobre la marcha), que quisiera emparentar con una de las familias aristocráticas castellanas, que vinieron a dar en la Casa de Alba. Y como lleva el nombre de pila del segundo de los duques, igual van por ahí los tiros. Que no, coño —con perdón—, que es un tío compulsivo. Se le ve siempre en competencia con los demás, constantemente a la defensiva y justificándose. Se enoja con facilidad, celoso de todo. Sólo sirven sus propias ideas. Cualquiera otra le parece en contra de él, incluso subversiva. Ya está, Rufino, éste un egocéntrico de mucho cuidado, además de tener doble personalidad: se siente quien no es y actúa de esta guisa. Estas personas no logran ampliar sus perspectivas. Su mundo, sus miras se limitan a su propia persona. Esto tiene mal arreglo, Rufino. A ver qué guapo y con qué pretexto les baja de su pedestal, de su exagerada, enfermiza exaltación de su personalidad. Y si además, como me indicas, es un mediocre (si algo odian los mediocres es la superioridad en el talento de los demás); lo llevas claro, Rufino, majo. También me apuntas que es paracaidista (o sea, que ha bajado del cielo y le han puesto ahí), y encima no es ni bachiller (por aquello del conocimiento). Qué quieres que te diga, Rufino. Déjame que piense algo. Si te das de baja o le denuncias por acoso, malo. Si le echas un par de “güevos”, se te va a cagar —con perdón— de miedo. Pero cuando tenga compañía y testigos (siempre hay estómagos agradecidos) te la va a liar. Por ahí no es aconsejable, Rufino. Ya está, Rufino, cuando aparezca en compañía llámale “don Fadrique”, que se oiga bien. Verás cómo para sus adentros va a pensar. “Este muchacho va entrando en el redil”. De todas formas, manda fuerza, que decía siempre un amigo mío de La Estrada. Con lo sano que es peerse —con perdón— a pierna suelta y, tienen que hacerlo en botijo para que suene más. Péase (vale el perdón de arriba) como todo el mundo, que es más saludable y se emplea menos esfuerzo. Además, Rufino, te voy a enviar una nota sucinta de la biografía de los Alba. Enséñasela y que se recree con su tocayo. Tú dile que hurgue un poco, que esos nombres tan solemnes no suelen ponerse en familias humildes. Quién sabe si no le estás haciendo un favor. Tú te le ganas y te haces invisible. Ya me contarás, Rufino, majo.
Carta de Rufino
30 de marzo de 2011
Querido amigo:
Te agradezco en lo que valen los consejos que me diste en mi problema con don Fadrique. Aunque si te soy sincero, no han tenido las consecuencias esperadas. Eso sí, cuando oye que le llamo de don, parece que oiga campanillas. Es muy ladino, además de desconfiando. Se ha percatado perfectamente de que le estoy dando jabón. Y como no soy santo de su devoción, la cosa no fragua. Además ahora hay que andarse con pies de plomo, porque anda resabiado. En cuanto a su descendencia, me ha echado en cara, el que no considerara que venía de una familia bien. ¿Por qué habría de nacer en el seno de una familia humilde?, me espetó. Luego me vino con que ni me imaginaba con quiénes estaban emparentados sus antepasados. Otro asunto era que pudiera demostrarlo con documentación que lo acreditara. Durante los primeros meses de la Guerra Civil fueron destruidos durante los bombardeos. “¿No me vas a negar que se me nota en el porte maneras, modales?”. Qué remedio. “A la legua se nota que tiene usted ademanes distinguidos. Incluso en la manera de estar”. No me jodas —con perdón—, que tenga uno que estar dorando la píldora a este cateto. Me vas a tener que buscar otra cuartada. A ver cómo le digo yo que lo más parecido que tiene con las buenas maneras, es su costumbre de limpiarse la boca llena de grasa con las mangas del jersey. Piensa algo tú que dedicas a esto. Y ahora no sale de mi departamento. Rufino para aquí, Rufino para allá. “Rufino, dígale a su compañero...”. Menuda me ha caído encima. Me he convertido en su caso de los golpes. Cuando no me lo espero te suelta alguna perla de este calibre: “No me extraña, Rufino, en su casa no habría para tanto”. A más de un egocéntrico es una persona sin escrúpulos, que no tiene pudor alguno. Claro, date cuenta que ahora me he convertido para él en un gusano. Lo que no alcanza en inteligencia o en capacidad, lo desarrolla en maldad. Antes era algo transparente; pero es que ahora soy opaco. Dale un poco al magín, majo, que me veo en el loquero. A mí se me había ocurrido, a ver qué te parece, buscarle un parecido, por el físico, con alguna casa europea de rancio abolengo. Lo único que me indiques de qué pie cojean. A ver si van a ser protestantes, metodistas, o presbiterianos; que éste es de darse golpes en el pecho. Si le encarrilo por ahí, igual se olvida de mí. Aunque mucho me temo que para enderezarle, de los Tudor, o los Stuart para abajo. Y a ver dónde encuentras tú otro Fadrique. Ya se podía haber llamado como todo el mundo: Jesús, Ramón, Juan Carlos, Ernesto... Porque para más inri, en el escudo de su nombre aparece la cruz de Jerusalén: han defendido siempre la fe cristiana. “Tenemos un linaje de reyes aunque no se nos crea”. Lo que me faltaba. Ya me puedes ir sacando de este brete. Cualquier día le veo aquí, mandándonos formar, como cuando hicimos la mili. Qué cruz. Joder —con perdón— con el egocéntrico y el ambiguo. No le faltaba más que un título para su ego. Napoleón, a su lado, un pobre lisiado. Échame un cable, que me va en ello la vida.
De estómagos agradecidos y correveidiles
31 de marzo de 2011
El amigo Rufino. Parece que la cosa ha tomado otros derroteros, que no mejores; sino diferentes. Aquél está ahora entretenido como un niño chico con sus parentescos y parentelas. Le ha cogido el gustillo y al primero que pilla, le habla de su genealogía. Pero le ha pasado la pelota a los que él llama del perfil; o sea, estómagos agradecidos y correveidiles. Y como estos se saben importantes, pues no paran de dar por culo. Acechan por donde menos te imaginas. Estos son más tontos si cabe, porque no llegan a darse cuenta de que en cuanto no les sirva, ya no los necesita. Y, a ver qué van a hacer luego. Pero, chico, parecen perros de caza. Están todo el día a la que salta. Otro colega que tengo aquí, que no es del perfil, se ha dado cuenta. “Estos a qué juegan”. Se puede uno imaginar cada vez que vayan al “conde” con el cuento. Les voy a preguntar, llegado el caso, si cuando se entra al servicio también computa para la información. Por si tuvieran interés en algunos detalles concretos. Tampoco son conscientes del esfuerzo extra que están haciendo. Porque para completar a diario un informe exhaustivo han de zumbarle a la zapatilla. Deben de llegar a casa extenuados. El colega éste del que te hablo, como ellos no saben que está al corriente, les tendió el otro día una treta, que nos ha servido para reírnos toda la semana. “Fulanito, ¿sabes dónde está Rufino? Es que llevo buscándole una hora y no sé dónde pueda estar”. Se le encendieron los ojos, se le amplió la sonrisa. “Ya está. En cuanto le encuentre y le cuente a don Fadrique...”. A los diez minutos le volvió a preguntar por él. “Vete a ver al... y dile que este tío se ha escaqueado. No tardó en bajar con toda su corte de bufones para levantar acta. Ese día había visitado las instalaciones un alto cargo. Como sabes que soy un manitas para los motores, me pidió que le echara una mano con su coche. Allí estuvimos hasta que dimos con el problema. Una persona campechana que no le dolió en prendas remangarse la camisa y echarme un cable. En el momento preciso de irse a lavar las manos se encontró con el “conde”, quien le informé que le venía de perlas. “Don... hay aquí un pájaro a quien voy a cortar hoy las alas: un impresentable que lleva toda la mañana perdido por ahí”. “En cuanto me lave las manos vuelvo”. Ya te puedas imaginar, cuando se fue don..., cómo les puso a los correveidiles. Porque él estaba cumpliendo con su deber, claro. Aunque se calló el parabién que le dejo don...: “Se aburre usted mucho, Fadrique. No debe descuidarse”. Ya te puedes imaginar lo que vino después: envió a otros perros más avezados y a estos los relegó. Y, como no se fía ya; él mismo está al quite. El otro día le dejé esta nota sobre mi mesa. Como sé que cuando salgo a desayunar va a ver qué encuentra. No sé si entenderá algo. La autoría no se la puse, para que se entretenga. Ahora, dudo que sepa quién fue Quevedo. Seguro que algún estómago agradecido se lo dirá: “Esto es Espronceda de la Larra, seguro”. “A los príncipes de la vida buscona y gorrones de almuerzos. Escribanos cuya pluma pinta según moja en la bolsa del pretendiente”. Ya te contaré cuando todo vuelva a su ser, que volverá. O eso espero.
Del mentiroso convulsivo
6 de abril de 2011
El amigo Rufino, que lleva una racha. Ahora le ha salido, además de egocéntrico, de tener doble personalidad, le ha salido también convulsivo. Que qué hace. Que le diga algo. A este paso acabo poniendo bufete para locos de remate. Déjame, majo, que te lo mire. De todas formas, con la gente normal que hay por el mundo, le han ido a caer ahí todos los tarados, qué cruz tiene el amigo Rufino. El problema de quien miente es que no calibra bien la tarea que ha de asumir desde ese momento; porque las mentiras sufren una progresión, a las que se ve obligado para que se sostenga la primera. Para ello ha de tener, al menos, una extraordinaria memoria, si carece de inteligencia. Porque, evidentemente, no hay que ser demasiado listo; sino más bien osado. Cuando la mentira se convierte en convulsiva; o sea, en un trastorno (como el ludópata, el ninfómano), los especialistas en salud mental afirman que es la base de todo tipo de trastornos obsesivos. Y en el caso que a ti ocupa —preocupa— la mentira obsesiva está relacionada con problemas de personalidades inflexibles, que en su conducta no dan su brazo a torcer. O sea, Rufino, que tienes un egocéntrico, que además es mentiroso convulsivo. Te metes en cada sitio. Además (no te creas que esto es de mi cosecha, es que tengo un pariente que entiende de estas cosas y le pregunté), por lo visto esto viene de la niñez, de cuando se forma la personalidad. No se la tiene que haber ensalado a éste en la escuela. También me informa que hay distintas mentiras. La que a ti te influye es la mitomanía. Joder —con perdón—, Rufino, lo tiene todo. Esta especie, aunque te pese, hay que conservarla como oro en paño. (Es broma, hombre). Por lo visto se produce como conducta repetitiva. O sea, que para él la mentira es una forma de vivir, falseando la realidad en hechos, cosas y personas. Aquí viene el problema: para hacerles daño. Ya me doy cuenta de que te voy a dar el día; pero prefiero que estés al corriente, antes de que te pille el toro. Y, si esto no llegare, agárrate al sillón, Rufo, chiquitín, que en tu cruz particular; también se dan varias personalidades. A mí me parece que debes ponerte en contacto con un director de cine, que tiene ahí tema para llevarse un óscar. Pues te decía: la psicótica, que viene a ser producto de un delirio; la perversa, la mentira como instrumento para falsear hechos y dichos; la neurótica, donde el otro aparece como alguien superior física-intelectual-económica, y necesite de la mentira para llamar la atención. Quédate con la que quieras, Rufino. No sé si te servirá para algo. No sé, invéntate una sordera crónica o una visión defectuosa. También puedes hacerte ácrata, apátrida o esteta. Que no me estoy riendo, majo, que sabes que eres amigo mío. Pero tendrás que desarrollar el sentido del humor, aunque sea negro, no te queda otra. Que convives con un enfermo, con un trastornado, que le coge todo. El problema, es que para joder —con perdón— al prójimo están muy lúcidos y equilibrados: no se les nota la vena. Cuenta conmigo.