Nada más sentarse a la mesa supo que iba a ser una de esas noches en las que nadie hablaría durante la cena. Últimamente resultaba habitual, pero Mateo no se había acostumbrado aún a ese silencio. Parecía que sus padres ya no fueran capaces de encontrar ningún tema en común sobre el que hablar o discutir. No le habría importado que la tomaran con él por cualquier cosa, como sus malos resultados en los exámenes o la inquietante llamada de su tutora para hablar con ellos la semana próxima. Incluso esto era preferible que esa silenciosa espera que parecía presagiar algo terrible ante lo que no podían hacer nada, tan solo esperar a que ocurriera y sufrir, también en silencio, sus consecuencias.
Su madre sirvió el puré de patatas y las salchichas que había preparado para la cena. Cuando se dejó caer en su silla, bajó la vista y la clavó en la exigua ración de comida que se había servido en su plato. Nunca había sido una mujer alegre, pero últimamente parecía siempre agotada y pensativa, como si le afligiese un pensamiento incómodo que no consiguiera alejar de su cabeza. Mateo tenía la impresión de que su madre pasaba cada vez más tiempo encerrada en sí misma, y que tal vez un día no muy lejano perdería la capacidad de comunicarse con ellos y con todo lo que existía en su exterior. A veces le asaltaba el temor de que eso mismo le pudiera ocurrir a él.
El silencio de su padre era muy distinto al de ellos dos. En su manera de permanecer callado no había mansedumbre. Mantenía la boca abierta mientras masticaba y miraba alternativamente a su mujer y a su hijo con expresión de reproche, como si ellos dos fueran los culpables de que las cosas no le fueran bien. Culpables de que no tuviera trabajo. Culpables de que se hubiera peleado con su familia y no se hablara ni con sus padres ni sus hermanos. Culpables de que no tuviera un coche mejor. Culpables de absolutamente todo. Así se sentía Mateo cuando percibía esa mirada fija en él. Su padre comía deprisa, llevándose grandes cantidades de comida a la boca que ayudaba a pasar bebiendo cerveza. Había noches en las que podía beberse tres o cuatro botellines seguidos. Esa noche se bebió seis.
Nada más sentarse a la mesa, Mateo se había dado cuenta de que no tenía nada de apetito. Se obligó a comer las salchichas, pero la montañita de puré se quedó fría en el plato, y su madre lo retiró sin decir nada y le llevó unas natillas. En otra época, sin duda le hubiera obligado a terminarse la cena antes de permitirle tomar el postre. Era incapaz de calcular cuánto tiempo había pasado desde esa “otra época”, y qué había ocurrido entretanto para que hubiera dejado de importarles su alimentación. El mundo de los mayores era un misterio demasiado grande para él y no pretendía comprenderlo. Únicamente deseaba que sus padres volvieran a ser como eran hacía algún tiempo, cuando podían hablar entre ellos durante horas de cualquier tema intrascendente mientras él se sentía a salvo como solo puede sentirse un niño de doce o trece años al lado de unos padres felices. No le parecía que estuviera pidiendo demasiado. Solo eso: una cena normal con su padre y su madre en la que el silencio no hiriese más que cualquier palabra que pudieran decirse.
Mateo decidió irse a la cama nada más terminar el postre. No le apetecía prolongar la velada sentándose a ver la televisión en el cuarto de estar, donde tendría que someterse a la dictadura de su padre con el mando a distancia, que utilizaba para cambiar de un canal a otro sin detenerse en ningún programa o película durante más de un par de minutos. Se limpió la boca con la servilleta y al levantarse dijo con voz tenue “buenas noches, me voy a acostar”. Su padre le miró y se encogió de hombros. “Allá tú, por mí puedes irte al infierno”, parecía decir. Mateo creyó percibir una señal de alarma en la mirada que le dirigía su madre al ver que se levantaba, y por un instante le pareció que intentaría retenerle. Sin embargo, ella también dijo “buenas noches” y hundió sus manos en el agua espumosa de la pila de fregar. Sintió el impulso de acercarse a ella y darle un beso, pero por algún motivo le pareció fuera de lugar y no lo hizo. Casi podía escuchar las palabras de reproche su padre diciendo que ya no era un niño para esas cosas. Y, efectivamente, ya no lo era. Tenía catorce años y era un adolescente.
Al cerrar la puerta de su cuarto y encender la luz la casa entera se quedó en silencio. Fue hasta su escritorio y se sentó frente a la pantalla apagada del ordenador, cuya superficie plana de diecisiete pulgadas reflejaba su rostro envuelto en sombras. Se miró y pensó que aquel chico que veía allí podía ser él o podía no serlo. Esa misma sensación de extrañeza la tenía con frecuencia al mirarse en un espejo o ver su imagen reflejada en un escaparate o el cristal de un coche. Sacó la lengua y su reflejo también sacó la lengua. Se tocó con el dedo índice de la mano derecha la punta de la nariz, y la imagen repitió exactamente su movimiento. Era cierto, podía ser él o podía ser alguien que quisiera engañarle repitiendo sus mismos gestos, ejecutándolos al mismo tiempo y de la misma forma. No podía estar seguro de qué cosas formaban parte de la realidad y cuáles no. Se disponía a hacer una nueva mueca para ver si sorprendía al intruso que había en la pantalla del ordenador, cuando escuchó los sonidos que llegaban de la cocina. Primero fue la voz de su padre, que bramaba como un temporal, y por debajo creyó percibir la de su madre. Era una voz débil y asustada. Mateo empezó a temblar. Observó que el chico que había en la pantalla del ordenador levantaba su mano derecha y la hundía en el pelo negro que cubría su cabeza, y a continuación tiraba con fuerza de él, como si fuera una peluca de la que quisiera desprenderse y que se hubiera quedado adherida al cuero cabelludo, y no lo soltó hasta que se escuchó un sonido ligero, algo parecido al “plop” que hace un bote cerrado al vacío al abrirlo. Al mirarse la mano descubrió que tenía unas hebras finas y no muy largas de encrespado pelo negro. Resultaba extraño, pero no había sentido dolor. Escuchó el sonido de una silla al desplazarse sobre el suelo, también lo que parecía una queja muy débil que se apagaba. Automáticamente, su mano volvió a hacer lo mismo que antes. Un nuevo tirón, fuerte, seco, sin contemplaciones, y cabellos arrancados que caían sobre la mesa. Seguía sin dolerle.
Los ojos de Mateo se llenaron de lágrimas. También había lágrimas en su reflejo.