Parece que se fue al lejano arcón de las evocaciones, junto con las audacias, rebeldías, locuras y sinsentidos que la acompañaron... Afloró con una violenta erección en una madrugada que hubo que aplacar metiendo el pene dentro de la almohada y restregándolo con intensidad hasta que un brutal estallido de esperma trajo al cerebro una inefable placidez, una indescriptible sensación nunca antes experimentada. A partir de allí seguirían otras noches hasta que la funda de la almohada ya no resistió más embates y, perforada y tiesa, debió ser lanzada a escondidas sobre el techo de la casa. Luego la sala de baño serviría, a la hora de las duchas, para conocer los placeres de la espuma de jabón en su labor de tratar de descapullar al órgano colgante que anhelaba, cada vez más, intensos acordes de aquella recién descubierta música de los espasmos y las vibraciones. Al poco tiempo, el primer coito verdadero con una vecina también virgen y el descaperuzamiento total con su infundado temor de haber quedado malogrado y sucesivos encuentros subrepticios en busca de la tierna carne hendida en dos mitades y saboreada en la plena oscuridad de la medianoche, al amparo del canto de los gallos y el maullido de los gatos. Posteriormente la iniciática visita al burdel de la mano de los tíos maternos y el encuentro con un mundo desconocido colmado de aromas de alcohol, comercio sexual y fingimientos.
Más adelante la repentina irrupción de un persistente acné que acaso demostraría la afición constante al diálogo con Manuela y el consiguiente retraimiento y aislamiento para huirle a las burlas de las compañeras del liceo y de las otras muchachas que rondaban el vecindario. Sin embargo, a pesar de las asperezas brutales de la piel facial, alguna que otra compañera de clase se dejaba acariciar las nalgas con las rodillas que estaban inmediatamente detrás en el pupitre colocado con maliciosa estrategia o el pene abultado y a punto de reventar el cierre del pantalón —oculto por la bata blanca— se aliviaba en las prácticas de laboratorio de química y biología al restregarse contra las turgencias glúteas femeninas que no oponían resistencia. Durante las fiestas liceístas era más notable la ausencia del afectado por el acné, mientras los otros que habían escapado a esa molestia bailaban, se divertían y hacían pullas a su costa. Mientras tanto, el del acné, encerrado en su cuarto, estudiaba y se acariciaba la verga en armonía con las páginas del libro. Ya no le importaba si los demás sacaban la conclusión de que entre su afección cutánea y la masturbación había una íntima relación.
En los años violentos, de luchas de calle y guerrillas, la política le pasó por encima o por un costado, sin mojarlo. Ella iba por su lado y él por el suyo, sin tocarse. Apenas, uno que otro incidente reivindicativo o protesta contra profesores adocenados, lo tuvieron como protagonista. Lo que más le interesaba eran los estudios, los libros, los amplios conocimientos. No obstante, a veces sucumbió a las francachelas de carnaval y terminaba borracho en las aceras o sobre su cama, sin saber cómo había regresado indemne. También otros excesos con el alcohol acontecían en las fiestas patronales de su ciudad, sobre todo en el sitio donde se llevaban a cabo los toros coleados. En esas ocasiones, se unía a la pandilla que lo tenía por uno de los suyos y exponía la vida cada vez que un feroz toro, en su súbita aparición seguido por un tropel de jinetes, se llevaba por delante a los que no estaban precavidos y se descuidaban. De esta manera vio morir a algunos conocidos suyos, pero aun así continuó exponiéndose a un fatal percance que afortunadamente no se dio.
A medida que iba conociendo mundo más le interesaba alejarse hasta zonas agrestes, especialmente aquellas pobladas por tupidos bosques o abruptas selvas, donde la neblina fuese la anfitriona de tales parajes y abundaran los pájaros y las corrientes de agua. Las frecuentes peleas con su padre lo condujeron en dos oportunidades a fugarse de su casa. Mas los temores de dejar el bachillerato inconcluso lo trajeron de vuelta con la consiguiente reprimenda y castigo. No pocas ollas, muebles de la cocina y hasta trajes de su progenitor sufrieron la ira de su venganza. Su ya de por sí carácter introvertido se agudizó todavía más, aunque no faltaron frecuentes discusiones con los vecinos por nimiedades o mutuos malentendidos. De madrugada se tomaba el desquite y arrojaba piedras sobre los tejados de las casas que consideraba habitadas por gentes hostiles. Su manera de ser oscilaba entre la iracundia irracional y la más bochornosa cobardía. Su fisonomía se configuraba al vaivén de los dos extremos.
Era generoso con sus amigos, aunque algunos de éstos se aprovechaban abiertamente de su bondad y lo buscaban y utilizaban cuando les convenía. Siempre fue muy susceptible a tales situaciones y las enfrentaba ocultándose en su habitación con sus libros favoritos —novelas históricas y tratados de mitología— y cuando sus compinches lo llamaban desde la puerta de calle se tapaba los oídos para no atenderlos.
El deporte le interesó desde temprano, en especial el baloncesto, disciplina donde uno de sus tíos maternos se destacó ampliamente y que contribuyó a atraerlo hacia ese más que pasatiempo. En una breve pasantía por las partidas de béisbol organizadas en parques o terrenos abandonados figuró como un pitcher promisorio, o por lo menos eso aseguraron los entendidos de entonces. Muchos de sus compañeros de juego de aquella época sucumbirían posteriormente ante la marihuana y la cocaína. Él, que nunca aprendió a fumar ni le interesó desde el principio tal vicio o placer, no sintió atracción por ninguna droga y sólo tuvo en sus manos unas semillas de marihuana que le dio, temeroso, un compañero de clase. Como no sabía qué hacer con ellas, las arrojó en un desaguadero y allí murió su conocimiento de esa planta.
Mientras sus compañeros de estudio y amigos generacionales bailaban al compás del rock and roll y el twist, él prefería escuchar, en el pequeño tocadiscos de un tío suyo o en el moderno tocadiscos que le habían comprado a la abuela materna, a Roberto Carlos, Charles Aznavour y Altemar Dutra cantando baladas o boleros en español. Sólo tiempo después, cuando tuvo de vecino a un joven isleño canario, mayor que él unos tres años, quien poseía la colección completa de The Beatles, se aficionó a ese grupo por un tiempo hasta que el canario murió en un accidente de tránsito y los discos desaparecieron. Luego vino el gusto por disfrutar de la nueva canción latinoamericana y junto con la adquisición de un modesto radio-cassette llegaron Soledad Bravo y Mercedes Sosa y Atahualpa Yupanqui y Daniel Viglietti y Numa Moraes y Víctor Jara y muchos más y metido en su cuarto, de noche, con la ventana abierta para que ingresaran las estrellas y las noctilucas, ponía a todo volumen el aparato musical para que los vecinos se enteraran de qué iba la cosa y para que supieran a qué atenerse.
El acné a veces se tornaba sumamente agresivo, virulento, y le causaba estados febriles que lo sacaban de quicio y de la escena pública y liceísta por un tiempo. Llegó a aplicarse, desesperado, toda clase de emplastes y lociones sobre el rostro para tratar de acabar cuanto antes con la maldita afección que lo sumía en una depresión desesperante. Por momentos pensó usar una hojilla de afeitar y cortar de raíz el mal que lo aquejaba con tanta vehemencia. Por suerte su cobardía y su miedo a la sangre lo eximieron de cometer tal locura. Optó por no mirarse al espejo mientras se peinaba y por no acariciarse la tez para no sentir la desagradable sensación de la asperidad.
Otra de sus obsesiones era su pelo. Al recordar cuán liso lo tenía cuando era pequeño sufría una gran congoja por no saber cómo su cabellera había adquirido la sequedad y el deterioro que mostraba por aquella época. Sin embargo, sospechaba que todo se debía al uso indiscriminado de todo tipo de champús y jabones sumamente alcalinos, mas no por ello dejó de emplearlos y se resignó a que las jóvenes se burlaran de él mientras señalaban su “pelito malo”.
Cuando descubrió que sus padres guardaban unas viejas monedas de plata en el fondo de un ropero decidió sustraerlas de a poco para comprar revistas ilustradas con mujeres desnudas, las cuales, en firme, leía mientras defecaba en pelotas, por las tardes, con la casa sumida en un cómplice silencio y su mano subiendo y bajando, en forma de embudo, por el glande hasta ponerlo como un grueso rábano, pero impidiéndole que se desmadrara. Especialmente le gustaban las revistas donde aparecía Ursula Andress —semidesnuda o en ropa interior— o se mostraba en toda su exuberancia Jane Fonda en su papel de “Barbarella”.
Mientras la juventud ganaba sus fueros no conoció la muerte, a excepción de la defunción de su querido abuelo materno, con quien había compartido muchos momentos de felicidad al tenerlo como compañero de aventuras durante su niñez, pero así mismo con quien se peleaba a menudo al llegar a su etapa de mozalbete. Fue el único de la familia que no acompañó al cortejo mortuorio hasta el cementerio y se quedó solo en la vieja casa revolviendo las añejas cosas del abuelo, esperando encontrar una apropiada que le sirviera de amuleto para toda la vida y que además fuera idónea para comunicarse con él en cualquier momento. Nunca olvidaría que su abuelo cuando se enojaba con él le decía en alta voz “¡Estás equífero!” y que él jamás pudo encontrar el significado de tan extraña palabra.
No aprendió a manejar automóviles ni motocicletas cuando todos sus compañeros ya sabían conducir esos aparatos a gran velocidad por las calles de la ciudad; no sintió ninguna atracción por la conducción de tales artefactos de locomoción. Sólo se interesó, tardíamente, en adiestrarse en el manejo eficaz de la bicicleta para demostrar las piruetas que podía hacer en mitad de la plaza y burlarse del orden público y sus guardianes.
Le cogió gusto a ver películas pornográficas los sábados por la noche en un cinematógrafo de segunda, ubicado no muy lejos de su morada. Cuando carecía de dinero —las más de las veces— procuraba que algún compañero de clases lo invitase. Ya comenzada la película —siempre de pésima factura— y con la sala en penumbra esperaba el momento más interesante de la noche: el ingreso casi clandestino del alto y negro profesor de educación artística, invariablemente ataviado con traje blanco y corbata negra, el cual se sentaba en el asiento más arrinconado de la última fila. Hacia allí dirigía la mirada una que otra vez, sólo por saber a qué se entregaba el áspero educador.
A medida que se acendraba la adolescencia su verbo se fue haciendo más y más mordaz, cáustico y penetrante y con él la emprendía contra los mediocres, los arribistas y los serviles de su entorno y de su liceo. Se paseaba orondo para ganarse enemigos y para hacer rabiar a los envidiosos vecinos. Al amanecer solía entonar falsas plegarias para molestar a su abuela paterna, anciana muy beata y rezadora. Con la crudeza de sus atributos discursivos golpeaba a diestra y siniestra, sin importarle a quién zahería o convertía en víctima del escarnio. Las verdades de Perogrullo las repetía frecuentemente para parodiar a los sabihondos. Si de algo adoleció fue de la no falta de originalidad.