Letras adolescentes. 16 años de Letralia • Varios autores
TQM
(Fragmento)

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Ilustración: Mike Agliolo

Solía caminar hasta Plaza Las Américas, una mole de concreto rodeada de aparcamiento al aire libre, donde colisioné con una reja alfajol cuando intentaba una pirueta con la 100 enduro de un amigo que conducía sin manos por la bajada de Los Naranjos. El vértigo caraqueño enniebla los nombres de aquellos que deberían permanecer en la memoria.

Plaza Las Américas se alzó como el templo de las aventuras; la sede de un viaje iniciático; el punto de referencia de la pubertad. En Musiyama, mi padre me compró una guitarra eléctrica Vision, que llamé Estefanía y que perdí en alguna andanza posterior. Comencé a estudiar música y, cuando todo el país sabía que el dólar dejaría de costar 4,30 bolívares, mis padres me compraron a crédito una Fender y un amplificador. A la guitarra, roja y blanca, la nombré Desiree —alejado de Caracas, emigrado a la Isla de Margarita, comencé a componer. Cuando estuve de vuelta, la ciudad obsequiaba sonidos, imágenes, sensaciones que pasaron a un cuaderno de notas y se hicieron canciones:

la bulla de los suburbios,
el sonido de la ciudad
un disparo, una madre
pasos, gente angustiada
oigo a los que no tienen nada
la jeringa
las botas del poder
voceros del poder
hombre único con derecho a ejercer
el sonido del dinero
el brazo del pesado
la justicia cede
Pesadilla
la gente no quiere pensar
un destello, un entierro,
una lápida sin funeral
la sonrisa de satisfacción del juez
un señor, un avión
cigarrillo, pitillo
Pesadilla
oscuridad, hoja de afeitar
joven desnuda
manual para aprender a votar

En mi calle, dos adolescentes me cortaron el paso, me dijeron que me llevaría “una puñalada pa’tu casa”, me empujaron a un estacionamiento que carecía de puerta mecánica, me quitaron una cadena de oro. De regreso, mis amigos de la plaza dijeron que, si aparecían por allí, se vengarían, pero no se movieron del sitio. Cuando subí a casa al final de la tarde, mi padre me dijo que lo acompañara con mi bate y, en el Century con techo de vinilo que acababa de comprar, recorrimos las calles de Chuao a Los Ruices. Caracas inculca la indiferencia al contacto de un cañón contra la sien —lo conocería un sábado en la tarde al entrar en una casa de La Lagunita—, y al sonido de los tiros y los lamentos —que escucharía desde mi ventana sobre el barrio Santa Cruz.

En aquella época, en que Aditus grababa Guardia de frontera, La Misma Gente cantaba Tonterías y Marisela Bonilla presentaba Habitantes de manzanas en Radio Difusora Venezuela, falté a clases para visitar a aquella que usaba imperdibles en la ropa. La visité tantas veces. Las paredes se rayaban con las letras TQM. En Caracas, eran mensajes de amor lo que manchaba las fachadas. Con el tiempo, los te-quiero-mucho serían reemplazados por los TQQJ.

Deserté del autobús escolar. Como Walter, Valmore, Plesman, Durán, Morón, yo prefería el transporte público. De la calle Maracaibo caminaba hasta Concresa. A veces, con una breve parada en el perrocalentero de la esquina. Uno con todo, por favor. Allí, un carrito-por-puesto hasta Las Mercedes, frente al Paseo —1,50 bolívares—, a esperar el autobús a El Cafetal —un bolívar. O pedir cola bajo el elevado. Me bajaba en el nacimiento de la avenida principal de Caurimare y caminaba hasta la cima. Caracas es indivisible y se recorre más o menos rápido según cómo te muevas.

A pie íbamos las noches de los viernes y los sábados. Desde la esquina de la Iglesia San Luis Gonzaga de Chuao hasta el Teatro Chacaíto, donde entrábamos gratis y bebíamos cerveza y ron en los camerinos, con los actores y, lo que más nos interesaba, las actrices de esas comedias burdas. A veces, incluso, entrábamos en la oficina del dueño, que se marchaba primero que nosotros, y encendíamos sus habanos. A la una o dos de la madrugada emprendíamos el regreso. Freddy abandonaba el grupo en la entrada de San Román y, cuando yo me desviaba a Caurimare, Antonio seguía por la principal de El Cafetal. Eran noches frescas que no exigían abrigo. Cuando Antonio conducía el Fiat Supermirafiori de su madre, la noche se alargaba. Comprábamos cerveza en el 24 horas de Chacao y lo bebíamos en el mirador de La Alameda, todavía en construcción y por tanto territorio libre, o de San Román, cuya vista había sido cercenada por el Eurobuilding —unos años después, encontraría cerrado el paso por una cadena. La embestí con mi Chevette blanco, acostumbrado de sobra a los golpes. Al regreso, un guachimán nos apuntaba con una pistola y se condolía por su candado roto. Se bebió una de las cervezas sobrantes con nosotros y nos dejó partir.

Comencé a estudiar en la tarde: Ciencias en el Instituto Escuela. En el recreo más largo, de quince minutos, escapábamos en carro hasta el Centro Comercial Morichal, recién inaugurado en la calle Paseo. Fuimos los primeros y mejores clientes de un portugués que nos recibía sonreído y nos vendía la Polar. Los viernes salíamos a las tres y pasábamos la tarde sentados en el brocal de esa calle, bajo unos árboles, con tres, cuatro, seis cervezas cada uno: Ricardo, el chino, el gordo Domingo, Alejandro, Jesús, los dos Paul, Pablo, Daniel, Aquiles, Carlos, que rompía la lata por abajo con una llave, pegaba la boca y destapaba. Ante la mirada de Larissa, Emi, María Gabriela y Beatriz jugábamos tonga, apoyados en la pared de una casa. Tiempos de transición que Caracas atestiguó, incólume.

Recuerdo un sótano de Los Chorros que siempre permanecía abierto: Gladiadores Gym. Antonio y yo solíamos abrir la puerta a las siete de la mañana, después de encontrarnos en la puerta de mi casa y atravesar Los Ruices a pie. Antes, nos deteníamos para beber una malta en la panadería de la calle principal. A esa hora, el gimnasio estaba vacío y se podía escuchar, a través de los barrotes de una abertura sin ventana, un riachuelo que acariciaba la casa; un cauce de agua que a veces apestaba. El ruido de los hierros que entrechocaban y de nuestro esfuerzo por levantarlos nutría la idea de que la indefensión es sentencia de muerte; que los enemigos sobran; que la casualidad conspira. Más tarde se llenaba de forzudos que competían en libras que levantar y en cuentos sobre cómo peleaban contra enemigos imaginarios que en cualquier momento se convertían, en su necesidad de derramar su poderío muscular, en gente real, viandantes a veces indefensos, a veces envalentonados por el licor. Cambié las tardes ebrias con los amigos del colegio por correrías atléticas predestinadas a la violencia, y desde entonces camino con la tensión de la pelea.

Así preparé mi abandono a Caracas con indolencia. Sin arraigos, como un prófugo en una balsa, inicié un viaje que actuaría de paréntesis, antes de un último exilio, definitivo.