Los últimos pasos eran los más difíciles. Atteneri logró subir con dificultad aquellos desiguales escalones de piedra y se halló en la pequeña explanada que se abre al pie del Roque Bentayga. Lo primero que sintió fue vértigo. Después, el viento en su rostro, un viento refrescante, a pesar de que ya estaba a punto de terminarse el mes de mayo. Siguió a Miguel, su tío materno, y a los hijos de éste, sus primos Aythami y Gerardo, hasta que pudo oír con claridad las palabras de Juan Antonio, el guía de aquel grupo, que estaba hablando desde hacía un rato. Seguramente ya había contado que el Roque Bentayga era “un espectacular pitón basáltico que se elevaba 1.404 metros sobre el nivel del mar, dentro de la caldera volcánica de Tejeda”, la descripción con que siempre iniciaba la visita. No era la primera vez que Atteneri acudía a aquellas excursiones con su tío y sus primos. Juan Antonio ya iba por la parte que decía:
—Aquí se hacían las ofrendas de leche y manteca que las harimaguadas traían en gánigos, que eran recipientes hechos de barro. Las harimaguadas venían en procesión y derramaban esos alimentos en esta hendidura, según se cree, como un sacrificio a la divinidad.
Juan Antonio señalaba un surco dibujado en el suelo, una cazoleta central y tres marcas bastante profundas, donde los habitantes prehispánicos de la isla probablemente habían colocado un trípode para sus ceremonias religiosas. Mientras Juan Antonio continuaba hablando acerca de “los asentamientos aborígenes cercanos, Cuevas del Rey y Roque Camello, donde podemos hallar más de un centenar de cuevas destinadas a distintas funciones, como silos, enterramientos y habitaciones”; Atteneri dejaba volar sus recuerdos que, al escuchar la palabra harimaguada, la trasladaron a una de sus clases de historia, con su tutora, Leire, que les explicaba:
—Aunque algunos historiadores no están de acuerdo con esta tesis, la mayoría considera a las harimaguadas como las maestras de las maguadas, que eran mujeres jóvenes de la clase noble que se recluían al comenzar la pubertad. Además, las harimaguadas participaban en procesiones y ritos para pedir la lluvia, y en ceremonias celebradas en la orilla del mar y en los santuarios de las montañas, cerca de la divinidad.
Atteneri envidió una vez más a aquellas chicas... Sin duda, ellas no tendrían un problema parecido al que ella sufría... La idea de vivir en compañía de varias maestras y de otras adolescentes como ella le parecía una buena solución... Sin embargo, ya no existían maguadas ni harimaguadas, y la posibilidad de entrar en un convento como novicia no le resultaba atractiva... Le habría gustado ser una maguada, pero no le apetecía ser novicia... No era lo mismo.
Juan Antonio seguía hablando acerca del lado oriental de la base del Roque Bentayga, donde se hallaba “una construcción que probablemente fue lugar de culto de los aborígenes, el ‘almogarén del Bentayga’. Aquí, un muro de piedra, que recorría la base del roque por sus lados este y sur, podría delimitar el espacio sagrado, aunque otros estudiosos apuntan su utilización con fines defensivos”.
Juan Antonio se entusiasmaba siempre al desvelar el misterio de aquella muesca artificial en forma de V situada sobre el promontorio rocoso de unos cinco metros de altura: en el equinoccio de otoño podía verse la salida del sol por aquella muesca, produciendo un juego de luz y sombra sobre el almogarén. En resumen, además de otros usos, aquel lugar mágico podría haberse utilizado como observatorio solar y lunar, concluía Juan Antonio, emocionado.
Las palabras del guía sonaban como un ruido de fondo que servía de marco a las preocupaciones de Atteneri. La adolescente recordaba el discurso de Juan Antonio a medida que lo oía, pero no le prestaba atención, sino que se torturaba con aquel problema que la atemorizaba desde el regreso a clase en enero, después de las vacaciones navideñas. Recordó de nuevo las palabras de su profesora durante un recreo en que las alumnas fueron a hablar con ella para consultarle un problema que aquejaba a una de sus compañeras, quien quería encerrarse en sí misma y dejar los estudios; además de aconsejarles la solución más adecuada, Leire había pronunciado para ellas palabras de ánimo:
—Chicas, ustedes tienen que darse cuenta de la gran importancia que tiene la educación y la preparación en sus vidas. Es imprescindible para conseguir un buen futuro, para ser las únicas dueñas de su propia existencia y para ser capaces de tomar las decisiones que van a afectar a sus vidas. Dentro de cada una de ustedes hay una joven maguada, una futura harimaguada, una mujer a la que la sociedad debe respetar... Y no olviden que las harimaguadas no eran como las vestales... Según afirman algunos historiadores, las harimaguadas no estaban obligadas a permanecer solteras, sino que se parecían más a las sacerdotisas de los dioses egipcios, que podían casarse y conciliar el cuidado de su familia con el culto a la divinidad en el templo.
Ese mismo día, en el transcurso de la clase de historia, la tutora les explicó la cultura egipcia y destacó otras coincidencias entre los egipcios y los pobladores prehispánicos de las Islas Canarias: la momificación o embalsamamiento de los cadáveres, las cuentas de collar de barro cocido y la lucha canaria. Además, tanto los antiguos guanches como los egipcios de la etapa predinástica eran pastores. Leire había comentado también que los historiadores no se ponían de acuerdo acerca del origen de los guanches: la mayoría aceptaba que los antiguos pobladores de las islas procedían del territorio noroccidental del continente africano; sin embargo, otros les atribuían un origen egipcio, cartaginés o vikingo. Incluso unos pocos llegaban a sostener que eran supervivientes del pueblo que habitó la desaparecida y legendaria Atlántida. Al escuchar esta última parte todos esbozaban una sonrisa de complicidad, pues ya habían visto un reportaje sobre el mito de la Atlántida y su búsqueda por parte de arqueólogos e historiadores.
Leire, la tutora, era vasca y hablaba con gran emoción del papel de la mujer en muchas sociedades, un papel que no se limitaba a ser madre y esposa, sino que pasaba, entre otras ocupaciones, por la comunicación con el mundo sobrenatural. Atteneri recordaba muy bien todas sus lecciones, pero tenía la certeza de que todas aquellas sacerdotisas, hechiceras, brujas, meigas y sorguiñas no se habrían visto nunca ante un problema tan grave como el suyo. ¿O quizá sí..?
Según lo que, en una sesión de tutoría algo informal, les había contado Leire acerca de las conocedoras del mundo prohibido de lo sobrenatural y lo mágico, las brujas eran perseguidas, encarceladas y quemadas en la hoguera con sus gatos... Aquello parecía más grave que lo que a Atteneri le preocupaba.
Mientras Juan Antonio continuaba hablando, Atteneri, sin moverse de su sitio, se dedicó a contemplar el paisaje que desde allí se veía. Era impresionante y hermoso. Si miraba hacia el promontorio rocoso que antes había señalado Juan Antonio, la silueta imponente del Roque Nublo se recortaba en el horizonte. Si giraba la vista unos 90 grados, como diría su profesor de Plástica, podía contemplar la isla de Tenerife allá, a lo lejos, sobre el mar claro que reflejaba como un espejo los rayos del sol. Quizá era aquella la ocasión en que se veía todo con más nitidez: el relieve, el mar, la isla de enfrente... Atteneri recordaba sus excursiones anteriores a aquel lugar y estaba segura de que nunca antes había disfrutado de la belleza del paisaje de un modo tan intenso como aquel día.
Cuando el brillo del sol en la superficie marina acabó por deslumbrarla, desvió su vista hacia la extensión situada al pie de la elevación donde ellos se encontraban. Las casas parecían cajas de cerillas. Un manto de variados matices verdes cubría todo el paisaje como si se tratase de una gran alfombra de musgo. Algunos árboles eran como bolas de algodón colocadas aquí y allá. Desde lo alto, el paisaje semejaba un gran portal de belén y ellos podían disfrutarlo todo desde allá arriba, donde parecía que no pasaba el tiempo, donde a Atteneri le apetecía quedarse para siempre.
Su primo Gerardo se sentó en el suelo. Tenía siete años y se encontraba cansado. Atteneri se agachó junto a él, sacó una botella de agua de su mochila y se la ofreció. Era una botella pequeña de plástico y Gerardo se bebió más de la mitad de una sola vez. Se quedó con la botella entre sus manitas, sentado sobre la hierba escasa, con las piernas en V, intentando descansar.
—¿Cuándo almorzamos? —quiso saber el niño, pasados unos minutos.
—¿Ya tienes hambre? —le preguntó Atteneri, acariciándole el rizado cabello corto con su mano derecha—, no hace mucho que hemos desayunado.
Gerardo afirmó con la cabeza, se llevó sus manos al estómago y lo frotó ligeramente. Atteneri sonrió abiertamente, mostrando sus blancos dientes perfectos, con una huella casi imperceptible dejada por el aparato de ortodoncia que había llevado durante años. Rebuscó en un bolsillo lateral de su mochila y le entregó una chocolatina a su primo:
—Con esto podrás entretener el hambre hasta que vayamos a almorzar —le dijo, repitiendo una frase que a ella le decía su madre—. Pero no comas muy deprisa, come despacio y mastica bien.
Sin embargo, ya su madre no le dedicaba mucho tiempo a Atteneri ni aquellas atenciones de etapas anteriores. Ahora su madre iba a casarse de nuevo y estaba demasiado ocupada “con los preparativos para la boda”, según decía ella misma para excusarse por el poco caso que le hacía desde varios meses atrás. Y Atteneri necesitaba a su madre en aquel momento más que nunca, más que a nadie en el mundo. De su padre era mejor no acordarse, tras el divorcio iba de novia en novia, sin hacerse cargo de su hija en absoluto, sólo lo justo para recordar que debía pasarle una cantidad mensual a la madre para la manutención de la niña. Nada más.
Gerardo se terminó pronto la chocolatina, en cuatro bocados, y le dio el envoltorio a su prima Atteneri:
—¿Me lo puedes guardar? —preguntó, antes de añadir una explicación—: papá dice que no hay que tirar basura...
—Trae, lo guardamos aquí y luego lo tiramos a la papelera..., cuando encontremos una.
—Gracias —dijo Gerardo.
Cuando los demás se dispersaron para escudriñar cada rincón de aquel reducido espacio, Miguel y Aythami comenzaron a hablar con Juan Antonio, y Atteneri permaneció con su primo Gerardo. Ella también se sentó en el suelo, junto a él. Le gustaba cuidar de aquel niño, últimamente había compartido muchos momentos con él, ya que su tío Miguel se la llevaba a su casa con frecuencia. Aythami no vivía allí, sino con su madre, de la que Miguel se había separado hacía diez años; Atteneri no lo recordaba porque en aquel tiempo era muy pequeña, pero su madre se lo había contado varias veces. Miguel no era como el padre de Atteneri, que nunca se acordaba de su hija. Miguel veía a su primogénito al menos dos veces cada semana y lo llevaba consigo un fin de semana cada quince días, y durante las vacaciones de Semana Santa, en Navidad, en agosto..., y siempre que el niño le pedía ayuda, ahí estaba su padre para apoyarle y ayudarle en lo que fuese necesario.
Gerardo era hijo de la segunda esposa de Miguel, una joven nigeriana de tersa piel negra y dientes blanquísimos que con frecuencia mostraba en una amable sonrisa. De ella había heredado Gerardo su cabello rizado y la hermosa sonrisa, junto con el color de la piel. De Miguel, su padre, aquellos ojos de un verde intenso, iguales que los de Atteneri, que parecían profundos lagos de alta montaña.
A ninguno de ellos se había atrevido Atteneri a contarle su problema, quizá por temor a que no le concediesen la importancia, la gravedad que ella juzgaba que tenía. No soportaría que alguien considerase su sufrimiento como una ligereza, como un capricho de niña mimada. Entre otras razones, porque ella no era una niña mimada ni caprichosa. Tampoco se lo había confiado a ninguna profesora ni siquiera a su tutora, quien siempre se había mostrado muy accesible y comprometida con los problemas que alumnos y alumnas le planteaban. Atteneri no quería exponer en público, ante sus compañeros, la causa de su preocupación, que sólo una amiga conocía, una amiga que sufría el mismo acoso que ella. Sin embargo, si había alguien que podría ayudarle, esa persona era, sin duda, su tutora. Atteneri recordaba algunas de sus palabras en la tutoría:
—No os creáis, y ahora les hablo también a ustedes, los chicos, que el problema del maltrato sólo afecta a las mujeres —la profesora era vasca y vivía en Gran Canaria desde hacía siete años, por eso solía alternar el uso de los pronombres ustedes y vosotros—. No lo digo sólo por el hecho de que existan mujeres maltratadoras, ya que hay algunas, sino porque el maltrato, se dirija hacia hombres o hacia mujeres, es una de las lacras de nuestra sociedad, que pretende ser moderna y civilizada —a continuación, la profesora explicaba el significado de la palabra lacra: señal de una enfermedad; en este caso, se trataría de una enfermedad social, que nos afecta a todos y a todas por igual—. No podemos permitir, como sociedad, estos comportamientos. Entre todos y todas debemos erradicarlos —y añadía el significado de erradicar: arrancar algo de raíz, eliminarlo por completo.
—¿En qué piensas, Atteneri? —le preguntó Gerardo, cuyas palabras obligaron a su prima a regresar a la realidad.
—Estaba recordando una clase con mi tutora —respondió ella, con sinceridad.
—¿Por qué estás triste?, ¿no te gusta estar conmigo?
De repente, Atteneri no supo qué responder, de modo que optó por el juego, sonrió y le hizo a su primo cosquillas en el estómago, antes de decirle:
—¿Cómo no me va a gustar estar con mi primito?, ¡eh, tonto!, ¿no sabes que te quiero mucho, mucho..?, a ver, ¿de quién es esta barriguilla tan bonita?
Gerardo abrazó a su prima para evitar las cosquillas que le hacían reír y la besó en la mejilla, antes de decirle al oído una frase que a su madre le encantaba escuchar de labios de su hijo:
—Gerardo te quiere mucho.
—Y yo a ti también..., bueno, mejor dicho, Atteneri te quiere mucho —repitió la fórmula empleada por su primo, mientras lo abrazaba con ternura. En momentos como aquel las lágrimas asomaban a sus ojos verdes al percibir la fragilidad de aquel niño y los sentimientos que despertaba en ella. Le gustaría poder protegerlo siempre para evitar que le sucediese nada malo. Desde la muerte, totalmente inesperada, del hermano pequeño de su amigo Ancor, a Atteneri la embargaba el temor de que algo grave le pudiese suceder a Gerardo.
Miguel y Aythami se acercaron a ellos. Ya era hora de regresar, dijeron. Iban a descender y, una vez abajo, se detendrían un rato para visitar el Museo Roque Bentayga. Después, irían a almorzar a un restaurante que Juan Antonio conocía. Era un establecimiento bastante modesto, pero era famoso por su limpieza y su calidad, además de la variedad de platos que ofrecían, de modo que todos tendrían donde elegir y se quedarían satisfechos con la comida.
A Atteneri le costó despedirse de aquella reducida planicie elevada. Le habría gustado quedarse allí y llevar la misma vida que sus antepasados prehispánicos habían llevado. Levantarse con el sol y cuidar de las ovejas y de las cabras, ordeñarlas y elaborar quesos, alimentarse de lácteos y cereales (Atteneri quería alejar de su mente la idea del sacrificio de un baifo o cordero para alimentarse con su carne, pues sentía mucho respeto por la vida de los animales), vivir libre en contacto con la naturaleza, adorar al sol y a la luna como divinidades que daban la vida, disfrutar del paisaje y de la fresca brisa que allí le acariciaba el rostro, irse a dormir al atardecer... Lo mismo había sentido en la visita que habían hecho, a primeras horas de mañana, a la gruta de Cuatro Puertas, donde Juan Antonio les había hablado de su posible utilización astronómica. Se trataba de una cueva muy amplia cuyas dimensiones no encajaban con el modelo de vivienda habitual entre los habitantes prehispánicos de la isla. Quizá lo más notable era que, durante el solsticio de verano, al salir el sol, sus rayos entrarían por la segunda puerta e iluminarían la pared del fondo. En cambio, en la puesta de sol, los rayos entrarían por las puertas tercera y cuarta recorriendo el suelo de la cueva hasta alcanzar una pequeña cazoleta situada en la pared suroriental. No obstante, lo que más le había gustado a Atteneri había sido el almogarén situado en la parte superior de la cueva, con sus inscripciones (petroglifos, había dicho Juan Antonio), canales y cazoletas.
El descenso desde el Roque Bentayga fue lento. Atteneri daba pequeños pasos por aquel camino empedrado, intentando adaptar su ritmo al de su primo Gerardo, a quien llevaba de la mano y vigilaba que no resbalase ni tropezase. Enfrascada en sus pensamientos, no pronunció más allá de media docena de palabras dirigidas a su primo, con el objetivo de evitar que el niño se lastimase.
La visita al Museo Roque Bentayga no le aportó demasiada información. No prestó atención a las amplias salas con paredes pintadas de rojo, ni al contenido de las vitrinas ni a los carteles, dibujos o fotografías. Cuando su primo se detuvo, ya en el interior del museo, ella permaneció quieta junto a él, sin soltarle la mano, ensimismada ante la maqueta central, una reproducción a escala del Roque Bentayga. Allí permaneció durante toda la visita, perdida en sus pensamientos.
Cuando salió del Museo, Atteneri había tomado una determinación: le confiaría a Leire su problema, que su compañero de clase de más edad la perseguía, la acosaba, intentaba tocarla, besarla, manosearla; le explicaría que sus notas habían empeorado por la tensión y el nerviosismo que la atenazaban y le impedían estudiar; le pediría que le ayudase, que la acompañase a hablar con el jefe de estudios, que hiciese todo lo posible para que aquel chico dejase de perseguirla, de perjudicarla, de acosarla. Le confesaría que, aunque ella era la alumna a quien más molestaba, no era la única con quien él intentaba propasarse. Atteneri esperaba que se tomasen las medidas adecuadas, incluso que el acosador fuese expulsado del instituto, si eso era necesario. Recordaba algunos de sus comentarios, una vez que el acoso se convirtió en costumbre, al principio del segundo trimestre:
—Tú vas a ser mi novia y harás todo lo que yo te diga...
—Yo sé lo que te conviene...
—Yo te diré lo que debes hacer...
Pero su relación no había sido siempre igual. Desde el comienzo de curso, en septiembre, él la buscaba para hablar con ella en el recreo, intentaba sentarse junto a ella en clase y acompañarla hasta la parada de la guagua a la salida. A Atteneri aquellas atenciones no le desagradaban. Él era un muchacho atractivo, delgado, de cabello rubio ceniza y piel intensamente bronceada, bastante alto para su edad. Ambos se encontraban a gusto cuando estaban juntos. Hablaban de sus cosas y sonreían, aparentemente felices. Compartían muchos momentos y parecía que todo marchaba bien. Atteneri había comenzado a ilusionarse cuando, en diciembre, él empezó a comportarse de un modo extraño. Dejó de pronunciar palabras amables, se volvió evasivo y comenzó a hacerle reproches continuamente, sin razón alguna. Su tierna mirada azul se transformó, en pocos días, en un gris glacial. Parecía otra persona. Atteneri intentó preguntarle si tenía algún problema, pero él se mostró huraño. Ella estaba confusa, no sabía qué pensar ante el brusco cambio que él había experimentado.
A Atteneri la invadió la tristeza. Sentía nostalgia de los días en que él era un chico amable y ambos compartían secretos, sueños, confidencias de adolescentes... Cuando le oyó decir “Quiero que seas mi novia”, Atteneri se sintió extraña. Antes de eso había soñado con la primera vez que un chico le dijese palabras cariñosas, pero nunca se lo había imaginado de aquel modo. Tenía la desagradable impresión de que aquel muchacho intentaba coaccionarla, quitarle su libertad, forzarla a hacer algo sin preguntarle si ella lo deseaba o no. Él no le había preguntado si quería salir con él, Atteneri sabía diferenciar con claridad una petición de una orden, y lo que el chico le había dicho sonaba como una orden.
A partir de aquel momento, Atteneri comenzó a sentir una bola de plomo en la boca del estómago cada vez que él se le acercaba. Y eso sucedía cada recreo. Además, en clase intentaba sentarse junto a ella. No siempre lo conseguía, pero a ella toda aquella situación la ponía cada vez más nerviosa. Poco a poco su vida fue transformándose en un infierno, dejó de comer durante los recreos, no lograba prestar la atención suficiente en clase, no acertaba a responder correctamente las preguntas que los profesores le formulaban, el nerviosismo y la ansiedad iban apoderándose de ella progresivamente, le costaba un gran esfuerzo concentrarse en hacer los deberes y estudiar por las tardes en su casa, obsesionada con la idea de que al día siguiente regresaría al infierno diario en el instituto, un infierno provocado por aquel muchacho de mirada azulgrís que se había convertido en su acosador.
Una vez tomada aquella difícil decisión, Atteneri se sintió, por vez primera desde hacía muchos meses, en paz consigo misma, libre de una gran carga que la oprimía y la hacía caminar casi encorvada, mirando siempre hacia el suelo. Supo que las cosas iban a cambiar y que ella iba a hacer lo que debía. Miró al cielo y pudo disfrutar del bello color azul y de las escasas nubes algodonosas que se recortaban nítidamente sobre aquel fondo que ahora parecía sonreírle.
Se imaginó a sí misma como una maguada, una adolescente que participaba en su primera procesión, ataviada con su blanco y suave tamarco de piel que casi rozaba el suelo al caminar. Otras jovencitas o maguadas se iniciarían en aquella misma ceremonia. Las harimaguadas, sus maestras, encabezarían la marcha hacia el almogarén del Bentayga y portarían en sus manos vasos con manteca y leche para las ofrendas.
Al día siguiente, lunes, se armó de valor, buscó a su tutora durante el recreo y le confió su problema, sin omitir nada de lo que había sucedido a lo largo de aquel curso, desde la primera vez que en septiembre el acosador se había acercado a ella, aunque en aquel momento él parecía todavía inofensivo y el infierno no comenzaría hasta enero. A medida que Leire oía la relación de Atteneri, las frases con que aquel muchacho intentaba intimidarla y el cerco al que la había sometido, fue comprendiendo la triste historia que encerraban.
—Creo que está bastante claro el modo en que este alumno se ha comportado contigo —dijo Leire, tras haber escuchado con atención y sorpresa a Atteneri—, hablaré con el jefe de estudios y con la directora. En primer lugar, al alumno acosador se le aplicará la sanción contemplada para este tipo de falta grave en el Reglamento de Régimen Interno, no hay duda. Además, se adoptarán medidas para que no vuelva a acosarte a ti ni a ninguna otra persona... Me comentabas, también, que ha molestado a otras chicas, ¿no es así?
—Sí..., a Yaiza y a Guaci también las ha... molestado —confirmó Atteneri, secándose las lágrimas. La conversación había sido muy tensa, a pesar de la paciencia y la buena disposición a escuchar que había mostrado la tutora. No obstante, a la adolescente le había supuesto un esfuerzo muy grande hablar de su preocupación, pues se sentía avergonzada al confiarle a Leire su problema. Y las lágrimas habían asomado varias veces a sus ojos, de un color verde intenso.
Leire la miró fijamente antes de decirle:
—Tengo que llamar a tu madre. Ella debe estar presente cuando el instructor del caso hable contigo. El instructor es un profesor que lleva a cabo todo el proceso de investigación acerca de lo que ha ocurrido, él interrogará a los alumnos y a las alumnas que tengan alguna implicación en el caso, bien como acosadores o como víctimas. Para hablar con el instructor, es necesario que te acompañe tu madre... o tu padre...
—Mi padre no vive con nosotras —dijo Atteneri, casi en un susurro—, es mejor que llame a mi madre, doña Leire, por favor.
Una hora más tarde Atteneri ya comenzaba a aburrirse. Le habían dicho que aguardase en el despacho de la directora. De cuando en cuando todavía suspiraba, y quedaban en su rostro leves marcas del llanto. Parecía encontrarse más tranquila. Sin embargo, su corazón comenzó a latir más deprisa al ver, a través de la puerta entreabierta, a su madre, que con gesto nervioso intentaba alisar los mechones de su inconfundible cabellera ondulada de un color negro brillante con sutilísimos reflejos cobrizos, exactamente igual a la de la misma Atteneri. No le costó mucho volver a calmarse. Se dijo a sí misma que su madre siempre había sido bondadosa y comprensiva, en esa ocasión también la escucharía y le ayudaría a ser valiente, como lo había hecho hasta entonces.
Leire, por su parte, se dirigió al despacho del psicólogo, a hablar con él para pedirle que interviniese en el caso. Si al adolescente que molestaba a Atteneri le había sucedido algo grave durante los pasados meses de noviembre o diciembre, sería necesario detectar el problema existente y ayudar al joven a superarlo. Si, en cambio, se trataba de un futuro maltratador, la ayuda psicológica podría darle pautas y proporcionarle apoyo para corregir su inadecuado comportamiento con el fin de que, con el paso de los años, se convirtiese en un hombre normal.