Letras adolescentes. 16 años de Letralia • Varios autores
Ilustración: Jim DandyLa novela que todavía no escribí nunca
(trediconti)

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1)

Podríamos llamarla Andrea.

 

2)

Pero no. Quizás mejor llamarla Lara. Así sucede el juego de los nombres: la película del Dr. Zhivago; el lugar donde nos conocimos; esa música que yo escuchaba al pasar frente a una de esas casas decadentes y hermosas de la carrera 17.

Pensemos ahora el nexo.

Lara desnuda, brillante de sudor, yo a su lado, silbando la melodía de la película, y Barquisimeto detrás de las ventanas, ardiendo como la luz de la tarde.

A un lado de la cama, ese montón de hojas llenas de letras, de tachaduras.

Ahora sí. Ahora podemos comenzar.

 

3)

¿Seguirá Lara odiando la espera?

 

4)

Su primera clase fue un lunes a las siete de la mañana. Era propio de ella. Abrir. Abrir los días. Abrir el mundo. Abrir la mañana.

Nos miró con gesto serio pero a nadie se le escapó su rostro juvenil, su menudo y duro cuerpo, sus dientes ligeramente salidos, su temblor en las manos. Alguno de mis compañeros le preguntó la edad y ella cortante le dijo: “lo suficiente como para ser tu profesora de historia”.

Cuando sonó el timbre la vimos marcharse: caderas rotundas, y ese pantalón que mostraba una grupa feroz, vertiginosa.

 

5)

La complicidad fue natural. Ella no se limitaba a los puntos del programa. Agregaba anécdotas; construía insospechados enlaces; citaba fragmentos de novelas que jamás habíamos escuchado; tarareaba bandas sonoras de películas.

Me convertí en su mejor alumno.

Un acto natural.

Una prolongación de mi euforia al encontrarla cada mañana y saber que me bebería cada una de sus palabras.

Un mediodía, antes de salir me preguntó si quería conocer autores distintos a los que mirábamos en el liceo.

Dije que sí.

Leí todos los libros que ella me fue prestando cada semana. Los devoraba y luego al regresarlos colocaba un papel con mis comentarios. Ella nunca pareció impresionada por ello, pero una tarde la encontré en Los Leones bebiendo una aburrida cerveza. La saludé. Acababa de ir a la librería y le mostré una montaña de novelas y guiones de cine. Ella me invitó a que la acompañase y sin preguntar nada dijo al mesonero que sirviese un refresco.

“Me siento culpable con todo lo que he comprado”, le dije. Temblaba de alegría sólo por estar junto a ella, por compartir un rato mirando de cerca su rostro, intuyendo bajo el vestido un mundo de tersuras, huesos, cavidades. Ella se mantuvo seria: “La culpa es el arma de los débiles para hacer daño”, murmuró. Yo enrojecí. Ella pidió otra cerveza y la bebió en tres sorbos. Miró el reloj y resopló con furia. “Quiero mostrarte algo”, dijo con tono vacilante y colocó frente a mí un puñado de hojas.

 

6)

En un cuento de Onetti que Lara jamás me dio a leer, una mujer y un joven hacen el amor durante muchas tardes y luego se inventan viajes a lugares lejanos.

La fuerza que los vincula es la voz con la que ella arma esos viajes, el modo en que los construye, los llena de detalles.

Yo imagino un único viaje. Lo sigo imaginando. Los dos hacia su cama: ella desnuda, y su cuerpo brillante de sudor y yo silbando la canción de una película.

El viaje que no ocurrió es el que se mantiene como única memoria posible.

 

7)

Dice María Lejárraga: “Los países que deseamos son aquellos que no conocemos”.

 

8)

Nos reuníamos todas las tardes. A veces en una fuente de soda que estaba en la Vargas con 18; a veces en su casa: un apartamento cercano a la Catedral donde el sol parecía un resplandor sedoso, táctil. Comentábamos el libro que ella estaba escribiendo: crónicas históricas sobre la vida de mujeres ilustres, pero hechas desde un humor feroz, casi malvado. Como título provisional había colocado con bolígrafo dos palabras: La espera. Penélopes brillantes, poderosas, que finalmente se habían consumido en la inmovilidad, mujeres esperando un hombre, esperando un padre, esperando un hijo, esperando un país, esperando un trabajo, esperando una llamada.

No sé si ahora me gustarían esos textos. El recuerdo de aquellas palabras va demasiado unido a las manos de Lara, manos pequeñas, con anillos en los dedos pulgares, pero también a esa voz suya, que perdía fiereza y seguridad cuando comenzaba a desgranar frase tras frase.

Yo realizaba comentarios, intentaba ser agudo, pero casi siempre producía en ella sonrisas escépticas. Y aunque sufría al pensar que en cualquier momento dejaría de invitarme, cada mañana volvía a pedirme que nos encontrásemos y la contemplaba beber un par de copas de vino.

 

9)

Una mañana feliz dijo su edad. Murmuró que había amanecido contenta, que eso le hacía sentir que tenía una edad estupenda: 22. Número repetido. Número que ella sentía fluvial, cargado de energía.

Esa tarde no me invitó a encontrarnos. Auguré una tragedia, un quiebre. Caminé desesperado fumando mil cigarrillos por el Parque Ayacucho, mirando niños que jugaban con balones o parejas de enamorados que se sacaban las espinillas.

Luego estuve callejeando por la 17. Me detuve junto a una casa donde siempre sonaba la música de la adaptación al cine de Dr. Zhivago. Imaginé la vida de las personas que habitaban allí dentro. Me inventé una historia de rusos que habían escapado de Moscú y que ahora intentaban ignorar cualquier mundo que no tuviese calles nevadas; grandes abrigos; palabras definitivas. Quise pensar que Lara se desnudaba para mí en una habitación helada, que nos arañábamos hasta que el calor volvía a nuestras pieles.

Acepté que mis tardes serían ahora esa inconsistencia, esa inquietud.

Pero al día siguiente, muy seria, casi con hosquedad, Lara me pidió que nos viésemos otra vez.

Yo le conté con palabras nerviosas, atropelladas, buena parte de la novela de Pasternak. Ella sonrió: “no la he leído”, susurró, y sentí que por única vez yo había podido obsequiarle una curiosidad, una carencia.

 

10)

Inútil mentir. Sí he vuelto a leer en Internet las crónicas de Lara. Son excelentes. Me lo siguen pareciendo. Pero una lectura con rencor es una forma de olvido, de ceguera.

 

11)

Fue un domingo. Nunca nos veíamos los domingos y por eso me sorprendió que llamase a casa. Le dije a mis padres que una compañera necesitaba unos apuntes y corrí hasta la fuente de soda en la Vargas. Se notaba recién bañada y los ojos parecían irritados. La vi bostezar un par de veces, pero se fue animando a medida que pidió varias cervezas. Luego me invitó a almorzar a La Pimpina. Comimos unas carnes jugosas, tersas. Creo recordar que mordíamos cada trozo con alegre furia y de tanto en tanto intercambiábamos miradas.

Al terminar me llevó al bar de Hilton. Me sentí feliz. Quedaban apenas unos meses para que yo cumpliese dieciocho así que intenté beber una cerveza pero el mesonero nos pidió la cédula. Al final solamente Lara tuvo frente a sí una dorada pilsen que le dejaba rastros de espuma en los labios. No me comentaba nada especial. Hablaba de libros que yo debía leer, de libros que ella quería conocer pronto. Pidió para ella un ron con coca cola, y cuando nadie nos miraba me daba a probar grandes sorbos.

Mis amigos solían beber bastante pero yo apenas toleraba una cerveza, quizás dos. Sentí un zumbido dulce entre los ojos. Se me durmió el rostro. Era feliz. Me encantaba el sabor del ron que Lara comenzó a regalarme con su lengua cuando se lanzó sobre mí. Le bebí la boca. La mordí. Sonaron nuestros dientes, y ella se quedó mucho rato apretando mis labios con los suyos, como para hacerme sangre.

Luego me dijo algo de un hombre. Un hombre que a veces llamaba y a veces no. Que a veces aparecía y a veces no. Dijo más cosas. Pidió mas tragos. Pero yo sólo recuerdo que mi mano se deslizó entre su escote. Pensé en manzanas. Deliciosas manzanas.

 

12)

Estábamos en una esquina solitaria, penumbrosa. Pero cuando Lara se quedó dormida quizás debí sacarla a que le diese el aire. Yo me limité a susurrarle en el oído, a pellizcar sus pechos, a acariciar sus cabellos.

Ella al fin abrió los ojos, tosió una, dos veces. Luego movió el rostro con brusquedad y vomitó sobre la mesa. Un vómito de colores terrosos, de olor punzante. Intenté ayudarla pero ella pareció dormirse de nuevo sobre mi hombro y unos segundos después tuvo nuevas arcadas y me salpicó la camisa.

Escuché a las personas de las otras mesas levantarse indignadas.

Un señor de seguridad vino a echarnos. Me puse de pie. Discutí. Recibí un puñetazo. Creo que ella nunca logró enterarse de nada.

La saqué cargada del bar. Luego, con el agua de una fuente mojé su rostro. Lara recuperó la conciencia. No entendí sus palabras pero marcó un número desde un teléfono monedero y exigió que me marchase. Los dos teníamos la ropa cubierta de manchas sepias.

Fingí alejarme.

Escondido tras unos árboles vi a un señor de rostro colorado y sienes plateadas que vino a buscarla y con gestos bruscos la subió a un carro.

Ese lunes no fue al liceo.

Tampoco el martes.

El miércoles igual.

El jueves alguien comentó que resultaba extraña la ausencia de la profesora de historia.

“No volverá nunca”, les dije.

 

13)

Años después encontré su libro de crónicas en un remate en el Edificio Nacional. Lo había publicado poco tiempo después de que le perdí la pista. Lo leí de un tirón y no reconocí ninguna de las palabras que me entregaba en aquellas tardes. Ni una palabra me resultó familiar. Todo era nuevo; brillante; con la seguridad de una perfección que me excluía.

El fin de semana fui de paseo a Río Claro con varios amigos a quienes les conté que durante meses me había acostado con mi profesora de historia. Cuando pasamos cerca del río Turbio asomé mi brazo por la ventanilla y lancé el libro a las aguas fétidas como si fuese un gato muerto.

Innecesario detenerme demasiado en la obviedad de que nunca volví a ver a Lara. De tanto en tanto la tropiezo en Internet; la encuentro en alguna noticia sobre brumosas actividades relacionadas con la crónica histórica.

A la debilidad de la culpa por haber arrojado el libro a las aguas se suma también la debilidad de los meses en que estuve aguardando su regreso a la entrada del liceo.

Pero a ella no le habría gustado que lo contase. Por eso nunca escribiré estas palabras. Ella jamás podrá leer mi espera.