Letras adolescentes. 16 años de Letralia • Varios autores
Ilustración: CorbisEl cuadro del lago de Como

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Está en mi estudio. Lo acaricio cada día con la mirada. Y si lo puse en una pared lateral fue para que nadie lo notara. Está allí, intacto, intenso, vivo, como mi recuerdo. Es la prueba de que una vez tuve diecisiete años y su presencia me ayuda a comprender los saltos de humor de mis hijos adolescentes.

 

“Il faut que jeunesse se passe”, dice mi mujer cuando está perdiendo la paciencia con los mellizos. Repite lo que le decía a ella su madre, como si la juventud fuera como el sarampión o la varicela; una enfermedad con la cual no queda otro remedio que esperar con paciencia a que pase.

Cuando vuelvo la mirada a ese adolescente que fui, tolero mejor a mis chiquilines malhumorados, con sus rebeldías e ingenuidades. A veces los compadezco porque sé que sufren realmente, pero espero que puedan sacar lo dulce e irrepetible del momento que están viviendo. La adolescencia con sus temblores e incertezas, sus dudas y sus entusiasmos es un momento mágico, como lo fue para mí ese verano de hace más de cincuenta años a orillas del lago de Como...

 

Me recorre un estremecimiento de voluptuosidad cuando evoco mi primera experiencia sexual... y a la mujer que me hizo saborear el sexo en la plenitud del placer auténtico, tierno, osado y desprovisto de vulgaridad.

Ella era quince años mayor que yo y aunque olvidé por mucho tiempo su nombre, conservé el recuerdo de la intensidad de sus ojos castaños, del suave tacto de su tez bronceada y la imagen del porte estatuario. Y el perfume... intenso, dulce, sensual, francés como ella.

Era cliente habitual de la pensión que tenían mis padres en el lago de Como.

Yo pasaba mis vacaciones allí. Trasnochaba con mis amigos y no me despertaba hasta el mediodía. Por las tardes ayudaba de mala gana en los quehaceres de la empresa familiar, pero los realizaba refunfuñando y descontento pensando que no era justo que mis padres no me dejaran disfrutar plenamente de mis vacaciones; había estudiado todo el año y merecía un descanso, ¿no? Ellos respondían a mis protestas con un silencio tolerante (como el mío de ahora) pero no me ahorraban los trabajos.

Me hice amigo de la mujer. Era el tercer año que venía a la pensión. La escuché decirle a mi madre que el niño (yo) se había convertido en un joven muy buen mozo. Me sentí muy seguro de mí mismo.

Las sensibles antenas de mi madre detectaron peligro y noté que trataba de darme ocupaciones que me mantuvieran alejado de la francesa, pero no podía evitar que, terminado el trabajo, nos encontráramos en el jardín donde también los otros huéspedes se sentaban esperando la hora de la cena.

Allí se gozaba de la mejor vista del lago.

Yo pintaba, empeñado en aprisionar en el lienzo las luces y los colores del ocaso, fundidos en el resplandor único de la superficie del agua. Mi padre difundía música suave por los altoparlantes; Mozart, generalmente.

Yo pintaba bastante mal, pero ponía toda mi alma en ello. Disfrutaba de la cercanía de la mujer que leía en silencio pero que de tanto en tanto cerraba el libro, dejando un dedo entre las hojas, para comentar algo con voz acariciante. Me trataba como a un igual y eso me gustaba. Comencé a tener la certeza de no serle indiferente, a pesar de nuestra diferencia de edad.

 

Cierto amanecer, cuando regresaba de la discoteca, la vi correr en bikini por la escollera; despojarme de mi ropa y zambullirme tras ella fue todo uno. Probablemente no era muy hermosa, pero al liberarse del corpiño de la malla, mientras buceábamos en el agua helada, sus senos me parecieron semejantes a las naranjas de la ilustración de un cuento de mi infancia: eran los frutos prodigiosos que daban fuerza y extraños poderes al héroe que conseguía obtenerlos. Los buscaba, los atrapaba, se escabullían de mis manos según sus movimientos, cómplices del vaivén del agua.

Esa madrugada nos amamos y nos amamos muchas madrugadas más.

Al finalizar el verano, ella regresó a Lyon. Le prometí que le enviaría el cuadro y ella me aseguró que volvería a Italia el próximo verano.

Yo le envié el cuadro pero ella no cumplió su promesa.

 

Pasaron casi cincuenta años desde entonces y hace unas semanas mi cuadro del lago llegó a mis manos acompañado por la carta de un abogado de Lyon: era el legado de una señora que no había olvidado mi nombre.