Letras adolescentes. 16 años de Letralia • Varios autores
Ilustración: ImageZooEl Sixteen sixteen

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“Lo importante no es lo que nos hace el destino,
sino lo que nosotros hacemos de él”.

Florence Nightingale

Oculto en ese estrecho callejón, se llevó la mano temblorosa a la boca. Sus labios húmedos aspiraron lentamente para después lanzar el humo que se mezcló con el viento ligero de esa noche. Temblaba como la primera vez. Con su mano izquierda sostenía el cigarro, mientras la derecha aguardaba inquieta en ese viejo morral negro, tejido y sucio, que siempre llevaba colgado. Escuchó un ruido y discretamente se asomó: un par de niños corrían calle abajo pateando un bote. Volvió a fumar. Bajó la vista y observó sus tenis no muy limpios, sus pies sin calcetines y su bermuda café. Respiró, pues en su pecho parecía que el corazón pronto saldría huyendo. Limpió su mano sudorosa en la playera negra.

—No seas idiota... Es uno más —se dijo mientras con la mano que sostenía el cigarro se golpeaba el pecho.

Nunca se había sentido así, quizá el sobresalto se debía a que ahora se trataba de alguien conocido. Por un momento, la indiferencia lo había abandonado. Pensó en él, su sonrisa chimuela en su rostro delgado y sus ojos negros llenos de luz: Marco fue su amigo. Su pie derecho comenzó a golpear el piso ligeramente, sentía que llevaba mucho tiempo en ese callejón. Nuevamente otro sonido, se quedó quieto y después, lentamente, volvió a mirar la calle: vio una delgada figura caminado por la acera. “Es él”, pensó y lanzó el cigarro al piso para inmediatamente aplastarlo.

Respiró profundo.

Su mano derecha, inquieta y deseosa por salir, se quedó firme en el morral. Los pasos se escucharon más cerca, Marco se detuvo por un instante cuando sintió que el ruido de la ciudad desaparecía y sus oídos se llenaban de ese extraño silencio que llega en los momentos donde la vida señala que se debe estar alerta. Observó en todas direcciones, pero la calle estaba vacía. Siguió caminando y subió a la banqueta para esquivar un par de baches que había en la calle sin pavimentar. Un poste de madera, de donde pendía un destartalado teléfono público, se encontraba a unos metros, cual guardián inclinado a punto de caer de cansancio. El sonido de los pasos aumentó y él supo que estaba a la distancia requerida: salió del callejón. Marco se sobresaltó.

—¿Alonso?... Me asustaste, cuate... ¿Qué onda? Me dijeron que ya habías regresado, pero no te había visto... Hace un año que llegaste, ¿verdad? —dijo deteniéndose de súbito.

Por unos segundos guardó silencio y su mano siguió resguardada en el morral: ya nadie le decía Alonso. Al escuchar el nombre en los labios de él, pareció oír la voz de su madre cuando lo llamaba a comer. Cerró los ojos y pensó en ella, olvidada en las frías tierras de ese país lejano donde sus padres lo habían llevado a vivir tiempo atrás cuando apenas tenía once años. Su padre, un comerciante respetado de la colonia, había decidido huir del país cuando Román, su hijo mayor, murió a manos de unos secuestradores. Se lo llevaron un viernes al salir de la escuela, lo encontraron una semana después cerca de un canal de aguas negras. La familia, asustada por las múltiples amenazas de los criminales que la policía no había podido apresar, huyó a los Estados Unidos.

—Aquí ya no es seguro, cada vez hay más asaltos y muertos —argumentó su padre un día después de recibir una llamada telefónica.

Un mes más tarde, el país donde Alonso había crecido quedaba atrás. Por la ventanilla del autobús podía ver la enorme carretera, que cual animal hambriento devoraba el pasado y los recuerdos. Alonso no lloró, para él era una aventura.

En el otro lado, como el padre de Alonso le llamaba, una escuela multicultural abría sus puertas para que el recién llegado continuara estudiando: aprendió el idioma y entre peleas y desacuerdos entendió cómo funcionaba la vida en esos lugares. Sólo entonces empezó a añorar su escuela y sus amigos, y a extrañar México. La familia se fue cuando en el país la violencia comenzaba a nacer, apenas era una semilla que se abría paso en la tierra árida, una insignificante planta que se aferraba a crecer y extenderse. En esos años los muertos eran pocos: los medios no reparaban en ellos. ¿Quién podía detenerse en uno que otro cuerpo tirado en despoblado?

—Ya nadie me dice así... lo sabes —afirmó él.

El joven delgado y de cabello corto contempló a su viejo amigo y dirigió su mirada hacia su mano firme en el morral que atravesaba su hombro. Un hueco, profundo y doloroso, se adueñó de su estómago y subió a su pecho. Alonso observó los ojos de Marco, le recordaron a los de su madre antes de morir.

—Espero que algún día podamos regresar —le dijo ella en el hospital antes de que los médicos sacaran al niño y corrieran de un lado a otro tratando de ayudar a la mujer.

Cerró los ojos para olvidar lo de su madre. Su mano izquierda apretó su bermuda: no quería recordar.

—Lo sé, pero para mí siempre serás Alonso... Pasamos muy buenos momentos en la primaria... Marco y Alonso siempre juntos, ¿recuerdas cómo nos castigaba la maestra? —interrogó Marco.

Hasta Alonso llegaron las imágenes de los dos jugando en la escuela, las risas, las bromas, las travesuras a los profesores y ambos de pie en un rincón mientras todos jugaban en el patio. “¡Tranquilo, jugaremos más tarde al salir de la escuela!”, le decía muy quedo Marco, sólo para reconfortarlo.

Después, el color se fue y se vio a sí mismo rodeado de un grupo en una calle de Los Ángeles. “Si en verdad quieres ser uno de los nuestros tienes que hacerlo”, le gritó un hombre moreno que en un brazo lucía el tatuaje de una mujer desnuda. Alonso, de manos débiles entonces, contempló al joven frente a él, tirado sobre el piso, con el rostro descompuesto y en los ojos la súplica derramada. “¡Hazlo!”, le volvió a gritar el hombre tatuado. Sus manos, temblorosas e inciertas, levantaron el arma y apuntaron al joven que seguía derribado. Éste sólo cerró los ojos: se escuchó un disparo. Alonso, con el rostro lleno de espanto, vio un hilo rojo correr por la calle. Tras de él, los gritos se hicieron y los brazos lo alzaron para festejarlo. Levantó la vista y contempló el arma en su mano aún temblorosa, entonces supo que jamás la dejaría.

Aquella noche comenzó su carrera al lado de esa pandilla que estaba dispuesta a acoger a un niño cansado de la pobreza y la difícil vida en el barrio.

Las peleas con los otros grupos eran constantes y a lo largo de los años jamás cesaron. En una noche mataron a cinco miembros de una pandilla y dejaron heridos a otros dos, fue entonces cuando la policía comenzó a buscarlo y cuando su padre tomó la decisión de regresarlo a México. Llegó a los dieciséis años, tratando de encontrarse con la gente que ya no sentía cerca.

—¡Miren, regresó Alonso! —dijo uno de sus amigos cuando lo vio una noche arribar al parque donde solían reunirse.

—Pero cómo ha pasado el tiempo, hermano —señaló César mientras chocaba su mano con el recién llegado.

—Sí, y qué allá te dan crecilac o qué onda... Vaya que creciste —agregó el primero.

—No tanto —aclaró Alonso indiferente, no estaba seguro de querer estar en México.

—Bueno, al menos más alto que nosotros sí estás... ¿Cuántos años tienes ya? —preguntó Benito.

—Sixteen —dijo él sólo para apantallar al grupo, demostrarles que había aprendido inglés y, por lo tanto, que era mejor que ellos.

—¿Cuántos? —interrogó César.

—Sixteen... sixteen —aclaró alardeando y molesto Alonso.

—Sixteen sixteen, ja ja... ¡Qué chido!... Ahora resulta que ya te sientes gringo. Así son todos, nada más se van pa’allá y creen ser mejores que uno... ¡No te digo, mano! —afirmó Benito.

Las risas de todos inundaron el parque y a partir de esa noche nadie volvió a llamarlo por su nombre, se le quedó el mote de El Sixteen sixteen y pronto la voz se corrió. Algunos de los antiguos amigos decidieron alejarse, pues él llegó a enseñarles lo que había aprendido en el otro lado. Para esos años, la diminuta semilla que tiempo atrás empezaba a germinar, ya se había convertido en una enorme planta que se extendía, voraz y aprisa, para cubrir todo. Entonces, esos escuetos muertos ya eran más de cuarenta mil.

—Ha pasado el tiempo, ¿verdad? —interrogó Marco sin recibir respuesta.

Él seguía sumido en los recuerdos. Ahora, un año después de su llegada a México, la cifra de muertos había aumentado a sesenta mil: la violencia parecía no querer detenerse. Él comenzó a sentir suyas las tierras que había dejado y la violencia latente en cada esquina se le metía por las venas para recorrer abruptamente su cuerpo y llenarlo de energía.

Solo, con unos cuantos amigos que lo buscaban, empezó a frecuentar un billar donde siempre había alguien que fingía conocerlo y hasta ahí llegaban aquellos que deseaban contratarlo. Entonces, El Sixteen sixteen dejaba las bolas y la cerveza, y tranquilo se iba a una esquina a hacer negocios. En silencio, escuchaba a quien lo buscara, mientras fumaba su cigarro de marihuana.

—Ya sabes que son diez mil... pero es trabajo asegurado —decía decidido a aquellos que pretendían regatear por sus servicios.

—La mitad ahora y el resto después —argumentaban algunos.

—No, todo ahora, si no, no hay trato —afirmaba él.

—¡Pero, si me tranzas con la lana y no lo haces... o me engañas y me dices que sí lo hiciste y descubro que no..! —increpaban sus clientes.

—Tengo palabra y siempre cumplo... Mira —decía él mientras sacaba su teléfono celular y le mostraba al cliente fotografías de servicios pasados—. Te enseñaré la de él cuando lo haga, así ya no habrá desconfianza.

Sin más, el cliente pagaba y El Sixteen sixteen regresaba a la mesa a jugar sin pensar en nada.

Y esa noche, cuando salió al encuentro de su antiguo amigo Marco, cumplía con la solicitud de El Negro: “Ese güey me bajó a mi vieja. Se siente muy acá porque estudia la prepa, lo que no sabe es que nadie se mete con El Negro”, afirmó el adolescente moreno de cabello rizado, frente amplia y rostro marcado por la viruela, cuando en el billar contrató a El Sixteen Sixteen. Él se negó, pero El Negro duplicó la paga. El silencio se hizo, dudó, mas hacía tiempo que deseaba un celular nuevo y una televisión: aceptó.

—¿Qué te trae por mi colonia? —preguntó Marco nervioso y con temor por la respuesta.

—Ya sabes, trabajo —dijo él mientras sacaba su mano derecha del morral.

Una vieja arma quedó frente a Marco y un nudo se aferró a su garganta. Su corazón comenzó a latir tan rápido como el del joven frente a él y sus manos se humedecieron. No pudo correr.

—Pero somos amigos, estudiamos juntos —dijo Marco con voz entrecortada.

—Bisnes son bisnes —aclaró El Sixteen sixteen y jaló del gatillo.

Dos disparos rompieron el silencio, Marco cayó de bruces sobre la acera y El Sixteen sixteen, ya para entonces más tranquilo, guardó el arma y sacó su teléfono celular de una bolsa de su bermuda. Hizo un par de fotos y se marchó calle abajo, caminando sin prisa, mientras por la ventana veía a algunos vecinos vigilar. No le preocupó, sabía que nadie hablaría, pues en ese año que llevaba en México, se había extendido su fama de asesinar aun sin motivo. Descendió a la calle principal y detuvo un taxi. Sus grandes ojos cafés, confundidos por la droga, se fijaron en las casas de ladrillos sin pintar de esa colonia olvidada por las promesas de los políticos. Sus labios rojos y gruesos esbozaron una sonrisa y sus dientes pequeños y discretos mordieron la piel blanca de su mano derecha: tenía un extraño sabor. El auto se perdió entre calles maltrechas rumbo al billar y él, que se había ido siendo un niño para regresar convertido en un sicario, fue devorado por la ciudad mientras aguardaba la llegada de un nuevo trabajo.