El extraño caso de los escritos criminales. 17 años de Letralia
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Matar a un ángel

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Sobre fotografía original de CKDJ

1

Patricia Sanders llegó a su casa exactamente a las 12:45 minutos de la noche de un sábado de abril del año 1999. Regresaba de una fiesta, y sus amigos la habían dejado frente a la reja del jardín, que debía abrir antes de llegar a la puerta principal. Les dijo adiós a los amigos en el auto antes de meter la llave en la cerradura y trancar tras de sí la puerta, muy suavemente. Colocó el bolso de mano y el suéter en el perchero, caminó hasta la cocina para servirse un vaso de agua del refrigerador y se sentó en una de las sillas de la cocina, a beberse el contenido del vaso a medio llenar. Se despojó de los zapatos de tacón alto y caminó descalza hasta su cuarto, donde se tendió en la cama dando un suspiro. Miró la habitación sin detallarla, pues su mente estaba puesta en el recuerdo de los momentos anteriores de la fiesta donde la había pasado tan bien con los amigos y con el hombre de quien se había enamorado, aunque éste no lo sabía. Por un momento, sus ojos se iluminaron con los ensueños del amor perfecto.

Cerró los ojos por unos instantes, logrando relajarse e irse hundiendo en la suavidad de sus propios pensamientos, hasta quedar dormida durante unos pocos minutos. Justamente en el instante en que abrió los ojos y se incorporaba poco a poco de la cama, surgía entre la oscuridad nocturna la figura del hombre que la vigilaba desde afuera.

El hombre había saltado la reja exterior con facilidad y ahora se movía alrededor de la vivienda, tratando de ubicar con precisión todos los espacios de la casa. Hasta ahora estaban encendidas las luces de la sala, la cocina y la habitación principal, y el hombre tuvo el cuidado de caminar agachado y de irse ocultando tras las paredes, hasta dar con el cuarto en el que Patricia terminaba de incorporarse de la cama, daba un leve bostezo y se desperezaba, estirando los brazos. Intuyó algo quizá, pues miró hacia fuera y su mirada atravesó los vidrios de la ventana cerca de la cual el hombre esperaba verla mejor, y así fue: cuando comenzó a desvestirse, se despojó primero de la falda, y luego de la blusa. Al quedar sólo en ropa interior el hombre logró verla asomando el ojo desde la oscuridad, por el mínimo pliegue de una persiana.

El cuerpo de Patricia era hermosísimo; veintidós años bien repartidos por las piernas, las nalgas, los senos firmes, los lindos pies, la espalda, la piel tostada, el cabello castaño claro que se derramaba como una cascada, el rostro fino de ojos grandes y claros, de cejas pobladas y boca perfectamente dibujada. Llevaba un conjunto interior negro de pantaletas pequeñas y brassieres de encajes que aumentaban el deseo del ojo psicópata. Patricia no se desnudó en la habitación; antes, caminó en ropa interior hasta el baño, por lo cual el hombre hizo un gesto ácido de fracaso ante la fallida contemplación del cuerpo desnudo.

Por el lado de afuera, el observador furtivo se desplazó en dirección a donde él pensó podía estar el baño, pero allí no había ventanas, de modo que se vio obligado a imaginarse el momento en que Patricia se despojaba de la pantaletica negra, para dejar al descubierto la dulce fruta de su pubis y las perfectas tetas coronadas por los rosados pezones. En cambio sí podía percibir el sonido del agua cayendo desde la ducha al suelo, interceptado a ratos por el cuerpo desnudo bajo el chorro, y el hombre se imaginaba entonces en qué posición estarían las nalgas y los muslos y el pubis mientras las gotas se desplazaban por aquella tersa superficie, por aquellos poros que recibían el líquido ahora acompañado de la caricia de la pastilla de jabón en plena producción de pompas fragantes, espesas, blancas, que se encargaban de refrescar y aromar el cuerpo en todos sus rincones.

La imposibilidad de presenciar la escena estimuló al hombre aun más a llamar a la puerta principal. En cuanto sonó el timbre, Patricia cerró la ducha y se inquietó, volvió a repicar el timbre y entonces salió de allí hacia la puerta del baño, desde donde preguntó “¿Quién es?” dos veces, sin obtener respuesta. Entonces cubrió su cuerpo con una bata para salir a la sala, sin atreverse a abrir. El hombre volvió a accionar el timbre y ella a preguntar quién era con evidente nerviosismo. Se acercó un poco más a la puerta para asegurarla con doble cerrojo. Mientras ella hacía esto, el hombre daba la vuelta por la derecha, colocándose cerca de la ventana del dormitorio. Patricia apagó la luz de la sala y fue hasta la cocina, a tomar el teléfono para llamar a la policía. En eso estaba cuando el hombre asestó la primera patada a la ventana del dormitorio, haciendo saltar los vidrios en añicos y despedazando el marco de madera. Patricia dio un grito al oír el impacto en la ventana justo cuando el hombre daba nuevos golpes con las grandes botas a los marcos hasta destrozarlos completamente. Las astillas volaban por el cuarto junto con los trozos de vidrio, y entonces Patricia dio dos nuevos gritos, sin poder tomar el teléfono, aunque sí corrió hacia los gabinetes de la cocina a buscar algún cuchillo para defenderse. El hombre ya estaba dentro del dormitorio y se disponía a ir hacia la sala cuando todas las luces de la casa se apagaron, pues Patricia había desconectado los fusibles del sistema eléctrico. Entonces el hombre pronunció el nombre de ella diciéndole que no le iba a hacer daño, sólo quiero darte un pequeño regalo, mi amor, decía, y luego Patricia empuñó mejor el cuchillo y caminó pegada a las paredes, pero ya los ojos de ambos se habían acostumbrado a la oscuridad y podían ver en medio de las sombras los perfiles y siluetas de muchos objetos. Él comenzó a decirle esas frases cínicas y cariñosas tan propias de los maniáticos, y ella entendió entonces que nadie podía defenderla. De modo que estaba dispuesta a valerse por sí misma a como diera lugar, sacando coraje de sus últimas fibras. No dio más gritos; se armó de valor y trató de despistar al hombre: su objetivo era llegar hasta la puerta principal y abrirla sin que aquel hombre se percatara. En la calle habrá alguien para ayudarme, pensó.

Pero el hombre era muy astuto, y comenzó a pronunciar frases lascivas en la penumbra, con el objeto de enervar a la muchacha, que ahora se movía a tientas por la alfombra. Sin querer tropezó la pata de una mesa, y un florero rodó sobre la superficie de ésta, sonido que resultó una ventaja para el perseguidor. Pero la muchacha tomó un nuevo impulso y ganó terreno hasta el comedor: pretendía dar la vuelta cerca del dormitorio pequeño de la casa para confundir al malhechor, y desplazarse hacia la puerta principal. Estaba sudando y el hombre también; abrían ambos las pupilas y los ojos como si quisieran penetrar la tiniebla; cada movimiento tenía un peso enorme, cada suspiro, cada inhalación de aire iba acompañada de sobresaltos que se anudaban en las gargantas de ambos; en el hombre, la voluntad de poseer aquel cuerpo por la fuerza se convertía en emoción, en una violencia deseosa que iba aumentando como una fiebre, mientras que en ella todo se resumía en un miedo que engendraba otros pequeños horrores dentro de la cabeza, en el pecho, los brazos y las piernas.

El hombre comenzó a moverse más rápido y a tumbar involuntariamente objetos; ella llegaba al límite del espanto y empezó a gemir, de su garganta salió un crujido doliente y profundo, que orientó de nuevo al hombre y le sirvió para tenerla más cerca; de hecho, ese fue el signo que le permitió correr hacia ella y distinguirla. Saltó sobre ella y le desgarró la bata; con manotazos salvajes le fue halando y haciendo trizas las vestiduras, hasta que terminó por abrirle la correa. Ella se defendió pero su fuerza no fue suficiente para contenerlo, y entonces comenzó a gritar, pero él se le fue encima y terminó por golpearla en la cara y luego desnudarla por completo. Sí, allí estaba ahora la presa deseada, allí a merced suya la fabulosa pieza que había espiado por semanas, estudiando a qué horas salía y entraba y con quién. Patricia no ofreció resistencia al principio, dejó que el hombre la desnudara y le estrujara los senos y las piernas y luego se acostara sobre ella, y ella aprovechó esta pausa para descansar y empuñar bien el cuchillo y clavarlo con seguridad en su espalda una vez; sin embargo el hombre reaccionó y logró arrebatarle el cuchillo, clavándolo a ciegas en una de las piernas de ella, que comenzó a pedir auxilio pero el hombre logró asirla de nuevo a pesar de su herida y la golpeó en la cara; los dos se abrazaron rodando por la alfombra hasta que ya no se distinguía en la penumbra sino un ovillo de miembros que se escurrían entrelazados; el arma había quedado fuera del alcance de ambos, y mientras ella luchaba por llegar a la puerta él se las arreglaba para incorporarse y correr en la misma dirección hasta dar de nuevo con la chica y echársele encima para dominarla y tratar de asfixiarla. Los dos perdían sangre copiosamente; él se fue debilitando más rápido —la herida era mayor—, ella más lentamente, pero igual los dos fueron perdiendo fuerzas hasta quedar exhaustos sobre un gran pozo púrpura, denso, de olor acre, compuesto por la sangre de ambos.

 

2

A pesar de vivir solo desde hacía años en un pequeño departamento de La Candelaria, Sigfrido Monteverde no se sentía incómodo, más bien disfrutaba de cierta independencia, compartiendo sus ratos entre sus investigaciones privadas, sus lecturas de libros disímiles de los que hallaba en la calle —sobre todo bajo el puente de la avenida Fuerzas Armadas— los fugitivos encuentros con algún viejo amigo y las visitas de su hija de veinticinco años, fruto de su primer y único matrimonio, y acaso la mejor recompensa que el mundo le había prodigado en medio de sus vaivenes. Por esa hija valía la pena vivir.

Después de mirar un rato la televisión, salió del departamento a cenar algo por ahí cerca —odiaba cocinar para él solo— tomó un bocado en una panadería y luego se fue a buscar su automóvil para recorrer un poco la ciudad; aún era temprano y la noche estaba fresca. El tráfico era escaso; recién había escampado y los automóviles se desplazaban lerdos, metiéndose en los pequeños charcos y produciendo chasquidos con los cauchos. Mientras viraba a la derecha desde la avenida Francisco de Miranda hacia Sebucán, se dio cuenta de que su abdomen rozaba cada vez más el volante, e hizo un gesto ácido; seleccionó otra melodía en el disco compacto, un jazz más suave para esa hora. Hacía buen clima; los árboles ayudaban a la noche a despejar el ambiente. En una de las transversales percibió un brusco movimiento de gente, carros y patrullas que se desplazaban rápido, mientras una ambulancia aparecía detrás del suyo; la vio por el retrovisor y se echó a un lado de la vía para dejarlos pasar. No era un vecindario muy poblado; entre cada casa mediaban extensiones considerables de terrenos baldíos.

El teniente Monteverde (en verdad era ex teniente, pero aún le hacían valer su rango) se bajó de su Chevrolet y observó la escena con las manos en los bolsillos: los carros y los vecinos se agolpaban rodeando a un grupo de agentes de policía situados frente a una quinta. Se fue acercando al grupo de gente y no vio allí al principio a ningún agente conocido del cuerpo policial al que había pertenecido tiempo atrás. Se dirigió a uno de los detectives que estaban cerca de las ambulancias, y éste le anunció que una mujer joven llamada Patricia se hallaba desaparecida de ahí, de su casa, donde habían encontrado caos y mucha sangre, pero el cuerpo de la muchacha no estaba, no se sabía...

—Se había quedado sola por unos días —interrumpió otro agente. Los padres están de vacaciones, deben venir en camino... oiga, ¿no es usted el teniente Monteverde? —preguntó el oficial.

—Para servirle.

—Lo he visto a veces por la comisaría.

—¿Sigfrido Monteverde? —preguntó el otro—. Es usted una leyenda.

Monteverde se sintió al principio un tanto abochornado, pero luego entró en confianza con los agentes.

—¿Me permiten echar un vistazo? —inquirió.

—Todavía no, teniente. Hasta que no lleguen el capitán Berlín y los expertos.

—El teniente es de confianza...

—Bueno, teniente, pase —dijo el otro.

Monteverde caminó hasta la verja, inspeccionó y luego cruzó la veredilla hasta la puerta principal. Minutos después llegó Jorge Berlín, el capitán jefe de policías de Chacao, a investigar con sus ayudantes.

—Cómo se enteró de esto, teniente —saludó el capitán Berlín—. Llega antes que nosotros...

—Casualidad. Sólo pasaba por aquí. De todos modos, no he visto nada... estoy llegando... no culpe a sus hombres, que son muy gentiles.

—Ahora si me permite, teniente, voy a continuar trabajando.

—Por supuesto.

Monteverde salió de la casa y se sentó en un pequeño banco que había en el jardín. Sacó un cigarrillo de la pitillera y lo encendió. Mientras lo fumaba, miraba la topografía de la zona y su escasa iluminación. Pasó frente a un grupo de muchachos y muchachas jóvenes, con las caras dominadas por la contrariedad y el asombro. Adentro los esperaba el capitán Berlín para hacerles unas preguntas; las requisitorias de rigor: a qué hora fue la última vez que la vieron, usted sabe si tenía enemigos, quién era su novio, etc. A todas contestaron, de una u otra manera. Eran tres parejas jóvenes y desenfadadas, con vestimentas quizá demasiado vistosas o estrafalarias. El teniente Monteverde se les acercó para preguntar a una chica que tenía lágrimas en los ojos dónde estudiaba su amiga Patricia y desde cuándo la conocía. La muchacha le dio la información y él se despidió de ella y le dio las gracias. Luego apareció el capitán Berlín impartiendo órdenes a los subalternos, y acercándose a Monteverde con gestos y preguntas huidizas. Después concluyó, con un dejo de frustración:

—No sabemos nada, ni siquiera si la muchacha está muerta.

 

3

La policía continuó investigando en las semanas siguientes. La búsqueda del cuerpo de Patricia Sanders resultó infructuosa. Sin embargo, el estudio de las huellas dactilares reveló la presencia de un hombre, el atacante, y de una persecución a oscuras por toda la casa. Ahora eran dos los desaparecidos; el asesino andaría suelto por ahí. Había varios sospechosos, relacionados con vagos incidentes anteriores de violencia, pero nada sólido. Las declaraciones de los padres de Patricia, en cambio, habían resultado más pobladas de signos extraños. El señor Román Sanders, empresario de comunicaciones, norteamericano de nacimiento pero con su vida hecha en Venezuela, tenía un carácter agrio y reservado, en contraste con el de su mujer, la caraqueña Lucía Lovera de Sanders, una mujer jovial que ahora se veía más abatida que nadie, y apenas daba una información sobre su hija, prorrumpía en sollozos. Ya estaban los esposos Sanders agobiados por los interrogatorios. La policía les había ofrecido seguridad en la propia casa; además la madre de Lucía había ido desde Maracay con su hijo mayor a pasar unos días con ellos. El señor Sanders, desesperado, se estaba poniendo en contacto con varias agencias de detectives privados a fin de contratar uno, y agilizar las investigaciones.

El caso tenía pensativo a Sigfrido Monteverde, esa era la verdad. Al principio parecía un simple secuestro a un asesinato, producto de la mente de un psicótico, como los hay miles. La copiosa mancha de sangre sobre la alfombra cerca de la puerta era el único indicio, la pista única de violencia. La gran pregunta era por qué no había rastros de sangre en el resto de la casa o en la salida, y cómo pudieron desaparecer ambos cuerpos sin dejar rastros. Por ejemplo, si el hombre se había llevado a la chica debió sacarla cargada de allí, y puesto luego en un automóvil. Pero nada de eso. Luego, el móvil del asunto: por qué alguien querría matar a un ángel como Patricia Sanders. Pero los ángeles siempre quieren ser inducidos a la perversión o dañados; su belleza angélica, a la manera de un gran imán, atrae el mal hacia sí, arrastrando hacia ella todos los deseos oscuros, hasta crear una suerte de campo magnético donde se mezclan ilusiones rotas, frustraciones infantiles y carencias de afecto, nada de caricias tiernas, sin padres ni madres ni hermanas que estén allí brindando calidez humana. Nada de eso saben las almas de esos infelices que desean arrebatar jirones de belleza a este pobre mundo árido y breve, pensaba Sigfrido para sus adentros, y por ello había aceptado el caso, cuando Sanders le llamó por un golpe de suerte, buscando servicios en alguna guía donde aparecían las señas del teniente. Para colmo, no se trataba de un secuestro, pues los autores o el autor del probable plagio no se habían comunicado con nadie para solicitar una suma a cambio de la libertad de la muchacha.

Empezó el teniente por indagar más con los amigos de la chica, y no averiguó mucho. El consumo de droga y alcohol en la Universidad Central para ese año 1999 había disminuido, pese a los pronósticos negativos. La educación había mejorado de modo imprevisto, a pesar de los malos augurios. En cambio, casi todo el este de Caracas era un emporio de cocaína y heroína; los jóvenes de los barrios del oeste de la ciudad —de Catia principalmente— vendían la droga en el este a mejor precio. La marihuana estaba legalizada y su consumo era estable, y no era tan costosa y tan perjudicial como el alcohol. El único inconveniente: la hierba sumía a los consumidores en una abulia incorregible.

Los amigos más cercanos de Patricia estudiaban ciencias de la comunicación en la Universidad Central, y compartían clases, paseos, fiestas y preocupaciones. A decir verdad, Sigfrido no veía desde hacía tiempo a un grupo tan compacto. Sólo Patricia no tenía novio estable, como los demás, aunque durante un año había mantenido un amorío con Arturo González, estudiante de medicina, relación que había terminado unos seis meses atrás. Se mostró según ellos muy afectada con tal ruptura; sus amigos de la facultad, en medio de bromas y juegos, le sacaron entonces de su estado depresivo, y así volvió a tomar las riendas de sus estudios; eso le dijeron a Sigfrido los esposos Sanders.

Monteverde averiguó más acerca de Arturo González, quien además trabajaba como asistente de la cátedra de anatomía, para ayudarse a costear los estudios. Había llegado a Caracas desde el oriente del país, en medio de muchas dificultades. Los problemas suscitados en el seno de la pareja se debían sobre todo a la diferencia de status, a la dificultad de Arturo para ponerse en el ámbito de la familia Sanders. La joven había hecho todo lo posible por aclimatarse a su mundo, pero él no podía superar su complejo social.

Los amigos más cercanos de Patricia eran dos parejas: una compuesta por Minerva Márquez y Antonio Gutiérrez, que vivían ambos en la urbanización Los Palos Grandes. La otra pareja, Elvis Vásquez y Rosa Ramos, eran vecinos en Chacao. A pesar de ser tenido como municipio modelo en toda la ciudad, en Chacao se producían los casos criminales más sonados y retorcidos. Averiguó Monteverde que Rosa Ramos escribía reportajes sobre delincuencia para un diario capitalino, y por lo tanto estaba doblemente interesada en averiguar la desaparición de su amiga. De Rosa obtuvo Monteverde muchos datos valiosos acerca de Patricia Sanders, pero también mucha información inventada e innecesaria, especulaciones y teorías rebuscadas, sin duda producto de su imaginación novelesca, con la cual trataba de llamar la atención sobre su tesis de grado en ciernes.

Los dos jóvenes amigos Elvis Vásquez y Antonio Gutiérrez eran estudiantes de la especialidad de comunicación audiovisual. Antonio, por su parte, hacía una tesis sobre novela y periodismo. De cualquier modo, resultaban interesantes como personajes de una historia que parecía inventada, aunque de hecho la literatura policial le era odiosa a Sigfrido Monteverde, quien no soportaba la chatura y la linealidad de los personajes literarios de este tipo de relatos, prefiriendo en todo caso hundirse en novelones románticos, góticos o fantásticos. Apenas soportaba algunas viejas películas del llamado cine negro norteamericano. Sobre el cine actual de este género tenía una opinión mucho más que negativa; sus gustos llegaban apenas hasta cintas como Chinatown, de Polanski, a la cual consideraba el canto de cisne del buen cine policial.

Transcurrió una semana sin que Monteverde pudiese tener pistas concretas. Mientras tanto, el teniente se decidió visitar el prostíbulo donde ocasionalmente era bien recibido por Ramona Calvino, una italiana entrada en carnes que regentaba el lupanar, y sus chicas, todas especiales y bien entrenadas. Ella le divertía con un buen número de historias sórdidas, aunque benignas la mayoría de ellas. Mientras campaneaba un escocés e intercambiaba anécdotas con Ramona, Sigfrido buscaba con la mirada a su último amor, Kesa Orikawa, una japonesa preciosa, de quien se había enamorado sin que ésta lo supiese. Cuando él pagaba para tenerla, salía de la habitación pseudojaponesa como levitando, y ella lo hacía feliz no sólo con el sexo, sino con un conjunto de caricias que olían y sabían a algo celeste, una suerte de mundo perfecto a donde ella lo trasladaba, y el teniente, a pesar de hacerle elogios y atenciones que iban más allá de lo normal, la dulce japonesita los tomaba como simples cumplidos de un hombre decente y chapado a la antigua, pues la predilección de ella por los jóvenes atléticos era evidente. Completamente hechizado por Kesa Orikawa, Monteverde la veía sentarse luego en las piernas de alguno de aquellos jóvenes; luego, resignado, el teniente le contaba sus contrariedades a Ramona, quien le consolaba y le despedía en medio de gestos aprendidos pero eficaces. Después, trataba de olvidar.

A los días, el empresario Román Sanders le llamó un par de veces y él acudió a visitarle en la Quinta, advirtiendo en su esposa Lucía una alteración nerviosa evidente. Ésta le imploró a Monteverde, con lágrimas en los ojos, que le ayudase a encontrar algo, algún indicio, al menos el cuerpo, o a identificar a un culpable, un secuestrador, algo debía haber, por el amor de dios, se quejaba. Monteverde no sabía qué decirle; encendía a duras penas su vieja pipa y le daba golpecitos, mientras inhalaba el humo del tabaco aromático. Entró la sirvienta de la casa a preguntar algo; luego sonó el teléfono, y la señora Sanders —era tan joven y bella aún que Sigfrido no se atrevía a llamarla doña Lucía— invitó a Monteverde a quedarse para el almuerzo, antes de atender la llamada. Éste cortésmente rechazó la invitación pero ella insistió en que se quedara, cuestión que certificó don Román un par de veces. Aceptó un martini como aperitivo, mientras los sirvientes disponían la mesa para la comida, que consistía en carne a la parrilla acompañada de ensalada. La carne, cocida al término medio, era trinchada y servida por un mayordomo pronto, los jugos de la carne corrían por las tablas de madera a unirse con trocitos de yuca y guasacaca. Con los años, Monteverde venía experimentando un sentimiento nuevo hacia la carne asada; no soportaba ver los tenedores y cuchillos troceando los filetes, ni a los dientes masticándolos.

—¿No le apetece la carne? —le preguntó el señor Sanders.

—No es eso —se disculpó Monteverde—. Es la gota. Estoy a punto de convertirme en un detective gótico, si no cuido mi apetito carnívoro.

—Podemos ofrecerle otra cosa —repuso la señora Sanders—. Algo de pescado quizá, a la plancha.

—No se moleste —contestó Sigfrido—. La ensalada es abundante, y me viene bien a esta hora. Dígame, señora Sanders, ¿por qué su hija no les acompañó en el viaje?, y... disculpe si soy inoportuno.

—Tenía que presentar exámenes el día lunes —respondió Lucía.

—Entiendo. ¿Pero no temieron ustedes dejarla sola? Esto por aquí es un poco aislado y solitario, arriesgado para una joven. Quizá un amigo o la mujer de servicio hubieran podido acompañarla.

—Sí, es verdad, no tomamos esa precaución... hay tantas cosas que no hemos debido hacer. Pero ella insistió en que no había peligro, y que necesitaba tranquilidad para estudiar. La mujer de servicio siempre se va los fines de semana. Nunca imaginamos que algo así...

—¿Y no estudiaba con sus compañeros?

—Sí, también, a veces. ¿No ha hablado con la policía, teniente? ¿Le han revelado pistas?

—Qué le hace pensar que yo pueda encontrar algo que lo policía no... —intervino un tanto imprudentemente—. El capitán Berlín dice tener algo, pero no me ha comunicado nada concreto. Y no es que desconfíe de la policía, pero prefiero trabajar solo. Además, ellos me ocultan cosas, usted sabe, por razones de competencia profesional.

—Siempre cuatro ojos ven más que dos —anotó don Román—. Ya usted sabe, teniente, estamos desesperados.

Monteverde no dijo nada. Terminó su ensalada, dio las gracias por el almuerzo y se despidió. Se metió en su viejo Chevrolet, sobrellevando un orgullo un tanto incómodo. Salió de la urbanización en dirección a la Cota Mil, comprobando en su reloj las 3:47 minutos. Semejante a tantas otras tardes de Caracas a esa hora, aquella se había pegado al parabrisas del auto como un tatuaje. En el cielo se dibujaba un crepúsculo magro, cuyo hermoso color naranja quebraba un poco el absurdo de ese momento. Los habitantes de la zona céntrica estaban acostumbrados a los desvaríos de aquel paisaje, que de improviso podía extraer de su fealdad una mínima belleza para saludar a sus habitantes, algunos de los cuales se ufanaban más en sus cosas, mirando brevemente el cerro Ávila y suspirando de cuando en cuando, para tomar nuevos ánimos.

Monteverde pisó el acelerador, prendió el radio para oír las noticias o un poco de música ligera, lo que fuese. Iba muy contrariado, en verdad.

 

4

—Qué te parece la vaina —preguntó Elvis Vásquez a Antonio Gutiérrez.

—Todo feo, mano, muy feo —contestó Antonio.

—Ya han pasado tres semanas, y no encuentran el cuerpo ni aparecen secuestradores, ni nada.

—No me cuadra esta vaina por ninguna parte —dijo Antonio.

—Pienso y pienso y no encuentro ninguna explicación. No sé quién querría joder de esta manera a la pobre Patricia.

—Qué has podido saber de lo que se dice por ahí en la universidad, o en la policía. Por ahí anda un tal Monteverde averiguando la cosa, contratado por el pure de Patricia. ¿No ha hablado contigo?

—Sí —dijo Elvis—. Ya vino a verme. Le di algunos datos, no sé de qué puedan servirle. También estuvo el capitán Berlín, de la policía, con dos detectives. Esos tipos me sacan la piedra. Creo que hasta sospechan de nosotros, se te montan encima a hacerte preguntas hasta que te hacen decir hasta lo que no sabes.

—Sí, a nosotros también nos paró en la calle. A Minerva no se cansó de hacerle preguntas.

—Dime la verdad, vale. Tú que has conocido mejor a los novios que tuvo Patricia. ¿Qué hay de ellos?

—Andan por ahí. Uno estudia medicina y otro es dueño de una tienda de ropa. Tú sabes muy bien que casi nunca los veíamos, no pertenecían a nuestro grupo. Nunca me cayeron bien esos tipos, aunque no creo que sean mala gente.

—Supongo que la policía y ese detective ya los habrán interrogado.

—Seguro.

—Mira, te soy sincero, Elvis, esta vaina no me deja dormir, y a Minerva tampoco.

—Sí, las carajitas están chorreadas. A Rosa tengo como cuatro días que no la veo. Los pures no la dejan salir. La atormentan con todo tipo de historias macabras que podrían sucederle a ella también.

—Minerva también anda jodida. Fuma como una chimenea y toma pastillas para los nervios, que no le hacen ningún efecto.

—No es para menos. Era la mejor amiga de Patricia. Por cierto, ¿qué te ha dicho?

—Nada. No logro sacarle nada. Llora de repente, y anda muy mal con las clases, la acaban de raspar en dos materias. Tenemos que ver qué hacemos nosotros, Elvis. Empecemos con la discoteca La Mosca.

—En ese negocio se han vuelto una tumba. Ahí estuvimos la última noche con ella. Era el único sitio donde íbamos a bonchar últimamente. De resto sólo estábamos en la facultad, en el cine o en nuestras casas.

—Qué tal si empezamos a averiguar nosotros mismos, Elvis. Esto no se puede quedar así.

—Esta misma noche empezamos —dijo Elvis.

 

5

El capitán de policías Jorge Berlín, acompañado de sus dos inspectores, trataba de armar algunas pistas sobre el caso de la desaparecida Patricia Sanders, y la verdad es que ya estaba llegando al límite. Varias tazas plásticas de café se amontonaban en su escritorio, junto a trozos de sánduches, pizzas frías, refrescos calientes y demás restos de comida basura. También tenía otros casos por resolver, y pese a que sus ayudantes estaban trabajando duro, no lograba hacerse del tiempo necesario para obtener más pistas concretas. Ya había comenzado a sentir la presión de sus superiores. El ministro del Interior y el gobernador de Caracas lo habían llamado un par de veces cada uno, para preguntarle cómo iba el caso. El señor Sanders era un empresario poderoso en el terreno de las comunicaciones, hacía fuertes inversiones en telefonía celular y televisión por cable; su influencia en los medios sociales era evidente, y el asunto ya le estaba quitando el sueño a Berlín.

Jorge Santaella, el inspector de su mejor confianza, trajo al escritorio de Berlín una carpeta con fotos y fichas, que éste manoseó. Ellos dos también habían visitado la discoteca La Mosca y hablado con el dueño, un tal Edgar Pérez. El encargado la última noche que Patricia visitó el lugar era un español cincuentón y desgastado que apodaban El Quique, quien no respondía a casi ninguna pregunta. Desde sus ojos pequeñísimos, resguardados por unas ojeras azulosas y un eterno cigarrillo en las comisuras, pronunciaba las palabras a medias, cerrando uno de los ojos por los efectos del humo, mientras quitaba y ponía botellas y vasos en la barra. Edgar Pérez, el propietario, era dueño de una cadena de negocios similares, discotecas o bares de mediano perfil, y se dejaba caer por La Mosca sobre todo en las tardes, a “organizar” el negocio antes de la faena nocturna. La última noche en que Patricia Sanders había estado allí con el grupo de muchachos y muchachas él no se encontraba; entonces todas las preguntas recayeron en El Quique, quien estaba harto ya de los interrogatorios y averiguaciones de la policía.

—Joder —expresó El Quique con su típico timbre gangoso—. Estos tíos ya me tienen las pelotas hinchadas. ¿Cómo quieren que yo me acuerde de todas las cosas de esa noche? ¡Y menos en medio de esa oscuridad!

En cambio, Elvis, Antonio y sus novias Rosa y Minerva sí sabían con quién había bailado esa noche. Ahora se encontraban ambos en La Mosca, tomando tragos y reconstruyendo los últimos momentos de Patricia en el sitio.

—Bailó primero contigo —dijo Elvis a Antonio—. Dos o tres piezas —agregó.

—Sí, después se sentó un rato con otros amigos aquí a la barra —anotó Antonio—. ¿Bailó luego con uno de ellos, no?

—Sí, con el tipo que había sido su novio, Arturo, el estudiante de medicina.

—Pero eso duró muy poco. Creo que estaban discutiendo mientras bailaban —dijo Antonio, mientras se empinaba un largo trago de cerveza.

—Sí, ella después volvió a la barra con nosotros. Pero luego la invitó ese otro tipo, Dino, el italiano, con quien se veía entusiasmada.

—Ah, sí, Dino Campanella, que estudia en la facultad de nosotros y atiende una boutique de su mamá por las tardes.

—No vale, esa boutique no es de su mamá, es de él.

—Bueno, no sé, ese es el tipo, todo un donjuán. Estuvo compartiendo con nosotros, pero en verdad estaba interesado en Patricia, y ella en él.

—A esos dos tipos debería averiguarlos la policía, a Campanella y a Arturo el matasanos del futuro —concluyó Elvis—. Los dos la pretendían.

—¿Con quién vas a hablar tú? —preguntó Antonio, fumando lo último de un cigarro, y aplastando la colilla contra el cenicero.

—A mí déjame al matasanos —respondió Elvis—. A ti te dejo con el galán, que a mí me cae de la patada.

—Okey —dijo Arturo.

—Bueno, ahora vámonos de esta vaina, que me trae malos recuerdos —dijo Elvis, poniendo tres billetes de mil sobre la mesita y dejando a medio llenar la jarra de cerveza.

 

6

Lucía Sanders era un atajo de nervios. Además de atender en su quinta los detalles domésticos de jardinería, aseo y cocina, dando indicaciones a la servidumbre, se pasaba el resto del día viendo la TV, hojeando revistas y aguardando el repicar del teléfono. Su esposo venía casi todos los días a almorzar —no le gustaba comer en restoranes—, y no traía noticias sustanciales acerca de su hija, sólo palabras consoladoras. La servidumbre dispuso la mesa, donde cotidianamente no faltaba la carne: asada, horneada, estofada. Don Román comenzó a seleccionar sus jugosos trozos de lomito, mientras su mujer apenas si probaba la comida. Tomaba los cubiertos para jugar nerviosamente con ellos; acariciaba el borde de las tazas vacías con sus dedos temblorosos. El señor Sanders parecía concentrarse espantosamente en sus mordidas carnívoras, y ella ya no soportaba más.

—¡Está muerta, muerta, muerta! —explotó—. ¡Mi hija está muerta y no han hecho nada! ¡Inútiles, malditos! —tiró los cubiertos al suelo y se levantó, sollozando, de la silla, para ir a llorar sobre un gran mueble lleno de cojines. El señor Sanders se quitó los anteojos, pasando luego las manos sobre la cara, como para deslastrarse de aquel momento trágico, de aquella realidad que su esposa y él ya no toleraban.

—Cálmate, querida —le dijo él—. Voy ahora mismo a la policía. Sé que ellos y el detective Monteverde están trabajando intensamente.

—¡Pero no tienen nada! —volvió a gritar ella, entre sollozos. El señor Sanders la atrajo hacia sí para consolarla y la mantuvo un rato abrazada, hasta que se calmó. Luego tomó el teléfono y discó el número de la policía, para hablar con el capitán. Berlín le tranquilizó hablándole de las visitas que había efectuado a la discoteca La Mosca. La teoría más manejada era que el asesino había estado esa noche fatídica en la discoteca. Le comentó que se había topado un par de veces allí con el teniente Monteverde, quien era más o menos de la misma opinión. Pero ninguno de ellos sabía que los amigos de la muchacha también andaban averiguando por su cuenta. De hecho, en ese mismo momento, Elvis estaba tratando de ubicar a Arturo González en la Facultad de Medicina, donde le informaron que no se había inscrito en el semestre actual. Se internó por los pasillos de la facultad y preguntó a varios estudiantes y profesores que le conocían si le habían visto o sabían dónde vivía, y ninguno supo dar su paradero. Se dirigió entonces al decanato, donde buscaron en el computador de control de estudios su dirección. La anotó y se dirigió allá.

Mientras tanto, Antonio se presentaba en la boutique de Dino Campanella. Pensaba que Dino no tenía interés en estudiar comunicación social, sino sólo en obtener el título para la familia, una familia de comerciantes que estaba abriendo otras tiendas en la ciudad. En la cara de Dino se estampó un gesto de incomodidad, al notar la presencia de Antonio en su establecimiento. Le preguntó si estaba interesado en comprar alguna ropa. Antonio fingió detallar unos blue jeans y preguntó el precio.

—Oye, Dino, creo que puedes ayudarme en algo —le dijo—. Si no te molesta, me gustaría hablarte allá afuera.

Ambos salieron.

—Cuál es el misterio, chamo —dijo Dino.

—Es importante, Dino, disculpa que te quite tiempo.

—Oye vale —le dijo con acento italiano—. Tienes una cara de película. Si quieres vamos a una cafetería. Cruzaron la calle, y Antonio le anunció que prefería hablar con él en la Plaza Las Mercedes, donde nadie los oiría. Ahí le preguntó datos sobre el comportamiento de Patricia Sanders aquella noche en la discoteca, qué le había dicho, de qué le había hablado ella.

—Era lo que me faltaba —dijo—. Ya la policía y el teniente Monteverde han venido a preguntarme un montón de vainas. Yo les he dicho lo que sé, sobre las cuatro pendejadas que hablamos en la discoteca, bailamos, bebimos un poco...

—Sí, ya lo sé —- dijo Antonio—. No te pregunto por nada en especial. No creo que ellos quieran inculparte. Es que no tienen pistas. No aparecen secuestradores, ni el cadáver, suponiendo que esté muerta, o quizá haya huido a otro país con alguien.

—Nadie con ese nombre salió del país, eso me dijo la policía. Si fuese un secuestro, ya habrían llamado a los padres.

—Entonces qué es toda esta mierda, pana. Elvis y yo decidimos averiguar por nuestra cuenta y riesgo, quizá tú nos ayudes. No puede ser que se haya desvanecido en el aire.

—¿Y qué dice la policía?

—No sé. Los Sanders contrataron a un tal Sigfrido Monteverde para que averiguara también. No sé cuánto sabrá, al tipo lo noto medio perdido, lo cierto es que averiguó en la discoteca, alguien que estaba ahí y la siguió, o quizá no, alguien estaba haciéndole la cacería en la casa, esperándola a que llegara. Pero por el momento lo que quiero saber es si ella estaba empatada contigo.

—No, yo le estaba cayendo, pero ella no se decidía. Había roto hacía varios meses con ese otro tipo, Arturo González, tú sabes, el estudiante de medicina.

—¿Te dijo ella algo?

—Sí, me dijo que el tipo estaba como tostao, quería casarse con ella, pero era muy pobre.

—¿Y qué más?

—Mira, vale, ella era muy reservada en ese sentido, y yo no quise averiguar más.

—¿Y contigo, iba bien?

—Ese no es problema tuyo, chico.

—Disculpa.

—Yo estaba enamorado, yo le gustaba, coño. Pero ella me rehuía, no sé por qué. Estoy cagado, Antonio, la policía sospecha de mí, pero te juro que a esa carajita yo no era capaz de tocarle ni un pelo.

—Te creo, pana. ¿Y tú sospechas de alguien?

—No tengo la menor idea. Yo ni siquiera conozco a la familia de Patricia. Ese tipo Sanders, con todos sus millones, se cree el dueño de la tierra. Yo creo que la tenían jodida, aunque ella nunca me lo dijo.

—¿A qué te refieres?

—Bueno, todo el tiempo estaban controlándola, regañándola, sobre todo el papá, porque Lucía es una mujer diferente.

—¿Eso es normal, no? Casi todos los padres celan a sus hijas. Y más una carajita tan bella como esa.

—Pero no podían impedirle que saliera con sus amigos de clase media. Los Sanders son muy ricos, y en el fondo deben sentirse superiores a la gente de aquí —dijo Antonio.

—Sí, por eso te digo —respondió Dino.

—Lo peor del caso —prosiguió Antonio— es que los Sanders deben estar ahora dándose la razón. Perdieron a su hija así como así, por haber salido a un lugar que no era de su categoría.

—¿Y qué ha averiguado Elvis? —preguntó Dino.

—No sé. Quedamos en vernos esta noche —contestó Antonio.

 

7

Todos tenían razón. El asesino estaba en el club. Tomaba tragos en la barra, confundido en el gentío. Un enfermo sexual típico. Un psicótico como esos que aparecen en las películas, que a su vez son espectadores pasivos de violaciones y asesinatos en la pantalla, y las imitan. La gente cree que no hay tipos así, que sacan sus planes de los malos filmes de violaciones, que son para ellos los mejores. Tipos solos o fracasados, que trabajan en oficinas burocráticas o no trabajan; viven en habitaciones o departamentos pequeños, comen por ahí, en cualquier parte, van a bares o ven películas porno o se vuelven fanáticos del VHS, han tenido accidentes o perdido la familia en una tragedia, o las mujeres lo han echado por borrachos o porque han conocido un mejor partido, todo ese atajo de clisés que no parecen verdad, sino encarnaciones de una psicología barata, pero tan real que puede palparse con los dedos, con toda su fuerza prosaica. Toda ella sirve para alimentar al público anodino de un suspense craso, que puede olerse y sentirse desde el humus de la noche perversa, en esa gran ciudad que fabrica infinitos arquetipos con los argumentos de un guionista mediocre, que suda su tinta alquilada para un canal de televisión o para la incipiente industria pornográfica y violenta y así puede alimentar a su familia y hasta darse buenos gustos con ella y sus amigos los fines de semana, fanfarroneando con ellos, sin saber que esos personajes salidos de sus tristes elucubraciones, de sus pesadillas burocráticas, andan por allí también cazando a sus víctimas, y hasta han compartido con su autor un café en las barras, en las cafeterías de la calle. Esto era, en síntesis, lo que pensaba Sigfrido Monteverde de estas situaciones, que tanto había estudiado y repasado en su vida de detective, llegando a la conclusión de que su oficio era deleznable, una verdadera basura.

Así como detestaba las novelas policiales, también lo hacía con estos autores que, en medio de su confort social, podían darse el lujo de escribir cuentos o poemas para páginas dominicales de literatura, o artículos de prensa donde se llamaba a la conciencia cívica y a la responsabilidad social, aunque su verdadero oficio era dar perfil a estos asesinos que luego irían a adquirir realidad en la vida cotidiana. Mientras el escritor disfruta de un buen almuerzo con una chica de la TV a la que en el fondo quiere llevar a la cama, su personaje está matando a alguien en una película, y ese alguien desdoblado perpetra un crimen real por allí afuera, quizá a unas pocas cuadras, o en el mismo edificio donde ahora tú te comes el bistec ficticio de las piernas de la actriz protagonista, que en este instante se llevaba a los labios una copa de vino blanco.

Pues bien, el asesino está ahí en la barra tomando su trago y fumando su cigarrillo, mientras espía los movimientos de Patricia. Patricia habla con los amigos, ríe, baila con Dino, luego con Elvis y de repente reparte besos en la barra a sus amigas, a Minerva, a Rosa, a Antonio. Mientras baila, él aprecia sus movimientos sensuales, se va excitando progresivamente con las fantasías eróticas que obtiene mientras la desnuda con violencia, la amenaza con el cuchillo y rasga sus vestiduras, le dice frases crueles y poco a poco va disfrutando del miedo de ella, de su tensión y sudor, hasta lograr con un juego perverso que todo aquello se convierta en una escena fílmica memorable, donde los jadeos y las lágrimas de ella son los ingredientes perfectos para alimentar la perversidad. Luego aquel cuerpo blanco desnudo y los cabellos rubios desparramados sobre los senos, mientras en su imaginación le abre las piernas y la penetra calibrando el placer en sus ojos azules, con los jadeos dolorosos de la penetración...

Pide otro trago, enciende otro cigarrillo y va acercándose más a la mesa donde se encuentra el grupo de muchachos que beben y fuman como él, todos esos estúpidos carajitos hijos de papá que no saben nada acerca de la soledad, el sufrimiento ni el verdadero placer. Ya han bebido y reído y bailado y pagado y ahora se dirigen a los carros para ir a sus casas. Él tiene el suyo estacionado cerca de los de ellos, y antes de que salgan se ha adelantado a meterse en el suyo a esperarlos. Ve que la linda Patricia, su elegida, se sube al Fiat gris de Elvis y sigue ese auto sin que ellos lo adviertan siquiera, pues se mantiene a una distancia prudente. Cuando Elvis —que conduce— y sus amigos se detienen a dejar a Patricia, él la ve salir del auto, abrir la reja, atravesar el jardín y decir adiós a sus amigos desde la puerta. Por supuesto, él ya la había estado vigilando por días sucesivos, ha visto el momento en que sus padres se han despedido el día anterior, el viernes dieciséis de abril de ese año 1999, y se han marchado en su lujoso carro Mercedes Benz. Él no iba a desaprovechar esa situación ahora, cuando su sueño erótico está solo en la casa a la cual se ha acercado, ahora que está casi completamente seguro de que a esas horas ya nadie va a ir a visitarla ni a llamarla, pues es ya pasada la medianoche. El hombre se baja de su carro, un Malibú despintado y chocado, y se acerca cautelosamente a la casa, salta la reja exterior y comienza a merodear la habitación de la joven. Lo demás ya es historia sabida.

 

8

Para descubrir al asesino, Sigfrido Monteverde hubo de soportar varios tragos amargos.

Como sabemos, había estado haciendo sus trabajos de pesquisa en la discoteca La Mosca, en casa de los amigos y los padres de Patricia, en la universidad y en los lugares públicos que frecuentaba. Como siempre, se le adelantó al capitán de policía, pero sus descubrimientos no se debieron nada más a su astucia o a su poder deductivo, sino también, y como a menudo le ocurría, a la intervención del magnífico, del inefable azar.

Luego de abandonar su departamento en La Candelaria, se fue a desayunar en la avenida Urdaneta con una arepa de camarones, y entre mordisco y mordisco y sorbos a una merengada, garabateaba notas en una libreta y hojeaba un tabloide donde los titulares anunciaban las nuevas medidas económicas del presidente militarista. Terminó el desayuno y salió a la avenida, directo a tomar su Chevrolet para ir a la Torre Empresarial en el este de la ciudad, donde se había dado cita con Román Sanders, en su oficina. Quería comprobar el teniente las condiciones físicas de la oficina de Sanders, la gente que le rodeaba, el entorno humano. Preguntó datos sobre las personas que laboraban allí: secretarias, mensajeros, asistentes; miró objetos en las mesas y se paró un momento frente a un gran ventanal de vidrio, desde donde se podía ver una bonita panorámica de la ciudad. Sanders le ofreció café y él aceptó; le provocó fumar pero no lo hizo, pues necesitaba antes decirle a Sanders lo que debía.

—Bien, usted dirá, teniente.

—No es fácil para mí hacerle estas preguntas, Sanders. Sólo tiene que ser honesto conmigo. No puede ocultarme nada. Y que todo sea por el bien de su hija. Bien, se lo preguntaré sin rodeos.

—Adelante —dijo Sanders, haciendo girar su silla ejecutiva.

—Quiero que me diga algo acerca de las amistades de su esposa, a quién frecuenta, cuál es su familia y quiénes son sus amigos cercanos.

—¿Y eso por qué?

—Debemos averiguar todo, don Román, incluso aquello que parezca más obvio.

—Mi mujer ve a sus familiares con frecuencia, como cualquier otra persona.

—Me gustaría conocer a su familia.

—No entiendo por qué.

—Ya lo entenderá, don Román. Por ahora facilíteme la información.

Sanders le hizo una relación de los familiares y amigos de su esposa, que Monteverde iba anotando en una libreta: nombres, teléfonos, direcciones. En Maracay, Caracas, Estados Unidos. Sanders le dijo que incluso le había recomendado a su mujer viajar a la casa de su madre en Maracay, y así lo hizo. Una vez doña Lucía hubo salido hacia la capital aragüeña, Monteverde quiso constatar la veracidad de ese destino, y se encontró con lo que sospechaba: que Lucía Sanders había ido a encontrarse en verdad con un apuesto joven: Dino Campanella. Luego de haber visto cómo se encontraban frente a un hotel e ingresaban a éste, Monteverde hizo guardia afuera durante unas horas, hasta que salieron, los siguió hasta una fuente de soda y los vio despedirse. La siguió a ella luego hasta una casa, donde una señora mayor —su madre, con toda seguridad— la recibía efusivamente.

Luego, en Caracas, Monteverde visitó a Dino Campanella y le describió la escena que había visto en Maracay: el muchacho, blanco como un papel, quedó paralizado sin saber qué decir, reaccionó luego con temor, y le dijo al teniente que aquello no tenía nada qué ver con Patricia, le juró a Monteverde que sus amoríos con Lucía Sanders habían comenzado mucho antes de conocer a Patricia, y que si le decía algo a don Román éste lo destruiría. Nervioso, violento y con los ojos nadando en lágrimas le confesó a Monteverde que don Román también le ponía los cuernos a su esposa con una jovencita que vivía en Los Corales, allá en el litoral central, a unas cuantas cuadras de la casa de playa de los Sanders. Con el pretexto de ir de viaje de negocios o de encontrarse con algún cliente, Sanders se iba con la muchacha a un hotelito estratégicamente ubicado en una calle solitaria y ciega. Aunque no era testigo directo del hecho, Monteverde le hizo saber a Román Sanders la información suministrada por Dino —aunque no dijo la fuente— y éste se puso lívido, tan pálido como un desahuciado.

—¿De dónde sacó eso? —inquirió.

—No importa. Lo que cuenta es que se trata de información de primera mano.

—No veo qué tenga que ver esto con la desaparición de mi hija.

—Pues nada —dijo Monteverde—. Pero al menos van surgiendo cosas interesantes de la gente.

Después citó a Lucía Sanders en un café y le comentó otro tanto de sus encuentros en Maracay con Dino Campanella. Ésta lo acusó de chantajista, para luego ofrecerle dinero por su silencio. Decir aquello a don Román iba a ser catastrófico. Era verdad, el muchacho visitaba a Patricia sólo como pretexto para ver a su madre. Monteverde le aclaró a Lucía que no iba a decirle nada a nadie, que eso complicaría más las cosas y por el momento no tenía que ver con su hija desaparecida.

Después, Monteverde trabajó duro sobre los puntos débiles de Dino Campanella, consiguiendo que éste le revelara más detalles de los sondeos que estaba haciendo con Elvis y sus otros amigos. Habían indagado sobre el estudiante de medicina, Arturo González. Y el teniente profundizó sobre esa información hasta averiguar para quién trabajaba y dónde vivía en realidad González, pues la dirección que le habían suministrado a Elvis ya no era válida. Se había ido González de Caracas, a vivir en un barrio de mala muerte en el litoral, cerca del aeropuerto.

En La Mosca, Monteverde había logrado entrar en confianza con El Quique, el barman español, con quien hablaba de fútbol y de lo linda que era España, intercambiaban bromas acerca del sexo femenino. Poco a poco se fue abriendo al teniente, hasta confesarle que había visto a un tipo que iba solo por las noches por allí, se sentaba a una mesa a beber y fumar en exceso. No le fue difícil al barman detectar la lujuria en los ojos de aquel hombre cuando fijaba su mirada en Patricia. La primera pista acerca del tipo surgió una noche en que éste comenzó a asediar a otra chica, bailó con ella un par de veces y luego la siguió hasta el baño. La chica lo mandó al demonio, pero el individuo, ni corto ni perezoso, la forzó a besarlo, ella le estampó una cachetada y el tipo se metió al baño de hombres, drogado. La muchacha le informó a El Quique sobre la conducta del individuo, y éste fue a reclamarle. Le buscó en el baño y oyó gemidos que salían de una de las cabinas de los retretes. Era el psicópata, que estaba masturbándose. Fornido, de mal semblante, no iba a ser nada fácil enfrentarlo, y no lo hizo. Esperó a que se calmara; más tarde lo vieron irse del local, de cocaína hasta el tuétano. Avisó entonces El Quique a Sigfrido Monteverde, quien no vaciló en irlo a identificar a la discoteca en los días subsiguientes; el tipo había vuelto un par de veces en la semana, y todos allí estaban a la expectativa en la noche del sábado en que acechaba desde la barra a Patricia, la última en que le verían por allí. De hecho, al saber la noticia de que se había esfumado, El Quique y el dueño de La Mosca, Edgar Pérez, relacionaron inmediatamente la muerte de la muchacha con aquel hombre, a quien no se había vuelto a ver más por allí, circunstancia que lo volvía doblemente sospechoso. Con los datos obtenidos por las bocas nerviosas de El Quique, Elvis y Dino, Monteverde recompuso la trayectoria del asesino. Con la descripción hecha por éstos del hombre y del auto que conducía, el Malibú, no le fue difícil al teniente realizar el mismo trayecto de esa noche fatídica hasta la casa de Patricia, y luego decirle a Jorge Berlín que le buscara en las computadoras de la policía, donde su identidad fue determinada: era un tal Rodolfo Suárez, delincuente con un amplio prontuario policial que alcanzaba casi los cuatro folios. Berlín empleó un sofisticado equipo para hallarlo, causando en sus agentes y detectives una sensación molesta de autoritarismo. Pero sus pesquisas no sirvieron de nada: el hombre no aparecía, pese a haber sido buscado en varios de los lugares posibles e imposibles. Cuatro, cinco semanas fueron empleadas en su búsqueda, y los resultados eran cada vez más decepcionantes. Berlín y Monteverde dejaron de verse por un tiempo. Al parecer, ya no tenían nada de qué hablar.

Monteverde se refugió en su departamento, donde recibió una visita de su hija Claudia, que lo complacía llevándole salchichón picante, pan de ajonjolí y otras delicatesses para saborear con buen vino o cerveza. Le alegraba que Claudia fuese bien en sus estudios y en el amor, y que su madre estuviese bien... La muchacha le preguntaba a Sigfrido si no tenía novia nueva o amante, y él sonreía con tristeza, mientras recordaba buenos y viejos tiempos.

—Algunas amigas me visitan de vez en cuando —le respondió, en tono pícaro.

Una tarde acompañó a su hija al cine, y ésta le anunció que estaba muy enamorada y que pensaba casarse; Monteverde se sobresaltó, aunque después asintió con un gesto comprensivo. Claudia condujo con destreza el automóvil de su madre hasta la sala de cine. Luego de la función ella le llevó hasta las puertas de su edificio; cuando Claudia le pidió la bendición y le dijo adiós desde el carro, él sintió una ternura mezclada al miedo; miedo de que su hija pudiese algún día ser dañada o perjudicada por algún demente o enfermo. Aquella simple frase, “Bendición, papá”, contenía tanto de dulzura y ternura, y cuando él le respondía, “Dios te bendiga, hija”, experimentaba un extraño poder en su corazón solitario, algo que le hacía elevarse por encima de las miserias de este mundo.

Una vez en su departamento, se puso cómodo para hojear el periódico de la tarde, se detuvo en algunas noticias del mundo político, leyó con gusto un cuento de Borges, “El Zahír”, reproducido ahí con motivo del centenario del escritor argentino, se enteró de las nuevas víctimas que un asesino antropófago había cobrado y confesado tranquilamente, rellenó con cierta dificultad un crucigrama dedicado a deportes, y fue quedándose dormido. En plena madrugada se despertó en medio del sueño, pues en la entretela de su inconsciente había descubierto la pista que le conduciría a despejar el caso sobre el que había estado trabajando en las últimas semanas.

 

9

Al cabo de varias semanas, Monteverde se topó con Berlín en la barra de la discoteca La Mosca, en pleno día, aun cuando allí dentro se continuaba respirando un olor nocturno. Ambos coincidieron con sendas jarras de cerveza en la mano.

—Qué tal, Berlín cómo van los asuntos... —dijo sin disimular su asombro.

—Nada, Monteverde, no tenemos nada. A ese hombre se lo tragó la tierra.

—Exacto.

Berlín encendió un cigarrillo y apuró un trago de cerveza.

—Qué quiere decir —dudó.

—Lo que acaba de decir puede ser algo más que una metáfora. Literalmente, o técnicamente si lo prefiere, ese hombre está muerto —respondió Monteverde, colocando luego en su lengua una hojuela de papa frita.

Estaban a una distancia prudencial. Berlín se levantó del taburete para acercarse más, invitando a una nueva tanda de birras.

—Lo he pensado varias veces, teniente, se lo aseguro —dijo.

—Estamos claros en que luego de asesinarla, la sacaron de allí en el carro, ¿no?

—Sí, eso ya lo sabemos, el Malibú abandonado a orillas de la carretera de Catia La Mar a Tacoa —repuso Berlín.

—Tenemos un carro chocado. ¿Por qué está chocado? —inquirió Sigfrido. Y se respondió a sí mismo:—. Pues chocó contra otro carro. Pero aquí en La Mosca las muchachas y El Quique lo habían visto llegar en su Malibú, y el carro estaba intacto. Chocó contra otro carro el mismo día del asesinato. Acabo de confirmarlo en el estacionamiento de la policía. Está tiznado con pintura de otro carro.

—¿Y dónde está el tipo contra quien chocó? —interrogó Berlín.

—Lo averigüé.

—¿Cómo?

—Tómelo con calma, capitán. Escuche mi teoría. Rodolfo Suárez, el psicópata asesino, siguió a Patricia Sanders hasta su casa, como sabemos, y allí la violó y asesinó, como sabemos —afirmó Sigfrido.

Berlín carraspeó. Y el teniente continuó.

—Luego la cargó hasta su carro y se la llevó. Pero otro individuo lo estaba viendo desde afuera perpetrar el crimen. Suárez tuvo el cuidado de envolverla bien con mantas y alfombras del dormitorio, como dedujimos, y luego meterla en la maletera del auto.

—Sí.

—Antes de que saliera Suárez, el otro desquiciado, asesino también, se alejó corriendo a todo lo que daban sus pies hasta un parque cercano. Ahí, en la oscuridad, tenía su propio auto estacionado. Nadie lo vio. Luego siguió al asesino hasta las afueras, hacia la carretera que va de Catia La Mar a Tacoa. En uno de esos tramos solitarios le dio alcance, chocando al carro por detrás, para lograr que se detuviera.

—Coño, Monteverde, qué imaginación —objetó Berlín.

—Ya verá —Sigfrido prosiguió—. Luego el primer asesino sale atolondrado del carro, con una pistola en la mano, y el tipo del otro auto, un Dodge viejo, espera a que se acerque, armado él también, con una bonita pistola 45, con la que le dispara a quemarropa, cuando lo tiene como a dos metros. Lo liquida en el acto.

—¿Y?

—Esa zona es oscura y poco transitada. Los escasos carros que van por allí dudan en detenerse. De hecho, casi nadie lo hace, nadie ve cuando el nuevo asesino mete a su víctima en el asiento trasero de su Dodge, luego saca el cadáver de Patricia del Malibú y lo mete en el maletero de su Dodge.

—¿Adónde se los lleva? —insta Berlín a Monteverde.

—Pues, a su casa, que está cerca. Eso sí es pura casualidad, que el otro asesino tuviera su tugurio por allí cerca también, en un barrio mísero que está cerca del aeropuerto. Ahora, lo que no sé y acaso nunca sabré es por qué Rodolfo Suárez tomó esa ruta, posiblemente iba a ahogar el cadáver de Patricia en el mar.

En ese momento El Quique trae otra tanda de cervezas.

—¿Y qué hace con ellos?

—Pues se los come, poco a poco se los come.

—¿Qué dice Monteverde, qué carajos está diciendo?

—Ya habrá leído los periódicos, capitán, ya se habrá enterado de que tenemos a un respetable caníbal en nuestra ciudad, un hombre que es noticia en todo el mundo. Es apuesto, da declaraciones a la prensa con una sangre fría impresionante. No me diga que no lo ha puesto atención, capitán. Bueno, este hombre, el famoso andino llamado Juan Gerardo Picón, que se ha comido hasta ahora unas treinta víctimas femeninas, es el maestro de Rodolfo Suárez, que trabajaba para aquél, conseguía y cazaba a las chicas, y participaba después de los festines. Luego que atraparon a su profesor, Suárez se dio a la tarea de hacer por sí mismo el trabajo.

—No me diga que...

—Apuesto a lo que sea. Una de las madrigueras del hombre queda por ahí, en uno de esos caseríos sucios que están cerca del aeropuerto.

Muy pronto, El Quique y Edgar el dueño se unieron al coro de quienes oían la versión de Monteverde.

—Puede que tenga razón, Monteverde. Pero me pregunto de dónde sacó esas conclusiones.

—No he hecho otra cosa en las últimas semanas sino sacar conclusiones, buenas y malas, erróneas o acertadas. Este caso no me deja dormir. En el tugurio de que compartían los dos asesinos podrán encontrar los huesos de ambos, después de someterlos a experticias. Se tomaría al menos unas dos semanas en comérselos a Patricia y luego a Suárez. Tenía una buena técnica, aunque no tanto como la de su maestro Picón. No olvide usted que el tipo fue un estudiante adelantado en anatomía, en la escuela de medicina.

—No sea asqueroso, Sigfrido.

—Lo que no logro entender es que hacía ese caníbal por allí a esas horas —consultó El Quique.

—No era Sánchez el único psicópata que deseaba ardientemente a Patricia Sanders. Sólo que éste, al llegar a esperarla cerca de la casa, se encontró con que tenía un sorpresivo invitado. En todo caso, fue una manera muy singular de vengarse de la niña que no lo quiso, y del loco que la poseyó primero que él.

—¿Pero dónde carajo está el tipo ahora?

—En su casa, capitán Berlín, está en su casa, y supongo que podrán atraparlo en cualquier momento. Allá fui a atraparlo, con la ayuda de dos de sus ex detectives. Logré dispararle y herirle, antes de que él me lo hiciera a mí.

—Está loco de remate, teniente. Puede ir preso por esto, perfectamente. Por ocultar información a la policía. Esto puede costarle caro.

—Por cierto, no sé cómo voy a decirle esto a los esposos Sanders —manifestó el teniente.

—Déjeme eso a mí —respondió Berlín. Inmediatamente sacó su teléfono celular y dio órdenes a varios oficiales de buscar al hombre donde había indicado Monteverde. Él iría inmediatamente para allá.

—Si lo hace usted todo, no voy a cobrar mi trabajo completo, capitán Berlín —repuso Monteverde.

—Es el colmo, que esté pensando en dinero en este momento.

—No me creería si le digo que no me han pagado todavía.

—Bien, bien, yo les diré del excelente trabajo que usted ha hecho, en caso de que tenga la razón. Y si no es así, será mejor que se preparare para un juicio. Si no, esta farsa lo va a poner en ridículo.

—Corro mis riesgos. Lo que no va saber nunca por boca mía, capitán, es cómo hice para averiguar todo esto. A lo mejor el infeliz aquél les confiese, después de todo. Esta escuela de caníbales modernos terminan por describir con lujo de detalles cómo llevan a cabo sus grandes obras. Fíjese usted en el que está hoy encerrado, Picón lleva tiempo hablando de su modus operandi. Todo un banquete para psicólogos y analistas.

Sabiendo de la propensión del maestro antropófago a hablar hasta por los codos, Monteverde había ido a visitarle, y le sacó toda la información. Lo que quedaría para siempre en la sombra era cómo había deducido el teniente que el asesino del asesino de Patricia era un típico comegente. Había ido a comerse a Patricia nada más, pero alguien llegó primero que él a la casa. Los agentes de Berlín encontrarían más tarde, en la covacha de Catia La Mar, a Arturo González amarrado a una silla, sangrando por un brazo, desmayado. A unos pocos metros, en el patio que daba a una playita sucia, podían verse huesos desperdigados de seres humanos.

—Me temo que los Sanders no van a querer hacer parrilladas durante mucho tiempo —dijo Sigfrido a manera de despedida, dejándole la cuenta a Berlín y saliendo por la puerta de la discoteca La Mosca, que a esas horas de la tarde tenía un aspecto ajado, como si hubiese recibido una paliza del tiempo.

Se montó en su viejo Chevrolet y arrancó. Las infames comidas y el mal dormir le habían provocado una fea hinchazón en los párpados, que pudo comprobar en el espejo retrovisor. Subió buscando la Cota Mil, colocó una cinta de las piezas para piano de Erik Satie y pensó de qué modo detestaba su trabajo, cuánto lamentaba el espantoso final de la bella Patricia Sanders, lo mucho que quería a su hija Claudia y cuánto había amado a la madre de la chica, Malena, en aquellos enloquecidos años sesenta, cómo gustaba de aquella mujer, la japonesita Kesa Orikawa, que tarde o temprano iría a visitar otra vez en el grato lupanar, y en fin, cómo las mujeres hermosas suelen ser omnipresentes en la vida de un hombre que se precie de verdadera; en todo ello pensaba mientras miraba los pálidos reflejos del crepúsculo caraqueño aparecer, y luego diluirse lentamente sobre el parabrisas de su viejo Chevrolet.