El extraño caso de los escritos criminales. 17 años de Letralia
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Sobre fotografía original de Alexander BenzEntre ladrones

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Cuando el padre preguntó a sus dos hijos lo que querían ser de mayores, ellos fueron tajantes en la respuesta.

—¡Ladrones! —respondieron.

El padre, por un instante, quedó un poco turbado por el énfasis de la respuesta. Pero pronto comprendió el deseo de sus hijos, y pensó en la persona idónea para disciplinarlos en el robo. La elección no era fácil. Tenía que ser un buen profesional, conocedor a fondo del arte del robo. Un excelente ladrón, de esos a quienes la gente llama “limpios”, porque ejecutan el robo con esmerada pulcritud. Además, suelen caracterizarse por tener las pisadas y las manos ligeras como los ángeles para no ser vistos ni escuchados por nadie, por lo que se les reconoce el mérito de escapar de las vulgares calificaciones de rateros o simples ladrones. Al mismo tiempo, ese ladrón debía reunir la doble cualidad de ser astuto e inteligente. El padre estaba plenamente convencido de que el robo tiene mucho de ingenio e improvisación. Por lo tanto, debía confiar a sus hijos en buenas manos.

—Irán donde su padrino Armengol Barbajacobo —les dijo.

Los muchachos se pusieron contentos porque, además de la admiración que profesaban a su padrino, conocían de él muchas de sus grandes hazañas teñidas de audacia. Hasta el punto de que las historias que de él se contaban habían traspasado las fronteras, hasta más allá de otras regiones que lo colmaban de gloria. A pesar, muy a su pesar del rencor de la justicia local que nunca pudo acusarlo de ninguna de sus fechorías, a las que ellos llaman “delito” y todo por carecer de pruebas suficientes.

Cuando los muchachos llegaron a casa del padrino, éste les recomendó que se lo pensaran muy bien porque se trata de un oficio ingrato, al que la sociedad le niega los méritos y en el que es preciso ser astuto y andar atento, con los cinco sentidos bien puestos, para no equivocarse en el más mínimo detalle.

—Los errores en el robo se pagan caro, más que en cualquier otra profesión —dijo—. Más que en la ciencia médica.

—Sobre todo, no hay que hacer daño a nadie —recomendó.

El padrino aprovechó la ocasión para hablar de su larga experiencia profesional. Refirió a los muchachos el caso de aquel pobre ladrón que, al ser sorprendido por la guardia de vigilancia con un saco de patatas sobre la espalda, contestó que no lo había robado él, que alguien se lo había puesto encima, sin su consentimiento y, por tanto, pedía a la justicia que se lo quitara el mismo que se lo había colocado. También relató el caso de aquel ladronzuelo que se ofreció acompañar a un vecino, a quien por las noches unos desconocidos entraban a cacharle las gallinas de la finca, hasta que un día el dueño de las gallinas puso a prueba al vecino, diciéndole que aquella noche descansarían. Cuando llegó la medianoche el ladronzuelo aprovechó el sueño feliz de su amigo. Pero éste, más precavido que el vecino, había tendido una trampa y lo sorprendió con un saco lleno de gallinas.

—Son los malos ladrones —afirmó el padrino.

Así llegó la hora de la cena y con ella la noche, refiriéndoles el padrino historias que dejaban embobados a los muchachos. Pero, en realidad, los muchachos no se embobaban con las anécdotas del padrino. Cazaban al vuelo las historias porque sus mentes tenían la extraña facultad de comunicarse entre sí. Al hilo del relato ellos resolvían la historia de una manera sorprendente, revolviéndose de gozo en sus asientos. Sin embargo, el padrino estaba lejos de comprender el pensamiento de los muchachos, porque toda la noche los observó silenciosos. De lo único que se preocupó el padrino fue de ofrecer a los ojos de los muchachos una imagen digna de su posición, que justificase sus actos, con la intención de colocar su estatura en el pedestal de los inmortales, entre los grandes protagonistas del robo. Era algo así como recuperar en la vejez el respeto que debía rendírsele a un hombre que había impuesto a los demás la ley de su astucia. Pero tenía un defecto, su enorme egoísmo le hacía dudar de la astucia de los demás.

Así que, a la mañana siguiente, con la convicción de que los muchachos sentirían frustradas sus aspiraciones, se los llevó a un camino por donde venía un hombre con una vaca.

—Quiero que me traigan aquella vaca, pero sin dañar al dueño. Es mi amigo —dijo.

Los muchachos se escondieron, ocultos entre los matorrales, para no ser vistos por el hombre de la vaca. El uno al otro se preguntaron, preocupados, la artimaña que emplearían para robar la vaca sin que el hombre se percatase de las intenciones.

Cuando el hombre se aproximó al lugar donde estaban los muchachos, uno de ellos se quitó su bota de charol y la tiró al camino. Al ver que relucía en el camino, el hombre se detuvo, quedó mirándola cómo brillaba bajo el sol y se la puso. Como le ajustaba al pie, anduvo rastreando por los contornos para ver la posibilidad de dar con la otra. Pero se llevó el desengaño de no encontrarla, por lo que tuvo que quitarse la que se había calzado para continuar el camino.

Habiéndole ganado los muchachos la primera prueba, recogieron la bota y sin hacer ruido salieron al encuentro del hombre, tirándole la otra bota. Al verla, el hombre la recogió lleno de alegría, porque, en efecto, era el complemento que antes había buscado. El hombre ató la cuerda que sujetaba a la vaca en la rama de un árbol y regresó en busca de la otra bota. Cuando llegó al lugar donde la había dejado, no la encontró, no estaba. La buscó por todas partes, pero fue inútil. Desengañado de la alegría pasajera que había experimentado por un momento se descalzó porque más bien le estorbaba, caminando como pata de cojo, y desengañado decidió regresar al lugar donde había dejado a la vaca.

Cuando el hombre llegó a la rama se sintió desorientado, perdido, en medio del monte. Experimentó esa inmensa soledad de desasosiego que produce el desencanto, tras comprobar que la vaca había desaparecido.

El padrino presintió la llegada de los muchachos en compañía de la vaca y se sorprendió, hasta el extremo de sobresaltarse de asombro. El hombre enmudeció. Las palabras se le trabaron en la lengua y únicamente acertó a preguntar si habían infligido algún daño al hombre.

Sólo cuando los muchachos relataron los detalles de su ejecución el padrino suspiró, y pensó:

—¡Estos hijoputa sí que son ladrones! —pero calló.

El padrino no terminaba de convencerse. Lo atribuyó a la casualidad del azar. Esas cosas de la vida que un día se realizan de cualquier manera y salen bien por designio de Dios, más que por ingenio del hombre. Al padrino le resultó difícil establecer una relación entre la casualidad y la habilidad, porque según él sólo existían la experiencia y los años. Por eso mismo, el padrino no alcanzó a comprender que aquellos muchachos, llegados hasta él en busca de consejos, conjurasen al destino con la sutilidad del refinamiento profesional. Así que a la mañana siguiente, casi con el sol, los levantó y se los llevó al monte.

—Este trabajo es difícil —anunció el padrino, mientras señalaba con el índice a un hombre que araba la tierra¾, deben robarle los dos bueyes sin que él se percate.

El padrino regresó frotándose las manos de satisfacción porque ahora estaba plenamente convencido de que los muchachos encontrarían mucha dificultad para robar los bueyes. En ese caso, llegarían hasta él para suplicarle los favores de sus consejos y, aunque así lo hicieran, sería la ocasión propicia para soltarles un sermón de templanza, con el decálogo incluido que debe conocer todo aquel que quiera llamarse ladrón.

Tranquilizado el padrino por los devaneos de la imaginación, que era también una manera cómoda de ganarle tiempo al ocio, el padrino cortó una flor blanca de heliotropo y se tumbó a esperar el sueño, colgado de una hamaca de hilo, bajo la sombra verde de un palo de mango, mientras respiraba el aroma del heliotropo o su pensamiento se regocijaba en su propio orgullo. Pues había establecido un diálogo imaginario entre él y los muchachos, que concluía siendo él el ganador.

En medio de tanta exuberancia y grandeza, el padrino se durmió entre el olor de los matorrales y un rosal que tenía al lado. Mientras tanto, los muchachos lucharon a golpe partido con la imaginación, a fin de alcanzar el hilo de la lógica que los condujera hasta los bueyes, sin ser sorprendidos por la mirada del hombre, quien no apartaba sus gruesas manos del arado. Después de haber desechado varias opciones posibles, eligieron la que consideraron más adecuada, mientras contemplaban el ir y venir del hombre con el arado, de un lado a otro del terreno, de arriba abajo y de abajo arriba, con la paciencia de los bueyes en las patas, en ese ir y venir sin tiempo, perdido en el sueño de los surcos de la yeguada, donde pace la esperanza.

Fue cuando los muchachos decidieron encaramarse en las ramas de un árbol, donde permanecieron ocultos. Cuando el hombre pasó frente a ellos, uno de los muchachos gritó: “¡Me sorprendo!”, y cuando el hombre llegó al otro extremo del terreno, donde estaba el otro muchacho encaramado en otro árbol, gritó: “¡Me sorprendo!”. Hasta que el hombre se cansó de tanto oír el mismo grito: “¡Me sorprendo! ¡Me sorprendo! ¡Me sorprendo!”.

Fue cuando el hombre se detuvo a mirar de dónde venía la voz y vio a un muchacho encaramado en el árbol.

—¿De qué te sorprendes, muchacho? —preguntó el hombre.

Pero el muchacho calló, no respondió. Solamente, se echó a reír a grandes carcajadas, con un ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, que fue infinito, con la intención de llamar la atención del hombre, para distraerlo, mientras el otro muchacho bajaba de la rama, desataba uno de los bueyes y se escondía en el monte.

—¡Me sorprendo que are con un solo buey! —gritó el muchacho.

Al volver el hombre la mirada y ver un solo buey en la yunta se sorprendió de la propia realidad, perplejo de sí mismo. Por un momento, dudó si había puesto uno o los dos bueyes en la yunta, y como le fue imposible recordar dio las gracias al muchacho. Dejó el arado en el suelo con el buey y, como tenía la duda de que el otro buey se hubiese soltado, marchó en su busca. El otro muchacho bajó, tranquilamente, del árbol y se llevó el otro buey.

El padrino daba rugidos de tigre cuando aparecieron los muchachos con los bueyes. Sólo el ruido del hocicar de los animales lo despertó del bello sueño. Incorporó su pesado cuerpo para levantarse, en medio de la sorpresa andante de los bueyes cargados de paciencia. De inmediato, los muchachos leyeron en los ojos del padrino su irritación. Pero el padrino, dotado de cierta predisposición para el olfato y la desconfianza, se fue donde su mujer y le advirtió:

—Hay que andar con cuidado con esos muchachos.

En ese instante dio la orden de matar el cerdo que engordaba a buen ritmo. El padrino se olía algo raro. La mujer aprovechó que los muchachos andaban entregándole al padre los trofeos robados para descuartizar el cerdo. Previsor, como siempre, el padrino advirtió a la mujer que escondiese la carne del chancho colgándola de una viga de la casa. Ella lo hizo.

Cuando los muchachos regresaron, advirtieron la ausencia del cerdo. Pero se abstuvieron de preguntar para no despertar sospechas. Con disimulo, salían al patio, entraban a la casa, daban vueltas por los corredores, sin oír el hozar del cerdo.

De modo imprevisto, ocurrió lo insólito. Uno de los muchachos bebía agua en una jícara, con tanta sed que apuró hasta la última gota de agua, empinándose la jícara por encima de la nariz. Abrió tanto los ojos, que de un bocado se quedó con un pedazo de jícara en la boca. En seguida sospechó que se trataba de la carne del cerdo y corrió a decírselo a su hermano. Esa misma noche, mientras todos dormían, los muchachos se levantaron en silencio, bajaron el saco y lo ocultaron debajo de la cama, listos para salir antes del amanecer. Mientras tanto, se tumbaron a dormir.

El padrino, viejo y previsor, se levantó a media noche para asegurarse si el saco seguía donde lo había colgado. No se llevó ninguna sorpresa. Había sucedido lo mismo que lo llevó de la cama a la viga. Sabía también que los muchachos estaban dormidos. Tenía la convicción de que cuando el ladrón ejecuta su golpe experimenta sosiego físico y mental, que ayuda a relajar su conciencia y el cuerpo. Y así fue. Sin ningún obstáculo rescató el saco. Pero esta vez lo ocultó en lo más recóndito de la casa, en el armario de su dormitorio.

—Guarda la llave dentro del corpiño —le dijo a su mujer y se acostó a dormir.

Tal como estaba previsto, los muchachos se levantaron antes del canto de los gallos y se llevaron la sorpresa de haber sido burlados por el padrino. No sabían qué hacer. Sintieron el desasosiego del fracaso. Pero una voz lánguida, salida del sueño de la mujer, les dio la pista. Uno de los muchachos llegó hasta el lecho, pidió la llave y ella la entregó bajo el estado hipnótico del sueño.

Con los gallos despertó el padrino, sobresaltado por la pesadilla de un extraño sueño de ajuste de cuentas en el que él descargaba las seis balas de su revólver sobre el cuerpo de un hombre al que no había visto antes.

—Dame la llave —dijo a la mujer.

—Ya te la di.

—¿Cómo?

—Sí, me la pediste porque tenías hambre.

En ese instante la carne se le puso de piel de gallina, el pelo se paró de punta y la cara encendió de cólera. Se vistió de prisa, atravesó montes y caminos para anticiparse a los ahijados. Nadie sabe de dónde cogió fuerzas el padrino, pero llegó antes.

Se escondió en medio de la oscuridad para que la primera claridad del día no lo delatase. Se bajó el ala ancha del sombrero para ocultar el rostro, colocándose en la puerta de la casa, casi en la entrada, a fin de esperar el botín en la puerta. De espalda. Cuando los muchachos llegaron, nerviosos y descompuestos, el padrino fue parco en el hablar. Los muchachos comprendieron que su padre reclamaba el botín y ellos lo entregaron.

Cuando se percataron de la burla, ni siquiera reconocieron la sombra del padrino, que se perdía en la frondosa espesura de los cañaverales. Los muchachos no se desalentaron. Pronto comenzaron a creer que no todo el lado de la suerte les acompañaba frente a la astucia del padrino.

Como pudieron, los muchachos se disfrazaron de perros, anduvieron caminos y montes de regreso, hasta que llegaron a casa del padrino.

En un recodo estrecho lo asaltaron por sorpresa, dándose a la fuga monte adentro, hasta lo más recóndito de la montaña. Ahí encendieron una fogata para asar la carne y comérsela, porque sólo así no volvería a manos del padrino.

En eso estaban, asando la carne, dándole vueltas para que las brasas dorasen los músculos, cuando percibieron unas luces extrañas que se movían en medio de la densidad. Eran luces, como lenguas de fuego, que salían por la lengua y el culo de un extraño personaje o animal. Dos lenguas de fuego que se aproximaban.

Los muchachos perdieron los nervios como si la sangre se vaciara a través de las venas y salieron corriendo con la carne a cuestas con la intención de salir de aquel infierno verde. Detrás de ellos, al galope, se oía la voz del padrino, persiguiéndolos y gritando enfurecido:

—¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Sois unos ladrones!