“En ese caso entrar en Moria
sería meterse en una trampa,
apenas mejor que ir a golpear
las puertas de la Torre Oscura.
El nombre de Moria es tétrico”.
J. R. R. Tolkien. El Señor de los Anillos.
Libro I. La Comunidad del Anillo
Después de tocar el timbre y esperar a que me abriera la puerta, el tipo, muy envuelto en una especie de bata de casa y unos bóxers negros con ribete gris, se dignó a abrirme y hacerme pasar. Un especiado aroma de algo al horno, exquisitamente sabroso, me hizo olvidar repentinamente que lo estuve esperando casi cinco minutos.
—¿Gustas pasar? —me preguntó con desenfado aquel hijo bastardo de Amy Winehouse y un rabino hassidim.
Sabía, desde el principio, que asociarnos para este caso particular no pintaba bien, pero qué culpa tengo yo si mis superiores del CICPC me mandaron a trabajar con él.
—Disculpa que no te había abierto antes, pero estaba sacando algo del puchero. ¿Qué quieres de beber? Es muy temprano para caña. ¿Café, té, manzanilla?
—Ebenezer, no es que es.
—Sí, Ebenezer Templesmann. Yo mismo soy.
—Ya veo... bueno, un cafecito no estará mal.
—¿Papelón o miel?
—Papelón, por favor. La miel me baja la tensión.
Me trajo un tazón con aquel café suculento y semidulce. Este tipo con todo y su pinta de rabino trasnochado, hace un café buenísimo. Y lo del horno, ¿será obra suya?
—Gracias. Oye, qué bien huele. ¿Tu señora cocina?
—No, no tengo señora, pero yo sí cocino.
—Eso huele bien. ¿Qué es, si me disculpas lo metomentodo?
—Es pavita en salsa de castañas. Sobre la mesa se están enfriando unas albóndigas kosher en salsa de hierbas. No sé qué olor te dio primero.
—Así es la cosa. Yo que creí que sólo eras policía de homicidios.
—Te cuento, Tancredo, a mí se me dan muy bien tres cosas: la investigación policial, la cocina y la judaica, en lo demás no soy gran cosa, pero así somos los seres humanos, no, un poquito de canela en rama y otro poquito de guayabita.
(Tengo que reconocer que muy al principio de nuestra labor conjunta, no entendía mucho sus símiles con la comida, pero al paso del tiempo me acostumbré y ahora hasta recuerdo con nostalgia lo de su “Psicorrepostería”).
—¿Vienes por lo que tengo del caso de Amschel Bimblich? No voy a disfrazarte la verdad. Es poco lo que vamos a sacarles a mis correligionarios. Si alguien vio, o no vio, quién mató a Amschel, no nos lo va a decir de buenas a primeras. Acá, en el gueto, la gente esconde cosas. Debemos prepararnos para una tenaz resistencia a la verdad. Te advierto para que estés preparado.
—Creí que por ser tú...
—¡Error! El hecho de que pertenezco a esta comunidad no quiere decir que me lo van a contar todo a mí por estos lindos peyes que me cuelgan frente a las orejas. No creas eso, porque no es así. Aquí la gente prefiere morir callada a insinuar alguna cosa que pueda comprometer a sus vecinos o familiares. Incluso si se trata de un asesinato, como es el caso que nos ocupa. Entre nosotros, los judíos de esta aljama, existen varias leyendas urbanas que aturden los sueños de muchas parejas jóvenes, y de otras ya no tanto.
—Caramba, entonces estamos...
—Como al principio, sólo que un poquito más informados. Te resumo lo poco que tengo y que he ido sacándoles a unos y a otros usando toda mi paciencia, que no mi pericia:
1) Nataniel estuvo brevemente casado con Jael, la hija de Ruth y Jecheskel. Lo cierto es que el viejo patriarca de los Bimblich, David Bimblich, obligó a Nataniel, el primogénito de sus nietos, a casarse con aquella muchacha. Baruch, el padre de Nataniel, no quiso casar al hijo con aquella costurerita sin conocer la razón paterna. Lo que el padre contó al hijo sólo entre ellos quedó, pero lo que se dijo a puertas cerradas era tan grave que Baruch enfermó y murió sin comentarlo ni con su mujer, ni mucho menos con el rabino. Y eso que el rabino Pinchas y él eran amigos desde sus tiempos en la Yeshiva. Te confieso, Tancredo, que esta última parte de la información se la sonsaqué a mi papá. Él, el viejo Pinchas y el difunto Baruch fueron amigos en la escuela talmúdica y hasta participaron juntos en el mismo batallón en el sesenta y siete.
—¿En el sesenta y siete? ¿Y por qué esa fecha?
—La guerra de los seis días, amigo.
—¡Ah!
—Sigo:
2) Jael y Nataniel celebraron la boda un miércoles porque, de acuerdo con la Cábala, el miércoles es el día más propicio para casarnos los judíos (mentira, es el día más propicio para elaborar un contrato, y una ketubá qué es sino un contrato más).
Nataniel fue muy infeliz con aquella joven, y eso que ella se desvivía por atenderlo; pese al mal matrimonio, Jael Bloom intentó ser una buena compañera, y un día hasta una buena madre porque concibió un hijo de Nataniel. Amschel se volvió desde entonces para Jael algo más que esa necia obligación de tener hijos para nuestro pueblo. Él era como una especie de venganza sobre los Bimblich. Te cuento esto, primero para que sepas dónde te estás metiendo, y segundo para que te cuestiones a ver si de verdad quieres seguir investigando el crimen en el gueto. ¿Continúo? Por la expresión de tu cara, veo que sí.
3) Pasados tres años, Nataniel pidió el divorcio, y el rabinato no se lo negó, a pesar de las protestas de la esposa repudiada. Como te imaginas, Jael se dedicó a criar a Amschel, pero lo que pocos sabían era lo de su inestabilidad emocional. Nadie quiere escuchar de una mujer abandonada que pierde el juicio por culpa de un mal amor; tal parece que el dolor no es patrimonio hegemónico de los gentiles. También nuestras mujeres pueden sufrir, y mucho. Eso sucedió con Jael. Nataniel cumplió cabalmente con su hijo, llevándoselo los fines de semana y sus cumpleaños, y algunos Sabbath incluso los pasaba con la nueva familia de su padre...
—¿Y qué pasó?
—Pasó el punto número cuatro: Lía salió embarazada, ambos se lo contaron al niño, contentos por darle un hermanito, y el entonces pequeño, inocente, se lo comentó a su madre. Ese mismo día, ella se cortó las venas hasta morir desangrada. Como podrás imaginártelo, Amschel odió desde entonces, y para siempre, a la familia de su padre, pero no con ese odio chiquito de la gente pequeña, sino con el odio grande de la gente de gran estatura. Y cuando Herschel, de hermano menor de Amschel pasó a ser su rival en amores, pues... ya ves los resultados, alguien mató a Amschel, y aunque todos tenemos teorías de quién pudo haberlo hecho, no estamos seguros de quién lo hizo.
—Ebenezer, esto es...
—Demencial, sí, pero qué te digo. Así son las cosas en este crimen: o puré de papas con vegetales al vapor, o arroz a la jardinera y plátano al horno. No hay otra cosa como guarnición.
(Allí andaba otra vez el judío este haciendo analogías con la comida).
—Yo también traje algo.
—Cuenta, hombre, saca tus apuntes. Te oigo.
—Hice un esbozo de la víctima y los sospechosos:
Víctima: Amschel Bimblich Bloom. Treinta años. Soltero. De profesión economista. En vida se destacó como jefe de inversiones de la aseguradora de riesgo Banhemann y del Chase Manhattan Bank de Panamá a su regreso de Israel, donde cumplió el servicio militar durante dos años. En Panamá dejó amigos y buenas referencias comerciales antes de volver a Caracas. Regresó a Venezuela con el fin de casarse con su prometida, Micol Bloomfield Glassberg.
Sospechosa Nº 1: Micol Bloomfield Glassberg. Veinticinco años. Soltera. Trabaja como profesora de orfebrería en los talleres que abre el Museo de Arte Contemporáneo. Estuvo prometida en matrimonio con el occiso, pero rompió el compromiso con él para enredarse con Herschel, el medio hermano del difunto. La ruptura fue difícil y conflictiva. Motivo probable: deshacerse del ex novio.
Sospechoso Nº 2: Herschel Bimblich Cranenbach. Veinticinco años. Soltero. De profesión administrador. Lleva los negocios de la familia, debido a que Amschel, el hermano mayor, tenía sus propios negocios y nunca se mostró interesado en los asuntos Bimblich. Gente que conoció bien a ambos hermanos admite que Herschel nunca fue tan exitoso como su hermano y que había cierta rivalidad entre ambos, primero a nivel profesional, y luego personal, cuando Micol se transformó de novia en manzana de la discordia. Motivo probable: celos y envidia.
Sospechoso Nº 3: Nataniel Bimblich Brad. Cincuenta y cinco años. Casado. De profesión abogado. Nunca ha ejercido su carrera por dedicarse a los negocios de la familia. Se casó obligado con la primera esposa de quien se divorció, y ha sido muy feliz con la segunda. La relación con el hijo mayor, el difunto, siempre fue difícil, tensa la mayor parte del tiempo. Tal vez porque el hijo siempre lo acusó de la muerte de su progenitora; tal vez porque él se sentía culpable, pero tener diferencias con un hijo no quiere decir que uno quiera matarlo. Aunque se han dado casos.
Sospechosa Nº4: Lía Cranenbach de Bimblich. Cincuenta y dos años. Casada. Fotógrafa profesional. Actualmente preside el Consejo Nacional de Fotografía. Se le considera una de las mejores en su campo. Ha estado en guerras, golpes de Estado, cambios de gabinetes ministeriales, y otras fragosidades. Fue madrastra antes que mamá, lo cual la hizo muy susceptible a los cambios de humor en niños y similares. Tal vez un rencor oculto contra el hijastro la llevó a matarlo. Desde Blanca Nieves para acá, uno siempre sospecha de las madrastras como posibles autoras de un crimen.
Sospechosa Nº 5: Deborah Glassberg, viuda de Bloomfield. Cincuenta años. Es la madre de Micol. No tengo datos laborales sobre ella. Se sabe que deseaba ver a su hija casada con el mayor de los hermanos Bimblich. Se opuso ferozmente a que la hija rompiera su compromiso con Amschel, pero no pudo impedir la ruptura. No piensa darles su bendición a la futura pareja Micol-Herschel, y Lía, una madre devota y fanática, la detesta por oponerse a la felicidad de su vástago. Aparentemente le era adicta al difunto, quizás demasiado, y no sabemos si en el fondo Amschel le gustaba para ella y no para su hija. Pudo haberlo matado por celos, o bien por despecho.
Sospechoso Nº 6: Es el último de mis sospechosos. Hillel Levin Brunstein. Treinta y un años. Soltero. También economista. Amigo y confidente del difunto. Fueron compañeros de armas en Israel. Según rumores en la sinagoga, Hillel le debe la vida a Amschel. Pienso que si uno le debe la vida a alguien no lo mataría, pero nunca se sabe qué oscuros abismos abaten las pasiones de los hombres.
—Tancredo, te felicito. No sabía que habías progresado tanto.
—Uno también tiene sus métodos, no creas.
—Pienso que debemos visitar, primero, a este último. No deja de ser interesante eso de ser amigo y sospechoso a la vez. Pero antes comemos; con la barriga vacía no pienso.
—Tampoco yo, Ebenezer.
Y me sirvió ingentes bolas de carne con salsa, la pavita que sacó del horno, y un puré de arroz envuelto en acelgas que no he vuelto a probar en mi vida. El rabino con toda su parsimonia se bañó, se vistió, y al final se puso en la cabeza el gorrito chiquitito, ese que sólo tapa la coronilla.
—¿Qué me miras? ¿Estoy tan buenmozazo así que levanto hasta tipos? ¡Susto! Debe ser el perfumito que me trajo mi mamá de la Casa Dior de París, como anda en esas de buscarme novia para uncirme al yugo, pues...
—No, no, es el gorrito que te alfilereaste en el coco.
—¿El yarmulke? Es que uno se cubre la cabeza para no andar descubierto frente al Padre Eterno.
—¿Y sus mujeres no se cubren?
—También, pero en el caso de ellas, su pelo es su velo. Vamos a las Residencias Parque Terepaima, frente a ese edificio viven mi contadora y su esposo, quien, por cierto, fue mi endocrino de más chamo. Allí, en el penthouse, vive Hillel.
—¿Endocrino? ¿Eras gordito?
—No, pero era chiquito y mis papás estaban preocupados con mi baja estatura. No sé por qué; ellos no son ningunos gigantes. El doctor Eduardo me puso un tratamiento para que la hormona de crecimiento terminara de funcionar. Y funcionó, pasé de enanito a mediano, como un personaje de Tolkien.
—¿Y tu contadora está buena?
—Sí, vale, Maigualida está bien buenas tardes, lo que pasa es que como es la esposa del que fue mi médico, pues yo respeto, tú sabes.
Nos fuimos hasta aquel sitio para encontrarnos con otro de esos especímenes de barba y bigotes, y el pelo alborotado como rastafari. Era más alto y más corpulento que mi compañero Ebenezer. Los ojos verdes nos miraron con una tristeza infinita.
Mostramos las placas para que no hubiera duda de ser esa una visita oficial.
—Hola, Hillel. Te presento a mi colega, el detective Tancredo da Ascençao. Estamos al frente de la investigación por la muerte de Amschel. Por ser judío, y vivir aquí, en San Bernardino, mis superiores esperan que encuentre pronto al autor del crimen. Creo que tú puedes ayudarnos.
—¿En qué puedo servirte, Ebenezer?
—En mucho, tú eras amigo de Amschel, ¿no es verdad?
—Si, Amschel era casi familia para mí. Le debo mi vida.
Vi que era mi momento de intervenir:
—¿Cómo fue eso de que te salvó la vida?
—Fue en Jerusalén, en el dos mil dos, mientras hacíamos el Servicio Militar. Un francotirador nos disparó desde la azotea de una casa árabe en Jerusalén Oriental, si no es porque Amschel me sacó de la mira del tirador, empujándome hacia un lado, no estaría aquí, hablando con ustedes. La bala iba directo a mi cabeza.
Ebenezer, con un ojo tan entrenado como el mío, miró en torno a la sala y vio que la cocina hacía tiempo no era usada.
—¿Todavía estás de luto, Hillel?
—Sí... yo.
Y no me dijo más, ni yo supe de qué hablaron porque de inmediato empezaron a hablar entre ellos en yiddish. Por suerte, Ebenezer luego me tradujo, cuando ya nos habíamos marchado de aquel apartamento:
—La ley de Moisés dice que familiares y amigos guardarán luto, por quien haya muerto a espada, durante ocho días. Y Amschel ya lleva de fallecido casi un mes. Sólo a una viuda o al hijo primogénito se le permite un duelo tan prolongado.
El otro joven bajó la cabeza antes de responderle:
—Es que en mi corazón así me siento, como su viuda.
—Explícame eso. ¿Ustedes tenían algo?
—No, no, él no era como... yo. Además era de las pocas personas que me aceptaban tal como soy. Ni siquiera mi familia. Cuando ellos descubrieron mis preferencias, me arrojaron a la calle como si fuera basura. Amschel salvó mi vida en Israel. Me llevó a trabajar con él a Panamá, y cuando regresó a Venezuela me trajo consigo, de vuelta a la vida que había dejado aquí. Nunca se sintió incómodo con mi homosexualidad, y a pesar de que una vez, bajo los efectos del dieciocho años, le confesé lo que sentía por él, nunca se ofendió por mis sentimientos, ni me alejó de sus afectos. Dices que me estoy comportando como su viuda, es verdad, me siento como si lo fuera. Y hago votos por que si llegas a encontrar al que le haya hecho esto, lo voy a matar con mis propias manos, sea hombre, mujer o algún miembro de su familia. Eso dalo por descontado.
—Si lo haces, tendré que meterte yo en la cárcel. ¿Estamos, Hillel?
—Estamos. Por Amschel, lo que sea.
Se miraron ya sin cordialidad, y mi colega le recordó:
—No salgas de la ciudad. Te estaré llamando por si necesito interrogarte de nuevo. Shalom.
—Shalom.
En el carro le insistí:
—No me acapares los testigos, compañero. ¿Qué te dijo el amigo íntimo?
—Un par de cositas bien interesantes.
Me contó todo lo que le dijo aquel hombrón.
—Oye, ¿y con ese tamaño es gay?
—Pues sí. Yo respeto, no, pero aquí en la comunidad hay tanto ultraortodoxo medio locadio que no me extrañaría saber de algunos haciéndole la vida imposible. Menos mal que muchos se han mudado a Altamira y La Castellana, que si no... ahorita estaríamos investigando quizás su propia muerte.
—Y eso lo coloca a él en una posición desfavorable en el cuadro de sospechosos. Ahora sabemos que tenía un motivo para matar a Amschel: un amor frustrado.
—Además de ponerse, y ponernos, en un contexto que no habíamos considerado.
—¿Cuál?
—La verdadera situación del fallecido en el seno de una familia conservadora, como la mía o la de Amschel, donde hay el antecedente de un suicidio.
—No entiendo qué quieres decir con eso.
—Que la incomodidad no era sólo percibida por el muerto. Tampoco su familia se sentía cómoda con él, el hijo de una suicida viviendo bajo su techo, en su propia casa. Eso es grave entre nosotros. Bastante.
—¿Y?
—Pasa que entiendo por qué Amschel hizo tanta amistad con Hillel, a pesar de saber las costumbres de su amigo. Se apoyaban y comprendían mutuamente. Se aceptaban cuando nadie más los aceptaba. Ven, vamos a buscar a las chicas de tu cuadro-resumen; quiero escuchar primero lo que ellas tienen que decir.
—¿Dónde crees que estén?
—¿Dónde más? En el Centro Cultural Hebreo. Pronto será la fiesta del Sucot, y todas las mujeres se están abocando a la hechura de las techumbres para cada casa. Noemí, la esposa del rabino Yair, está coordinando la fiesta.
Al rato me vi subiendo por una de esas calles en forma de estrella de David, que tanto desquician a conductores propios y ajenos de la avenida Vollmer y de más allá. El Centro Cultural rebosaba de vida, mujeres con sus niños, o sin ellos, de un lado para el otro. Micol y Deborah, su madre, nos miraron desde lejos. Luego de un frío saludo le dijeron al “Rabicop”:
—¿Tú por aquí?
—Anjá, necesito hablar con ambas.
—Pregunta lo que quieras —insistió la más joven—, no tenemos nada que ocultar.
—De ser posible, por separado. Puedes acompañarme a la biblioteca, Micol, y tu madre quedarse aquí, conversando con mi compañero.
A ninguna le gustó la propuesta, pero no podían negarse. Me quedé muy aplastado en el sofá de aquel pasillo, mientras le preguntaba a la mujer las dos cosas que quería saber: si tenía una coartada, y si ella sabía quién lo había hecho. A la primera pregunta me contestó que el día de la muerte de Amschel estaba en el Goethe Institute viendo una película del Ciclo de Cine Judío. A la segunda me contestó que no, y que lamentaba mucho la muerte de aquel hombre:
—Fue una gran pérdida para todos nosotros. Todavía no entiendo cómo mi hija pudo haber roto su compromiso matrimonial con él. Tan buen partido, tan excelentes cualidades, tan...
—Tan rico, con tanta plata en la cartera... ¿Es lo que iba usted a decir, no?
La matrona me lanzó una mirada envenenada, y se levantó para irse por el pasillo, caminando hasta un salón que se habilitó para uno de los tantos comités de faena.
Ebenezer no la tuvo mejor que yo:
—¿Qué te dijo la “junior”?, porque la “senior”, de haber tenido una tijera podadora, viene y me emascula sin miramientos.
—Nada nuevo. Que ella estaba en el festival de cine judío con su mamá, que le tenía cariño al difunto, pero no amor, que si ella es buena y el mundo es malo, etc.
—Vamos con la otra doñita.
—La vi. Está en la cancha de squash.
Cuando nos llegamos hasta allí, la madrastra conversaba con otra dama. La despidió para poder atendernos.
—Imagino que quieren hablar conmigo sobre la muerte de mi hijo.
—Su hijastro, señora.
—Insisto, mi hijo. Llevaba veinticinco años viviendo en mi casa. Tengo derecho a llamarlo hijo, aun cuando él siempre me trató como a una extraña. Lo más doloroso fue cuando se mudó porque pensó que su padre y yo nos poníamos de parte de Herschel y de Micol, y no de su parte. Es duro tener que escuchar cómo un hijo nos dice tantas cosas horribles, que salieron de su corazón, sí, pero también de un odio desmedido por quienes no quisieron otra cosa más que su bien. No me diga que no es mi hijo, si cuando lo encontraron muerto creí que me volvería loca.
(Y, por extraño que parezca, Ebenezer y yo vimos cuando sus ojos se llenaban de lágrimas).
Le preguntamos un par de tonterías para dejarla más sosegada y luego nos fuimos de allí. Apuntamos los cañones hacia El Rey David, porque el viejo Nataniel era cliente fijo para los bombones y mermeladas naturales. Y, ¡bingo!, su vástago sobreviviente lo acompañaba en aquellos dulces vicios.
—¡Mira, Tancredo!, la mermelada de melocotones orgánicos que ando persiguiendo desde hace un mes. Aunque aquí esta carísima. Yo no he cobrado los cestatickets todavía. ¿Y tú? ¿Ya te los dieron?
La forma de entrar junto a ellos en escena perturbó a ambos hijos del sabio rey Salomón. Nos miraron con unas caras largas de incordio mal contenido. Sin preámbulos, el más viejo preguntó:
—¿Vienes a interrogarnos? ¿Me crees culpable? ¿Tú de verdad piensas que pude haber matado a mi hijo? ¿Es que no son Isaac y Rebeca, tus padres, mis amigos de toda la vida?
—Nataniel, eres abogado, deberías saber que yo sospecho de todo el mundo hasta que sepa que alguno de verdad es inocente. Por mí, todos ustedes, como sospechosos, y de paso coherederos del difunto, estarían presos ahorita, pero bueno, como existe eso que se llama ley... tú me dirás. Será por esa razón que la pobrecita Temis tiene una pintica de chamita violada que no me la aguanto: cieguita y con una tetica afuera... pobrecita.
Confieso que casi me reí, pero solo casi.
—Papá, ¿quieres que llame al doctor Curiel, el abogado de la familia?
—Deja la pendejada, Herschel. Tú no eres Ben Stiller, ni tu papá Woody Allen, y por ser famosos los ando persiguiendo para pedirles autógrafos. Esto es Caracas, loco, no es Nueva York. ¡Ubícate!
Vi que las bromas de mi amigo se estaban pasando de castaño oscuro, así que intervine:
—Queremos saber dónde estaban el día que se encontró el cadáver de Amschel. Eso es todo.
—Yo estaba en una cena en el Hotel Marriot, con mis inversores de Curazao.
—Y yo lo acompañaba. Fuimos los primeros sorprendidos cuando mamá nos avisó.
—Bien. No salgan de Caracas, ni del país, por si necesito contactarlos nuevamente.
Salimos de allí y terminamos tomándonos unas cervezas bien frías en La Candelaria. Ebenezer viene y me suelta:
—Esos dos son pie de limón. Dulcitos y merengosos por arriba, pero abajo ácidos, bien ácidos. Si son las mujeres, la esposa de Nataniel es marquesa de chocolate, pero la chica y su madre son mousse de parchita.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
—Una teoría personal que llamo “Psicorrepostería”; de acuerdo con ella, los biotipos criminales vienen sólo en cinco formas posibles:
- Marquesa de chocolate: Los que dan aspecto de sufrimiento y son los más fríos de todos. Calculadores, arteros. No me fío de ellos.
- Pie de limón: Se creen mucho y la gran cosa, pero aunque se la dan de mucho no llegan a nada. Esos son los resentidos.
- Mousse de parchita: Intolerantes, quieren hacerte creer que tú eres el patán, cuando ellos son los verdaderamente maleducados. Rateros, estafadores, en fin, los de crímenes menores.
- Ganache de chocolate blanco: Juras que son inocentes. Todo sencillez y candor, cuando han explotado mujeres y vendido drogas a niños por la medida pequeña.
- Tres leches: Esos son los verdaderamente peligrosos. No sabes cuándo van a atacar ni cómo lo van a hacer, pero son los amos del juego, desde antes, incluso, de haber empezado la partida. Por eso son tres leches, una para cada muerte: Accidente, asesinato, suicidio o muerte natural. Obvio que el merengue, es la muerte natural.
—¡Vértigo! Ahora sí que me sorprendes, compa.
Tratamos de organizar nuestras ideas y aclarar nuestras dudas. Cada teoría parecía llevarnos de un sospechoso a otro. A la media noche le dije:
—Tú estás relativamente cerca, rabino, pero yo voy lejos.
—¿Dónde es que vives tú?
—En El Hatillo, de donde es mi familia. Bueno, ellos son de Madeira, pero yo nací aquí, y tengo que rodar muchos cauchos todavía. ¿Te llevo?
—Chévere, gracias.
Salimos de allí y todavía me persigue en sueños ese disparo de M16 que le voló la cabeza, tres balas de una sola carga y a una distancia de quinientos metros. Mirilla telescópica; visión infrarroja. Aún no he dado con el asesino de Amschel, ni tampoco con el de mi compañero Ebenezer. Pero voy a encontrarlo. Estoy seguro de que fue la misma persona, y hasta disparó con el mismo fusil de asalto, porque ya me lo confirmó balística. Fue él. Fue...
—¡Otro disparo!
—¿Hay bajas?
—Sí, vale, cayó Tancredo, el hijo del portugués... sólo quedó la grabación.
Glosario
- Peyes: Pelo que cuelga de las “patillas” de muchos varones judíos. Su uso se popularizó en tiempos de Antioco V, porque los griegos se afeitaban esa parte, no así los judíos.
- Hassidim o Jasidim: “Piadosos”. El término corresponde a aquellos judíos dedicados a la enseñanza del alefato y los principios básicos de su fe en las escuelas que nosotros llamaríamos preescolares.
- Ketubá: Contrato matrimonial. La mayoría de los matrimonios judíos la cuelgan en la cabecera de la cama.
- Kosher: Comida aprobada por un rabino especialista en la ley sobre alimentos: no mezclar productos cárnicos con lácteos, no comer cerdo ni animal que no tenga pezuña partida, ni conejo, ni pescado sin escamas, ni mariscos, entre otros usos.
- Yiddish: Lingua franca de los judíos en Europa Central (los Azkhenazi). Es una lengua germana que se escribe en alefato o alfabeto judío, posee palabras tomadas del polaco, el checo, el serbio, el ruso, el italiano, el inglés y hasta el español.
- Shalom: Literalmente significa “paz” y es una fórmula de saludo.
- Sucot: Proviene de la palabra “suca”, que significa “cabaña”; con la Fiesta de las Cabañas, el pueblo judío, celebra y recuerda haber vivido cuarenta años en el desierto en cabañas, luego de su salida de Egipto.
- Yeshiva: Escuela talmúdica. Los asistentes son hombres solteros que ya conocen bien la Torah, el Talmud y la Cábala. Los hombres casados sólo asisten a ella para dar clases, y excepcionalmente se permite el ingreso de hombres mayores de cuarenta años, solteros, si han demostrado una conducta piadosa.