Doble en las rocas. 18 años y Nº 300 de Letralia • Varios autores
Tres circunstancias de la soledad

Rocola

La poesía de la rocola

La bruma de la edad difícil comenzaba a disiparse y nuestros cuerpos solicitaban con urgencia generosos cuerpos femeninos. El placer solitario nos dejaba ansiosos por los espejismos de la imaginación. Ya ningún letrero nos prohibía acceder a la oscuridad rojiza del bar. Nos inclinábamos sobre la barra o, en grupo de cuatro o más, rodeábamos una mesa que al poco rato estaba cubierta de botellas vacías.

Descubrimos que el largo tiempo de unas pocas horas sin ver a la muchacha que nos desvelaba, el breve instante de toda una mañana a su lado, su nombre oprimiéndonos la garganta, la intolerable cárcel del deseo, se conjugaban en letra, música y voces del corazón.

Comenzábamos la edad de las borracheras inmortales, la dispareja lucha contra la endiosada eficiencia; conocimos el silencioso rencor por hacer lo que menos nos gustaba. Queríamos el día completo para el goce de vagar, jugar cartas, correr bajo la lluvia, acostarnos a la sombra de un samán a contar chistes. La noche también la queríamos íntegra, sin que faltara una sola de sus estrellas, para agotarla, para agotar nuestras infatigables ganas de vivir. El ruidoso copeo, la confirmación de la amistad, la confesión del amor correspondido o del despecho: la vida era la tensión de la cuerda de un arco.

Ahí, como un templo, estaba la rocola con sus luces seductoras, con sus combinaciones de letras y números, con su heterogénea muestra de amor y desamor. ¡A cuántos vimos llorar o maldecir ante ella, olvidados de su hombría por “una pérfida”, por “una ingrata”! ¡Cómo la insultaban algunos, cuyas peticiones ella no complacía de inmediato!

Comenzamos a adorarla porque ella nos deparaba la expresión que faltaba a nuestro incipiente sentir y a nuestra inmadura labia. Ella nos entregó el descubrimiento de ese algo abrumador que las canciones sugerían, mejor o peor, acorde con la vitalidad del intérprete.

Y cuando queríamos olvidar a las favoritas de nuestros corazones y nos fijamos en las reinas de los bares, en ocasiones amargas y vulgares, la rocola nos ofrecía las piezas que a ellas dedicábamos. Ella tenía la medida de nuestro sentir: sólo ella podía evocar la mujer que latía en uno para no perderla entre los oscilantes pensamientos de nuestras borracheras.

La rocola nos dio la primera forma articulada de eso que nos quitaba el sueño y asaltaba nuestros precarios sentidos. Cuando llegó el día de las explicaciones indiscutibles, ya habíamos recibido de ella el conocimiento sin dogma de sus canciones.

Quienes buscamos el no siempre afortunado sendero de las letras, quienes nos adentramos en los aventuras verbales de poetas europeos, quienes intentamos consignar nuestra inconformidad y nos arriesgamos a vivir a un lado, supimos primero del amor dolido o consagrado en el rincón... Me cansé de rogarle, me cansé de decirle que yo sin ella de pena muero... me salgo a la calle buscando un consuelo, buscando un amor...

Ella poseía las palabras de nuestros deseos recónditos: privilegio compartido con otros, de rostros oscuros y melancólicos, que dio tierra a nuestros pies, que nos alejó del voladero de la sinrazón al que nos llevaba la insoportable gracia de vivir.

Por la rocola supimos que en el mundo también mora la poesía.

 

Utopía de un amante

Más adelante (¿quién sabe cuándo?) otros, parecidos o iguales a nosotros, sin duda aparecerán y actuarán con mayor libertad. Esta ciudad, siempre inacabada, será distinta: habrá amplios bulevares entrecruzados, parques en todos sus barrios, plazas sin peligros donde los amantes se besen y celebren su existencia, y los poetas se acuesten sobre la hierba y contemplen y sean menos vanidosos.

Tú te asomarás al balcón (de un apartamento amplio de un edificio de pocos pisos) y mientras riegas las azaleas y los helechos me saludarás con una mirada vivífica y yo, contento por ese presente festivo, te tiraré un beso. Ya no estarás agobiada por el trabajo, por las colas y el humo de los automóviles. No tendrás que madrugar para atravesar, fatigada, la ciudad entera, ni desfallecerás en la oficina donde siempre has hecho lo mismo y tu vida se desgasta como un tronco muerto en una playa prohibida. No padecerás las humillaciones de las calumnias y los rumores maliciosos: a nadie le importará ningún juicio ajeno a la ética elemental que, sin cultivadas mezquindades, será como respirar o tener corazón. El dinero volverá a ser un mero valor de cambio y para ganarlo no estarás obligada a perder el alma. ¿Y la riqueza? Ni siquiera sospechamos lo que ella será: siempre hemos sido miserables.

El tiempo dejará de ser guardián que obliga a la urgencia. Viviremos acorde a la puntualidad de nuestro ritmo interior. También seremos ánforas sagradas e inteligencias desinteresadas en aniquilaciones. Como quiso Roberto Arlt, jugaremos a los piratas y construiremos insólitas moradas y nos preguntaremos mutuamente: ¿estás viviendo, verdad, estás viviendo?

La tristeza perderá su sombra de castigo, porque sabremos que también somos ella. Tú serás impetuosa y cuando sea necesario tu rabia fluirá como un río desbordado. Querrás estar sola con tus pensamientos y tus recuerdos y sabrás que la vida es la noche del condenado a muerte al amanecer. Tal vez yo escriba para ti, pero preferirás que nos abracemos y nos amemos junto a un ventanal por donde entrarán la brisa y los sonidos familiares del vecindario.

Despertaremos en un valle remozado y se habrán abolido tantas leyes y tantas costumbres. Las banderas no serán símbolos divisorios, las canciones patrióticas quedarán como vestigios de pretéritas disputas por fronteras absurdas. Entonces nos habrán abandonado las cíclicas noches del cavilar laberíntico y no padeceremos más los molestos signos de la convulsa realidad de desenfrenos bélicos.

También de la muerte, que va a nuestro lado, serán tus ojos y los míos; pero el tiempo que estemos aquí estarán abiertos al mundo diverso y a los sueños. Del brazo tuyo bajaré por lo menos un millón de escaleras y no nos importarán las trampas y los oprobios de quienes creen que lo que vemos es la realidad. Por ahora nuestro viaje es largo (habrá tiempo, habrá tiempo), pero hagámoslo más llevadero olvidando nuestro desierto de nieve en este tiempo de asesinos.

Ya lo dijeron Rimbaud y Vinicius de Moraes: hay que inventar el amor otra vez.

 

El destino paralelo

Nos toca fingir que seguimos las indicaciones de un mundo que entendemos, pero no aceptamos.

Hace poco tiempo nos habríamos rebelado con nuestro orgullo maltrecho y nos habría bastado con permanecer en el círculo de la inconformidad. Hoy, con más años y algo de sensatez, salimos a bregar para subsistir, guardando nuestro secreto para gozarlo en la soledad.

Si estamos a un lado, lo disimulamos; con un nudo en la garganta y apretando los dientes, salimos a enfrentar la realidad común. Seguimos creyendo en los milagros íntimos, en la reverencia por lo que no comprendemos, en nuestro recio desatino, en nuestra condición de mensajeros desoídos.

Aún nos entregamos a las noches, festejamos la amistad y agradecemos la venida de las pasiones. Celebramos la sacralidad del cuerpo en lechos propios o ajenos, inauguramos cada hora con una alabanza, arrojamos las imposturas en los rincones de los bares, dejamos los disfraces diurnos en los percheros de las oficinas.

Buscamos nuestras almas en la música, en poemas olvidados, en conversaciones nacidas en los riesgos de la franqueza, en el fondo de las botellas de aguardiente, en la ascética intimidad de nuestros cuartos, en la orilla del mar, en el verdor de los cerros, en la lluvia, en un gesto, en una palabra, en un abrazo, en el silencio, en la inmediatez de la muerte, en el sigiloso caminar de un gato, en el repentino saber...

Nos toca ser río subterráneo; nos toca ser lento y sosegado fluir a un lado de la ruidosa carrera del progreso. No estamos en trance de sacrificarnos. Basta con guardar celosamente el caudal preterido.

Nadie nos pide figuración ni artes ostensivas. No es en el terreno de las polémicas donde debemos aparecer. Más nos conviene el apartamiento y una que otra intervención para tocar la memoria de quienes arrasan y no conocen límites y no quieren detenerse.

Nos toca llevar las gracias desechadas, el don desafiado, el misterio burlado. No nos arrogamos un privilegio: a nadie pertenece esta voz, ni a nadie pertenece este reino.

Aquí estamos, mientras la barbarie campea.