Doble en las rocas. 18 años y Nº 300 de Letralia • Varios autores
“En el Moulin Rouge”, de Toulouse-Lautrec (1892)Cuento doble en las rocas

Voy a salir del callejón de la puñalada. Me dejaré ir por la Francisco Solano a ver si tomo un taxi. O no, mejor me voy en metro hasta “Art & Gas” (Artigas, en San Martín) no es tan tarde y así me disfruto la noche fresca y yo tan apestosa a bar. Dejaré allí sentados a Mladem Beg, como siempre haciendo equilibrio con su mano en la rodilla de la pierna cruzada sobre el banco giratorio, a Víctor Antonioni bebiendo cuba libre sobre la acuarela donde cada huella de vaso es una luna o la excusa para seguir con sus aguadas mujeres de grandes culos, y a Pancho Massiani, monologando ebrio ya, listo para pedir otra y pendiente de que el barman, cualquier barman de cualquier bar, perdiera su natural hábito de cuidarlo. Si dejé a esos tres ahí, seguro cerca de la ventanita seguiría la Pitusa, entornando los ojos en una conversación con Argenis Daza, Buonafina o con Mayerston y a esta otra niña, Mica, la pintora “naif”, de pronto a la muda que hablaba hasta por los codos, maquilladísima y siempre escuchada, a Earle con su trago y sus bigotes a media sonrisa. En una mesa, debajo de una mujer tristona cuyo rabo también era un cello y se tocaba ella misma pintado cual mural en la pared por Antonioni, rodeado por Estrella, Lucero y Rayito: (simple casualidad, nada de otro planeta) Néstor Francia, con el pelo negro y el dedo dentro del vaso. En otra mesa, en cuya pared está una acuarela con unas cayenas azules de morirse de Elio Berroterán, estoy sentada yo, aunque ya no. Un poco lo digo para que no me quiten el puesto. Las flores caen dentro de mi vaso vacío, se rebosan y danzan los pétalos en el aire. Con el dedo voy cogiendo miguitas de pan de un almuerzo lejano. En esa misma mesa dejé a Stella con Ingrid, a Leopoldo Armand, a Denzil, a “nais cuis yoryie” y a la negra Mireya, de franca sonrisa. Afuera pasa la figura estilizada de La Madame, una francesa anciana pero muy jíbara. Jesús Antonio Ortega baja y sube con los cartones de sus pinturas rozándole el saco del flux anacrónico, tratando de vender sus cuadros para beberse otra, y otra y a cada una, sus obras bajan de precio hasta sólo cambiarlas por la oscura botella y nada más. En el centro de la barra, Franceschi dibujando también, frente a uno de los morochos, dueños de ese bar, Gibus. Los morochos, uno bueno, otro malo y uno a merced de sus atenciones, buena o mala. A veces los de la Funeraria Vallés, dueños de las espirituosas bebidas y de cada uno de nosotros, iban a por tragos y eran espléndidos invitadores de curda. Todos en algo, sentados, de pie, conversando, riendo, con el vaso de whisky o la polar negra en la mano. Era como estar en esa fiesta sabrosa en casa, irse y dejar a la familia y si regresabas, los volverías a encontrar. Bueno me fui. Me salí del Pasaje Asunción, para la casa primero. Luego para Barquisimeto. Pero ya en la casa, sonó el teléfono gris. El del aro rojo que tenía un candado en el cero. Era mi papá. Que estaba en el Monte Rosa. No en Italia, por ahí. No. Claro que no. Llamaba desde el Monte Rosa en la avenida Washington de El Paraíso, mi paraíso. Era el periplo de él los viernes en la noche. Se venía de trabajar en Las Mercedes y se detenía en el Monte Rosa. Un bar al inicio o final del puente 9 de Diciembre. Depende de dónde lo ves. Era un bar tipo terraza, con un edificio redondo arriba. Después de unas 5 negras, llamaba. Desde un teléfono rojo gordito que parecía una hucha. Se atrevía, después de 5 polares negras, se atrevía. Y nos invitaba a comer, a beber. Lo que tú quieras Nena, y traes a los muchachos pero como estoy en el Monte Rosa, mejor deja que esté cerca, en el Monte Sirente, en el Apolo... le sugería también uno justo al frente de la casa, el que montaron donde quedaba la bodega La Calanga que era de asados y la cerveza friíta o en el chino que es más cerca. Y ahí en ese punto era donde la Nena le formaba tremendo peo y le decía que se quedara en un solo sitio, en el mejor de los bares que había nombrado que ella iba a bajar conmigo a comer y a beber y que no estuviera moviendo el carro. Que lo dejara en algún sitio que mañana se busca. Que el Negro ni Z están y voy a bajar con Maria sin acento. Todos los viernes era así. Dígame si llamaba de los chinos del Hoi Ping, ese estaba al otro lado de la autopista, en la avenida La Paz, para él era un bar más en su súper Nova, pero para ella era perder el control de su borracho. Después de tanta discusión gastronómica y etílica, la puerta del cuarto de ellos amanecía con botón y mi mamá con un papel firmado por él de una promesa que, ya firmada, debía cumplir. Ya esa noche no me iría. Tan tarde no salen buses a Barquisimeto. Finalmente me fui. No sé cuándo en el tiempo ni si eso ocurrió el viernes anterior, pero era la vida y así se va contando desde donde se recuerda. Y llegué. Llegué a la casa familiar en la 19 y salí de una vez para las ferias, la exposición de caballos de ese año, Carmen Pifano que me presentó a Luis Alberto Crespo y yo temblorosa con aquel librito que había comprado en un pasillo de la universidad que “si el verano es dilatado” y sí que era dilatado aquel verano, dilatado, dilatadísimo. Dilatado cuando se ensanchan las cosas y dilatado tal cual decían las viejas si alguien era lento y se retrasaba en los oficios. Era eso mi verano con ese libro y la cara colorada de ese señor de ojos pequeños escrutadores que conocí en los caballos de la feria y el vaporón de los establos que eran bar o galpones de exposición y la gente bailaba con el sombrero puesto y las cervezas se calentaban en las manos con la cabeza dando vueltas siempre intoxicada con un poco de alcohol. Yo empezaba apenas a darme cuenta de que mi mundo era el de lo posible porque si decías dame un chance y bromeabas con dame un “Sánchez Peláez”, era él mismo quien echaba para atrás su silla para dejarme pasar (pal baño) una noche cualquiera en el callejón sentado con el gran Ludovico, o al revés del escritor y su obra al decir del uno sobre la poesía del otro, que no atinabas a decir frase alguna para no disipar la metralla de sus últimas palabras, ahí, paradísimos los dos en la puerta del mismo bar, del Cristal, del viejo Don Sol. Luego, pasada de tragos, podía recordar en mi cama si era lícito morirse en abril. Ya no me daba lo mismo la estrecha acera del frente y si podía o no saltarme un charco aun estando enamorada. Pude recordar a tres de mis profesores. Sólo porque bebí unos tragos con ellos, Eleazar León, Adriano González y William Osuna, los otros maestros de las letras (no de las mías), debido a su sobriedad, quedaron metidos en aquel librito con las ofertas de la academia. El puesto se lo gana la gente en el bar América, y en “el tercer mundo” atrás de la UCV. ¿Y las mujeres? Cada una contándome la historia que quieren que diga si no me dejan ni teclear hablándome al mismo tiempo y poniéndome loca, que si escriba que se ganó aquel premio municipal que si Luis Guevara y maquinita tacatatá disparando y la Vidalina bla bla de Antoñoña, y no vayas a escribir tal pendejada, porque eso si es una pendejada mejor habla de premios o cuando estuvimos con Luis Britto, Aníbal y Zapata en la cátedra del humor ensordeciéndome esas locas cultas que si Dulce Rivero y Milagros Camejo, cacareando sus cuentos como gallinas pirocas y Beatriz tomándose unas curdas y cuidando también en ausencia a su Ludovico que si bien estaba vivo también está muerto, perseguido como siempre por la enhiesta figura de la blanca y negra muerte de la sociedad y de esta cultura ochentosa de beber y beber y figurarnos cambiando el mundo que no podía ya ser cambiado por nadie, sino alcanzados por él y arropados por la guerra y la extinción en todas las esquinas. Sin miedo. Fuimos fanáticos de rodear los abismos con los ojos cerrados. Volviendo a ese otro escenario, el de los bares de putas y las galleras, no hubo uno en el que me dejaran entrar tranquila. Sería la edad, y hubo que meterse ajuro, diciéndoles a ellas que yo no era competencia, qué va, y terminaba escuchándoles los cuentos a esas putas tristes y eran así de tristes antes de que García Márquez inmortalizara esa melancolía que viene cosida al oficio de ser puta. Y con los gallos ni que decir de las cervezas a un bolo y aquel sangrero y esos hombres que nunca los entendí, magreando los gallos, hablándoles tierno en el piquito y después recogiendo sus gallos muertos tan tranquilos, no joda. Esos bares los conocí de la mano de Oscar Albahaca, tan estudioso de las letras y tan erudito como sabias eran sus peas: La Lisa o la niña Belisa, Le Tizón, El Velero del Navegante, El Pitacho, donde se presentaba Doris que fumaba y eructaba con la fruta, Le Chat Noir, La Terraza, El Planeta y Cambural, bares, puros bares olorosos a escupitajo de chimó, limpios a fuerza de aserrín y buena voluntad. Me perdí en un momento que dejé esto a medio escribir. Me faltó guáramo pa enfrentar el blanco de la hoja y decidí cerrar la historia. Si es el día siguiente y ya no tienes el whisky en la mano y la copita de vino tinto no te agua los ojos es porque se trata del día siguiente. La vaina ya no es lo mismo. Tratas de buscar y ya no recuerdas y si recuerdas, lógicamente no es tan bueno como lo veías anoche con la ayuda de la copita y tal. Malo de no recordar, es cuando se te borra un pasado ilustre, unos castillos, unos cuantos museos del mundo por ahí lejos. Porque si fuese acá, coges el metro y regresas. Pero más lejos no hay GPS financiero que me reubique y me alcance hoy en día para desandar aquellos viajes. Se borraron los recuerdos entre tanto alcohol, vamos a ser claros en esto. No es que aquellos borrachos bebían, yo bebía. Y si el vampiro que desapareció en una calleja entrando por la puerta lateral de una iglesia de Edimburgo me impresionó tanto, no fue por la oscuridad y que sin correr volábamos, no, es porque la puerta de la iglesia estaba cerrada. Entonces ¿a quién culpas? ¿A Poe y a Maupassant por haberte llenado la cabeza de fantasmas? (además de su amplio prontuario con el alcohol y las mujeres. Los dos: Poe, borrachísimo y lo más seguro es que su famoso “never more” obedece a esa falsa promesa de ebrio que nos hacemos tras cada resaca y el Guy, mariposeando de bar en bar cual Bel Ami, chuletísimo). Culpas a los múltiples estados de ebriedad y a la inconsistencia de los datos imprecisos tanto en lo verbal como en lo físico ya que se disipan como borrosas y las imágenes son de humo y destilan por las paredes del pensamiento cual foto de enigmas paranormales y de extraterrestres. Todo se ve nítido, menos lo impresionante. Después volví a un plastiqueo que era pura farándula, por la cuestión de que eran traducciones de telenovelas. Tú me dirás. Con cada personaje de la realidad o de la ficción era la misma cosa. Y ebrios, más. Con los científicos y la universidad sí que fue el colmo del muermo. Pichirres y nunca me eché un palo con esos que no fuera una sangría chimba en diciembre. Son rarísimos los científicos. Pueden vivir como les da la gana, pero viven fuera del mundo, con unas ideas fijas ahí compitiendo para que nadie les saque esas conclusiones dramáticas de sus cabezas llenas de células que se suicidan en una apoptosis revolucionaria, células T que se inmolan y se rebelan contra sus enemigos que, en el fondo de su inmunidad, son ellas mismas. Volviendo al tema de lo cotidiano de beberse un trago con los amigos, quedó para lo último el cuento de los casi cincuenta años en este macán. Es decir, para el final de esta historia, que también se parece a cualquier final igual esté cerca de los ochenta o de los años que me queden por vivir, digo ochenta, optimista claro, conservada en alcohol como me siento. Y fue que en un bar por allá en Los Caobos, detrás del ateneo, que me metí a beberme unas frías por culpa del calor y de no encontrar qué era lo que iba a decir al día siguiente sobre el arte corporal y “el cuerpo es el lienzo”, invento de la Skarlet Boguier como se lo presentó al maestro Calzadilla aquel agosto en mi cumpleaños y el hombre dijo que sí a soberanos disparates de esos que escribo yo para delatarme en eso del talento que no me sobra sino que más bien me atormenta desde los otros y quiero nombrarlos como sea, ya en julio me había pasado con las letras de Dinapiera di Donato y Ely Zamora allá en Lima, dos venezolanas de antología pero con pisco soer y algarrobina. Las admiras desde su obra, tanto, que les ofreces libros que nunca puedes cumplirles y entre cervezas y tertulias literarias le pides a Carolina Álvarez, salida ilesa de sus cuentos maravillosos, a Marcos Veroes y a Anny Pereira, dos compinches de copas que se dibujaron poemas en los labios y ella le puso un hijo en la sonrisa, que te hagan una vueltica para ver si se puede. Pero la letra escrita con tinta y papel pasó de cacherosa a imposible. Tanto que nos leemos digitalizados al lado de cuadros que sólo hemos visto en enciclopedias. Eso lo comenzó hace 18 años Jorge Gómez. Se buscó un lugar en el espacio cibernético con mucho de ciencia ficción que para cualquier borracho de la época habría sonado a cuento chino. Y si, esto de estar en tantos lugares al mismo tiempo era para asustarse. Revistas digitales, libros sin hojas, porque ya los libros inéditos quedaron en la ausencia que ha de sentir un árbol que renuncia a su sacrificio. Se murieron entonces unos cuantos gatos, y saliendo de unos meses puliendo los banquitos del bar El Picnic, frente a Antiques Tattoo, volví a Caracas, a echar el mismo brollo del lienzo, del cuerpo, de agosto, pero en noviembre, y fue cuando el gordo se las ingenió para mentirnos con su camarota, y me sentó en la mesa del bar a la fotógrafa más bella de este mundo y ella, con reírse de todo lo que dije esa tarde y de las meditaciones inciensarias en la plaza de Chacao, ebrias por demás a punto de ser muertas pero como en ese barrio no hay maleantes, con botellas de vino que salían mágicamente de su bolso, tuvo para que hoy venga un jefe civil del pueblo este, donde aún no se acostumbra a que se respira el mar desde los cuatro puntos y no hay más quehacer que ver los pájaros y las flores inútiles del bucólico paisaje y diga: Isamar Delgado acepta usted como esposa a Marianela Cabrera y la hija de las dos, Valeria, nos lleve las flores y las copitas hasta la playa de Chuao chocolate candente, y brindemos por Venezuela, el país donde se bebe más que en Rusia y si no, que alguien venga con una guarapita de parchita, se me siente al frente y me pregunte. Que yo respondo.