Doble en las rocas. 18 años y Nº 300 de Letralia • Varios autores
Ebriedad, escritura y esotros espejismos

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

Ebriedad, escritura y esotros espejismos

1

Un golpe de ocaso, púrpura, y el menstruo de la vendimia se allega a mi madera de apoyo que me permite emborronar papeles. Otros alcoholes se juntan pronto en la celebración y el eros y la poesía se radican a su merced. Brindo por Guillaume Apollinaire, aquel encantador en putrefacción. Lo visito y lo encuentro de onirismo y en prisión, pero ya vendimiario, en fermentación. Una transitoria dipsomanía nos hace intimar. Visualizo una vez más su cráneo reventado y de él surgen noches renanas con un apasionamiento de estrellas. “Mi vaso está lleno de un vino tembloroso como una llama”. Escucho al Rin que fluye cercano y sé que en su ebriedad exige los reflejos de esplendorosas viñas y cuernos de caza. El poeta falsamente asesinado entona: “Escuchad mis canciones de universal borrachera”. Luego bebemos su vino doblemente milenario y nada casto.

 

2

Apartado, en mi rincón sin estruendos, leo “Notas de un viejo sucio”. El whisky remarca su sabiduría y su apego a la noche. No quiero cambiar de bebida, pero Bukowski me urge: “Quédate con la cerveza / la cerveza es sangre continua / una amante continua”. Le hago caso sin oponer mucha resistencia. Le pido a mi china que me traiga una birrë helada. Paladeo hasta los ancestros del maestro cervecero y los países del lúpulo y la cebada. Escucho la voz de Bukowski: “Tengo la impresión de que beber es una forma del suicidio en la que se permite regresar a la vida y comenzar de nuevo al día siguiente...”. Me trago los mundos, los de adentro y los de afuera y aun los de la periferia y huelo sus manos encabronadas y asesinas. Bukowski sonríe con su cara de zorro cínico y me recuerda que su padre fue alcohólico a carta cabal. Escribo sobre la pared de enfrente: “Bebo por el paraíso / y la muerte / y la mentira del amor”. Bukowski firma debajo y nos echamos a reír.

 

3

En medio de una epifanía de lápiz y cuaderno ingería los espíritus justos y no deliraba. La sincronicidad del ron me había anclado de nuevo a la tierra que se coloreaba de tapas y virutas de grafito. Escribía desde una estera extendida sobre un prado apertrechado de termitas y cagajones de equinos. ¿Continúo bebiendo?, me pregunté, sabedor de la respuesta. Deshice la enmienda y conocí los recuerdos del año pasado. En ese momento el acompañamiento de William Burroughs era más que necesario. Él almorzaba desnudo sintiendo el apego de su máquina blanda, laxa, inútil. Sus demonios, creo, eran seres inorgánicos, muy lejos del aire de los extraterrestres, y sus imágenes y mundos se bamboleaban como ciudades sumergidas en noches de sangre. Caminamos por el lugar donde avanzaban los muertos y tomamos ayahuasca mezclada con aguardiente. Tal vez alcanzamos ciertas tierras de occidente, aquellas menos accesibles porque experimentaban revoluciones o revueltas o motines. Vimos hipocondríacos hirviendo dentro de tanques llenos de alcohol barato. Había muchachos salvajes saltando y gritando alrededor y el tiempo había dejado de ser virgen y se movía de un lado a otro, emputecido. Desde una torre abrieron fuego y Burroughs se puso en cuatro patas. Un fantasma lo reconoció y lo penetró con el número 9. Sin muerte, sintiéndose humano del interior de la esfera, Burroughs se puso morado, casi negro, y lanzó por la borda todas las metáforas que traía a cuestas. Su lenguaje mutó hacia una paranoia donde reinaba lo híbrido, lo mítico y lo contradictorio semifusionado. Rápidamente comenzó su fascinación por los residuos y le costó mucho retornar al silencio. Después su cuerpo fue todo enfermedad y un flujo mísero representó a su escritura. Mi mirada abandonó su rostro y se clavó bajo un pote de sustancia blanca. Me marché y desde lejos escuché repetidas veces el clamor de Burroughs: “Nuestra droga nacional es el alcohol. Tendemos a considerar el uso de cualquier otra droga con especial horror”.

 

4

Desayunaba con la sangre fría —más o menos vuelto pescado— y Truman Capote hablaba desde su libro, frente a mí, con unas damas que daban voces como coces. Varias botellas que habían contenido Chianti estaban volcadas sobre el parqué. Afuera, en el jardín, un arpa de hierba deleitaba a los grillos y a los escarabajos. Se oían las musas dentro de mi estómago y en el interior de mi cerebro. Un cadáver exquisito me esperaba como postre sin postrar. Unas cruces de verano indicaban que la primavera había muerto. Mi árbol de la noche me esperaría en su territorio y bajo él habría una casa de flores y órdago. Los perros ladraban por turnos, sin temor a las nefastas consecuencias. Ellos no podían saber que esa música no era para camaleones ni reptiles parecidos. Sólo mis plegarias serían atendidas con prontitud. En el ínterin, varios enemigos dieron carreras con malintencionada turbulencia. Hubo que disciplinarlos con garras de león encima de una cama. Recordé una máxima de Capote: “Antes de negar con la cabeza, asegúrate que la tienes”. Atraje el libro hacia mí y vertí el resto de vino sobre su retrato de la portada. Le dije: “¡Salud porque eres un genio y un alcohólico!”.

 

5

“Diles a las mujeres que nos vamos”, me indicó Raymond Carver mientras me cedía la botella de ginebra para que vertiera un chorro en mi gaznate. Yo pensé que lo que había dicho era una tontería, una pequeña cosa, pero nada comenté. Al fin y al cabo, éramos iniciadores y nuestros insomnios de invierno los combatíamos montados sobre elefantes beodos. Además sabíamos de sobra que por las noches se movían los salmones en sus estanques de tinta. Carver había llegado desde el agua turbia junto con otras aguas igualmente sucias. Temprano había querido conseguir una nueva senda a la cascada, pero sólo encontró casas polvorientas al fondo. “Si me necesitas, llámame”, me dijo luego y nunca le di el recado a la vida de su alcohólico padre. Ahora estaba enterrado y acaso se mereciera únicamente tres rosas amarillas, tardías...

En el presente suelo sentarme, bajo un álamo con helechos colgando de sus ramas, a leer a Carver y a escribir mis impresiones y volver a leer lo leído y continuar tomando notas y abusando de los tragos a la memoria del escritor.

Naturalmente las nubes se mueven en mis alturas y el azul trata de abrirse paso y la botella de excitante licor se recorta contra la pared que define su perfil mojado. Una voz de mujer resuena en la tarde: ¡hombre! y procuro ubicar su procedencia y en la casa solamente se escucha el fragor de los fluidos etílicos mezclándose, sin prisa, con precisión.

El bolígrafo asume sus preocupaciones y tira el líquido oscuro que le sobra encima de la tabla manchada de viejos tragos y emborronaduras. El negror se posa en las ramas aledañas y aletea con frenesí para que yo continúe escribiendo, trasegando licor, soñando...

Un rasguño venido del vacío cruza raudo por encima del cuaderno y va a herir superficialmente a la copa de coñac que hace ingentes esfuerzos por convertirse en escritura. Ocurre un atardecer para ser asentado con palabras, con todos sus vapores espirituosos y espasmos de ebriedad.

Desde la hondura, Carver ratifica: “El alcohol fue mi compañero fiel. / Resultamos buenos amigos”.

 

6

De vino y de hachís se aparece en mi aposento Charles Baudelaire. Trae unas flores del mal prendidas en el ojal de su chaleco. Viene de unos paraísos artificiales donde logró únicamente despojos y un horror al paso del tiempo. Yo le noto la marca precisa de la melancolía en medio del rostro y él manifiesta su deseo de infinito e inmortalidad. Frunce el entrecejo y grita con vehemencia: “El odio es un borracho al fondo de una taberna que constantemente renueva su sed con la bebida”.

Le doy la espalda para extraer una botella de vino de la alacena. Al voltearme, ya no está: se ha marchado con la irregularidad de la belleza de su figura y opto por embriagarme para exaltar su poesía y sus vicios.

 

7

Raymond Chandler prefería la hoja de rosa para llenarla de romances. Allí también elucubraba su sueño eterno, su largo y solitario adiós. Conoció a la dama del lago, hermana pequeña de la perdición, en un extraño tren donde colocaban dalias azules en las ventanas.

Un día se afanó en redactar El simple arte de matar y al mismo tiempo en aconsejar que no les disparasen a los carteros, so pena de doble indemnización. Posteriormente presenció cinco asesinatos frente a una puerta siniestra, mientras picaba en la calle del mediodía.

El olor del miedo asesino lo podía presentir incluso bajo la lluvia. Al despedirse de sus clientes acostumbraba darles una tarjeta de presentación donde rezaba: “La molestia es mi negocio”. Odiaba a los chivatos y le gustaba más imaginárselos con máscaras negras y caminando al amparo de evasivas sombras. Nunca supe por qué afirmaba que los chantajistas no matan.

Probó suerte con algunas chicas y es probable que todo comenzara con poesía, pues estaba convencido que casi todo se iniciaba con ella. Para él, el problema consistía en “ganar delicadeza sin perder fuerza”.

Era un misántropo desarraigado y en el momento más sombrío y sin esperanzas de su vida, el alcohol lo convirtió en su súbdito. Escribía de madrugada y sus compañeros indefectiblemente solían ser una botella de licor y un magnetófono. A veces pensaba en los caminos de la mujer y le entraba un recóndito temor de toparse con ella. Escuché decir que tenía por divisa: “Conocerme en persona es la muerte de la ilusión”.

 

8

Con los pies pringados por la grasa de la amante, Lawrence Durrell se aquietó con un fragmento de “El libro negro” (¿o fue de “El libro azul”?). Anyway! Fuck you! Soltaba palabras malsonantes, palabrotas de lo grotesco en medio de su obscena excentricidad y ánimo apocalíptico. Tenía prósperas células en el cerebro que las blancas águilas pretendían cazar como cervatillos de audacia. Las ahuyentaba con jugos de amargos limones y con cal de los cerros.

Se entregaba en brazos de la sensualidad sin importarle llegar a la cima de la corrupción. En Grecia se introdujo por un laberinto oscuro y cuando emergió, un día después, traía una sonrisa en el ojo de la mente y la experiencia de una práctica solitaria en el desgarramiento de los arcanos.

Durante el pánico de la primavera disfrutaba del sonido y la sintaxis de la naturaleza. En ocasiones se imaginaba enterrado vivo bajo el dominio de las pasiones. Cuando soñó con un destripador hizo de ese sueño un hecho verídico.

Construyó una celda que prosperaba a diario en la orilla del mar. Allí reflexionaba acerca de una venusina que se tornó en espuma y sal. Entonces le acometía una sed de azur.

Inventó un juego perverso para que los iris fuesen menos infatuados. En un acto de inmoralidad fundió una llave para un moderno cagadero sin puertas. Protegía a los espíritus de los lugares de gozo y a las líneas de la vida que oscilaban entre el nadir y el cenit.

Trashumante confeso e invicto iba en pos de mujeres y vino. Sus náuseas eran, en puridad, físicas y funcionales. Frecuentemente lanzaba al aire esta aseveración: “Una ciudad se hace un mundo cuando uno ama a uno de sus habitantes”.

Escuchó la música de la soledad y atrapó a un pájaro raro que no temblaba en ninguna rama. Yo bebí licor de dátil del que extrajo de Alejandría y lo confirmo.

 

9

En el bar del Antelope Hotel o en el del Mermaid Hotel, Dylan Thomas se bebía su caos y su exceso y la bohemia lo iba moldeando sin llegar a domarlo del todo. Su oficio u hosco arte, la poesía, le daba la fuerza de una orgía o de una cópula bajo una tormenta. La muerte siempre supo que no podría someterlo y que solo debía contentarse con brindarle protección. Antes de que quedara noqueado, definitivamente, debía tragarse unos cuantos barriles de buen licor.

Su lucidez se hallaba en el centro de la bebida y de allí partían ráfagas de oscuras imágenes para hacer delirar a los lectores y para que encontraran la flor que vivía por ser verde y amplia al fin. Ese era el color que hacía retroceder lo viejo.

Bajo el bosque de leche respiraba un mundo hecho de mapas de amor, de atributos y entradas a las noches gentiles y claras. Allí, debajo de la arboleda, se sintió un cachorro que se retrataba de artista y que aprehendía los sueños que paría lo agreste. Allí también traficó con pieles de los árboles y grabó sobre ellas sus aventuras.

Los demonios a veces lo molestaban y se aparecían vestidos de médicos o enfermeros y bastante temprano, en las mañanas que no se apresuraban, tomaba su medicina de los nidos que pendían del crepúsculo. Multiplicidad de sonidos lo acariciaban y le salpicaban las orejas con notas de ajenjo y vórtice. Disfrutaba del alboroto de las sombras en el resumen de las bandadas de palomas torcaces, anilladas por la luz, o de las palomas que sabían diferenciar la proa de la popa y que emigraban con donaire.

Dylan Thomas conocía la maravilla del agriamiento de los destellos hasta alcanzar el nivel donde se coagulaban. Los polos de las mesas le resultaban tan familiares como las desmesuras de las puntas de los alfileres. Recogía larvas en los senderos y las metía dentro de bolsas con goznes, lejos de las briznas del afrecho. Sus costillas se emborrachaban de primero y luego se le encendía el turbante imaginario de estopa o algodón. Se escurría por dentro de la ensoñación y aspiraba los aromas mixturados de la marihuana y la mirra y más tarde hacía rodar a los muertos con sus carretas aullantes.

A través de los pistilos regresaba a los espasmos del beodo y sugería nudos para los arbustos que padecían de congoja y fetidez y así creaba un clima para el requiebro de las cinturas de los animales hembras de cuatro patas. Usaba vellos para limpiar los tarros de cerveza y obligar a los hermanos de las moscas a revolotear sin son ni ton.

Le surtía efecto su pedazo de hielo que había domesticado en el interior del whisky y la garganta invocaba su condición de sitibunda para que le rezumaran los labios con la necesidad sin nombre. Avanzó a lo largo de las vetas de la madera y en el proceso logró los moldes para que el olfato oyera y la vista palpara los amoríos del añejamiento del licor.

Sus últimas palabras aún resuenan en el hospital: “He bebido dieciocho vasos de whisky; creo que es todo un récord”.

 

10

Allen Ginsberg lanzó un tremendo aullido al recordar los muchos amores que había tenido y al evocar cómo las mejores mentes de su generación habían sido destruidas por la locura. No obstante, siguió devorando los sándwiches de realidad y verismo. Encendía el radiorreceptor, herencia de su abuelo, y escuchaba durante un buen rato las noticias del planeta. En otras circunstancias se dedicaba a oír el sonido del jazz emergiendo del tocadiscos automático y así se encontraba con sus recuerdos y nostalgias en el calmo atardecer. De paseo por la ciudad caminaba por las aceras, con sumo cuidado, por temor a toparse con arañas sobre el pavimento. Esquivaba las puertas negras y observaba con frecuencia hacia arriba para tratar de atisbar una señal que le indicara que pronto nevaría, aunque fuese en pleno verano. Pensaba que los cementerios debían contener únicamente cenotafios para evitar que a los muertos les creciesen las uñas. Escribía intercalando cada párrafo con un largo trago de Jack Daniel’s y las páginas quedaban colmadas de humo y de llamas. Hacía un característico mohín y discurría: “La mente es como una mariposa”. Un rápido aleteo acariciaba entonces sus neuronas.

 

11

El dolor fue permanente en Marguerite Duras e innumerables veces la condujo hasta el sótano de la bebida. Hubo imprudentes preguntas al respecto, pero algunas quedaron sin respuesta. Ella buscaba la vida tranquila, un dique que la protegiera de las borrascas del pasado. “Destruir”, decía ella. Y los recuerdos de Saigón volvían con insistencia y con ellos el rostro del amante chino y las temporadas de sofocante calor y los niños corriendo por las calzadas para huir de las tempestades...

El inventario del sufrimiento no dejaba de desplegarse: la destrucción, el amor roto, la alienación social, la soledad, los deseos acuciantes. Pero venía a salvarla la escritura, su poder fulgurante y su función de catarsis. Ella, múltiple, polifacética, iracunda o dulce, genial o narcisista, buscando la palabra justa. “Es todo”. Y aun más: la letanía y la celebración, el ritual y el desapego, el control y el desenfreno...

Días inolvidables pasados bajo los árboles, evoca, y la memoria se exulta. Las plagas atlánticas y la muerte y su inseparable enfermedad de centurias. La jungla y sus bestias y los seres, casi irreales, de ojos azules y cabellos de carbón. Las lluvias interminables de los veranos y la posibilidad de contemplar el mar escrito con la pasión de ella suspendida. La escritura que fagocita y luego salta a los extremos para ubicar el principio y el final y poder colocarle nombre al recurso eficaz que agranda la visión y la estética.

Frente a la inmensidad del océano salvar la existencia de las olas y del viento que impulsa a las gaviotas y a las golondrinas de playa. Leer el movimiento y la agitación de las aguas primigenias.

Escribir y tener al alcohol por compañero y camarada y confidente y confesor y proseguir con el duelo incrustado por no poder convertirse en el personaje que se ha creado. Y desesperar porque las nubes no caen heridas, a pesar de los certeros disparos e ir a recoger el vacío que tremola sin heridas.

También las palomas viajan y son trashumantes y logran poner sus huevos a la intemperie, para nada, para mirar cómo se retuercen famélicos los pichones a posteriori. Y adviene entonces la decepción y la podredumbre y la fatalidad del llanto y la pena por el embarazo de la ilusión. “Muy pronto en la vida es demasiado tarde”.

La Duras, desde su menuda estatura, nos arrima un breve credo, mientras las volutas de humo de su cigarrillo rodean a su copa de licor: “El alcohol es estéril. Las palabras que se dicen en una noche de borrachera se desvanecen como la oscuridad al comienzo del día”. Sorbe el contenido de la copa y concluye: “Ningún ser humano, ninguna mujer, ningún poema, música o pintura pueden sustituir al alcohol en el poder que le da al hombre para ilusionarse con una creación auténtica”.

 

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Abro al azar los Rubaiyat y leo: “Dame vino del que enternece el pecho / y alegra la memoria”. Más adelante: “Quiero pedir a la embriaguez / olvidar que nunca sabemos nada”. Abandono la vieja taberna junto a Omar Khayyám y salimos a cruzar las puertas del mundo, de día y de noche. Hay imágenes que pasan por Nishapur y se esfuman precipitadamente. Ahora no ignoro que cielo e infierno viven en ti mismo. El poeta sugiere: “Vaciemos ya las copas y vamos a tumbarnos en la hierba”. Así lo hacemos y Khayyám declama: “El ave de juventud ha levantado su vuelo muy rápido... Es absurdo vivir sin amor y sin vino”. Brindamos y nos olvidamos de todos los misterios y de los inescrutables enigmas. De pronto recuerdo las gotas de lluvia que brillan, efímeras, sobre las hojas al mediodía, y retengo en la memoria que me iré como el agua. Soñamos sobre la tierra y continuaremos soñando debajo de ella después, eternamente, a solaz.

Anochece sin previo aviso y la luna anuncia su presencia redonda de perfección y brillo. El poeta dice: “Con un beso la luna aplaca nuestras penas... Ven, siéntate y apura a mi lado esta copa”. Gozamos del soplo del presente y miramos más allá de las apariencias de las cosas y de los asuntos de los hombres. Khayyám cierra los ojos y comprendo que está oyendo el sonido de las estrellas y los diálogos de las flores vecinas. Sin moverse, afirma, contundente: “Tal olor a vino emanará de mi tumba que todo el que pase cerca se embriagará”. Le pregunto: “Más allá de la vida, ¿continuarás haciendo tiendas?” “Yo soy un ‘hacedor de tiendas’ ”, me responde, “porque eso es lo que significa mi apellido”.

Con Omar Khayyám aprendí mucha matemática, astronomía, filosofía y poesía y aprendí también a andar en el calendario y en los tránsitos de las estaciones y en las tablas que nos guían en los itinerarios del cosmos. Él partió en un año venturoso de la Hégira. Considerable tiempo después me topé con el poeta Nizami de Samarcanda, quien fue uno de sus discípulos, y me relató lo siguiente: “Yo frecuentemente tenía conversaciones con mi maestro, Omar Khayyám, en un jardín, y un día él me dijo: ‘Mi tumba estará en un sitio donde el viento del norte pueda desparramar rosas sobre ella’. Yo me sorprendí con las palabras que él pronunció, pero yo sabía que no eran palabras vanas. Cuatro años después, cuando tuve la ocasión de volver a visitar Nishapur, fui a su lugar de descanso final y estaba justamente fuera del jardín y los árboles cargados de frutas extendían sus ramas sobre el muro y pendían sus flores encima de su tumba y la lápida estaba oculta debajo de ellas”.

Khayyám clamaba por la caridad hacia todos los hombres, pero nos recomendaba no intimar con ninguno.

 

13

Ebriedad, escritura y esotros espejismos

Bebiendo solo a la luz de la luna, Li Bai, el poeta inmortal, imagina al sapo que la habita, en trance de atacarla. Se levanta, borracho, y va a contemplar el combate en las aguas de un arroyo. Observa vislumbres enrojecidos y siente que ha llegado tarde. Entonces se encamina a un templo de montaña y solicita pernocta nocturna. Un can ladra entre el estruendo de un torrente. El monje taoísta no está y el poeta se recuesta de un pino. El disco lunar de otoño luce ahora recrecido y Li Bai le hace preguntas acerca de la separación y la nostalgia por los seres queridos. No hay respuestas y de los árboles se desprenden más hojas muertas. El poeta vaga por los senderos hasta caer rendido.

Despierta al mediodía en la profundidad de un bosque. Ve ciervos y el resplandor del vuelo de lejanos pájaros. Croan unos cuervos y azuzan a la llovizna. El poeta ignora dónde se encuentra. Lo invade la tristeza. Si al menos tuviera un poco de vino de arroz. Desciende con lentitud. En lontananza brilla un pico de jaspe. Se orienta y va a dar a una taberna de mercado. “Bebamos y cantemos”, pregona. “Aunque no soy de tan alta estatura, tengo el corazón más bravo que diez mil hombres”, vocifera. Aún mira alejarse, desde la Torre de la Grulla Amarilla, a su amigo, el poeta Meng Haoran, en su partida hacia Yangzhou. Vuelve a gritar: “Cambio cien poemas por un cubo de excelente licor”. Hace una demostración de su manejo con la espada. Dice, desafiante: “Ahora que Confucio ha muerto, ¿quién va a llorar por él?”. Se exacerba su pasión por el licor y la añoranza por la ausencia de la mujer amada. Antes de quedar dormido sobre la mesa da grandes voces: “¡Yo soy el exiliado del cielo! ¡Yo soy el dios de los perros!”.

 

14

El cuervo era el psicopompo de Edgar Allan Poe, el ser que conducía su alma hacia el submundo o hacia el infierno. Se veía con frecuencia al ave revoloteando sobre la cabeza del poeta o haciendo giros audaces encima de la casa de Poe. Al aparecer la estrella de la tarde, la muerte visitaba al escritor. El encuentro transcurría feliz y Poe aprovechaba la ocasión para componer unas stanzas dedicadas al sueño.

Después del fallecimiento de su mujer, Poe comenzó a interesarse por la criptografía y el mesmerismo. El alcohol lo citó por esa época y ya no pudieron vivir el uno sin el otro. Lord Byron fue su gran héroe y Poe quiso ser considerado poco menos que un mago.

El bostoniano era entusiasta, pero también impulsivo. No toleraba la más mínima grosería verbal. El que caminaba a su lado, su Doppelgänger, lo instruía con perseverancia en el fenómeno y la técnica de la bilocación. Ese su gemelo perverso tomaba su lugar con frecuencia y sometía al escarnio y la befa a personas respetables y objetos sagrados. Mientras tanto, Poe se dedicaba al trago con fogosidad.

En un paseo por la playa, Poe encontró un manuscrito metido dentro de una botella. Allí se hablaba de un barco ballenero y de un tal Arthur Gordon Pym, quien se movía a todas partes con una caja oblonga bajo el brazo. La imaginación de Poe se tornó más desenfrenada y pronto se aficionó a las mascaradas. De madrugada, mientras dormía, descendía a la corriente trituradora, al Maelström, y su alma era vapuleada por el fuerte remolino y regresaba enchumbada y maltrecha.

En Boston, Poe le cedió su sitio a “Henri Le Rennet”, su alter ego por un período. Luego le dio por ser soldado, pero su ciudad en el mar lo requería con insistencia y retornó para dedicarse a la escritura como su modus vivendi. Su edipismo lo constreñía a alejarse de las referencias a la lujuria o a los placeres carnales o sensuales. ¿Acaso porque le temía a las vulvas reales se dedicó al estudio científico de las conchas de los moluscos? Un barril de amontillado hubiera servido para conjurar y superar sus miedos.

Estando en Marginalia, Poe escribió los Cuentos de lo grotesco y arabesco y escuchó decir que finalmente había caído la casa Usher, después de resueltos los crímenes de la calle Morgue. De las ruinas de la mansión de los Usher alguien le hizo llegar un escarabajo de oro que pronto tuvo que empeñar, dada su precaria situación económica.

Dentro de la topografía de su imaginación (¿o realidad paralela?) apareció un gato negro, rival del cuervo, y un pozo y un péndulo que helaban la sangre de sólo entreverlos. La muerte cambiaba de disfraces y de metodología acudiendo a la recursividad, pero sus manifestaciones físicas eran igual de brutales. Un fulano señor Valverde tuvo un entierro prematuro y se le debió momificar. Poe aprovechó su amistad con el embalsamador para sostener una conversación con la momia.

La influencia del alcohol y el opio en Poe no repercutió en el poder de su voluntad. Su claustrofobia lo obligaba a abandonar repetidamente su hogar y esto ayudó a que su percepción y sensación se afinaran y progresaran. Pudo resolver el misterio de la carta robada y el asesinato de Marie Roget.

Poe se consideraba ligado de alguna manera a Shakespeare a través de El rey Lear, ya que estimaba que su primer nombre, Edgar, provenía de esa pieza dramática. Poe admitía en su poesía todo lo que procediera de lo irracional, lo macabro, lo inconsciente, la melancolía, la nocturnidad, la necrofilia... Gozaba disipando la frontera entre lo ideal y lo sensible. La magia de los versos y la palabra también le producía ebriedad.

Edgar Allan Poe, “el hombre campanilla”, no era un humano de la multitud. Le bastaba con permanecer en su valle de inquietud, escuchando siniestras campanas que lo condujeran a un extraordinario silencio. Esta afirmación suya hubiera servido a modo de epitafio en su tumba: “Mi vida ha sido capricho, impulso, pasión, anhelo de la soledad, mofa de las cosas de este mundo; un honesto deseo de futuro”.

 

15

No solo el sadomasoquismo, sino también el suicidio, el lesbianismo y los sentimientos antirreligiosos irrumpen con fuerza en la temprana poesía de Algernon Ch. Swinburne.

Le cedió la mayor parte de su infancia a la Isla de Wyght y allí holló los pantanos y oyó los chillidos de las aves marinas cuando subía la marea o golpeaba con fuerza el viento contra las rocas. Supo que los romanos conocían a la isla con el nombre de Vectis y que había sido conquistada por Vespasiano. La topografía isleña se veía alterada por dos castillos antiguos por donde transitaban mariposas típicas del lugar y ardillas rojas. (Swinburne nunca se hubiera imaginado que en la segunda mitad del siglo XX un grupo de rock llamado The Beatles mencionaría a la isla en la canción “When I’m sixty four”).

Así mismo el alcohol comenzó a darle compañía y estímulo al joven Swinburne. En Oxford conoció y trató a Dante Gabriel Rossetti, William Morris y Edward Burne-Jones y se unió al movimiento prerrafaelista. De toda su obra poética, Poemas y baladas es una de las obras más controvertidas y fue atacada con violencia por los conservadores victorianos al considerarla “inmoral”. “El poeta de la decadencia” encarnó el ideal de la poesía melancólica y por un breve período se sintió atraído por el tema del vampirismo.

Su espíritu buscó la exaltación, la depravación y se afilió a lo extraño, a lo monstruoso, y procuró sumergirse en las cosas más curiosas para lograr refinamientos y sensaciones supranaturales de la vida y sus manifestaciones extremas. Pretendía ingresar en los sueños y quedarse dentro para escuchar los ecos merodeadores de la muerte. Su simpatía por la necrofilia la aderezaba con el frecuente trasiego de licor. Llegó a ver a una dama vestida de blanco que calzaba suaves zapatillas de tela y que, vaporosa, vagaba por las orillas del verano, mientras zafiros y flores raras exhalaban sonidos y texturas de lluvia y sangre. Los labios del poeta se templaron y se acomodaron al placer gratamente sugerido.

El poeta frecuentaba el jardín de Proserpina, donde asistía a la resurrección de la naturaleza. El mundo entraba en calma y crecían con prontitud los campos verdes y se retrasaba adrede la despedida. El poeta entonaba sus canciones y se escuchaban más allá de las zonas de descanso y el silencio hacía una pausa y halaba a las cosas viejas para renovarlas. El licor lavaba la congoja del rebelde Swinburne y lo conducía hasta el ámbito de lo libérrimo, donde las palabras fornicaban sin restricciones ni moralismos.

Al final, el poeta se traicionó a sí mismo. Se mudó a los alrededores de Londres y a partir de allí desechó su audacia y su indócil libertad y se transformó en un “respetable y respetado ciudadano” que escribía aceptables poemas y no bebía ni una gota de licor. Murió “antipoéticamente” de una vulgar gripe a los setenta y dos años.

Por fortuna había dejado escrito la siguiente sentencia mientras los años mozos lo exultaban: “Mis versos son versos de un hombre joven”.

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