Doble en las rocas. 18 años y Nº 300 de Letralia • Varios autores
Desde el bar

“Bar en el Folies Bergere”, de Edouard Manet (1882)

Luego de doce whiskys el mundo es otro para mí. La temperatura se siente fresca sin importar las indicaciones del termómetro. La gente deja de ser enmascarada y difusa. Doce tragos, sea del licor que sea, te recorren el cuerpo para que toda inhibición desde el cerebro sea liberada y seas tal cual eres o seas tal como te imaginas en tu inconsciente. Ver personalidades transformadas es un hecho que luego de la resaca te tienta a cavilar. Algunos olvidan sus tristezas, otros retoman sus tristezas. Algunos se hacen fuertes, otros débiles. Algunos dejan de sentir atracción por el sexo opuesto. En fin, es interesante la complejidad del ser humano.

Soy escritor, y fumar cigarros y beber la droga llamada alcohol —Jack Daniel’s para mí—es fundamental para profundizar mi rito antes de escribir. Considero que para algunos es parte de la subcultura del que emplea las palabras para hacer arte. Cierto o no, de mi parte no merece una tesis. Emborracharse para lograr un éxtasis o una capacidad diferente a la hora de escribir es válido y me aventuro a aseverar que es natural. Lo hacían Charles Baudelaire, Charles Bukowski, William Burroughs, Ernest Hemingway, Juan Carlos Onetti, Rubén Darío, Lope de Vega, Francisco de Quevedo, Leopoldo María Panero... Y me imagino que muchas poetas y narradoras también recurrieron y recurren a ese dios líquido para llenar ciertas carencias que la sobriedad permite. Yo no tengo por qué ser la excepción. Me emborracho y me emborracho bien, carajo. No tan sólo escribo poesías borracho: líquido ámbar/resurgente y libidinoso/apologeta de los excesos/altanero y solitario/te busco como se buscan/los clítoris y los glúteos. Sino que coqueteo con toda mujer que se me pare al frente en el bar, en el restaurant, en la fiesta del trabajo, en la playa, en mi casa y donde quiera. Es parte del don innato. No escatimo, sea fea, linda, flaca o gorda, que me importa. Lo que importa es sentirse vivo dejando atrás las opiniones de los que piensan lo contrario. Me gusta beber whisky, vino, cerveza, tequila, ron, vodka, ginebra, pitorro, múcura y lo que aparezca con un cigarro Padrón entre los labios.

El ser humano desde tiempo inmemorial ha buscado alternativas para encontrarse en otra dimensión, para experimentar otra naturaleza con la naturaleza misma, y con químicos gracias a los científicos. El opio, el peyote, la cocaína, la marihuana, el hachís, la heroína, el crack, el éxtasis, el cristal, los fármacos, etcétera, etcétera, etcétera... ¿Por qué? ¿Qué quieren encontrar en esos viajes? ¿Paz?

 

Desde que escribí la palabra carajo en este relato surrealista, sé fehacientemente que el whisky está haciendo su efecto perfecto y estratégico. Lo que escriba de ahora en adelante será bajo el poder místico o divino (lo que prefieran) del semidiós Jack Daniel’s.

 

Me dijeron, me dicen y me dirán: señor, tenga cuidado con su hígado, podría padecer de cirrosis hepática como Benny Moré el cantante cubano. ¿Por qué no mencionan a un escritor o escritora? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Porque no leen, sólo escuchan y ven. El pensamiento crítico no les es necesario. La imaginación se ofusca en sus cerebros, les irrita el cuero cabelludo.

 

Estoy borracho, lo presiento. Me he bebido ocho tragos, si no cuento mal. Me siento molesto con los que no leen. Me siento molesto con los que dan su opinión basados en su opinión. No buscan, no estudian; se enamoran de su opinión sin estadísticas, sin un carajo de evidencia.

Me siento todavía molesto, bien molesto. Está de moda ser bruto, está de moda ser bruto y está de moda ser bruto. Sí, sí, sí. ¿Aún no llego a doce juanetazos? Creo que me he bebido como diez tragos, más o menos. Me parece. Que se joda si van diez, once, doce. Que se joda, coño.

Voy por once, me lo dijo la chica, la cantinera. Voy por once. Disculpen, me he tirado un eructo. Me gusta la cantinera. De aquí le veo el ombligo y el arete que lo adorna, le veo el tatuaje en la espalda que parece una tortuga o algo así, no sé. Tiene un buen culo y buenas tetas la puta esa. Perdón, perdón, perdón. NO ES PUTA, es una dulce y casta cantinera que me tiene bien bellaco.

 

¿Dónde está mi computadora? ¿Yo traje computadora? ¿Voy por doce tragos?

La cantinera me ha dicho que no traje computadora, que voy por doce tragos y medio. Y lo más importante, con una guiñada desde su ojo derecho me ha prometido, en pocas palabras, que tengo sexo asegurado después de las tres de la mañana.

 

No sé por qué mis amigos del bar me dicen que cometo un grave error.

Que se joda...