Doble en las rocas. 18 años y Nº 300 de Letralia • Varios autores
Sigüenza

Sigüenza

Mi primer encuentro con Sigüenza es la diéresis sobre la u, empero una vez penetras en la villa te encuentras que de sus calles desaparecieron los badenes y las bandas reductoras de velocidad, por su asfalto cruzan, de lado a lado, los resaltes, y lo prefiero.

Recogí el pertinente folleto turístico y nos encaminamos a visitar la iglesia principal, o catedral, detalle del que ni afirmo ni niego su categoría, quedando para una posterior visita su calificación exacta. Merodeando por su interior, exactamente en el lateral y tras un enrejado, pudimos asombrarnos con las tumbas de los próceres ilustres de su pasado. Y exactamente, ahí, a un lado de ese lado, estaba el Doncel, clavadito a la ilustración de nuestros viejos libros del bachillerato, recostado con un libro en la mano y emperifollado con su armadura, lo que se me antojó un tanto incómodo para leer; sólo es una cuestión de gustos: yo prefiero el pijama.

Antes, o después, no lo recuerdo con exactitud, comimos bajo el arco abovedado del castillo donde las piedras viejas se visten con algún tapiz que el tiempo se olvidó en las paredes. En la mesa, al lado del ventanal, discurre la ladera de un monte que poco a poco se cubre de pinos, no hace mucho fue cantera que utilizaron para levantar las paredes del aposento, las más recias fueron parapeto con el que defenderse de los ataques enemigos: que siempre aparece alguno.

No tengo muy claro si fue la fortuna o si, siguiendo las indicaciones pertinentes, terminamos en una botería. Fruto de esta visita fueron las explicaciones sobre su fabricación, al tiempo que aprendimos a darle la vuelta a la bota una vez cosida. Aclararé lo que es una botería por si no se intuye: es una fábrica de odres portátiles, muy útiles en saraos campestres y romerías, cuya forma recuerda a la de las cantimploras, pero toda de cuero. Por mor de probar su estanqueidad, una vez adquirida, la llenamos de líquido espirituoso y nos la colgamos al hombro mientras seguíamos visitando la villa.

Más tarde paseamos por la alameda que dejaron crecer al lado del río, que se embellece con un monasterio de monjas hacendosas, de clausura, que encerradas en su viejo caserón nos ofrecen sus dulces de temporada: ¡ahí tenéis unos “buenos noches”! para ingerir por el camino, o deambular entre las sombras de la arboleda con un buen sabor de boca. Llevando la bota al hombro su contenido acompaña a los dulces que es un primor. Y no puede ser de otro modo cuando la comarca se riega con las aguas de tres ríos, el río Dulce, el río Salado y el grandote Henares.

Por motivos evidentes nos quedamos a pasar la noche en el castillo. De todos es sobradamente conocido que, en según qué estados, no se debe conducir vehículos o maquinaria pesada, lo puedes leer en cualquier prospecto medicamentoso, empero, y desconozco los motivos, esa advertencia no aparece siquiera en letra pequeña en las etiquetas de las botellas de vino y otros caldos espirituosos.

Como es de rigor, el aposento disponía de un lecho con dosel; hoy en día puede carecer de utilidad pero sirve para que, al menos una noche, te sientas aguerrido caballero acudiendo a prestar un servicio a tu gentil dueña. Para estas ocasiones creo conveniente dejar la armadura al pie del lecho, pues tanto fierro encima desgarra los mejores lienzos de cama e impide un contacto de pieles, imprescindible en todo acercamiento amoroso, sobre todo si lo queremos placentero.

Estaba, pues, en ese estado en el que hay una sonrisa en tu cara y que no recuerdas haber puesto ahí, ni el motivo por el que la faz presenta ese aspecto, en esos instantes previos a sucumbir a los encantos de la cama, y te das cuenta, comprendes, por qué “el doncel de Sigüenza no se quitó la armadura al acostarse”; que si tenía un libro en la mano era por hacerse el interesante y para que nadie le dirigiera palabra, evitando así la típica dificultad de articular fonemas desconocidos para el oyente, en ese idioma que sólo conocen los que comparten el mismo punto etílico.

La noche se pasa en un sueño y no puedes dilatar más la estancia, hay que volver. Así que pasas por caja, guardas los cachivaches en el maletero, apilándolos convenientemente, cubriendo discretamente el odre portátil no vaya a ser que una inspección policial te delate como borrachuzo al volante.

Y retornas, en un viaje repleto de silencios, ciscándote en el jefe que verás mañana en la oficina, en la rutina que te espera y sobre todo en la inquina que conlleva el trabajo o su necesidad para amargarte los postreros días de las vacaciones. A mí me pasa siempre, no puedo evitarlo, comienza como una desazón que poco a poco se desplaza por el cuerpo para terminar fijada en el estómago en un nudo doloroso. Curiosamente, no me pasa a la inversa, cuando pillo vacaciones la sensación es de mariposas por el cuerpo.

Afortunadamente el viaje es compartido; quiero decir que mi señora maneja el coche al menos la mitad del trayecto, eso cuando no consigo hacerme suficientemente el distraído y me lleva todo el rato. He de reconocer mi puntito elitista, esa tendencia mía a buscar los asientos traseros para luego indicar displicente cuál es la ruta adecuada al conductor de turno; pero mi mujer no consiente, aparte, me hace cargar con algún mapa sobre las rodillas exigiendo de mí el comportamiento de un copiloto competente, así que no me queda más remedio que sentarme a su lado, o conducir.

De este viaje hay momentos en que una leve sonrisa se dibuja en mi rostro cuando pienso que en el maletero, pulcramente guardado, nos acompañan unos cuantos dulces, una bota con vino para trasegar juiciosamente, y un libro.