Doble en las rocas. 18 años y Nº 300 de Letralia • Varios autores
Raymond CarverLa cogorza literaria

Hay una escena emblemática, casi una iluminación al estilo de un satori, que cuenta Raymond Carver en una entrevista a The Paris Review. Él y John Cheever, el escritor considerado el Chejov americano por la contención de su prosa, habían sido invitados a dictar un taller de literatura en la Universidad de Iowa en el otoño del año 1973. Serían apenas las ocho de la mañana, y las licorerías en el estado de Iowa no abren sus puertas sino hasta las diez. En algunos otros estados de la unión americana, incluso es prohibido vender licor los días domingos, así que todo bebedor que se respete lo primero que hace el sábado es dotarse de una buena provisión de botellas de whisky o sus sucedáneos: ginebra, vodka, bourbon, coñac, ron, etc. El horizonte de un domingo sin alcohol en más de un escritor es insoportable. Carver cuenta que encontró a Cheever dando vueltas en el vestíbulo del hotel donde se alojaban. Andaba en pantuflas y había olvidado colocarse los calcetines. La noche anterior habían tenido una curda de padre y señor nuestro. Durante esa estadía en Iowa —cuenta Carver— Cheever y yo no habíamos hecho otra cosa sino beber, y hacíamos frecuentes viajes a la licorería para abastecernos. De modo que cuando bajó de su habitación esa mañana, Carver notó que su amigo estaba completamente desesperado, dando vueltas en el lobby como un caballo atado a una noria porque todavía faltaban dos horas para que abrieran la licorería. Cumplido ese tiempo, interminable para ambos, los dos se largaron de inmediato en busca de la codiciada provisión. El empleado del establecimiento apenas estaba abriendo la reja metálica cuando Cheever —sin esperar que Carver parqueara del todo el carro— saltó del vehículo y entró a la licorería. En esos momentos, tanto para él como para Cheveer, las cosas habían tomado un rumbo de precipicio.

Si, como dice Deleuze-Guatarri, la literatura hace saltar los resortes de lo literario —dos cosas totalmente distintas—, se puede reconocer el tufo del alcohol en la prosa de un escritor. Hay personajes tan bebedores que, de seguir su ritmo, se puede fácilmente caer fulminado por la intoxicación etílica. Tomatis, el protagonista de Lo imborrable, la entrañable novela de Juan José Saer, duró meses encerrado en su casa, viendo televisión, con la botella en la mano. Estaba sumido en una crisis existencial, de esas en las que sólo se daba cuenta de que “no ocurre nada en el presente, nada que no sea el presente”. En la novela el personaje emerge de ese ostracismo para al final, tras vencer por semanas la tentación etílica, volver a recaer. La novela finaliza con un diálogo entre Alfonso y Tomatis:

—¿Qué le pido? —dice Alfonso—. ¿Un agua mineral?

—No —le digo con lentitud, habiendo pensado bien mi decisión—. Algo un poco más fuerte.

 

Resulta, por otra parte, fastidioso hacer una lista por orden alfabético de escritores beodos: sería una enumeración larga y aburrida. En la B Baudelaire. No olvidar, por favor, colocar en la P a Pessoa. ¿Terminaría la lista con Scott Fitzgerald? ¿Y dónde ubicar a John Steinbeck? A propósito de Scott Fitzgerald, está su hermoso cuento Regreso a Babilonia. Charlie, el personaje principal del cuento, ha perdido la custodia de su hija por alcohólico. Finalmente consigue un trabajo en Praga, rehace su vida y regresa a París, sobrio desde luego, para recuperarla. Está haciendo todo lo posible para lograrlo, probar que es un padre responsable, cuando de nuevo... el alcohol se interpone en su camino y lo arruina todo.

Pero si hay un artífice consumado, que hizo del alcohol no sólo un tema literario sino una representación de su propia vida, ese fue Charles Bukowski. No hay foto del poeta en la que no aparezca empinando una botella —y si no aparece con la botella es probable que ésta ya venga en camino. Su cara de jamelgo trasnochado, sus párpados acentuados, el desaliño de su barba —adherida como a brochazos de engrudo a unas mejillas tan rocosas como la superficie lunar—, sus ojos saltones, su risa espectral, es la iconicidad misma del borracho.

Hemingway tuvo, por prescripción médica, que en Cuba personalizar su daiquiri. “Soy alcohólico”, comienza la archifamosa frase de Truman Capote. Y desde aquellos versos de Omar Khayyam, bebe, Khayyam, bebe que quizá mañana la luna te busque inútilmente, hasta los gimlets que Philip Marlowe consumía a la velocidad con la que un deportista bebe botellitas de agua, el alcohol siempre ha estado presente en la literatura. No es que escribir bajo el influjo del alcohol sea un garante de calidad literaria, ni más faltaba; o que el alcohol sea la supuesta musa que contribuya a redimir los demonios que atormentan la mente del escritor. Nada más irresponsable que una afirmación de tal calibre. En tal sentido, hay que desmontar esa mitología de que la bebida y la literatura tienen un matrimonio productivo, de que empinar el codo y escribir son actividades gemelas, aunque no propiamente simultáneas. Se bebe después de escribir, nunca antes. Casi todo lo contrario a cuando se hace el amor, donde casi siempre el alcohol es el preludio de la anhelada caricia. Pero, por otra parte, escribir bajo los efectos de una perpetua sobriedad resulta un poco sospechoso. Si se cuentan los premios Nobel de Literatura, casi la mayoría han sido beodos. Porque nada hay tan incongruente como un escritor deportista, amigo del fitness, vegano, que hace yoga, y para colmo de males, abstemio. Se me podrá señalar a Coetzee, pero esa es la excepción que confirma la regla.

El alcohol mató a Poe y a Dylan Thomas y a tantos otros más. Y mató también a Malcolm Lowry junto con el ex cónsul inglés Geoffrey Firmin, el personaje de su novela Bajo el volcán. Si en alguna obra se ha bebido todo el mezcal del mundo, es en esta novela de Lowry. De la vida, como de una cantina, no se puede salir sobrio, escribió el poeta Al Martínez.

Joyce era un bebedor consuetudinario. Estoy convencido de que no hubiera podido escribir el Ulysses si el lenguaje utilizado en la novela —muchas veces tabernario— no hubiera sido destilado en alcohol. Era irlandés, y no hay oxímoron más grande que un irlandés abstemio. Quizá la metamorfosis que sufrió Gregor Samsa, eso de amanecer convertido en un monstruoso insecto, se pueda explicar, como creo que lo hizo Kingsley Amis, mediante un episodio de delirium tremens. O por lo menos, comprenderla como la brutal reseca del día siguiente tras una aguda borrachera. Decían que Onetti, en sus últimos años, mientras leía, una tras otra, montones de novelas policíacas, se había hecho instalar un dispositivo —una suerte de biberón— que le llevaba el vino a la boca sin tener que levantarse de la cama. Graham Greene bebía cantidades considerables de J&B, y se enorgullecía de tener en su estudio una colección de botellas de whisky en miniatura como si fuera su más preciado tesoro.

Está el caso de un dramaturgo —Miguel Falquez-Certain— que dejó de beber cuando asistió a la representación de una de sus obras, Una angustia se abre paso entre los huesos, título tomado de unos versos del poeta Luis Cernuda, y se dio cuenta de que el personaje principal, un borracho de mala muerte, era él mismo. Ese fue su satori, la iluminación que le permitió dejar el alcohol y convertirse en un rehabilitado. En este caso, fue su propia obra de dramaturgo quien lo alejó de la bebida y no viceversa. Un buen ejemplo de salvación, de poética salvación, por la literatura.

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