Doble en las rocas. 18 años y Nº 300 de Letralia • Varios autores
Dos rocas mezcladas con sexo y ron en Pedro Juan Gutiérrez

Pedro Juan Gutiérrez

“En tiempos tan desgarradores no se puede escribir suavemente. Sin delicadezas a nuestro alrededor, imposible fabricar textos exquisitos. Escribo para pinchar un poco y obligar a otros a oler la mierda. Hay que bajar el hocico al piso y oler la mierda. Así aterrorizo a los cobardes y jodo a los que gustan amordazar a quienes podemos hablar”.

Pedro Juan Gutiérrez

Lo sucio es pecaminoso, indecoroso, inmoral, algo untado con repelente para el pensamiento. Hablar de realismo sucio en la literatura lo hace más provocativo. La sola diada resulta explosiva. El realismo cobra un nuevo valor o tendencia en nuestros días, con unos escritores que por toda América ponen su pluma ensangrentada, su tinta dura y su extrema línea en función para divertir, asombrar y hacer roncha en la moral. Un realismo asfixiante, tentador, amplía los sentidos, revienta y sofoca por los temas tratados. Habla con y desde la fealdad. Dice del mundo cruel y acabado.

La literatura en su condición de multiexpresividad puede decir lo que se le antoje, de la manera como crea conveniente. Una literatura que diga cómo vivir pasa a un segundo plano y se convierte en pseudoliteratura y en psicología de shopping, de supermercado. La literatura pornográfica puede aburrir como las películas por la monotonía, en cambio la literatura de salpullido, la que revienta esquemas y levanta soberbios decires, esa literatura amplía las fronteras del conocimiento y del silencio. Un Leonardo Padura conmueve y entretiene con un Conde, un policía fracasado y una inteligencia policial diezmada; Gutiérrez hace lo suyo pero desde el lado de las sensaciones: avivándolas. Se inserta como parte de una identidad imborrable, la de la desgracia.

 

La liberación sexual: de la máquina de follar a La Habana lúbrica

Un poco de sexo tal vez, y si no, por lo menos un amigo.
(Gutiérrez, 1998: 82)

Allí donde no se quiere poner en práctica una historia de larga vida,
uno se sirve de un pequeño mito que recopila lo esencial en cuadros.
(Sloterdijk, 2003: 375)

Lo cotidiano enfrasca un rasgo del realismo sucio pero lo sexual es lo más avasallante. Los relatos trasgreden los enunciados ofreciéndole rumbo al placer, en un acto de liberación y desposesión del sujeto. Abundan por doquier los hechos en donde la sexualidad, el placer y sus derivados ejercen como imperiosos.

La revolución sexual protagonizada en la década de los setenta desató el gusto por el cuerpo, la libido freudiana recuperó un rol, en su lado más frenético: se viven las pulsaciones del ser de forma acelerada. Sexo, sexo, sexo, decía la banda Los Prisioneros. Si Freud denominó a la libido como una energía vital, en los textos de los realistas sucios esa energía se encuentra supeditada a la fuerza de escapar, de tender un puente con el cual se encuentre algo: la liberación de un peso, el vivir un remedio cotidiano, descargar furias, presiones, angustias... es una salida y la manera más fuerte de liberación. Es el contrato social de estos tiempos y el de todos. Bukowski noqueó a los moralistas, desafió sus esferas, desató furias, provocó endilgamientos, ahora Gutiérrez se venga, sube, eyaculó sus letras y entrega una Habana lujuriosa, donde el descontrol mayor es ese: el libertinaje del cuerpo y de las sensaciones revolucionadas.

El mundo atormentado encuentra en el follar un ensimismamiento: la fuga de dos cuerpos suspendidos en el mundo es un ritual fabuloso del realismo sucio. Al recuperar un espacio: el del goce, sin arrepentimientos, se trasgrede la rutina de lo cotidiano y se hallan motivos en los cuales asirse. La máquina de follar tuvo una idea condensando los encuentros placenteros contraoponiendo la otra máquina: la llegada de un mundo mecanizado, donde las aflicciones por la existencia van dejando residuos.

En lo sexual se hacen las más grandes de las opresiones y se provocan las más grandes de las liberaciones. La época del Medioevo fue oscura por inhibir a los sujetos de vivir con plenitud. En Cuba se prohibió la pornografía, se arremete contra las jineteras, los prostíbulos se consideran ilegales y los sitios mundanos son los más frecuentados, porque allí se sacude el ser y va labrando un camino: el de la dicha, al tiempo que otros sobreviven brindando deleite a quienes no lo tienen.

La otra cara es lo lascivo, lo lúbrico, lo propenso a convertirse en un vicio, abre las compuertas del deseo; el apetito es inmoderado, sanador por un lado, de castigo y enfrascamiento por el otro. Al paso va quedando una realidad contextual como búsqueda, es decir, se vive de ella porque otros no tienen sustento para encontrarla o asediados intercambian un deseo por unos billetes, son transacciones incómodas pero deleitosas, que dejan esclavos y esclavizadores. En la literatura de Gutiérrez la mayor parte de las mujeres viven de la prostitución y muchos de los extranjeros en camino hacia Cuba van por un poco de azote de placer, pagan por ello y también escapan de sus ansiedades. Como la trasgresión es una norma, los gerontos, quienes en la realidad parecen despojados de sentidos, en la obra de Gutiérrez el esplendor de vivir su dimensión lujuriosa les devuelve días más felices, así esté cercano el día de fenecer.

El amor no es un aliciente, no se cree en él y a cambio lo obtenido es un tanto de compañía, el amor fue una postal del pasado: “Yo no quería enamorarme de nuevo. Ya bastante había tenido con el amor. El amor entraña docilidad y entrega. Yo no podía seguir siendo dócil, ni entregándome a nada ni a nadie” (Gutiérrez, 1998: 50). La docilidad es una marca a superar, la entrega cansó a quienes la ofrecieron o vivieron sin conocerla, por eso se rehúsa el compromiso, aquello que sugiera aprehensión. Desde el sexo se desata la emancipación. Gutiérrez ofrece cifras, como esta, convertida en un mito y premio de satisfacción: “Saqué una cuenta y en los últimos cinco años tuve relaciones sexuales con veintidós mujeres” (Gutiérrez, 1998: 152).

El orgasmo es la fiesta, el elixir de probar un edén en la realidad agreste, despoja de preocupaciones así el hambre cunda, es un bálsamo sanador. También llegar al éxtasis, eyacular, puede verse como un disparo contra la impunidad, contra lo abarrotado de las presiones, salir expulsado del sujeto, es un acto pleno porque lleva a vivir en otras realidades, la realidad queda a espaldas: “Al rato eyaculé y solté un buen chorro de leche al agua oscura y tranquila. El Caribe recibió mi semen. Tenía mucho semen. Demasiados días sin mujer y dejando que el tiempo pase” (Gutiérrez, 1998: 178). Eso es lo que se lleva la mar, una presión de días, el agite de un menesteroso.

En solitario es un acto subversivo: “Masturbarse uno mismo es igual que bailar solo: primero estás alegre y funciona, pero después te das cuenta de que eres un imbécil” (Gutiérrez, 1998: 133), en compañía es complacencia, saciar la irreverencia de un cuerpo atraído por el otro. Soltarse y volar sin tapujos, anclados en el tiempo, absorbidos por sus circunstancias, entregados a sus condiciones deseantes. Exaltado el placer queda el sosiego, hay una calma, un despertar, así de nuevo sea necesario enfrentarse a lo abrumador. Se quitan los eslabones, se aprestan a desajustarse, las cadenas rotas en el fragor de los cuerpos. Herbert Marcuse, en sus hallazgos en el libro Eros y civilización, revela apartes de esa situación; afirma que el individuo presionado intenta localizar una salida porque:

El individuo llega a la traumática comprensión de que la gratificación total y sin dolor de sus necesidades es imposible. Y después de esta experiencia de frustración, un nuevo principio de funcionamiento mental gana ascendencia. El principio de la realidad invalida al principio del placer: el hombre aprende a sustituir el placer momentáneo, incierto y destructivo, por placer retardado, restringido, pero “seguro” (1986: 26-27).

El goce es la respuesta a la alienación del individuo, también la salida a no tener seguridades. El sexo es una plataforma de liviandades, la concentración en el ser, es una experiencia de seguridad, de estar conectado con la vida en estados muy altos de desarraigo, pareciera primario, se convierte en instintivo, siendo al tiempo satisfactorio. El sexo en el inframundo es el triunfo de los derrotados, es un motor continuo de la existencia, se goza para estar vivo, se le persigue para obtener logros. Impide el desespero total y le entrega un paliativo, un sedante, es como el procaz para saciar la hiperactividad. El sexo es la resistencia a continuar batallando la cotidianidad desgarradora.

Al estar prestos de circunstancias que impiden a las sociedades divertirse, ellas realizan sus agasajos; una de las maneras es el espacio íntimo, sin la presión. El desahogo colectivo son las orgías: ostentos de liberación. Como la monogamia se incuba en nuestras mentes además como práctica cultural, también como poder mental y accional, desatarse en cuerpos de otros resulta una experiencia gratificante.

La Habana Lúbrica es de ambientes furtivos, donde la piel requiere conexión. Además donde se pueda contar con la garantía de sentirse cada quien en lo suyo. En El insaciable hombre araña se compara la época de los setenta donde se imposibilitó el simulacro y la cercanía al nuevo milenio:

Cuando era niño nos disfrazábamos y nos divertíamos muchísimo. Después prohibieron los disfraces. No recuerdo cuál fue el pretexto. Prohibieron muchas cosas en esa época, en los setenta. Finalmente lograron que la gente se olvidara de los disfraces. Ya nadie recuerda qué son los carnavales. Ahora la gente sólo bebe mucho, come poco, fuma, camina, bebe más y más. Las mujeres y los hombres se miran a los ojos. Las lesbianas. Las viejas y los viejos. En fin, se respira lujuria. Está en el aire. Es evidente. A veces pienso que la vida acá se reduce realmente a música, ron y sexo. Lo demás es paisaje (Gutiérrez, 2002: 203).

El paisaje es lo de menos siendo éste exuberante. En el allá de ese exotismo se encuentra la lujuria, en los vestidos, en los gestos, en las poses. Parece una sociedad dispuesta a los regalos del deseo, desenfrenada, hay que verla de cerca para creerlo, mujeres esbeltas caminando con escotes y ropa muy pegada, hombres en las esquinas con camisetas de esqueleto o sin camisa, y allí no hay nada más que una imagen normal, el real desenfreno se vive a puertas cerradas. Trasciende el deseo en algún edificio, en una casa donde los gemidos acompasen los gritos de un vecino, o el motor de un carro viejo de las calles. El disfraz fue perdiendo el uso y por ello se adoptan posturas en la vida de forma diversa. Pierden terreno unas prácticas y se conceden espacios a otras. Los hombres se miran más entre sí, y las mujeres también, diciendo altivamente así soy y qué. En la época de Bukowski las condiciones eran otras, hoy hasta en Cuba se hacen intervenciones quirúrgicas para cambiarse de sexo, algo improbable hace cuarenta años.

La vida en su lado fogoso se reduce al sexo, el escapismo absoluto y una forma de combatir el escepticismo. Lo dicen los hombres y mujeres en las obras de Gutiérrez: “Yo tenía que hacer algo porque sin templar no hay quien viva. Me podía quedar boba” (Gutiérrez, 2006: 67). “La falta de mujer me pone neurótico” (Gutiérrez, 1998: 282). Los ascetas no tienen ninguna cabida, los pudorosos menos —de algún modo hay que alejar la neurosis—, los personajes del realismo sucio van al extremo: su vida se prende tras un acto de masturbación o bajo la seducción de encuentro lascivo.

La crítica Palaversich, en un duro texto denominado Las trampas del sexo. Dos caras del realismo sucio, se lanza contra esa forma misógina de los hombres cuando se refieren al sexo. La autora enuncia dos sucios mexicanos, Fadanelli y Villareal, acusándolos de clichesudos, un sexo repleto de pocas eroticidades y mostrario de unos egos de sus creadores; en cambio, en Gutiérrez no hay dicha circunstancia, aunque Pedro Juan se pone en el centro, sea con viejas y de ahí su apodo —El chupaviejas y Carroña— como lo vimos hace poco, no tiene un filtro: gordas, flacas, bonitas, feas, peludas, cochambrosas, artistas, intelectuales, altas, bajas, negras, blancas, mulatas, en fin:

Mientras que a los textos mexicanos se les podría perdonar la abundancia de los clichés gastados —mujeres bellas y vanidosas y hombres cuyo atractivo no reside en su cuerpo sino en un lugar misterioso que el lector no puede discernir—, lo que es verdaderamente sorprendente es la pobreza de la imaginación erótica en los autores que en su actitud hacia el sexo quisieran modelarse en Charles Bukowski o Henry Miller (Palaversich, 2002).

El sexo es una forma de violentar las moralidades de una sociedad. En Cuba ese ha sido un imposible, se ha repelido, mientras los demás lo viven como parte de un carnaval orgiástico, tanto que se exporta y se va a ese país en busca de experiencias sexuales y lujuriosas. Al decir Palaversich de unas constantes a modo de huellas y estándares, se impone un cliché que en Gutiérrez no existe.

Del elemento sexual podrían surtirse toda suerte de análisis. Allí hay por dónde bucear y cotejar toda serie de minucias y particularidades, excentricidades, variaciones sicodélicas y altisonantes. Podría verse el sexo como un acicate, sin la prosperidad de lo divertido, frustrante y quejambroso, como también todo lo contrario, con zonas grises. Un pasaje de la novela El nido de la serpiente en donde, a través de Dinorah, una de las amantes de Pedro Juan, se pone de tajo una cosmovisión magna del sexo, como una máquina, una bomba eclosionante, succiona, se parece a esa ciudad mítica, La Habana Lúbrica:

Dinorah tenía un control muscular fabuloso en la vagina. Parecía una mano. Una tenaza. Me apretaba la pinga, la masajeaba, la estiraba. Tenía crema natural, una lubricación excesiva, y succionaba (Gutiérrez, 2006: 17).

Excesos son recesos. Calenturas apilonadas, deseos sin riendas, escapar de la cárcel de la rutina, emprender un viaje hacia el deleite, la satisfacción y lo glamuroso de asestar golpes al cuerpo. Vivir sin esperanzas esperanzados en la carne. Es la manera de ubicar el protagonismo de esa dimensión en el realismo sucio: el sexo no promete ataduras, más que las soltadas de las ansias, no hay condicionamientos más que el de pasar horas o minutos extasiados. Es una bofetada a los insultos del martirio. Una manera de encontrar un rincón en un mundo sin sentido. “Ah, el trópico espléndido, húmedo y lujurioso. El trópico al alcance de todos los bolsillos” (Gutiérrez, 1998: 117).

Allá cuando Bukowski encontró con sus cuentos de un viejo indecente un lugar de consideración lasciva, pecaminosa, acá Gutiérrez brota manantiales de pasión. El mundo aprisionado se ve liberado en la sexualidad, es una proximidad. La crisis revienta todo menos la necesidad del placer: “La fiesta era permanente: ron, cerveza, cigarros, buena comida, desenfreno, lujuria” (Gutiérrez, 1998: 258).

 

Son, ton y ron: de lo etílico a lo desgarrador

¡El ron es inocente no te lo lleves preso!
Como todos, anhela lo que no tiene.

Pedro Juan Gutiérrez

Del escenario del sexo como liberación se va al dopaje. Al hecho de encontrar laberintos inexplicables a lo existente y circundante. El vacío se apoderó de los personajes, entonces es preciso aislarse, expectante al delirio, en una dimensión desconocida bajo el letargo de una sustancia adictiva y sobredimensionadora de los sucesos. En Bukowski los borrachos pasan por seres indelebles, en la obra de Gutiérrez el ron es el símbolo de una sociedad que lo toma por sedante, de ser exportadores de una marca que se incrustó en el ideario global: el ron cubano. El ron es lo que queda mientras no haya menor atisbo de pensamiento.

A eso se le suma otro arsenal poderoso. Algo cuyas explicaciones pueden sugerir muchas contradicciones, el tono, es decir, ese ámbito de vivir en un lugar como el trópico donde las cadencias son tan vitales como cualquier otro hecho. La música es parte esencial de todo cubano, como el ron se encuentra en cada esquina. En cada esquina de La Habana se cuenta con un trío o un grupo musical, no es sino ver la película Habana Blues para comprobar la inclinación de los cubanos por lo musical.

El son, el ton y el ron, para habanear, como dice la canción: Habaneando, guitarreando, voy rumbeando, negociando, pregonando... No hay borrachines tan profesionales como en Bukowski, pero sí personas cuyos buches de ron son importantes para su vida cotidiana. La música juega un papel muy diciente, es parte de la cultura, se expresa en esa dimensión artística, tanto las vicisitudes como los deseos y las falsas ilusiones. A Cuba se le conoce por exportar talentos musicales, es un legado de la revolución que inculcó la frase de Ser cultos para ser libres, idea de Martí, allí muchos encontraron la libertad: una centena de escritores, infinidad de músicos, artistas multiplicándose, pero ese es un lado, la otra arista es el vivir lo propio en la gozadera:

Quizás eso fue lo que me salvó: las borracheras, las mujeres, soltar furia, tirando todo a la mierda, no esperar nada de nadie. Y escribir. En las madrugadas, borracho, escribía cuentos de todo lo que me sucedía. Era muy divertido. Y seguía adelante. Y aquí estoy (Gutiérrez, 2002: 16).

Lo etílico es una vena por donde transitan los brotes de las ausencias. Ahí está lo plañidero con sus garras acechando todos los días para impedir la asunción, recordando que el bajo mundo posee el trágico rumbo de la incertidumbre. La diversión es una gloria y Gutiérrez se adentró en un espacio: la escritura, pareciera un Sherezade de nuestra época, con el que se narra perpetuando el vaho, el moho, el óxido de la vida, no para perpetuar la existencia sino su insolencia.

Los hallazgos revolucionarios se quitan dándole incubación a la irreverencia de contar con altas dosis de sensacionalismos. El camino y el batallar diario requieren de una instrumentalidad, no tenerla, sino despojarse de la inmundicia enterrándose en los coros de lo etílico, una poción de ensimismamiento y letargo. El tomar como elemento triunfal; el son como levantamiento de la felicidad o el estrecharse con la idea de volar, con los pies, con frases metrallando el cerebro, el swing es el protagónico al danzar. El fuego con el que se sumieron las luchas de la humanidad, ahora tras el descenso es encontrar placer. La llama que lo obnubila es el son. El ton, el riesgo de ubicarse en la dimensión de la sabrosura. La frase libertaria ya no es: amor, fraternidad y libertad, sino:

Ron, cigarros, sexo y música de la radio. Buena música de salsa. ¡Eso era la vida! ¡Eso será la vida! ¿Qué más se puede pedir? (Gutiérrez, 1999: 49).

¿Pedir? Conseguirlos es estar prestos a una guerra. La disolución ética y política, el desecho de los ideales, la carencia de asuntos revitalizadores, el vacío lleno, y la poca o nada de entrega por algo acumulan el ideario de la generación perdida. Es fácil pormenorizar el resumen de lo ideal, en esa frase está dada la vida, los realistas sucios ponen ante la magnitud de la decadencia: ¿qué más se puede pedir? Sin existir proclamas, sin haber manifiestos, sin tener pliego, replegados, lo etílico da la salida, así sea el intrincado acontecer, el son propicia el desencuentro con un compás de fascinación.

Las frustraciones pueden contar con una profilaxis. Merecer el alivio, menguar la incertidumbre y mermar la pesadez. La rutina produce fastidio y cansa. El cansancio agota, por eso: “El ron me asienta el cansancio. Me anestesia” (Gutiérrez, 1998: 142). Para la compasión: “Le bastaba un centímetro de ron cada media hora para mantenerse en curda perenne” (Ibíd.: 131).

La vena alcohólica causa enajenamiento y lejanía del sopor, es también, el espía que hace estallar: “Anoche, en medio de la música, las borracheras y la algarabía habitual de cada sábado, Carmencita le cortó la pinga a su marido” (Gutiérrez, 1998: 155). El frenesí es para la diversión y el aislamiento, el descontrol es mental, tanto como para cobrar venganza, cortar el falo es derrotar al imperio, dejar acribillado al acosador.

La industria del licor es muy rentable. Los poderes le hacen guiños porque el sediento de justicia dejará de reclamar, el utópico enamorado impedirá volverse a creer en estado de alucinación, el revolucionario vaciará sus reclamos de un mundo mejor, Rey así lo sabía: “Todos riéndose muy divertidos. Panem et circenses, decían los romanos. Y si se moja con alcohol mejor” (Gutiérrez, 1999: 85). Si se le ponen unas gotas de sangre será aterrador tanto como demostrante de control, porque produce el horror. Con alcohol en las venas no se sufre, por lo menos es lo que se cree, no hay arrepentimientos, es el disfrute pleno.

Lo etílico es un ingrediente como gesto estético, va de la maravilla al desastre, del desenfreno y el embotamiento cerebral a la pérdida de conciencia social, aniquila las dudas y permite borrar los pensamientos maniqueos.

(Este texto es parte de la investigación sobre Los gestos estéticos del realismo sucio [2011], en el que se explora la obra del escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez, uno de los realistas sucios más emblemáticos).

 

Bibliografía

Obras del autor

Ficción

  • Gutiérrez, Pedro Juan (1987). La realidad rugiendo. Cuba:Dirección Provincial de Cultura, Pinar del Río.
    — (1994). Trilogía sucia de La Habana. Barcelona: Editorial Anagrama.
    — (1999). El rey de La Habana. Barcelona: Editorial Anagrama.
    — (2000). Melancolía de los leones. La Habana:Ediciones Unión.
    — (2002). El insaciable hombre araña. Barcelona: Editorial Anagrama.
    — (2004). Nuestro GG en La Habana. Barcelona: Editorial Anagrama.
    — (2006). El nido de la serpiente. Barcelona: Editorial Anagrama.
    — (2008). Lulú la perdida. París:Ediciones La Araña Perdida.
    — (2008.) Morir en París. Madrid:Ediciones Poemas de Ida y Vuelta.

 

Ensayos

— (2001) Verdad y mentira de la literatura. Ponencia presentada en Northern Arizona University, Estados Unidos, el 11 de octubre de 2001. Publicada en Caribe, Revista de literatura y cultura, de Marquette University, Estados Unidos.
— (2004). Urgencia de la poesía. Ponencia dictada en el 10º Festival Internacional de Poesía de Génova, el 20 de junio de 2004. Génova, Italia.
— (2000). Viejas tesis sobre el cuento. Publicado en Encuentro de la literatura cubana, Madrid, España.

 

General

  • Buford, Bill (1983). “Dirty Realism. New Writing from America”. En: revista Granta, Nº 8.
  • Bukowski, Charles (2008). La máquina de follar. Barcelona: Editorial Anagrama.
    — (1998). El capitán salió a comer y los marineros se tomaron el barco. Madrid: Anagrama Editores.
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  • Canfield, Martha (1971). “El concepto de literatura en Jorge Luis Borges”, Universitas Humanistica Nº 1, Facultad de Filosofía y Letras, Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá.
  • Carpentier, Alejo (1981). El reino de este mundo. La Habana: Editorial Pueblo y Educación.
  • Chandler, Raymond (1980). “El simple arte de matar”. En La novela policíaca. Barcelona: Bruguera.
  • Chiampi, Irlemar (1980). “Realismo maravilloso y literatura fantástica”. En: revista Eco Nº 229, Bogotá, Colombia, noviembre.
  • Cortázar, Julio (1979). Un tal Lucas. México: Editorial Suma de letras.
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  • Palaversich, Diana (2005). De Macondo a McHondo. Barcelona:Plaza y Valdés Editores.