Doble en las rocas. 18 años y Nº 300 de Letralia • Varios autores
Instrucciones para seguir bebiendo o cómo recuperar el hígado
(Teorética del poema o tesis de la cerveza espumosa)

Teorética del poema o tesis de la cerveza espumosa

Después de reflexionar seriamente acodado en la barra del bar “Los Espíritus Burlones”, he llegado a la conclusión de que la divina caña está acabando dialécticamente con varias de las funciones de mi simpático hígado. Y no lo digo porque éste, mi hígado, sea producto de alguna impertinencia, no; se trata de que 18 años no son nada y son muchos luego de trasegar tantos palos y tantos ejercicios literarios, como, por ejemplo, aquel viejo texto de Cambio de sombras que le añade a éste cierta alegría atrabiliaria. Pero dejemos esas líneas para más adelante y concentrémonos en el que le da título a este engorroso pero delicioso encargo de nuestro amigo Jorge Gómez.

Ante la tal evidencia cañífera me he puesto a pensar en la forma que debo utilizar para terminar con el mal que, finalmente, y según estas curas de nueva sotana y baja ralea, acabará con el constante ratón que uso para vivir. Así, he propuesto, primero, no dejar la caña y, segundo, tratar de que ésta (la caña) pueda circular por mi cuerpo sin dañar las funciones antitóxica y hematopoyética de mi amada víscera guardiana. Seguiré, a pie de la letra, o de la botella, las siguientes recomendaciones del doctor Litrico:

  1. Poner en remojo mi hígado en una ponchera de peltre, todas las noches.
  2. Evitar la impertinencia de algunos colegas de tragos por aquello del gorreo institucional y oficializado.
  3. Tomar, según la ocasión, en distintos bares cada vez. De esta manera no me doy cuenta de los borrachos que faltan por haber pelado gajo.
  4. Encapillarme de vez en cuando con algún amigo y hablar de las bondades de nuestro amigo aparato hepático. Por supuesto, sin dejar de decir algunas cosillas contra el gobierno, como debe ser. Así, consultar con el sistema nervioso central y periférico y nunca decir nada contra las mujeres, a menos que ellas nos hayan ofrecido algo.
  5. Si a todas estas no he resuelto el problema, pondré un anuncio en la prensa para solicitar una capilla ardiente y poder velar mi inveterado e ingenuo hígado, aporreado por los sinsabores de la existencia humana, porque aunque él se muera continuará bebiendo a expensas del corazón.

Nota bene: Espero no defraudar a nadie, de lo contrario, tendré que alquilar un hígado de agencia.

Todo lo anterior da pie para afirmar que en medio de tantas tribulaciones vale la pena hacerse del poema, del poeta y hasta de la bitácora de una buena farra. Digamos de nuestros cercanos François Villon y Omar Khayyam, tan dados a elevar el codo y el tono de las palabras y dejarlas caer en el suspenso de una muy responsable resaca.

Digo y escribo entonces desde Teorética del poema o tesis de la cerveza espumosa, lo siguiente:

1

Uno llega a la poesía en estado de inocencia y recala en el bar porque la culpa del mundo es tan grande que hay que ahogarla en las penas que el alma nos oculta. Manera de creer que se reciben todos los pecados del universo en las vísceras del Cordero de Dios. O morigerar —con rostro entumecido— la Misa Negra de Nuestra Primera Comunión Poética.

 

2

Así, los vinos y aguardientes del espíritu hacen las voces cuando decimos en perfecto decimonónico y siglo XXI: Un gin tonic on the rocks, un roncito con poca agua para matizar. O simplemente: —¡Deme otra fría para quitarme aquella arrechera de 1490 y tantos!, o colocar, sin reticencias, el pecho sobre la tibia y solitaria panza de la rockola (si encuentra alguna), a falta de dama con quien mitigar los males.

 

3

También nos acosan los quesos de pasar los sabios aguardientes. El desconocido Ble d’Overn de Lux, jamás probado por mi lengua, pero dicen que existe; el pedante Camembert; el aristócrata, pero siempre hediondo Roquefort; el propicio a roedores de túneles de castillos, el Gruyére. Pero también el de molinos como el Gouda de Holanda. Y por allí, olvidado en su triste soneto quevediano, el pobre Manchego. Sin pasar la noticia, pero recogiendo los trozos, mis quesos de abundancia tropical, como el queso de mano de Calabozo. Buenos quesos, buen beber, música azarienta y un poema en la punta de la lengua.

 

4

La poesía —ese encuentro vital con la palabra y pasión por el misterio— es, precisamente, generadora de buenas libaciones. El bar y la poesía, para bien o para mal (lo último lo pongo en dudas), forman parte de esa metáfora cuya brevedad radica en lo corto de la existencia. Sin respetar la opinión de alguien por allí: “...habría que hacer un gran esfuerzo para rescatar a los escritores, particularmente a los escritores jóvenes, de esa máquina de destrucción que es la taberna”, citado por Orlando Araujo en su Letanía de abstemios (como si ser abstemios nos librara de la tristeza, cuando ésta, precisamente, es producto del alejamiento etílico, y en eso es experto el doctor, dudoso y triste como una ostra.

 

5

Por eso, la relación entre el hígado y el corazón traduce un ménage á trois: poesía, amor y buen beber. Para tener al buen Villon y, sin falta alguna, al maestro Khayyam. O como decía mi maestro de sexto grado, Juvenal Bolívar, experto en periscopios: “Las nubes son tres: estratos, cirros y cúmulos, pero hay otra, la que nos sale en los ojos, para completar las Cataratas del Niágara”.

En esta vuelta de tuerca retorno a Orlando, para decir con él: “Conozco hígados tristes y sin dueño / que en cuerpos sin amores y sin vino / jamás sintieron la embriaguez de un sueño. / En cambio tú, amigo, eres divino / y sé que estás muriendo en el empeño / de no dejarme solo en el camino”.

Este procedimiento —un tanto delictivo y a medio palo— nos tiene reunidos y encontrados con Jorge Gómez y Letralia juntos con sus 18 años de acné poético en un espacio virtual que podríamos bautizar como “La tasca del poema y sus quebrantos” donde se consagra el culto a la belleza, a la amistad y a la poesía, por supuesto.

Y para no caer en tentación de seriedad, temible insania que sólo es proclive en aquellos que se persignan frente a una botella y han dejado de mirar las caderas de las vírgenes votivas, y hasta han abandonado el hermoso oficio de recoger amores para hacerlos propios, abrimos la puerta y entramos con todas las de la ley al botiquín de todos nuestros versos y cuestiones, que son muchas.

¡Feliz cumpleaños, querido hígado, digo poesía, digo Letralia!

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