Doble en las rocas. 18 años y Nº 300 de Letralia • Varios autores
Poemas del sábado en el bar de la esquina

Gabriel Jiménez Emán

Oda a los licores en las tabernas

A Orlando Araujo

Luego de una noche parecida a un día despierto
Me dirigí a una de tantas barras
A consultar el oráculo de la existencia
Y éste me dijo lo siguiente sobre mi porvenir en las cálidas barras:
De la cerveza que remoja la memoria en canciones de antes
Es una cerbatana saltando de una a otra hoja húmeda del cuarto de baño
Una dulce agua egipcia para refrescar el alma
Con su espuma densa y seca ha sido nuestra cónyuge desde el bachillerato
Lloviendo sobre cada suspiro y cada congoja
Del whisky como oro en los placeres desconocidos debo decir que nunca
Me ha dejado plantado el muy pícaro siempre me sigue a las alcobas
Tratando de interpretar mi corazón
Salta sobre las sábanas como un animal rubio
Los hielos lo aman licúan sus lágrimas en la mañana
En cambio el transparente vodka me devuelve la memoria
Sobrelleva los recuerdos y los conduce por pasillos brillantes
Desenfunda sus limones y pone a conversar los tonics en patios verdes
Siempre es una promesa que me nombra con sus labios fragantes
La olorosa ginebra le hace competencia en tardes de piscinas
Transparencias turquesas se ahogan en los crepúsculos tratando de salir a flote
Nadando de la cosmopolita Italia viene el Campari a buscarnos
En la adolescencia nos hace probar su amargo sabor de mujer
Entonces nos sentimos más despiertos para compartir la sinuosa tarde
La ancha tarde de los bulevares primorosos
Cuba cubata libre azarosa de rones del trópico
Me hiciste sentir un marino en medio de puertos que decían adiós
Me hiciste oler a barril envejecido de barcos
A trasatlántico asombrado que se pierde en el humo
Mientras las melancólicas gaviotas custodian los caprichos del mar
Y qué decir de los bosques perdidos del anís
Donde la adolescencia se esfumó entre los tocadiscos en plazas y parques
Ahí donde la música salsosa nos sorprendió estudiando biología
Pero era más parecido a la palabra álgebra
El anís turgente blanqueado a veces con el cálido hielo del espíritu
La menta la fragante menta verdiblanca que en el centro de las mesas del gran restorán
Se desliza bajo los manteles y sopla con su aliento de golosinas callejeras
Y el brandy aquel que se derramaba en el páramo en busca de las nieves
Su olor espeso por sí solo me hacía palpitar las sienes y tenía que dejarlo
Qué lástima por ti brandy aunque pude vengarme en España por obra de los carajillos
De los cafés de las cinco de la tarde a orillas de las ramblas
Y dónde están ahora vinos míos arenques misteriosos reclamados por las uvas
En los prados de Francia o Chile
Qué importa son ellos vinos blancos en botellas ámbar ahora descorchadas quienes me permiten recordar
Los queridos diciembres míos donde baño mi nostalgia en vino tinto
En sedoso vino que curte mi lengua y la hace apta para el amor
Para probar la lengua de mujer con aliento de guanábana
El vino afrutado que busca a su hermano el queso en los rincones de las cocinas
Y las migas de pan en los desórdenes de la mañana
Uva amada mía madre de todos los vinos de esta tierra increíble
Yo te amo en tu verde dulce pequeñito o en tu glotón estado de rojo gozoso
En tu rosado paso por la brevedad de la vida
O tú lujoso champán que suenas en las fiestas donde van mujeres
Con jugosos senos orlados de vestidos negros y rubias pelucas
Joya de la espuma champán te pareces a un príncipe solitario te pareces
A los campos fértiles donde los buenos libros explayan su luz
Licores de todos los nombres vosotros me habéis dado de puntapiés en la conciencia
Me habéis castigado duro con vuestro terrible alcohol
Me habéis hundido en gloriosas pesadillas y hecho delirar al borde del viaje
En los ríos en las habitaciones desoladas de los suburbios
En los departamentos alquilados por viudas de ojos tristones
En los penthouses de los hoteles de cinco estrellas cabizbajas
En la soledad de las cocinas donde cavilo mientras trabo amistad con las moscas
Enajenado por el dulce suicidio he dejado mi pistola de píldoras
Al borde de la mesa de noche
Y he vuelto otra vez a la vida He caminado por las aceras como si
Estuviese naciendo
Naciendo ahora estoy al invocarlos compañeros crueles
Que aguardáis en las tabernas tan quietos
Tan míos y puntuales
Como mi nombre

 

Yo que me creía

Yo que me creía un gran poeta
Que me creía un hermoso imbécil con barba
Que me creía un sol cotidiano
Ahora me asomo al cuarto cerrado
De mi espíritu
Y veo peces dormidos bajo el agua
Veo pájaros perdidos en la noche blanca
Veo mis ojos aparecer en la puerta de mi alma

Considero también la posibilidad de irme por el cielo
A beber cervezas con los amigos al lado de aquella nube
Que me hace guiños detrás de la mejilla de Dios

 

Bar

A Camilo Morón

En el bar de la esquina
La silla traquetea resbala
                                                    chorreando sol por la boca
                                                    chorreando claridad por su ojo memorioso
Los hilos perdidos en el recuerdo del otoño insomne
Los ojos masticaban soledad
Se atragantaban de un azul dejado por los rincones
Donde la música salía agazapada dando saltos de rana

Se inicia de una vez la tenida en la barra donde las lenguas
Juegan ardientes con las llamaradas de la costumbre
Con los pies pegados a la tarde inmaculada
Especialista en moldear realidades intangibles

Bar barra bar testigo ciego de todos estos días
Dios del ron del aguardiente y de las cervezas boquiabiertas
Botellas con los cuellos repletos de sueños amarillos
Caracas atolondrada en su cielo borracho
París a lo lejos ahogada en su propia alma color vino
Tralalí tralalá agüita dulce bocanada de sustos mañaneros
Desde esta hermosa resaca
Que juega con la marea de adentro

 

Hola Bukowski

Dónde aprendiste a boxear así Barfly
Dónde aprendiste la técnica del insomnio
Ese delirio conducido al escaño Hemingway
Al escalón Lowry al rango Dylan Thomas
Te seguimos como perros fieles Charles
Te hacemos estallar en la madrugada urbana
Como el Chino Valera como el viejo Caupolicán o el atarantado Pepe Barroeta
Y los despatarrados pintores Edgar Giménez Emiro Lobo Ricardo Domínguez
Que nos derribaron a patadas limpias y dulces
Con un pie en el estribo directo hacia el abismo
Caídos cada uno con un padrenuestro en la frente
La mariposa de Bukowski en los labios
Y su verbo feroz cargado de esperanza

 

La fiesta de Baco

Al tercer día me levanté, resucité entre los vivos, me alcé en vilo como cualquier mortal e ingresé en la legión de los deambuladores que toman por asalto a sus sueños y reinician el viaje delirante. Viviendo aquí y allá cómo entre sí se mordían los humanos y a dentelladas vivas iban desmenuzando los restos del día anterior.

Resucité de mis harapos, me harté de música prodigiosa y vomité mis intestinos, para volver con los ojos perdidos a sacar las manos por las hendiduras, rasgando y arañando en las ventanas ajenas aquello que debía dárseme desde el principio, pero que fui perdiendo debido al decente egoísmo de los otros; saqué mis sucias garras y los niños huyeron aterrados ante el rugido de mis fauces, cuando yo había pensado ganar para ellos el más limpio de los reinos.

Me escurrí por los resquicios, di un salto en mi enmarañada cabeza invisible, anduve en una selva que conducía a un bosque que conducía a una selva, y así, hasta caer en una puñalada de asombro en el pecho. Como un jeroglífico inextricable era hallarme en medio de una noche donde los astros goteaban la miel amarga del deseo. Ya no creía llegar a la fiesta, a la puerta por donde caería hasta verme confundido de haber vivido, de haber desandado los rincones más ocultos de mi memoria y de nuevo di un grito, me arranqué uno de los dedos, hice de histrión ante un auditorio de ausentes, tuve que cerrarme la herida que me producía tanto placer, porque verla así abierta, con la carne rosada y brillante, me producía un profundo goce. Y tuve que cerrarla.

Después de haber tropezado con viejos sabios que me ofrecían su barba amarilla y de haber caído a las orillas de los ríos prohibidos, seguí andando sin perder el paso, aunque varias piedras se me habían incrustado en los pies. Vi cómo pasaban los hombres del campo hacia el borde de los precipicios y se quedaban detenidos para el sacrificio, con los ojos llenos de miedo. Vi mujeres que cruzaban los campos con una flecha en la garganta; algunas morían desangradas frente a los árboles, pero yo no podía hacer nada.

Fue un largo camino de sorpresas, en el cual las nubes iban y venían rozando mis sienes, y yo sacudía la cabeza para que ellas pudieran seguir su curso sin marcharse con la nefasta presencia humana, les dije adiós, adiós, no había cosa más grande que decir adiós a quien ya no puede escucharnos, y aquellas nubes tan calladas me hablaron en un lenguaje sorprendente.

En las copas de los árboles algún mortal daba gritos de amor y dolor mientras los pájaros, en la garganta de los adolescentes, gorjeaban melodías de otro mundo. De las ramas caían hojas, y de los ríos al levantarse se desprendían los peces hacia arriba. La testaruda naturaleza insistía en su armonía, y yo insistía en la busca de la embriaguez. Esa altiva señora nunca llegará a comprender.

Escarbé en uno de mis ojos, sentí que un manotazo que no era el mío también me requería para otros oficios: qué dulcemente amargo resultaba negarme mientras miraba mi suerte de ser un viajero sin más rumbo que el de no tener rumbo.

Vivía todo esto mientras me halaba los cabellos, mordía caña dulcísima y escupía pedazos de tiempo, mi garganta estaba seca de no probar el néctar único, y la fiesta de Baco, donde yo iba a reunirme con los seres aún no descubiertos, estaba tan lejana que estuve a punto de olvidar mi camino.

Y al tercer año de celebrarse la fiesta yo tenía tres cruces de maldad, había procreado tres hijos y tres mujeres me habían ahogado. Cada tres días yo bebía un líquido rojo sin sabor alguno, y cada tres horas mi cabeza adquiría una extraña forma, que yo no podía precisar.

Al fin divisé el lugar de la fiesta, un pequeño claro en la profundidad del bosque donde danzaban unas ninfas ardientes sobre una grama acolchada de flores. Varios sátiros entonaban en sus pífanos melodías alegres, y había una concentración de mariposas en torno a una silla vacía, donde se sentaría Baco más tarde. Llegué muy cautelosamente; un sátiro viejo me miró con su sonrisa pícara, y me ofreció uvas verdes. Eran enormes y jugosas, dulces y ácidas a un tiempo, que yo degusté con fruición.

El viejo sátiro comenzó a hablarme en una lengua inimaginable y sonora, mientras la gracia de las ninfas crecía en el baile y el timbre de las flautas, in crescendo, me trasladaba al seno estelar. Mi antiguo lenguaje mortal, negro e ineficaz, tomaba ahora una altura prodigiosa.

Entré por fin al vino. Me abandoné a las exigencias del paladar y en muy corto tiempo el fermento ya producía el efecto deseado. Preferí no describir lo que veía, pues no estaba seguro de estar viéndolo, imaginándolo, soñándolo o transfigurándolo. Bebí y viví en una fiesta del vino por la cual transcurrieron las imágenes más comunes de los mitos grecolatinos, colmado a ratos de una alegría delirante o de una insoportable nostalgia, que se producía al quedarme absorto ante los claros de los bosquecillos cercanos.

Vomité, dormí, comí frutas salvajes y carne de oveja sacrificada. Canté, rasgué arpas en un arrebato delirante, me hundí en los ríos y volví a salir con la boca llena de piedras, me tendí al sol para adquirir el color que atraía a las ninfas. Todas venían a beber de mi cuerpo, a hacer piruetas encima de mi sexo, a deslizarse por mis vellos hasta quedar exhaustas. Volví luego a la fiesta a saludar a Baco, a abrazarlo y a colocarle flores en la barriga. Mis párpados se hinchaban, en tanto él reía y lanzaba copas de vino al aire, haciendo señas a las mejores ninfas con sus dedos repletos de anillos. A veces desprendía piedras preciosas de la montura de las sortijas y las colocaba en los ojos de las hembras desnudas, diciéndoles: “Preciosa concubina, desde ahora tendrás estos ojos”.

Por fin reventé de placer, regresé por un camino alegre acompañado de sátiros y de algunas ninfas viejas, aunque bellas aún, muy diestras en no dejar decaer a los invitados de esos días.

Correteamos por infinitas arboledas hasta la noche: una noche repleta de estrellas en medio de la cual nos acostamos a ver el cielo y encendimos fogatas; uno que otro fauno tocó la flauta. Esa noche la ninfa más vieja se fue a lo profundo de un bosque y se perdió para siempre.

Al sorprendernos el día seguimos camino. Íbamos cansados y silenciosos hasta que alguien divisó la ciudad. Habíamos llegado. ¡Todo había sido tan breve!

Nos despedimos, y no pude evitar algunas lágrimas. Ellos hicieron lo mismo. Cuando los vi alejarse, me pareció una insensatez quedarme. Fui tras ellos, y le pedí a una de las ninfas —de unos 50 años, pero aún bellísima— que fuera mi esposa. Se conmovió mucho con mi ofrecimiento, pero me dijo que el resto de su vida había sido ganado para el corazón de las hojas.

Nadie me había dado una respuesta semejante. Regresé embriagado aún por el olor de sus palabras, y bajé por la empinada ladera que me conducía a la ciudad. Venía tan ensimismado que no me di cuenta cuando llegué: estaba en medio de las calles resucitando de mis sueños, vuelto otra vez a mi vida nómada y a los placeres momentáneos, mirando las ventanas ajenas, abriendo los ojos en la madrugada de los zaguanes. Por ahí deambulé, hasta que alguien pronunció mi nombre.

 

Beodo cósmico

En un día no muy lejano, mi hígado volará en pedazos. No es algo alarmante, ya lo sé, al menos no ha sido alarmante para quien saborea el mal de beber, sino para quienes observan al beodo con una mezcla de disgusto y lástima. Este es mi caso.

Me irritaría mucho si las salpicaduras de mi hígado dieran de lleno contra las paredes, pero me causaría placer si llegaran a caer, por ejemplo, en los labios encarnados de una tierna jovencita. En tal sitio, me llenaría de regocijo ir recogiendo mis propias salpicaduras; en cambio, no me gusta la idea de tener que dejar mi hígado en un hospital, en manos de médicos de pecunio. Al fin y al cabo, es mi hígado quien ha soportado todo el peso de mi larga caminata, y quien habrá de soportar en los días venideros la tumultuosa reconciliación con esta inmensa casa de placer que es la vida.

Si esto no ocurre y muero de un mal más amargo, pediré, en mis últimos instantes agónicos —si es que los tengo— que me muestren mi hígado, fiel amigo a quien no abandonaré ni en la muerte.

En la muerte tendré oportunidad de cultivar mis propios viñedos, y de ir repitiendo la explosión de mi hígado en los planetas donde me sienta más a gusto, desde los cuales saludaré a la atribulada humanidad terrestre con esta sonrisa y estos ojos y esta copa de vino tinto parecido a la sangre de los dioses, con quienes tengo ahora la oportunidad de resolver los problemas que antes se creían insalvables.

Ahora escuchen, incrédulos: he alcanzado la santidad.