Doble en las rocas. 18 años y Nº 300 de Letralia • Varios autores
“El problema del filósofo”, de Giorgio de ChiricoDelirio de los pasos

Tengo que contar mi historia antes que la luz fantasmal del muriente sol me abandone por completo y los vapores del alcohol se disipen de mi sangre. Con un poco de suerte encontré este pedazo de lápiz tirado en una esquina alejada, ¿cómo llegó hasta aquí?, será un misterio sin resolver. Lo que no es un misterio es esta pared lisa y limpia donde el discurrir de los acontecimientos quedará expuesto.

Nunca había sufrido de delirio de persecución; más bien era un tanto descuidado: desdeñaba los detalles que me rodeaban; sonreía incrédulo ante las recomendaciones para que asegurase mi casa, cambiara de rutas para ir y venir de la oficina. Me parecían medidas exageradas, pero la delincuencia crecía a mi alrededor y yo prefería ignorarla negligentemente, hasta que una mañana sentí, como dos agujas que se clavan en mi nuca, la mirada de alguien. La sensación fue tan clara que me hizo temer que estuviera perdiendo la razón. Es cierto que mi trabajo me sometía a grandes esfuerzos intelectuales, trasnochadas en busca de las palabras exactas, revisiones eternas que no inusualmente me llevaban a recoger mis pasos, regresar a versiones anteriores. La presión de mi editor por esos días era agobiante, los plazos, los plazos, me repetía cada vez que telefoneaba por las mañanas para averiguar el estado del avance del libro. Al inicio, trataba de darle largas, que esperara, pensaba yo, además todo pasaba a tener una importancia secundaria después del tercer trago. A decir verdad, sin mi fiel amigo, nunca hubiese podido elaborar esos argumentos tan vívidos que cuando los releía al día siguiente me parecían hechos reales sacados de las brumas en las que mis recuerdos navegaban. Pero el tiempo no perdona, y los vencimientos llegan a su término tarde o temprano. Había que acabar la obra a como diera lugar. Mi editor eligió otra estrategia más agresiva: Ya recibiste un adelanto, era su amenaza, que no lo olvidara. Pues que lo cojan de vuelta, resoplaba después de colgar el teléfono, total, ya me lo había gastado todo, o casi todo.

De pronto, de miradas como agujas en la nuca, pasé a escuchar pasos en el corredor que da a la puerta de mi departamento. Como trabajaba de noche, al amparo de una quemante copa y el completo silencio que, por suerte, me ofrece el edificio donde vivo, las pisadas y su eco amplificado por las altas horas eran muy nítidos. Llegué a pensar en varias oportunidades que el asesino o criminal o ladrón había logrado ingresar a mi morada sin que yo lo hubiese notado. Muchas veces me sobresalté, lanzando manotazos y gritos ahogados seguro de ser cogido por un par de poderosas manos, del cuello, para estrangularme, con el charco de whisky reflejando mi expresión aterrada; pero las pisadas sólo llegaban hasta el umbral cerrado, se detenían y no volvían a aparecer. En una oportunidad la desesperación me llevó a coger un cuchillo de cocina, el más grande que encontré en la gaveta. Empuñé la perilla de la puerta con la intención de abrir de repente, sorprender al acosador y amenazarlo blandiendo la hoja frente a su cara. El corazón me retumbaba demasiado, la transpiración pegaba la camisa del piyama a mi espalda, pecho, hombros; inclusive, mojó la mano en la que sostenía el arma. No abrí, más bien coloqué una oreja sobre la madera de la puerta y me quedé un buen rato escuchando y sorbiendo escocés. Por ratos, estaba convencido de que al otro lado había alguien respirando tan agitadamente como yo; en otro momento, decidía que la respiración que escuchaba era la mía, rebotada en eco hacía mí por la puerta misma.

Pensé en llamar a la policía, pero luego desistí. ¿Con qué pruebas iba a solicitar protección? Nunca había visto al presunto criminal, sólo había escuchado sus pasos y su respiración, ¿pero en realidad los había sentido o eran parte de un delirio creciente, de los efectos del alcohol? Tal vez mi editor me ayudaría, pero también deseché la idea. Pensaría que estaba inventando todo para retrasar la entrega del manuscrito prometido y ya, a esas alturas, demorado varias semanas. Los pasos cesaron por un par de noches pero reaparecieron esta vez acompañados de un leve toque de la puerta. Yo estaba seguro de que unos nudillos desconocidos habían llamado, tres veces, levemente. Tan sutiles fueron los golpecitos que llegué a pensar que eran reales sólo en mi mente adormecida y cansada por el esfuerzo del libro inconcluso. Tambaleé hasta la puerta y pregunté ¿Quién es?, un recurso tonto, lo supe de inmediato, ¿acaso el acosador me iba a contestar?, pero mi mente no estaba en forma, el cansancio combinado con el whisky me jugaba pasadas, eso quise que fuera pero estaba convencido de que los pasos, la respiración, los toques en la puerta, eran reales, de que alguien me estaba acechando, pero ¿por qué?

Me alejé caminando de espaldas, los ojos fijos en la puerta, tanteando el escritorio, el teclado, la pantalla. A tientas también, encontré la botella de whisky, el vaso. Tomé tres largos tragos con la esperanza de despertarme, de salir de la pesadilla que me perseguía, pero solo logré una sensación como la de tener una lámpara dentro del cráneo, sentía los ojos fosforescentes, las pupilas calientes, y las sienes a punto de explotar. En eso, la mano del acosador, como si supiera de mi estado de vulnerabilidad, volvió a tocar, tres veces, con espacios de silencio algo prolongados. Volví la cara hacia la puerta, pegué la oreja a la madera, pero no se repitieron más. Inicié una caminata por todos los rincones del departamento, que no es muy grande, sólo tiene dos dormitorios, uno de los cuales es mi biblioteca y estudio. Eran ahora mis propios pasos los que retumbaban en las paredes del departamento, reverberaban en el aire y penetraban en mi cabeza para rebotar dentro de mi cráneo como bolilla de pinball, accionando luces de colores y sonidos extraños.

En el transcurso de mi paseo alocado, alcancé a ver a mi perseguidor enmarcado por lo que pensé era una ventana: llevaba el cabello desordenado, los ojos desorbitados y enrojecidos, sudaba a mares; vestía una camisa de rayas, empapada, muy parecida a una que yo tengo. En su cara, cubierta por una muy crecida barba, se podía leer con claridad la desesperación y la angustia. Venía a matarme, no cabía la menor duda, ¿pero por qué? Cogí el cenicero de mi escritorio al tiempo que por el rabillo del ojo pude notar que mi perseguidor huía en la misma dirección que yo; cuando regresé, el acosador hizo su aparición frente a mí, había cogido lo que en medio de mi desesperación vi como una piedra, ¿de dónde sacó una piedra? No tenía tiempo para especular, levanté el brazo, el hombre imitó mi movimiento a la perfección, tenía que ganarle, lanzar mi proyectil antes que él me hiriera con el suyo. Respiré hondo y alargué el brazo, abrí los dedos, solté el cenicero. Me agaché de inmediato, pues el hombre había llegado a lanzar su piedra al mismo tiempo que yo mi cenicero. Me tiré al piso mientras el ruido de vidrios rotos me caía encima. Me levanté sin ver la ventana, salí corriendo del departamento, bajé las escaleras a toda prisa y gané la calle.

Con la espalda pegada a la pared llegué a la esquina y de allí a mi automóvil, estacionado en una calle lateral, pero no tenía la llave. Maldije entre dientes para no llamar la atención de mi perseguidor. Escuché pasos. Me escondí en un umbral oscuro a la espera de quien venía por mí, las manos empapadas pero listas a saltarle al cuello al delincuente. Los pasos se detuvieron en la esquina, luego recogieron su rastro y se alejaron perdiéndose en la noche. Respiré aliviado, pero la imagen desaliñada del acosador apareció en la acera del frente, recortada en el escaparate de la panadería del italiano Dinegrini. Corrí calle abajo sin pensar en un destino, sólo quería dejar atrás al acosador que venía a matarme. De vez en cuando me ocultaba detrás de alguna pared para observar si me seguía; la mayoría de las veces no encontraba a nadie tras de mí, pero en otras oportunidades, el hombre y su mirada enloquecida estaban allí, siempre acechante pero sin decidirse finalmente a atacarme o desafiarme. Por mi parte, yo quería a toda costa evitar un enfrentamiento.

Entonces se me ocurrió venir a esta parte de la ciudad. Era una buena idea, no estaba lejos, con un poco de esfuerzo se podía llegar en unos cuantos minutos. Y yo conocía la zona pues había recorrido sus bares de mala muerte buscando lugares con el pretexto de situar la acción de mi propio libro. Sabía que en esta zona abandonada existían sitios escondidos, casi secretos, zaguanes, sótanos clausurados, pisos abandonados, donde los alcohólicos y drogadictos se refugiaban sin temor a ser descubiertos. ¿Podría llegar? Los pasos de mi perseguidor eran silenciosos, pero eficaces. Aunque no lo había visto de nuevo, yo estaba seguro de que continuaba allí, siguiéndome los pasos con exactitud. Fue así que alcancé el edificio más destartalado, sabía que estaba abandonado y que en el estacionamiento sin uso del sótano había un cuarto seguramente pensado como depósito o algo similar. Los pasos se hicieron eco de los míos: allí estaba el criminal. Me dirigí al lugar elegido asegurándome de que el otro me siguiera.

Entré al cuartito oscuro, felizmente estaba vacío, nadie había llegado aún o no iban a llegar esa noche. No importaba, con la puerta cerrada ya no fastidiarían. Del gozne pendía un candado oxidado sin llave, ¿funcionaría? Lo accioné y descubrí que sí estaba en buenas condiciones. Salí a ver a mi acechador. Escuché pasos haciéndose eco en las paredes del edificio abandonado. Corrí hacia el depósito. Los pasos me pisaban los talones. Entré jadeante. Cerré la puerta de un golpe seco que resonó como un cañonazo.

Han pasado dos noches desde que me encerré aquí. En un rincón encontré una botella refulgente de un líquido turbio que me ha aliviado y sosegado. Anoche alguien forcejeó con la puerta, escuché unas voces que maldijeron y se alejaron, serían vagabundos borrachos o drogados, ya se buscarán otro fumadero. Mientras tanto, yo he querido dejar constancia de mi aventura en esta pared, con este pedazo de lápiz que alguien dejó por ahí tirado, pero hasta que no resuelva el problema de este delirio, no podré ponerle punto final a este recuento.