Doble en las rocas. 18 años y Nº 300 de Letralia • Varios autores
“Borracho”, de Leonardo Alenza y NietoEl día lunes

El sueño de Bellorini se cumplió una mañana en que decidió dar un paseo por el centro comercial de la ciudad. Había salido del trabajo y al mirar su reloj pudo comprobar en las manecillas doradas que aún era pronto para el almuerzo. Aunque así fuese, sentía angustia por la incertidumbre de la vida y deseaba caminar un poco para estirar los músculos agarrotados del cuerpo. Realmente, su trabajo le aburría. Eran más de treinta años los que repetía la oscura labor administrativa, en la misma ventanilla arqueada de Aguas Potables.

El lunes todo el mundo habla de lo que ha hecho el fin de semana. Pero treinta años eran muchos años como para que la vida cambiase vertiginosamente entre un sábado y un domingo. Así que los lunes eran la repetición de los lunes de siempre. Nada cambiaba sino el aburrimiento.

El resto de los días, el tiempo pasaba más de prisa entre los clientes que, de algún modo, mataban la soledad. Con el tiempo, Bellorini pudo comprobar que los lunes la gente amanecía palmada.

Aquella mañana era lunes. “Mal día, pensó Bellorini, ni los zapateros trabajan”. Al cruzar la calle sacó un cigarrillo de la camisa y caminó por la acera pegado a la pared. El sol del mediodía caía sobre su cabeza calva y al andar pisaba la sombra redonda del cuerpo con sus zapatos negros.

Por rutina echó un vistazo al reloj y se le vino a la memoria el recuerdo de una canción y se puso a cantar a media voz: “Desengañado / de aquí yo ya me voy, / desengañado y sin consuelo / perdí hasta tu amistad, / yo ya no quiero / vivir con desengaños / si al fin sólo traiciones / espero de tu amor”. Aquí paró. No pudo continuar porque sólo recordó aquel desafortunado estribillo de “quiero irme lejos / donde no te pueda ver”.

Fue inútil el esfuerzo por recordar la letra, que fue diluyéndose en un tarararará, tararará, tarará. Cuando se dio cuenta caminaba en medio de la acera bajo el sol.

Se detuvo frente a una vitrina de discos. El recuerdo le produjo cierta congoja de placer al contemplar las fundas coloreadas de los discos expuestos al público. Decidió entrar. “Por curiosidad”, pensó. No disponía de dinero suficiente para permitirse el lujo de comprar nada.

Además, Bellorini sabía que lo poco que ganaba apenas podía llegar a fin de mes aun apretándose los pantalones. Una vez dentro se sintió extraño, como encerrado en una jaula de donde era imposible escapar. Miró hacia un lado y otro, sin precisión, desorientado por tantas caras de famosos que dirigían como dardos la mirada hacia sus ojos. El retrato de una funda iluminada por el neón reclamó su atención.

En ese preciso instante se acercó a él una dependienta joven que tuvo la habilidad de iniciar el diálogo y comentar las últimas novedades.

De pronto, Bellorini se sintió atrapado por la sonrisa roja de la dependienta y llegó a sentirse maniatado a su voz, que lo extasiaba. Principalmente cuando ella explicó con exaltado optimismo la calidad de la música, la belleza de la letra, la garantía de la casa, la ventaja de la oferta, la duración del disco, el número de canciones, la diversidad de registro, el timbre de la voz, la calidad de la melodía, la novedad de la oferta, la confianza de la casa de lléveselo sin pagar nada ahora, que ya pagará. La respiración entrecortada produjo en Bellorini un nudo en la garganta.

Al salir a la calle, respiró profundamente. El aire caliente de libertad del mediodía se había acumulado en su boca y expiró suavemente, con el deliberado propósito de restablecer la tensión nerviosa y el estado de confusión en que se encontraba.

Fue tajante y preciso en el pensamiento: “He realizado una buena compra”, dijo.

En el fondo, muy en el fondo, era consciente de que la adquisición lo había cogido por sorpresa, casi contra su voluntad, pese a la ilusión que le rondaba por su cabeza de adquirir aquel disco, esperando una mejor situación económica que nunca llegaba.

Encendió otro cigarrillo y eligió el camino más corto.

Doña Angélica, su mujer, pequeña y gorda, con anteojos de miope, le esperaba desde hacía rato con la sopa caliente sobre la mesa. Era una mujer exigente, a quien le gustaban las cosas rectas, y una de sus normas era la puntualidad en las comidas. Para ella, nada podía apartarse de la conducta sellada por la tradición. Eso suponía alterar los modales. De ahí le venían las exigencias escrupulosas de pulcritud y orden que imponía militarmente en toda la casa. Desde el fondo de la cocina se oyó una voz enérgica:

—¡No son horas de llegar!

Bellorini, que con los años había adquirido el don de la paciencia, se apresuró a explicarle a su mujer las ventajas de la compra. Ella, en lugar de escuchar, gritó:

—¡Estás loco! ¿En qué vas a oír el disco?

La paciencia de Bellorini terminó por aguadearse entre la sopa y el carácter lunático de su mujer. Darle la razón, a ella que poseía la astucia felina, era como quedar desarmado frente al enemigo al que se quiere disuadir con razones.

De pronto, Bellorini se desencajó de cuerpo, removió los hombros sobre el respaldo del asiento para sentir seguridad frente a una situación embarazosa y dijo:

—Tú sabes que estas son las canciones que nos enamoraron.

Bellorini trató de disuadirla con la promesa de que las cosas irían mejor en el futuro, después del compromiso del gobierno de aumentar los salarios de los empleados. Pero su mujer, más por mujer que por vieja, sabía que Bellorini divagaba. Uno de sus sueños era disfrutar la tarde del sábado escuchando música con un trago de aguardiante al lado. Pero, desgraciadamente, su única distracción, como él la llamaba, consistía en leer el periódico los fines de semana. Lo leía todo, de cabo a rabo, con la afición del hombre culto que evita desperdiciar lo más mínimo para saberlo todo. Leía incluso la sección de anuncios, imaginando el gozo de los anunciantes al encararse con el futuro trabajador.

Su afición por los libros apenas pasaba de ser un deseo imposible. Lo poco que tenía los había leído tantas veces que las encuadernaciones parecían naipes viejos y en la conversación con personas cultas hablaba de ellos con el arrogante orgullo de conocerlos de memoria.

Un sábado en que Bellorini tomaba unos tragos en la cantina, inspirado por el júbilo del aguardiente, sintió necesidad de visitar la tienda de discos.

Por un momento, sintió la motivación del recuerdo de la letra de una canción que le llegó, entre trago y trago, confundida con los restos del ruido de la calle: “Sólo una vez / nos encontramos tú y yo, / y enamorados quedamos, / con tanta sinceridad. / No tardes mucho, por favor, / que la vida es de minutos nada más, / y esperándote estoy”. Recordó los momentos secretos de un viejo amor.

Pidió otro trago al cantinero. Después otro y otro y otro. Cuando salió de la cantina veía que se movían los ladrillos de la acera. Esa visión deformada de las cosas hizo que, al poner el pie sobre el suelo, pisara en falso y las rodillas se doblaron como ocurre entre quienes se marean.

Nada más entrar en la tienda de discos se acercó la dependienta de los labios rojos. Bellorini experimentó cierta pérdida de peso que le produjo una extraña sensación de levitar, motivado por el efecto del alcohol, como el cuerpo emerge en el agua, pero de manera distinta, más sublime y eufórica.

—Señorita, vengo a comprar un tocadiscos —dijo.

En aquel momento, Bellorini experimentó la predisposición al diálogo. Ni siquiera la voz maléfica de la dependienta perturbó sus recuerdos, cuando ella dijo el precio y Bellorini tuvo que firmar las letras de pago.

Bajo el brazo llevaba la caja sonora que tantos sueños había robado a sus noches. Entró en la cantina “La Miel de los Gorriones” y pidió una botella.

Al llegar a casa, Bellorini dejó caer su cuerpo sobre el sofá, puso en marcha el tocadiscos, llenó el vaso de aguardiente y colocó los pies encima de una silla.

Cuando doña Angélica apareció con el cabello blanco tras la puerta de la cocina, todavía con el delantal puesto, los nervios se le rompieron y saltó furiosa contra la felicidad de Bellorini. Él permaneció sereno. Había aprendido en El libro de la sabiduría de los monjes budistas del Tíbet, que la ira es una tempestad que amaina cuando se agota la tormenta, y tuvo la paciencia de esperar.

—¡La felicidad! ¡Viva la felicidad! —exclamó Bellorini, con el vaso de aguardiente en alto.

Los brindis se repitieron y el recuerdo llenó de falsas hipótesis su cerebro lleno de felicidad. El disco dio vueltas sin parar encima del plato. Hasta que poco a poco la tarde fue llenándose de noche y ya sólo se oía la música y el alboroto que hacen los pájaros antes de dormir.

Una vez la botella en blanco, Bellorini sintió necesidad de salir a la calle en busca de otra, con el fin de saciar el deseo que produce la embriaguez. “De ese modo disfruto mejor las canciones”, dijo a su mujer.

Bellorini hinchó el pecho de felicidad tras inspirar profundamente. El gozo no cabía en él. Se encontraba como no lo había estado desde hacía mucho tiempo. Todo le parecía maravillosamente poético, hasta el ruido que entraba de la calle arrastrando el ronquido de los automóviles.

Bellorini llevó el vaso a la boca y sorbió del agua ardiente, fuego para los labios, lo degustó con el más exquisito placer, acompañándolo de un cigarrillo para sentir en la cabeza ese golpe mágico de turbación. Después, secó la punta de la lengua y con lentitud rozó el borde de los labios, con el fin de sentir en el paladar el picor que producen los residuos de aguardiente sobre la boca. Al cerrar los labios apretó los ojos como quien vive un sueño. Cuando los abrió pudo contemplar extasiado las volutas de humo blanco que volaban por el aire, mientras hablaba de la felicidad de todas las cosas. Hasta que el recuerdo, poco a poco, comenzó a ofuscar el habla convirtiéndola en tartamudez.

Bellorini empezó a ver las cosas como envueltas en una nebulosa enturbiada por la neblina de los ojos. Fue cuando la felicidad apareció frente a sus pupilas azules como la más estúpida porquería.

—¡Todo es una mierda! —gritó enfurecido.

Con dificultad levantó su cuerpo flaco del sofá, sobrecogido por la extraordinaria fuerza etílica, envalentonado, y con la capacidad suficiente para enfrentarse contra la propia realidad. Fue cuando empezó a dar patadas y puñetazos a los muebles. Tiró contra el suelo lo que estaba al alcance de sus manos. El búcaro de flores de papel quedó en mil pedazos contra el suelo y la arena blanca que servía para sostener los alambres de los tallos quedó esparcida sobre el piso.

Doña Angélica intentó apaciguar la cólera de su marido, entre gritos y lágrimas de desesperación, pero el delirio y la vehemencia de Bellorini pudieron más que el lamento y las súplicas.

Bellorini levantó en alto el tocadiscos, con el plato de la música todavía girando, y lo arrojó contra la pared. Aún hoy pueden verse las huellas de los descascarillados. Las piezas del aparato saltaron por el aire y las piezas quedaron dispersas e inservibles por el suelo.

Cuando Bellorini despertó de la ebriedad, aturdido por el nuevo día, llevó sus manos a la cabeza para arrancarse de las sienes la venda de angustia que le producía el terrible dolor de cabeza que torturaba su cabeza.

Por primera vez en treinta años había faltado al trabajo. Cerró profundamente los ojos y se metió en lo más profundo de las sábanas con el deseo de ocultarse a todas las miradas del mundo. Sintió en ese instante la sed obsesiva que produce la resaca de aguardiente y con tal de no poner los pies sobre el suelo padeció el dolor de la terrible sed.

Su mujer cuenta que oyó salir del dormitorio una voz lánguida y apagada, que dijo:

—¡Nunca más volveré a beber!