Doble en las rocas. 18 años y Nº 300 de Letralia • Varios autores
El Sol y Sombra

Ilustración: Franklin McMahon

A comienzos de los setenta viví en una pensión en la esquina de Curamichate, en pleno centro de una Caracas amable para quienes llegábamos en busca de futuro desde el interior; esa ciudad desapareció y convirtió sus calles de asfalto en vidrios rotos y las esquinas en cuchillos afilados. Hoy es imposible caminar sin un sobresalto.

Apenas cumplí la mayoría de edad amarré con cabuyas una maletica de cartón y desde Río Caribe en autobús me vine a estudiar Comunicación Social en la Universidad Central.

Un día sin clases entré al Sol y Sombra, eran apenas las 11 de la mañana y quise acodarme en la esquina de la barra, próxima a la puerta, y esconderme allí de todas las miradas, que terminarían por descubrir en mis maneras que no era un capitalino. Desconocía que los presentes eran tan extraños a la capital como yo y que habían venido desde los confines de esta tierra buscándose la vida.

El gallego de camisa blanca y mangas arremangadas, al verme en esa esquina oscura de la barra, con cierta cortesía en el tono de la voz dijo: Ese lugar está reservado.

Me encaramé de mala gana en un taburete dejando la esquina de la discordia vacía, pedí un ron Santa Teresa. Colocó el vaso corto sobre la madera pulida, dejo caer el chorro oscuro de ron desde esa botella singular sin derramar una gota, sirvió también un vaso de agua que no toqué, entre sorbo y sorbo me parecía cada vez más amable esa esquina que me estaba prohibida.

Antes de terminarme el ron, un hombre alto y vestido con un impecable traje de casimir a la medida se vino a sentar en la esquina reservada. Antes de poder advertirle que no lo hiciera, el gallego se acercó solícito y preguntó:

—¿Qué le sirvo, doctor?

—Un Old Parr con agua y el hielo bien picado, por favor.

Sacó una cajetilla de Camel y encendió un cigarrillo.

Desde el costado esperé que le sirvieran, la lengua inquieta repiqueteaba dentro de mi boca, con el ardor en la garganta de un gran sorbo de ron comenté:

—Es extraño que en un bar reserven una esquina en la barra.

Me miró sin sorprenderse, campaneó el vaso de güisqui, chocaron los hielos y el característico sonido de los bares se hizo música, bebió un trago largo y mirándome dijo:

—Al gallego le gusta oír nuestras conversaciones.

Aspiró con fuerza el humo aromático de su cigarrillo y continuó con ese tono cordial, sin distancias, confesando infidencias:

—Prefiere mantenernos en este rincón en donde la acústica es mejor y mientras va y viene se entera por retazos de la conversación, estoy seguro de que lo que no puede oír se lo inventa, por eso y porque desde el lunes y hasta el viernes no le fallamos a esta cita impostergable decidió por nosotros mantenernos en este rincón.

Ese día me hice amigo del “Flaco” J.J. y pude sentarme en esa esquina privilegiada del Sol y Sombra. Continúe frecuentando ese bar durante mucho tiempo, me tomaba ciertas licencias y me permitía cada vez más algunas escapadas dentro de mi disciplina, nunca abandoné el ron y ellos tercamente insistían con el güisqui, acompañado de agua o con soda, jamás con Coca Cola.

En esa esquina conocí a poetas, escritores, pintores, artistas, fotógrafos y hasta viejos periodistas curtidos en el oficio se dejaban caer diariamente a esta esquina del Sol y Sombra, una llama incandescente se mantenía con la fuerza de los alcoholes servidos por un gallego rojo y parecían todos convocados por la poesía, por la palabra franca del “Flaco” J.J.

Me hice amigo de esos hombres que me doblaban con largueza la edad y los oía hablar casi hipnotizado desde mi ron y ellos moviendo continuamente sus vasos de güisqui, comentando la vida y sus detalles, sobre todo los triunfos de los amigos, un buen texto escrito por alguno de ellos, o alguna desgracia ocurrida a algún integrante de esa cofradía sin nombre.

—¡Sé que escribes! —me dijo un día J.J.—. Es peligroso y nos ganamos enemigos poderosos —comentó con una carcajada y su bigote bien cuidado teñido de nicotina se ensanchó sobre sus huesos cuando el desconcierto me descubrió—. Un profesor de la Escuela de Periodismo viene a otras horas, está muy dolido porque le quitaste una novia con un poema. Espero que no hayas copiado alguno de los nuestros, porque entonces tendrás que entregarnos la muchacha, le pertenece a quien escribió el poema que la conquistó, es la justa ley de las letras.

—Es una negra dulce que tiene en la cintura la fuerza de mares embravecidos —dije—. Con otros compañeros de la Escuela elaboramos un panfleto, Garúa; mi poema la conmovió, es cierto, y logré el milagro de conocerla, no sé si podré conservarla, pero se lo debo a todos ustedes que me han ayudado a cabalgar sobre las palabras, soy apenas un discípulo que intenta ser muy aplicado.

—La poesía es una mujer esquiva y voluptuosa, exigente e inclemente, no permitirá que la abandones y muchas veces se perderá para perderte, sabe que te hiere con su ausencia, te engaña fácilmente con fugaces conquistas para luego confundirte, sé lo que digo, yo la persigo detrás del humo de este cigarrillo que me fumo con insistencia y es capaz de hundirme para siempre en el ámbar de este güisqui. Se oculta y no aparecerá hasta que seas capaz de convocarla con un conjuro único, que debes adivinar, crear.

“Pisas un terreno que no conoces y yo llevo años intentando salir de ese laberinto, es mi deber alertarte. Luego que te lanzas al vacío con los ojos cerrados y la vaga esperanza de beberte las palabras, que pierdes definitivamente pie en fronteras conocidas, es imposible regresar y tendrás necesariamente que aprender a mantenerte en el límite exacto de lo posible y buscar poseer la fuerza de la palabra, su ritmo, el exacto sentido de su significado, entre signos de admiración su fuerza liberadora”.

Otro día le pregunté:

—¿Por qué no se reúnen en sus casas?

—Nuestras casas son espacios cerrados que no nos pertenecen, es una frontera ajena que traspasamos cada noche en busca de otro tipo de sosiego, en donde somos extranjeros, esclavos de otros intereses, en donde la vida se circunscribe a cuatro paredes y obligaciones que somos incapaces de cumplir en la mayoría de los casos y nos empujan a convertirnos en lo que jamás podremos ser.

“Aquí, con el humo del cigarrillo quemándome los ojos, los vapores de este güisqui, la algarabía de esta sala, entre amigos y desconocidos, con mis recuerdos y retazos de vida, yo puedo escribir un soneto con su métrica exacta y que haga latir con fuerza inaudita tus sienes, pero es imposible escribir una línea en ese ambiente doméstico que me es ajeno”.

“En nuestras casas son los afectos, los compromisos de pago y sobre todo las responsabilidades que cumplimos a medias o evadimos de acuerdo al aguante de nuestras esposas, nosotros no somos dueños del espacio que habitamos, la casa pertenece a las mujeres y a los hijos y nuestros egoísmos mal dibujados no caben en esas cuatro paredes”.

“Aquí, en cambio, en el Sol y Sombra, en cualquier bar, la vida fluye con la intensidad de la sangre que se evapora en el alcohol. La palabra está viva, justo al alcance de la mano; si tienes el valor suficiente para tomarla con todos sus riesgos, sin importarte hasta cuándo, hasta dónde te podrás hundir, si logras asumir ese riesgo y sus consecuencias, tendrás quizás la lejana posibilidad de dominarla sobre el papel en blanco”.

—Vengo a despedirme, conseguí una beca para estudiar fuera —le dije un mediodía a J.J.

Del bolsillo de su paltó sacó un papel doblado cuidadosamente y me lo entregó. “Quiero mucho este poema”, dijo.

El azar me entretuvo dando vueltas detrás de otras líneas, en otras fronteras; cuando finalmente regresé, fui directamente al Sol y Sombra y ya no era ni la sombra, nadie recordaba al gallego ni conocían de poetas asiduos al bar. No tuve valor para quedarme.

Me fui a otro bar lejos del centro, me arrinconé en una mesa, pedí un Old Parr y un Santa Teresa. Desdoblé con cuidado el papel que me había dado J.J.

Sabía de memoria el contenido, pero quise leerlo nuevamente enfrente de esa silla vacía, de ese güisqui que se afloja en la medida en que se derriten los hielos.

 

Ayer la vi

Ayer la vi, era la misma de antes,
los mismos ojos claros
que fueron espejos de los míos;
los mismos labios,
la misma curva bizarra de las piernas,
la misma mano alada...
Toda igual.

Y de pronto, soltó el recuerdo
el hilo viejo del carretel roído,
latió violento el corazón cansado,
con su carga de sueños imposibles
de veinte años atrás!...

Era la misma de antes.
Y qué distinto yo,
visto en el vidrio de mi propio espejo.

La frente que fue tersa
surcada ahora por caminos insondables.
El alma niña que soñó horizontes
hecha girón de un cielo que no existe...

Ayer la vi. Era la misma de antes.

Y vive el corazón
late tranquilo, entre este vaho hondo
de humo, de alcohol,
de insomnio, de neblina,
como latió violento un día
de veinte años atrás...
¿La quieres todavía?
—pregunta ingenuo el corazón cansado—
y una arteria hipertrófica responde:
Ese es un lago que fluye con mi río...

J.J. Morales Espíndola

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