Doble en las rocas. 18 años y Nº 300 de Letralia • Varios autores
“Botella de Pernaud”, de Pablo PicassoEmpinar el codo

“No estaría mal una coctelera del tamaño de una sombrerera,
pero yo nunca he visto ninguna”.
Kingsley Amis

Cuando cierto amigo veía botellas pensaba en las embriagueces que había encerradas en ellas y si se topaba con los párrafos de un obtuso demagogo procedía a bebérselas enteras sin dejar una gota. Oía con agrado la teoría de que la sed de agua es cosa primitiva, de íberos, y la sed de vino cultura. O la frase del cernícalo Guy Debord: “Uno ha de haber bebido mucho antes de encontrar la excelencia”. Es más que probable que las apologías clásicas del vino que tanto le gustaban estuvieran relacionadas con las condiciones de potabilidad del agua en tiempos remotos. A veces recordaba que en la pintura barroca sólo se ríen los ebrios (y los saltimbanquis), que Onetti habló de “la dulce borrachera bien graduada”. Por no graduarlas adecuadamente Gil de Biedma se veía la cara tan destruida al mirarse en el espejo, después de vomitar sobre la alfombra, como contaba tan bien en sus escritos...

Aquel amigo se había enterado de que en 1260, en España, había penas para beodos y adulteradores... Le deleitaba El borracho de Barbet Schroeder basado en un texto de Bukowski, pero le inquietaban Días de vino y rosas de Blake Edwards y Días sin huella de Billy Wilder, con esas dramáticas caídas en la húmeda espiral que conduce al delirium tremens. A Juan Goytisolo estas cosas no podían ocurrirle porque, según dejó caer alguien, bebía poco y sin convicción. Lo cierto es que, en general, a los escritores del siglo XX les olía mucho el aliento a ginebra: evidentemente durante esa centuria la beodez no estaba castigada con severidad. Fue entonces (época de agua potable) cuando cierto ilustrado trasegador hizo una alabanza del alcohol en prólogo a La leyenda del Santo Bebedor de Joseph Roth, abominando del higienismo moderno y de los médicos que muestran imágenes de hígados degradados o escriben sobre los ataques de etanol en el cerebro; también evocaba con nostalgia (entonces un parche inhibidor le daba expresión de desamparo) la burbuja de cordialidad que envuelve a los que saben apreciar los buenos caldos. Tanta burbuja, sin embargo, mató a Dylan Thomas, cuyas últimas palabras fueron: “Me he bebido dieciocho vasos bien llenos de whisky, esto es un récord”. Un sujeto, en fin, que no pertenecía a la especie de los que dan pequeños sorbos y hacen durar las copas indefinidamente, ni a los que se toman un vaso de leche o peor, una cucharada de aceite de oliva para demorar la absorción.

El viejo amigo fantaseaba con el licor cuya venta se prohíbe a los menores de dieciséis años (a esa edad él bebía refrescos con granadina), que causa aparatosos accidentes de tráfico, que desata la lengua (una cualidad de la que era amargamente consciente), que sirve para relajarse o divertirse de manera poco edificante, que atormenta al detective de Lawrence Block haciéndole ir entre pesquisa y pesquisa a Alcohólicos Anónimos, que ingerido con moderación mejora los procesos cognitivos (la imaginación, la asociación de ideas, la empatía y hasta la propia creatividad se ven beneficiadas bajo la influencia de unas copas), que inspiró a un maldito de Madrid poco célebre (con ayuda del Romilar y otras sustancias psicotrópicas) palizas o textos irracionalistas y a un celebérrimo chileno los versos: “Amo sobre una mesa / cuando se habla, / la luz de una botella / de inteligente vino”.

Enrique Vila-Matas pasó en Barcelona por un período de trompas belicosas, Malcolm Lowry fue siempre una esponja de cuidado. Dylan Thomas, el poeta que decía parecerse a Harpo Marx, terminaba con frecuencia sus borracheras orinando sobre la alfombra del anfitrión de turno, como revela George Tremlett en su biografía. Cuántos se habrán identificado con los versos del santo bebedor Rubén Darío: “Potro sin freno se lanzó mi instinto, / mi juventud montó potro sin freno; / iba embriagada y con puñal al cinto; / si no cayó fue porque Dios es bueno”.

En caso de que, después de leer lo que declaran algunos políticos para empeorar las cosas, uno se sienta, como aquel amigo, impulsado a beber demasiados mililitros con el estómago vacío escuchando a Paul Desmond, más tarde se sentirá igual que si Circe le hubiera convertido en cerdo, rebosante de cansancio, minúsculo, vaciado de toda personalidad, intelectualmente inerte, no recordando nada, ni la frase flaubertiana que suena tan bien: “Es preciso ser fuerte y saber emborracharse con un vaso de agua”. En esa situación es imposible hacer otra cosa que no sea ver documentales sobre medusas en televisión con una gran debilidad, la boca seca. Más deprimido que la princesa Masako. Y no es fácil que elimine ese malestar la ducha de agua fría, el analgésico, el zumo de tomate, el café de Colombia o los consejos de Kingsley Amis, en vida generoso anfitrión y brillante bebedor social.

¿Cómo debió sentirse Juan Benet horas después de que le hicieran aquella foto agarrado a la farola? ¿O el maldito escasamente célebre, tras uno de sus desesperados intentos por llamar la atención en busca de reconocimiento? Fatal, sin duda. ¿Y qué tomaban para remediarlo? El Bloody Mary es efectivo pero resulta el primer paso para convertirse en míster Hyde de nuevo y dejar la solución para el futuro. En la antigüedad Plinio el Viejo lo solucionaba con dos huevos de búho, lo que en principio no parece mala idea, pero el problema es encontrar el búho y luego convencerle de que ponga dos huevos y ninguna de las dos cosas es extremadamente sencilla. Cuentan que los asirios tomaban una cucharada de mirra y otra de picos de gorrión molidos, pero bueno, era gente de Mesopotamia...

Malpaso ha publicado un libro de Kingsley Amis titulado Sobrebeber, considerado una de las cimas del pensamiento etílico. No tiene desperdicio. Únicamente está contraindicado para memos sin sentido del humor. Entre otras cosas, como fórmulas de cócteles brutales, anécdotas, sugerencias sobre exprimidores, sacacorchos, pinzas y coladores, el erudito padre de Martin se refiere a la resaca: “Cuando esa mezcla inefable de depresión, tristeza (no son lo mismo), angustia, desprecio de uno mismo, sensación de fracaso y miedo al futuro empiece a imponerse, recuerda que lo que tienes es resaca”. Exhorta a afrontarla con coraje. Afirma que hay que distinguir la física de la metafísica. Y hace una serie de recomendaciones para abandonar esta última, la postración de cucaracha de Kafka, la siniestra inquietud como de cuento de Poe. Afeitarse, aunque resulte pesado, levanta la moral, como las novelas de Ian Fleming, Eric Ambler o Dick Francis... (La vida en un campo de concentración soviético relatada por Solzhenitsyn va bien para suprimir la autocompasión.) Entre las musicales sugiere la Patética de Tchaikovski o, en su defecto, Sibelius: El Cisne de Tuonela, por ejemplo. O Pelleas y Melisande (advierte que no hay que confundir con la ópera de Debussy del mismo nombre). Miles Davies puede funcionar. La música pop más bien agravará la situación... El espléndido libro contiene mucha ironía inglesa (alguna afirmación descabellada: “El champán está sobrevalorado”) y nos descubre que la reina Victoria, aparte de mezclar vino con whisky, cortaba en seco la carrera ascendente de cualquier clérigo que se atreviera a condenar el alcohol.

A nuestro amigo le aliviaba mucho recobrarse, volver a recordar un libro de memorias en que el ex borracho Bryce Echenique dice que una cerveza sin alcohol es una cerveza con tristeza... Le aliviaba notar que había recuperado la condición de persona culta y educada en la importancia de la exigencia, el esfuerzo, el mérito, le responsabilidad, la disciplina... Le aliviaba, como a Kerouac, ver que todo es pasajero. Que unos anfitriones habían olvidado el jarrón sublime que se hizo añicos a causa de un manotazo teatral... Que todo va y viene. “Triste hoy, alegre mañana, sobrio hoy, borracho mañana. ¿Por qué inquietarse tanto?”.

No cabe duda de que el alcohol es una forma de conocimiento. A Leopoldo María Panero, en fase triste, le inspiró lo siguiente: “Se cantan himnos a la virgen y loas a la cruz / que no existe, y al más allá, mientras Dios quema / y mi cuerpo escupe sobre el suelo el martirio / y allí vomita la cerveza y el vino del sufrimiento”. Aunque, quién sabe, quizá esta poesía la inspiró la ingesta, por imperativo sanitario, de mostos o cervezas sin alcohol...

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