Doble en las rocas. 18 años y Nº 300 de Letralia • Varios autores
“Muerte súbita”, de Álvaro EnrigueMuerte súbita, de Álvaro Enrigue (o ¿Qué nos pasó ayer?)

“Fue una noche de copas,
una noche loca”.

(María Conchita Alonso: Noche de copas).

Con todo y que no existan evidencias científicas que nos permitan adjudicarle la creatividad literaria a las bebidas alcohólicas, no faltará quien sostenga con plena convicción que un buen trago estimula la imaginación de un escritor hasta hacerle producir una novela o un soneto de innegables condiciones estéticas. Según la corriente defensora de esta tesis, el beodo literato accede a terrenos imaginativos que les son vedados a un simple borracho, quien tan sólo se debe contentar con una vulgar borrachera y su respectivo ratón o resaca. Uno de los casos más memorables de esta estimulación etílica sería el escritor norteamericano Edgar Allan Poe, quien, como sabemos, padeció el delirium tremens y hasta llegó a legar uno de los relatos más contundentes sobre los estragos que puede causar el alcohol, El tonel de amontillado, donde el resentido y calculador Montresor persuade a Fortunato para que cate su famoso vino amontillado, cuando lo que realmente se propone es tapiar a su enemigo detrás de una pared.

Hablemos con franqueza: quién no va a querer humedecer su paladar con bebida espirituosa al mismo tiempo que compone un poema de la particularidad fonética y semántica de El cuervo, o un cuento tan memorable como “La máscara de la muerte roja”. Desafortunadamente, como ya se ha dicho, no se ha probado que los grados etílicos ejerzan influjo alguno sobre la creación literaria, más bien sabemos por diversas experiencias que la influencia del alcohol podría tomar algunos derroteros de lo más imprevistos, como el que encontramos en Muerte súbita, del escritor mexicano Álvaro Enrigue, novela que alcanzó a hacerse con el premio Herralde de novela 2013.

Tras un introito donde el autor ficcionalizado repasa someramente la historia de la palabra “tenis” y llega hasta el uso que se le da a ésta en México con el fin de aludir a la muerte, encontramos el capítulo “Primer parcial, juego uno”, en el que dos hombres, que por medio de referencias catafóricas se nos revelarán más adelante como el pintor italiano Michelangelo Merisi da Caravaggio y el poeta español Francisco de Quevedo, disputan una partida de tenis bajo el asfixiante sol del mediodía de Roma. Es instructivo tener en cuenta que no se trata de un simple juego de rutina, sino que, antes bien, presenciamos un primer set que el narrador no duda en enmarcar con un tono de fatalidad: “Respiró hondo: la partida de raqueta que estaba por desatar era de vida o muerte”.

Como se observa, y como se hace patente en la medida en que nuestra lectura avanza, los oponentes no participan tanto en un cordial juego deportivo como en un feroz duelo de honor. En consecuencia, el rótulo “muerte súbita” que encabeza esta novela se nos empieza a antojar como conectado a la aniquilación física y no a la muerte metafórica propia del juego que ambos hombres llevan a cabo. Como quiera que sea, la simple idea de un duelo nos hace pensar en un par de hombres valientes y determinados a limpiar la afrenta que ha tomado lugar.

No obstante, la novela de Enrigue desmiente cualquiera de las expectativas que nos hayamos formado en nuestras mentes, puesto que, como se relata en el capítulo “Tercer parcial, juego tres”, estos dos hombres, arquetipos de la farra, la aventura y el arte de sus respectivas culturas y, sobra decir, toda Europa, hombres cuya fama no cederá al desgaste de los siglos posteriores, se baten en una lucha sin tregua en razón de que el pobre Quevedo trata de recuperar su honor tras haber sido descubierto en un desliz sexual con el pintor lombardo, luego de unas copas que le obnubilaron la razón. Paso a reproducir el momento cuando el bardo español es encontrado in fraganti durante la fellatio que le aplica a Caravaggio:

Le tocó el sexo. El capo se desprendió de su boca y comenzó a pasarle la lengua por el cuello, las orejas. Tenía que saber, sólo eso quería: saber. Metió la mano por debajo de la faja, la hundió por la parte interior del calzón y sintió en la palma el sexo del lombardo, lo apretó, lo recorrió intrigado por sus aceites. Bajó un poco más para investigar esa fuente de calor tan gentil que representaban sus testículos. Entonces escuchó la voz inconfundible del duque que gritaba desde la baranda de piedra: Pero qué coños está pasando aquí (p. 219).

Definitivamente, la desdichada fortuna de Quevedo en la ficción del escritor mexicano nada tiene que ver con la productividad creativa a la que aspira cualquier escritor que acaba de consumir unas copas de bebidas alcohólicas. La representación de los efectos del trago que Enrigue consigue es el de una sustancia que conlleva, por un lado, la pérdida de la cordura y, por el otro, la supresión de cualquier vestigio de recuerdo sobre los acontecimientos previos a la resaca. En otros términos, hablamos de borrón y cuenta nueva, como ocurre con Caravaggio, quien no tiene idea del porqué está inmiscuido en un duelo. ¡Qué represión del inconsciente ni que nada! Freud desbancado.

Esta parte de Muerte súbita encuentra su correlato fílmico en la trilogía ¿Qué pasó ayer?, del director Todd Phillips, en la que un grupo de amigos se disponen a celebrar la despedida de soltero de uno de sus miembros. Pero la mañana siguiente descubren los cambios más radicales en sus cuerpos y su entorno y hasta se percatan de que el novio ha desaparecido. A partir de entonces, cada uno de estos filmes se centra en mostrar los eventos que fueron elididos. Es decir, recibimos una explicación de cómo el estado actual de cosas llegó a ser lo que es.

Ahora, lo que la creencia popular sí parece dar por sentado es que el individuo entregado al alcohol, sea que termine escribiendo como Poe o no, pase lo que pase, nunca abandonará la bebida. Si hemos de sostener que el chiste cifra una realidad, como lo anunció Freud en su lúcido y perspicaz ensayo El chiste y su relación con el inconsciente, podemos encontrar respuesta a esta interrogante sobre la perseverancia del bebedor en las situaciones más adversas en aquel chiste popular que cuenta que una mujer, hastiada de las borracheras de su esposo, decide que le echará clara de huevos en el ano la próxima vez que llegue ebrio, para que, al siguiente día, piense que otros hombres abusaron sexualmente de él y así deje el alcohol de una vez por todas. Hecho esto una madrugada, el hombre se despierta tras un profundo sueño y palpa que su parte íntima está pegajosa. Entonces suspira y, con dolorosa resignación, exclama que lo volvieron a coger.