Doble en las rocas. 18 años y Nº 300 de Letralia • Varios autores
La borrachera de MopsLa borrachera de Mops

(Inspirado en una idea de José Tenembaum)

En nuestro campo teníamos muchos perros, pero yo prefería a Mops. Era pequeño, morrudo, de ojos tristes. No tenía cola, alguien se la había cortado al nacer. Mops no corría detrás de sus dueños, no mostraba signos de alegría como todos los perros cuando se le arrojaba una pelota o un palo para hacerlo jugar; al contrario, quedaba impasible y en su mirada brillaba una burlona indiferencia.

Mops era único. Era digno de admiración y respeto por la rara capacidad que lo convertía en un perro fuera de lo común; era cazador de serpientes. En primavera y en verano las serpientes salen de sus escondites y se arrastran por los campos. Son un peligro constante para todos. Ver cómo ese pequeño perro las atrapaba entre sus dientes evitando ser picado era un verdadero espectáculo. A pesar del debatirse y coletear de las serpientes lograba morderlas con sus dientes filosos y les daba muerte.

Siguiendo a Mops en sus partidas de caza, aprendí lo que años más tarde leería en los libros: la forma en que las serpientes se acoplan, el modo en que el macho se ocupa de la incubación y la custodia de los huevos. Aprendí también que la serpiente es la única especie, aparte de la humana, que cambia sus ropas periódicamente.

 

Al igual que la mayoría de los correligionarios que residían en la zona, en mi familia se acostumbraba preparar en casa el vino destinado a la semana de Pascua. El vino con el que se hacían las libaciones del Séder y el que llenaba la copa del profeta Eliau debía ser de fabricación casera.

El procedimiento, según recuerdo, consistía en llenar con uvas varias damajuanas, agregar azúcar y dejarlo fermentar un determinado período de tiempo. Luego se lo filtraba a través de un cedazo. Terminado el proceso, quedaba en las damajuanas restos de las uvas. Estos residuos se utilizaban para obtener un vinagre delicioso y lo restante ya no servía y se tiraba como desperdicio.

Esta costumbre de fabricar el vino en casa y desechar los restos tiene una estrecha relación con Mops. Ese año mi madre arrojó los residuos de las uvas en la huerta porque le habían dicho que era un buen fertilizante.

Desprovisto de conocimientos en la materia, Mops probó esos residuos, el sabor agridulce le resultó delicioso y comió una cantidad tal que creo que fue la primera vez que vi a un perro durmiendo la mona, inmóvil, tirado cuanto corto era, hasta que mi tío Jaime lo trasladó a la sombra de la higuera para protegerlo del sol. Durmió durante seis días como un ángel borracho, sin comer ni beber; al séptimo se levantó a los tumbos, tal como a veces se balanceaban los peones después de una noche de juerga. ¡Mops había resucitado!

 

Un año más tarde se repitieron las circunstancias y la escena de la borrachera, pero esta vez Mops no despertó de su sueño etílico.

Todavía hoy, setenta años después de los acontecimientos, al relatar el fin de Mops me conmuevo y me pregunto cuáles habrán sido los sueños del que siempre evitó ser mordido por las serpientes pero se dejó vencer por el alcohol.