Doble en las rocas. 18 años y Nº 300 de Letralia • Varios autores
De la exposición artística de John Hancock Mutual Life Insurance Co.Mi idilio con Poe

Y él apareció apuesto, elegante,
correcto, como el genio.
Charles Baudelaire.
“Edgar A. Poe: Su vida y sus obras”

Desde que era niña, mi voracidad lectora no tenía límites. A los nueve años había leído todos los cuentos de Edgar Allan Poe, siendo mis favoritos “El gato negro” y “La caída de la casa Usher”. A pesar del tono lúgubre y de lo gráfico de algunas escenas, encontraba una extraña fascinación en los secretos que se ocultaban detrás de los crímenes, la locura y la muerte. Pero lo más importante era que la mujer a quien Poe amaba tenía el mismo nombre que yo, Leonora: “La radiante, la sin par / Virgen rara a quien Leonora los querubes llaman, ahora / Ya sin nombre... ¡nunca más!”, se lamenta el hablante poético en El cuervo, ese pájaro solitario cuya imagen es espejo de la existencia del escritor.

Ver mi nombre plasmado en las páginas del libro manoseado que leía una y otra vez me hacía sentir parte del proceso creativo y de la vida del autor. Era como si las historias fueran dirigidas a mí. Mi lógica podría parecer algo retorcida, pero en medio de mi timidez y del poco interés que tenía por los juegos propios de una niña de mi edad —a los ocho años metí todas mis muñecas en una bolsa y le pedí a mi madre que las donara a alguna institución caritativa—, los libros se convirtieron en sustitutos y alicientes para mi desbordada imaginación, que había superado la etapa infantil mucho antes de que mi cuerpo lo hiciera.

No obstante haber leído algunos fragmentos biográficos que subrayaban el alcoholismo de Poe con un énfasis casi enfermizo, nunca se me pasó por la cabeza el sufrimiento al que lo sometían estos períodos de ebriedad cada vez más terribles. La ominosa frase del narrador en “El gato negro”, “¿Qué enfermedad es comparable con el alcohol?”, ha debido suscitar en mí cierta inquietud, pero las asociaciones no vinieron sino hasta mucho después. Mi conocimiento del alcohol se limitaba a algunos sorbos de vino durante las fiestas familiares o a las borracheras de los tíos, condenadas por abuelas, tías y tíos entre murmullos ahogados que luego terminaban en risas ante las bufonadas de alguno de los aludidos.

Caminando por la avenida Baralt a diario para ir a la escuela, conocía a todos y cada uno de los “borrachitos” que dormían en los bancos de las paradas de autobús, a quienes panaderos y quiosqueros les guardaban comida. Eran una parte importante de la comunidad y si a alguno de ellos le pasaba algo o moría, había duelo colectivo. A mí siempre me inspiraban tristeza y un temor ante la enajenación que percibía en sus miradas —mi madre me había explicado en detalle lo que suponía un delirium tremens y el solo pensarlo me producía escalofríos. Pero jamás se me hubiera ocurrido que ese escritor a quien admiraba tanto y a quien imaginaba de porte elegante, alto y con visos de actor de telenovela, pudiese tener algo en común con estos mundanos personajes, a pesar de que fue el delirium tremens, “ese terrible visitante” (Baudelaire), el que convirtió su cerebro en un despojo y lo fue sustrayendo de la vida lentamente.

Todo cambió el día en que vi la obra El cuervo en un teatro de New Haven donde mi familia y yo vivimos un par de años. Había ido con mi escuela y nos sentamos en el balcón lateral izquierdo del pequeño teatro local. Estuvo oscuro durante toda la obra y las cortinas negras contribuían a crear la atmósfera lúgubre tan propia de la obra de Poe. El escenario estaba vacío y cuando salió a escena el actor que representaba a Poe, era tal y como yo lo había imaginado: alto, de cabellos negros, bigote negros y con un porte elegante, reservado. Recitaba versos de El cuervo y se le quebraba la voz a cada tanto:

Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños,
Quedé allí —cual antes nadie los soñó— forjando sueños;
Más profundo era el silencio, y la calma no acusaba
Ruido alguno..., resonar
Sólo un nombre se escuchaba que en voz baja a aquella hora
Yo me puse a murmurar,
Y que el eco repetía como un soplo: ¡Leonora..!
Esto apenas, ¡nada más!

Luego apareció ella, Leonora, pálida, desesperada, y no pude evitar sentir envidia ante aquella mujer que tuvo la suerte de quedar plasmada en los relatos del poeta. Le tomaba la cara entre las manos, se miraban como queriendo decirse algo pero las palabras no alcanzaron. Se despidieron con un beso y luego vino la catástrofe, el delirio, la suciedad, el vómito, la muerte. Mi escritor amado se tambaleaba en escena, se mesaba los cabellos porque no podía recordar ni escribir. Se tumbó en el suelo y así permaneció por un largo tiempo, que en realidad fueron días, de los cuales nunca recordó nada. Y fue allí, en ese momento, cuando entendí que cada una de sus palabras había sido arrancada de una mente febril y delirante, mientras el cuerpo, enfermo, destilaba gruesas gotas de sudor alcoholizado.

Durante meses no pude dejar de pensar en estas escenas y terminaba con los ojos empozados. Tampoco pude volver a leer ninguno de sus cuentos hasta un par de años después. Abrí el libro y comencé a enterrar los ojos entre las líneas para ver qué más podía descubrir porque me negaba a aceptar lo que la obra me había revelado. Con Poe me tocó crecer, perder la inocencia, pero también descubrir los vericuetos del mundo literario y sus conexiones con lo humano, lo bello y lo podrido. Concuerdo con Borges cuando decía que “sin la neurosis, el alcohol, la pobreza, la soledad irreparable, no existiría la obra de Poe”. La conexión intrínseca entre su vida y su obra, o más bien ese pacto con el diablo —el alcohol— en el que dio su vida a cambio de su obra, constituye una de las más hermosas metáforas de la creación literaria. Hoy vuelvo a leerlo una y otra vez y en medio del vaho etílico y de la atmósfera febril redescubro al héroe de mi infancia, alcohólico, solitario, poseído por sus demonios, pero genio, siempre genio.