Ángel Campos Martín-Mora

Las Olimpiadas del Diadón

La sede de la nueva edición de los Juegos del Diadón había recaído en esta ocasión no en un gran mundo habitado de entre los millones existentes en el gran brazo de la espiral, sino en un remoto cuerpo rocoso lejos de las grandes civilizaciones. El Consejo Organizador lo decidió así para evitar la gran afluencia de asistentes y simplificar al máximo las tareas de seguridad. Tan sólo fueron convocados los participantes, las delegaciones de los diferentes mundos y el Jurado de la Federación. Allí se darían cita una vez más los atletas de la inteligencia, los más dotados, aquellos capaces de desvelar en algún sentido la esencia del Diadón. En el instante preciso, y como venía ocurriendo en pasadas ediciones, se mostraría de alguna forma el Primer Motor Inmóvil frente a los más aventajados teólogos de las estrellas, los sabios dotados con los más finos sensores diseñados hasta entonces. Nunca se había hecho esperar la aparición anunciada y, en cada una de ellas, siempre había mostrado un aspecto, por infinitesimal que fuere, de su estructura. Hasta entonces ninguno de los atletas había conseguido inmortalizar ningún rasgo de su esencia y, por consiguiente, todos habían sido destruidos. En más de una ocasión, dichas apariciones habían alcanzado tal virulencia que una parte de la flota olímpica desapareció junto a los participantes, a pesar de las medidas de seguridad cada vez más estrictas.

Desde distintas trayectorias, todas las naves fueron llegando a los aledaños del pequeño mundo identificado por un número en el gran atlas y una breve reseña sin interés: ninguna actividad volcánica, ausencia total de atmósfera, 0'8 g en los polos... En suma, un lugar donde habría que descender con los trajes de cualquier misión rutinaria de exploración. Los transportes fueron ocupando la órbita que la Federación de los Juegos estimó más oportuna: mil kilómetros más allá de la órbita geoestacionaria. Una vez más, la seguridad imponía tal gasto de energía en mantener una órbita tan inestable.

El perfil de estos campeones olímpicos era un compendio de saberes empíricos y espirituales, implementados con poderes psíquicos propios de cada especie: la telequinesia de los artrópodos de Flortan, la clarividencia de los teólogos de Cetus, la perspicacia de los gayanos... La actual edición de los Juegos del Diadón presentaba tres campeones, vencedores en las innumerables eliminatorias que tuvieron lugar en las fases planetarias y supraplanetarias:

En definitiva, estos tres campeones eran las inteligencias más brillantes; Bésel, Canopus y Land no competirían entre sí, sino que aunarían sus fuerzas allí abajo, sobre la superficie rocosa del planetoide, donde el Diadón se mostraría en un juego en el que a cada uno les iba la vida. Era pues fundamental que cada uno confiara en los demás. Iban a ser lanzados a distintos puntos de aquel pequeño mundo y tendrían que estar en constante comunicación. Formaban un equipo y como tal tendrían que actuar. El primero que contactara con una manifestación del Diadón, comunicaría a los demás el avistamiento. Cualquier pista o información podría dar al equipo cierta ventaja en este juego tan desigual.

La retransmisión de la nueva partida del Diadón contra sus criaturas se llevaría a cabo mediante tres satélites que cubrirían la totalidad de la superficie. Lo que allí ocurriese sería visionado por los mundos inteligentes cien o cien mil años después, y era posible que más de una civilización hubiera desaparecido cuando las imágenes de lo sucedido llegaran a esos lejanos mundos. Aunque los atletas culminasen con éxito su misión, no todas las especies podrían compartirlo; sin embargo, otras nuevas nacidas en los próximos cien mil años crecerían sin merecerlo con un conocimiento esencial del Diadón; darían un salto de gigante hacia la madurez evitando los desastres que todas las civilizaciones padecen en los primeros estadios de su evolución.

La nave del Comité abrió lentamente sus fauces para lanzar tres diminutas cápsulas que brillaron fugazmente ante las atentas miradas del Jurado. Los transportes de Bésel y Canopus emprendieron la aproximación tomando una órbita polar, mientras el monoplaza del gayano optaba por una ecuatorial. Cada uno llevaba consigo una caja donde se había hecho un vacío absoluto, un campo energético estanco ni siquiera permeable para los neutrinos, el mejor receptáculo ideado hasta entonces para el Diadón.

—Allí abajo se abre una extensa planicie, voy a descender —dijo Bésel a sus compañeros.

—¡No te fíes!, puede ser una trampa —advirtió Canopus—; compruébalo con tu aurómetro.

—Tranquilo, ya lo he hecho.

El monoplaza de Land sobrevolaba una región torturada por innumerables impactos de meteoritos, algunos debieron ser tan grandes que sus cráteres presentaban estrías radiales que podían medirse por kilómetros. En vuelo a baja cota, su transporte rozaba las paredes de los circos cuyas sombras apuntaban en la misma dirección de su marcha. Hacía tiempo que había dejado a su espalda la roja estrella que alumbraba aquel apartado sistema, compuesto por una escasa docena de mundos deshabitados. Como en todos los planetas sin atmósfera, la oscuridad sobrevino bruscamente, muy diferente de los maravillosos crepúsculos de Gaya y sus noches iluminadas por los abigarrados racimos estelares del brazo interno de la galaxia. Una sacudida brusca de su asiento truncó su fugaz melancolía. Bésel siempre encontraba un modo original de presentarse.

—¡Atento, gayano! Estoy descendiendo. Todo parece normal, mi aurómetro está en blanco.

—¿Y tu lector magnético? —preguntó Land.

—Registra una ligera oscilación, nada importante.

—¡Verifícalo!, ¿me oyes? ¡Verifícalo!

—Ya lo he hecho. Es debido a la concentración de níquel. Esa llanura es más compacta de lo que parece —dijo el mago de Flortan.

—¿Hay fallas en sus bordes?

—No —aseguró Bésel.

—¡Sal de ahí inmediatamente!, ¡huye, es un pasillo del Diadón! —le gritó Land.

—No, olvídalo, si es lo que tú piensas, yo seré el primero en captar su naturaleza, y cuando abra mi caja el misterio será revelado.

—¡Maldito artrópodo! —gritó Canopus, que había permanecido en silencio a la escucha—. ¡Escucha al gayano, aléjate, vuelve a mi posición!

—No necesito vuestra ayuda, es una manifestación menor y puedo atraparla solo.

Bésel activó su caja segundos antes de descender del monoplaza. El mago experimentó la naturaleza mística de la planicie en cuanto se posó sobre ella. Miró a sus bordes y observó sorprendido cómo aquellos farallones ganaban rápidamente en altura con respecto a la planicie. No tardó en descubrir la verdad: la llanura se comportaba como un inmenso montacargas que se hundía en las entrañas del planetoide. Bésel se aferró a su caja mientras descendía ya velozmente al encuentro de su destino. Las paredes del gigantesco circo se llenaron de imágenes fascinantes: una sencilla lección de cómo el Diadón creó el Universo. Sin perder un segundo, el mago abrió su caja y comenzó a declamar todos los conjuros que su refinado arte le permitía con la esperanza de atrapar todas aquellas imágenes en su caja negra. Bésel dejó de emitir.

Land y Canopus sobrevolaban la planicie mientras sus instrumentos de medida se habían vuelto locos; sin embargo, todo parecía normal a simple vista. Un objeto reposaba inerte sobre aquella llanura extremadamente perfecta.

—Es la caja de Bésel —advirtió Canopus—. Voy a subirla.

—¡No, no lo hagas! Es preferible sacarla primero de aquí y examinarla en lugar seguro. ¿Alguna objeción?

—Ninguna.

Los monoplazas se posaron a escasos metros de la caja que aún permanecía activada. Los indicadores "poltergeist" anunciaban la presencia de algo en su interior. La débil lectura los animó a abrirla sin las debidas precauciones. La sustancia ectoplasmática que segregó fue componiendo una borrosa figura que paulatinamente apuntaba sus perfiles. Ambos retrocedieron instintivamente. Bésel se recompuso como un genio liberado de su lámpara para gritar por última vez:

—¡Lo sé, lo sé, lo he visto, por fin lo he visto! Ha valido la pena, ¡ya lo creo que ha valido! El Diadón es Narc.

Instantes después, el espectro del insensato artrópodo era ya sólo un recuerdo en las confusas mentes de Canopus y Land.

—¿Qué te parece gayano? ¿Narc?, ¿qué demonios significa esto?

—Consultemos el diccionario Flortan. En los últimos momentos, nadie se expresa en una lengua extraña. Es muy posible que se trate de un término vernáculo; o, mejor, llamemos al Comité, ellos cuentan con un buen equipo de lingüistas y habrán visto lo que ha sucedido.

No fue necesario hacerlo, un portavoz de la nave olímpica se dirigió con cierto nerviosismo a los astroatletas:

—¡Atención a una nueva aparición!, la llanura ha perdido su actividad "poltergeist".

—¡Maldita sea! —exclamó Canopus—. Dos preguntas: ¿qué es Narc?, ¿Tenéis imágenes de lo sucedido?

—No existe el vocablo Narc en Flortan y lo único que nuestras cámaras captaron fue el gigantesco agujero que engulló a Bésel. Todo ocurrió demasiado rápido, nuestros equipos sufrieron interferencias, y cuando la imagen se restableció, allí estaba de nuevo esa llanura y la caja de Bésel. Tenéis poco tiempo para completar el trabajo, la flota entera está siendo arrastrada hacia el planeta, sólo tenemos energía para aguantar una hora, es cuanto os podemos esperar.

—¡Vaya! Las buenas noticias siempre llegan juntas. Estamos a punto de atrapar el aliento del Creador y sólo se os ocurre marcharos —dijo el gayano con aparente enojo.

—¡Eso es, esa es la pregunta! ¿qué es lo que alienta al Creador?, ¿por qué se nos manifiesta? ¿qué sentido tienen estos juegos para él?

Land clavó su mirada en los ojos del teólogo y éste se estremeció, nadie lo había mirado de aquella forma hasta entonces. Sintió miedo y fascinación ante la revelación que le había ofrecido en bandeja el gayano.

—Narc... Narci... Narcisismo. El Creador se contempla a sí mismo, se alimenta de la imperfección de sus obras, acrecienta su ego midiéndose con criaturas inferiores; sus criaturas. Pero y tú, ¿quién eres?, ¿por qué tiemblo ante tu mirada?

—¡Bravo, Canopus!, no esperaba menos de ti. Yo soy Él. Ese en quien estás pensando. Activa tu caja, eres el elegido, entraré en ella y podrás exhibirme. Los siglos te recordarán como al único y verdadero profeta. Estos juegos se han acabado, ya pensaremos en otros más excitantes.

Canopus, el teólogo más brillante de la estirpe de Cetus obedeció humildemente, activó su caja y la manifestación del Ser se introdujo en ella. Maquinalmente la subió al monoplaza y despegó. Pensó en su vida pasada, sus infatigables trabajos, cómo había envejecido en la búsqueda del Eterno, y ahora que estaba a su lado le pareció que su caja contenía una caricatura grotesca de sus sueños y anhelos. Miró a través de la ventanilla y sus ojos se clavaron en la llanura que el Diadón segregó, y que ahora ofrecía el aspecto de una costra reseca y cuarteada. Asaltado por una furia incontenible arrojó aquella lámpara con su ridículo genio al vacío. Allí yació la divinidad en un panteón apropiado a su catadura moral. En instantes, había reemplazado su fe en el Diadón por la de sus criaturas imperfectas pero entrañables. De sus labios emergió una oración que los siglos recordarían:

Y correremos al compás que dicten los tiempos
abandonando tesoros otrora deseados,
y en nuestro caminar se abrirá un cielo sin estrellas
hondo, pelado y mudo,
un espejo en el que nos miraremos cada amanecer,
al que golpearemos con dureza
y entonces, sólo entonces,
levantaremos nuevas catedrales a dioses que nos comprendan.