Adrián Rodríguez Solórzano

Voracidad

Muy distante de la Tierra está Ur. Está o estuvo, aún no lo sabemos, pues su débil luz nos llega todavía, sin precisar con certeza desde hace cuánto tiempo fue irradiada. Pero Ur, en realidad, fue un inhóspito mundo peligrosamente incivilizado. Allá los nativos, en su tiempo, agruparon a los miembros más ancianos de sus tribus y los encargaron de la administración de la justicia. Las sentencias de estos grupos fueron respetadas indefectiblemente por los conciudadanos dignos, quienes esperaban así contrarrestar la ola delictiva que hacía zozobrar la convivencia en Ur. Empero, a fe que sí, los resultados fueron funestos. Así lo evidenció el caso de Al, otrora inescrupuloso y malvado, a quien se le impuso por castigo a sus múltiples fechorías la pena de convertir en oro cuanto tocaba. Y así ocurrió, para desgracia de Al, acarreándole angustias y sinsabores pues, como es de suponer, comidas y bebidas, amigos y familiares, muebles e inmuebles, todos, convirtiéronse en oro conforme los tocaba. Se supone que aquello sería su escarmiento y que, con la divulgación de su caso, imperarían el orden y el respeto nuevamente. Y tocó... y tocó... y tocó. Mas, imprevisto resultado, Al invocó poderes insospechados y, después de múltiples intentos infructuosos, logró, al menos, modificar su estricto régimen alimenticio: en vez de hierbas y larvas, asimiló minerales. Entonces, glotón inexhausto, comenzó a comerse al pueblo.

...Hoy, Ur es tan sólo un hueco negro en el espacio.


¿Evolución?
(Tan breve como la vida misma)

En el ocaso de aquel estío, decimoctavo del siglo MDCIV, las papilas vibrátiles le advirtieron la presencia inequívoca de su entrañable compañera. Volteóse entonces y, telepáticamente, compartió con ella la decepcionante angustia de saberse padre de un engendro bípedo. ¿Mutación degenerativa de su primaria especie reptante?


Al revés

A muchos años luz, en tiempo y distancia, está Quid Pro Quo, un mundo tan enrevesado como su propia concepción. Allí, mejor aun, allá, los quidproquoteños están divididos: unos creen, inflexiblemente, en cualquier cosa ininteligible; los otros, inteligiblemente, sólo creen en las cosas ostensibles. Es en lo único que se parecen a los terrícolas. Así, una mitad tiene por cierta la reencarnación; la otra, más ortodoxa, la cuestiona y rechaza. En todo lo demás difieren de nosotros. Los procesos vitales morfológicos, fisiológicos y metabólicos, que allá significan lo contrario, así como los procesos mortales del envejecimiento, muerte y descomposición, por ejemplo, están absolutamente invertidos en relación con nuestro orden cronológico de las cosas. Ellos, al morir, que en realidad no lo es, en vez de ser inhumados son objeto de incineración y luego, igual que aquí, de olvido. Muchos años después, aunque su orden cronológico es para nosotros inadmisible, las dispersas cenizas se reunifican lentamente y, de golpe, estallan crepitantes en una incandescente flama que se reduce, igual que las cenizas, hasta desaparecer, al tiempo que se delinea un cuerpo, al principio amorfo, y luego perfectamente definido: un senil y exánime quidproquoteño que, después de un sombrío estertor, vuelve a la vida según los términos nuestros; pero, según los conceptos biológicos de Quid Pro Quo, literalmente nace. Nace envejecido, claro, para ir desenvejeciéndose conforme pasan los años.

Después nacen los hijos, por generación espontánea, supuestamente, y también envejecidos. Luego se casa, aunque hay veces que primero se divorcia. La adolescencia... la pubertad... la infancia y, al final, la fatídica muerte, a veces siendo niño, a veces siendo feto. Entonces, insepulto, se le incinera y llora...

Hubo una época, de triste recordación para los quidproquoteños, en que un dictador, tirano y prepotente, instauró la eugenesia como práctica obligada en funerarias y similares (en la Tierra se habría instaurado en clínicas y hospitales... pero allá esto sería un disparate). El tirano, pretendiendo mejorar la raza, ordenó que los débiles, facinerosos, violadores, políticos y, en fin, toda la lacra de la sociedad quidproquoteña, fueran inhumados al morir y con ello se impidiera su renacimiento y la proliferación de su especie. Comoquiera, en esa época se despobló aquel mundo y ello causó profuso malestar en el seno de los grupos de apoyo, que no es presión, haciéndose cada vez más ostensible hasta que, rebasada la paciencia quidproquoteña, el dictador fue despojado de sus inicuos poderes y, equitativamente, enjuiciado, muerto e inhumado. Fue el último enterramiento que se recuerde. El que fuera enterrado así se dispuso para que viviera, literalmente, la misma experiencia de sus víctimas sepultadas.

Nadie en vida supo qué pasó con él; pero, al cabo de un tiempo indefinido, su cuerpo inerte se marchitó y fue objeto de un proceso de putrefacción similar al que sufren nuestros muertos.

Un siglo después, el irrefrenable proceso biológico reunió, siempre bajo tierra, sus diseminadas partículas y las fue fundiendo paulatinamente hasta formar los contornos de su cuerpo. Configura luego vísceras y huesos hasta que un día, plenamente envejecido, renace o nace, según se admita o no la reencarnación. En su caso, empero, apenas abre los ojos y procura absorber el aire ambiente, sin remedio muere sofocado por la tierra que le impide respirar. Otra vez aquel cuerpo se marchita y descompone lentamente, por no habérsele dado la oportunidad de ser quemado. Algún día, quizás, la erosión de la tierra permitirá que afloren sus partículas y, así, se dé el proceso de fusión al aire ambiente. Mientras, ni modo, deberá esperar... seguir esperando; en todo caso, llevaba ya varios siglos de morirse de inmediato, lo que, al menos, le daba en un instante la experiencia de saberse un vivo fúgido, aun estando muerto casi siempre. Por ahora —¡qué más da!—, a esperar que en el siguiente siglo pudiese renacer al aire libre.

Mientras tanto, inmutable, la vida proseguía en la superficie de aquel mundo enrevesado, muriéndose la gente después de hacerse joven.