Mauricio Ventanas

Los talos mirando al cielo

La gran desgracia de los talos fue que inventaron demasiado pronto los cohetes. Antes de conocer la geografía del cielo y de la misma Tierra. Mucho antes de inventar los barcos, los aviones, los paracaídas o los automóviles. Antes siquiera de aprender a cultivar la tierra y a domesticar a las evasivas cabras monteses, que los miraban con desdeño desde las laderas escarpadas del monte Talón, cumbre de la isla de Talia.

Los primeros cohetes tripulados resultaron intentos sumamente prometedores. Volaban alto, firme, lejos, dejando hermosas y uniformes estelas de fuego, como caminos marcando el rumbo de los hombres por el cielo. Sin embargo nunca era posible recuperar a los tripulantes, debido a que al volver, los cohetes se estrellaban tan violentamente contra la tierra, que no quedaban ni los escombros de ellos. Esto era considerado un grave infortunio, ya que no había manera de recabar información sobre las observaciones desde las alturas o sobre la maniobrabilidad de los cohetes, aparte de que los familiares de los pilotos perdidos les lloraban desesperadamente y a veces en su quebranto formaban ligas radicalistas para la oposición a la carrera espacial. Encima de todo, puesto que era necesario asignar las misiones a científicos muy brillantes, su pérdida resultaba siempre un duro golpe para la misma ciencia.

En determinada ocasión se intentó lanzar los cohetes desde la costa, levemente inclinados hacia el mar, para que cayeran sobre el agua. Pero como los talos no tenían barcos, no había manera de ir a rescatar el módulo de comando y los tripulantes acababan sumidos en las profundidades. Más duro aun fue descubrir, cuando por fin lograron que uno acuatizara muy cerca de la playa, que de todas formas el impacto contra el agua era demasiado fuerte y nadie podría ser capaz de sobrevivir.

Este resultado fue tan desalentador que el Rey Sonio decidió convocar una asamblea, para decidir sobre la suspensión por tiempo indefinido del proyecto de la conquista de los cielos. Sin embargo el asunto no resultaba tan sencillo, pues siendo los cohetes lo único que los talos sabían hacer realmente bien, urgía encontrarles lo más pronto posible algún valor utilitario, que les permitiera mercadearlos a través de los fenicios y resolver así su complicado déficit comercial. El pueblo entero de Talia tenía sus esperanzas cifradas en esa posibilidad.

El futuro de los cohetes se debatió por meses, mientras imperaba en el reino un panorama cada vez más hambriento y sombrío. Se llegó al extremo de proponer disparates como por ejemplo usar la propulsión para hinchar las velas de los barcos fenicios, pero el único mercader que tuvo la osadía de probar un prototipo enfrentó resultados catastróficos: apenas al encender motores, el impacto del propelente hizo estallar las velas, lanzó el barco incendiado marcha atrás a velocidades atroces, hasta hacerlo perder la estabilidad y dar una docena de tumbos despampanantes, ante los científicos atónitos y el dueño del barco, visiblemente decepcionado. Finalmente el navío se hundió con tal violencia que quedó enterrado varios metros bajo el lecho marino, desatando olas gigantes y desbandadas descomunales de peces. Así que con este fatídico experimento se terminó de condenar la rústica industria pesquera de Talia, y por supuesto hasta ahí llegó también toda posibilidad de entablar cualquier tipo de alianza estratégica con países poseedores de otras tecnologías.

Otra idea más interesante fue ofrecer los cohetes como objetos de entretenimiento, puesto que todo despegue y trayectoria no dejaba de ser un espectáculo grandioso, pero al ver los costos y los complejos preparativos involucrados en cada lanzamiento, todos los clientes potenciales se inclinaban rápidamente por eventos más tradicionales, como el teatro, la lucha libre y el circo.

Fuera de la isla, simplemente los cohetes no tenían un lugar en el mundo. Dentro de la isla quizás tampoco cabían. Quizás su lugar era en el cielo, con los dioses, y era la misión de los talos llevarlos hasta allá. Ningún debate pudo desatar a los talos de esa convicción. La votación final de la asamblea fue ampliamente a favor de seguir intentando, y probar cualquier idea que se apareciera.

Después de varios otros intentos fallidos, la situación en Talia ya era verdaderamente desesperada. Los fenicios estaban empezando a embargar los muebles de las casas, el acero de los cohetes y hasta los destornilladores, aunque no supieran para qué servían, y los embarques de pan y pescado eran cada vez más restringidos. Sin nada más a qué recurrir, se llegó por fin a la idea más descabellada de todas, el fin último, atacar de una vez la meta central de todo el proyecto: un cohete tan potente, que se elevaría tan alto y llegaría tan lejos, que ya nunca volvería a caer a la Tierra, sino que seguiría su curso indefinidamente, internándose en los misteriosos mares del firmamento hasta llegar a Júpiter, para que los tripulantes hablaran con él en persona, y obtuvieran ayuda divina para salvar a la nación.

Contra todas las expectativas de los talos, esta iniciativa llamó muchísimo la atención, pues sucedía que sin querer los fenicios habían esparcido por el mundo una notable fama sobre su gran destreza para surcar los cielos. Llegaron propuestas de inversión de las naciones más remotas, a cambio simplemente de llevar mensajes a Shiva, a Zeus y Hera, a Mercurio, a Marduk y a cientos de otros dioses de los que los talos no tenían ni idea. La misma logística de todo este trabajo de mensajería celestial abarcó un capítulo entero en la elaboración del proyecto.

El supercohete en cuestión constaba de cuatro cohetes normales atados a los extremos de una cruz, y en el nudo de la cruz el módulo de comando, provisto éste de una gran ventana al frente para no perder de vista a Júpiter y mantener en todo momento el rumbo hacia él, y otra gran ventana en el piso para mirar el suelo y reportar cuanta observación los tripulantes consideraran de relevancia científica. Para efecto de enviar los reportes, el módulo contaba con un escritorio mediano y una cava repleta de botellas. Las botellas, una vez agotado el vino o cualesquiera víveres que contuvieran, serían el medio para transportar los mensajes en caída libre de vuelta a Talia. Junto al escritorio, el módulo de comando contaba con una escotilla especial por donde se podían dejar caer las botellas lejos de la turbulencia provocada por los impulsores.

El día del gran lanzamiento llegó pronto y puntual, siendo como eran los talos sumamente diestros en el oficio de hacer cohetes. En otras circunstancias quizás una gran multitud se habría congregado en los alrededores de la plataforma de lanzamiento, pero ya para entonces la población tala evidenciaba los estragos de los proyectos fallidos y de la precaria situación económica. De hecho las delegaciones de inversionistas casi los igualaban en número.

Los cuatro tripulantes, Altón y Eda, Sindo y Lina eran lo mejor que quedaba de la diezmada élite de pilotos. El Rey Sonio los despidió con un breve discurso, sin dejar de insistir en que estaban ante la misión más importante y crucial en la historia de Talia. Esto les encomendó:

—Vayan con Júpiter, salúdenlo de mi parte, háganle patentes los respetos de todos los habitantes de la Tierra y pídanle por favor que nos ayude con las cosechas, que como bien se nota, no somos nada buenos agricultores. De ahí partirán a llevar los mensajes a todos los demás dioses.

En calidad de ofrenda, se llevaron a la única, terca y malamansada cabra montés que habían podido atrapar. Aun siendo tan apetecida su carne, nadie se había atrevido a sacrificarla, puesto que era la única cabra que tenían. Más bien la cuidaban como un tesoro. Por otro lado, a falta de críos, tampoco daba leche. Así que a fin de cuentas era una cabra valiosa, soberbia, singular e inservible, ¿qué mejor uso para ella que darla a Júpiter en ofrenda?

Cumplido el protocolo, todo fue esperar a que apareciera Júpiter en la noche. Subieron al módulo los tripulantes, tirando de la cabra, que se revolvía patas de frente en absoluto estado de rebeldía, desconfiada y reacia como si la llevaran a la horca. Una vez en sus puestos, afinaron las direcciones y partieron, dejando esta vez cuatro hermosas estelas de fuego, que se envolvían suavemente en espiral, a medida que la nave corregía el rumbo. Inmediatamente se esparcieron todos los talos en tierra por la isla, para esperar la caída de las botellas. En esta diligencia fueron tan eficientes y meticulosos, que los correspondientes avances en cartografía resultaron de gran valor para toda la humanidad, si bien es cierto que los talos no fueron capaces de negociar un gran precio por las técnicas desarrolladas, pues los mercaderes fenicios las valoraron como bienes intangibles.

Al poco tiempo partieron los delegados, ya que los beneficios de la inversión no se esperaban a muy corto plazo (amén de que no había comida como para quedarse un gran rato) para ir a ver los resultados en sus propias tierras. Luego, en medio de una tenue llovizna de vino, casi un olor, apenas perceptible, empezaron a caer botellas, causando gran alborozo por toda Talia. De la primera a la décimo tercera lograron recuperarlas íntegras, y una vez ordenados los mensajes, los Talos en tierra reconstruyeron el reporte de la misión, tal como sigue:

  1. Cielos de Talia, año 95, tiempo de Júpiter en Escorpión

  2. Excelentísimo Rey Sonio, queridos hermanos talos:

  3. Aún no acaba la fase de despegue, el estremecimiento dificulta la escritura y tal vez parezca un poco prematuro iniciar la comunicación.

  4. Sin embargo, debido a la velocidad que sigue cobrando la nave, tememos mucho que pudiéramos en cualquier momento chocar contra el cielo o pasar de largo frente a Júpiter.

  5. Así que decidimos desperdiciar algo de vino y empezar a reportar de una vez.

  6. Desde las alturas nuestra ciudad es muy bella.

  7. La tierra de Talia es enorme.

  8. (Corrección al mensaje 7) Talia es una gran isla.

  9. (Corrección al mensaje 8) Talia es una isla diminuta que se esfuma entre las nubes.

  10. Comprobamos que la Tierra es redonda: es una gran esfera bella y azul con pinceladas blancas.

  11. (Corrección al mensaje 10) La Tierra es un poco más grande que la Luna...

  12. Aún no hemos chocado con el cielo.

  13. Júpiter sigue a la vista y mantenemos el rumbo hacia él.

Con este último mensaje el optimismo cundió glorioso y los talos aguzaron entusiasmados sus sentidos, conscientes de que a partir de entonces las botellas serían cada vez más difíciles de localizar. Pero no llovieron ya más botellas, ni vino. En cambio sí empezaron a caer sobre muchas naciones torrentes de buenaventuras, al punto de que todos los inversionistas con el curso de los años se dieron por satisfechos de sobra. Los dioses multiplicaron las plantaciones, enviaron sabios, profetas, Mesías, héroes, artistas, conquistadores, se edificó Alejandría y la humanidad floreció como nunca antes ni después.

Pero los talos, allá esperando en su isla, se hicieron ancianos, harapientos y mal comidos, de tanto mirar al cielo y de tan poco dinero que les quedó después de hacer el cohete más grande y perfecto. Se quedaron así, mirando al cielo, imaginando los mensajes perdidos tras las estelas de fuego de Altón y Eda, de Sindo y Lina, que los miraban a su vez a ellos alejarse por la ventana del piso, cada vez más pequeños, en la isla pequeña, esfumándose entre las nubes de un planeta Tierra, que ya desde Júpiter no sería más que un punto azul a la deriva en la inmensidad, desafiando frágil los dominios del Sol.

Y se extinguieron así, sus miradas lánguidas pendientes de la esperanza —de que cayera tan sólo una botella más— ante la rotunda indiferencia de las evasivas cabras del monte Talón, que nunca los perdonaron por embarcar a una de las suyas en semejante ocurrencia.